Aguasvivas

Jun 12, 2022 Español

Aguasvivas

El topónimo “Aguasvivas”

(Libro de Buen Amor, 302a) y un episodio de la Crónica de Juan II (junio-julio de 1429)

 

Si no impenetrables, a menudo sorprendentes son las vías por las que la inspiración del momento suscita el interés del investigador por un tema insospechado. Me siento incapaz de decir qué circunstancias me llevaron a redactar algunos títulos que figuran en mi bibliografía personal. Supongo que esto habrá ocurrido a muchos. A veces, la lectura de un artículo nos incita a someter a nuevo enfoque algún tema familiar. Esta oportunidad, acaba de dármela, hace unos días, la recepción del sexto volumen de Actas de los Congresos homenajes que el Ayuntamiento de Alcalá la Real va dedicando a eminentes especialistas de la obra del Arcipreste de Hita, por iniciativa y al cuidado del excelente Francisco Toro Ceballos. Hojeando el que acaba de ofrecerse a mi admirada colega Folke Genaert, me detuve, como no podía dejar de hacerlo, en la contribución del Profesor Jacques Joset y me llevé una sorpresa garrafal. En la primera de sus dos “Notas ruicianas”, en la que intenta desentrañar el significado de la expresión “a aguas vivas” que aparece en el verso 302a del Libro de Buen Amor, se refiere a un pasaje del Reportorio de Príncipes de Pedro de Escavias. No me resulta tan habitual ver mencionada esta obra primeriza mía y menos para aclarar un punto tan alejado cronológica y temáticamente de las preocupaciones del caballero andujareño. Además, el hecho de utilizarla como instrumento para aclarar un topónimo oscuro no deja de abrumarme – y de emocionarme el que el amigo Jacques maneje con cierta frecuencia esa obra -, aunque coincida con la idea que fue la mía desde un principio, de que el Reportorio podía servir de útil manual para un mejor conocimiento de la realidad castellana de la Baja Edad Media. Confieso además que, si bien la he utilizado con ese fin en numerosos casos, no creo que se me hubiera ocurrido hacerlo de encontrarme en el trance de aclarar el sentido de ese verso del Libro de Buen Amor. Mi sincera enhorabuena y profundo reconocimiento a don Jacques por este detalle que me llega al corazón.

El pasaje de Escavias citado resume un episodio del reinado de Juan II, concretamente el intento de invasión del territorio castellano por las tropas de Alfonso V, de su hermano don Juan, rey de Navarra, y de su otro hermano, don Enrique, maestre de Santiago, con el fin de alejar a Alvaro de Luna del poder. Estos acontecimientos, como es bien sabido, se sitúan en junio y julio de 1429. La cita de Jacques Joset ha despertado mi curiosidad porque coincide con una preocupación que voy llevando, desde años atrás, la de mejorar la identificación de las fuentes del Reportorio que realicé para mi edición de 1972, y que me resulta a todas luces insuficiente, después de tantas novedades que, a lo largo de estos cincuenta años (se dice pronto), se han publicado para mejor conocimiento de las fuentes cronísticas castellanas. Hasta la fecha, no he podido afrontar tamaña empresa, pero no descarto la posibilidad de analizar algún elemento aislado.

Mi interés por este episodio histórico se debe también a que la comarca concernida fue la cuna de mi familia, tanto materna (Medinaceli, Utrilla, Arcos de Jalón, Santa María de Huerta) como de mi familia paterna (Judes, Arcos de Jalón), y a que la he recorrido en numerosas ocasiones desde que la descubrí, siendo niño, en 1955. Al respecto, remito a Histoire de ma famille maternelle, bajo Textes inédits en la parte francesa de esta misma página web.

 

Resumen de los hechos

Los reyes de Aragón, Alfonso V, y de Navarra, Juan II, entraron en Castilla el 23 de junio de 1429 desde Ariza y se reunieron con su hermano, el maestre de Santiago don Enrique, cerca de Hita. Allí los alcanzó Álvaro de Luna con la vanguardia del ejército castellano que el rey Juan II estaba reuniendo a toda prisa. El enfrentamiento entre los dos bandos no pasó de unas escaramuzas y se acabó después de la intercesión, primero del cardenal de Foix, legado de Benedicto XIII, luego de la reina María, hermana del rey don Juan y esposa de Alfonso V, que consiguió la retirada de los reyes de Aragón y Navarra a cambio de un seguro de cuatro días, que era el tiempo necesario para abandonar el territorio del reino. Los reyes se habían convencido del peligro que corrían, lejos de sus bases, al no recibir la ayuda esperada por parte de ciertos señores castellanos y ante la llegada cada vez más numerosa de tropas frescas castellanas. En el camino de vuelta, con Álvaro de Luna pisándoles los talones, “fuéronse camino de Aragón a más largo paso que a la venida”, en términos del cronista Alvar García de Santa María. De lo que dicen las crónicas, se deduce que en su vuelta siguieron el camino de ida, y cruzaron la raya de Aragón por Santa María de Huerta, hacia Ariza.

El maestre de Santiago acompañó a sus hermanos, no se sabe si por cortesía o para protegerse, ya que contaba con demasiadas pocas lanzas para andar por territorios hóstiles. Lo que interesa aquí es identificar el lugar en el que se separa de sus hermanos para volver a las tierras del maestrazgo donde se sentía más seguro.

 

Se despide el maestre Enrique

El Halconero es el que proporciona más detalles sobre el momento y lugar en que el maestre se separa de sus hermanos. Proporciona una fecha, el domingo 3 de julio, es decir al término de los cuatro días de plazo consentidos por los Castellanos, ya que el trato conseguido por la reina María lo fue el miércoles anterior, 30 de junio. Se supone, por consiguiente, que dicha separación tuvo lugar en la raya de Aragón. Lo confirma el camino que, según aquel cronista, siguió don Enrique, camino de Uclés: Medinaceli, Canrredondo (al este de Cifuentes), Escanillas (léase Escamilla), la puente de Alcocer y la ribera del río Maya (léase río Mayor, que cruzaría en Huete). Sin embargo, no designa el lugar preciso.

Alvar García de Santa María confirma por donde los reyes volvieron a entrar en Aragón: “El Infante don Enrique llegó con los Reyes a Huerta, que era en los confines de Castilla e de Aragón, e volvióse para su Maestrazgo a donde estaba la Infante doña Catalina, su mujer, al tiempo que lo sobredicho se concordó”.

Hasta este punto, el Reportorio de Pedro de Escavias se atiene fielmente a las reglas del resumen cronístico, aportando el mínimo de información para que el lector pueda seguir el desarrollo de la narración, – datos geográficos imprescindibles, un párrafo para explicar el motivo alegado por los reyes para entrar en Castilla, etc. – todo ello sacado de las fuentes de que dispone, elegidas con criterio seguro. De pronto, irrumpe con un dato ausente de las crónicas, el topónimo Aguasbivas. En realidad, es la segunda vez que Escavias añade un dato por su cuenta, siendo el anterior la designación del alto, el ‘Cerro de los Infantes’ cerca de Hita, en el que Alvaro de Luna se había hecho fuerte para hacer frente a las tropas invasoras, mucho más numerosas. Si bien ese Cerro de los Infantes sigue siendo un enigma, no así Aguasvivas que, con la variante del singular por el plural, se documenta en algunos mapas. Aprovecho esta oportunidad para resaltar la ayuda preciosa que me ha prestado y sigue prestándome, como editor, el Mapa oficial de carreteras del MOPU (Ministerio de Obras Públicas), al recoger muchos topónimos antiguos, sobre todo desde el momento en que sus autores tuvieron el acierto de añadirle un índice de lugares (edición 34, 1999).

A pesar de su novedad, la versión proporcionada por Escavias no contradice fundamentalmente los testimonios conocidos, si bien difiere en la destinación final del maestre: “Y llegando a Aguas Biuas, que es el mojon de los rreynos, el ynfante don Enrique, su hermano, bolviose con su gente para Ocaña”. La lección Ocaña sería aceptable si el Halconero no hubiera detallado tan precisamente el camino seguido por el maestre hacia Uclés. Escavias pudo haberse confundido de buena fe, no solo por ser Ocaña cabeza de una encomienda mayor de la orden de Santiago, sino porque al parecer, don Enrique había salido de allí para reunirse con sus hermanos en Sopetrán. Por lo tanto, ya dispuestos a seguir la opinión de nuestro andujareño, ¿en qué medida podemos hacerlo cuando designa a Aguas Vivas como lugar de la separación?

El lugar existe. Madoz lo incluye en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico (T. I, p. 127-128) y lo localiza en la provincia de Soria, partido judicial de Medinaceli y diócesis de Sigüenza, definición que corresponde a todos los pueblos de la comarca cruzada por el río Jalón desde su fuente hasta Santa María de Huerta. Añade: “Su término confina por norte con el de Taroda, por este con el de Utrilla, por sur con el de Somaén y por oeste con el de Badona”. En el mapa del MOPU, aparece bajo el nombre de Aguaviva de la Vega y está situado a 19 kms (algo más de 3 leguas castellanas) de Santa María de Huerta, pasando por Utrilla y Almaluez. Esta distancia no contradice el que se la designe como mojón entre los dos reinos y, en buena medida, corresponde a la distancia prudencial que un señor castellano de la importancia de don Enrique debía mantener con un territorio extranjero, aunque el monarca fuera su propio hermano.

Concluyo que el lugar designado no es una invención de Pedro de Escavias sino una aportación digna de tomarse en cuenta, por llenar el vacío del Halconero y la Refundición, y ser más plausible que ‘Huerta’ (Alvar García) que sirve más para indicar una comarca indeterminada en torno a un monasterio famoso que un lugar preciso, como ese modesto pueblo soriano, desprovisto de cualquier importancia, dentro de este contexto, fuera de su localización.

Saber de donde sacó esta información el autor del Reportorio es empresa harto difícil. Suponer una fuente desconocida es la primera hipótesis que a uno se le ocurre, pero es poco verosímil, por cuanto Escavias ha demostrado de sobras que no se aparta de las que conocemos. También descarto que lo deba a un testimonio ajeno, porque me cuesta trabajo imaginar que, cuando redacta el resumen de ese reinado, treinta o cuarenta años después de los sucesos, recurriría a un testigo presencial. Otra hipótesis consiste en suponer que es un dato que le venía de su propia experiencia. En efecto, lo más probable es que haya participado en el episodio. La biografía de Pedro de Escavias presenta lagunas que la documentación al alcance no permite colmar. Con todo, parece seguro que estuvo en la corte real hasta por lo menos el año 1437, momento en que redacta la elegía fúnebre al joven conde de Mayorga, como lo señala en el encabezamiento de sus poesías recogidas en el Cancionero de Oñate. La poca distancia temporal que separa este suceso y los acontecimientos de 1439 aboga por una participación personal de nuestro andujareño en la empresa, al lado del rey don Juan quien tuvo una parte muy activa en ella.

Esta hipótesis queda reforzada por la aparente anomalía de la mención del Cerro de los Infantes ya señalada. Es un dato que no reproducen los cronistas y su omisión no incide en la comprensión del pasaje, sino más bien lo aligera de un elemento innecesario. Paradójicamente, esa dimensión meramente anecdótica es la que induce a pensar que Escavias no quiso dejar de aprovechar un dato que solo podía recordar a tan larga distancia un testigo presencial. Incluso sospecho un rasgo de humor por su parte, porque el topónimo designa el lugar en que había acampado justamente el enemigo de los Infantes, como se designaron a los hijos de Fernando de Antequera antes de que alcanzaran sus títulos posteriores.

 

Aguasvivas en la obra del Arcipreste

De todo ello resulta que el Aguasvivas del verso 302a del Libro de Buen Amor no debe tomarse literalmente sino que apunta, como lo sospecha Jacques Joset, hacia un topónimo usado metafóricamente: “salir corriendo hacia un lugar muy lejano”. Es una expresión coloquial no exclusivamente castellana. En mi niñez landesa, ese punto inasequible a la que condenábamos al compañero expulsado era ‘Pampelune’, una ciudad que para nosotros era más legendaria que real. Noto como una extraordinaria coincidencia que la mención de este pueblo mojón entre los reinos de Castilla y Aragón pertenezca al relato de un acontecimiento histórico que concierne también la villa de Hita. Pensándolo bien, dudo que sea una casualidad si el camino seguido por las tropas en retirada fuera el mismo que el que asigna el dicho popular a los que huyen, desde esa zona (entre Cogolludo al norte y Torre del Burgo, al sur), hacia Aragón, aunque solo sea porque Huerta y su comarca era el punto más asequible para quien quisiera alcanzar el territorio del reino vecino. Esta realidad era la misma, un siglo antes, y el Arcipreste de Hita, si es que el autor del Libro de Buen Amor lo fuera, como familiar de esos lugares, no podía ignorarlo. Se lo recordaba oportunamente una expresión coloquial que formaba parte de su bagage lingüístico.

 

Conclusión

Podría concluir aquí estas divagaciones, contentándome con subrayar una coincidencia geográfica compartida por los castellanos de mediados del siglo XIV con los de 1429. Pero, ya dispuesto a dejar rienda suelta a mi imaginación, la explicación se me queda algo corta. ¿Qué necesidad tenía Pedro de Escavias de poner su grano de sal en un plato lo suficientemente condimentado? ¿Quería lucirse? Supongamos que quiso demostrar que había leido al Arcipreste. ¿Qué mejor medio tenía de hacerlo que una alusión más que discreta a un verso de su obra? Ya he sugerido que la indicación del Cerro de los Ynfantes puede interpretarse como un rasgo irónico dirigido contra los que fueron los Infantes por antonomasia. La mención de Aguaviva parece responder al mismo talante humorístico. Es como si los dos topónimos “inventados” por Escavias tuvieran otro objeto que el de informar de la realidad de los hechos, el de facilitar una intrusión personal del cronista que rompe así con la monotonía de su tarea, aún a riesgo de ser entendido por pocos.

Semejante hipótesis parecerá descabellada. Sin embargo, en un trabajo anterior (“La noción de género en el corpus cancioneril: el caso de la serrana”, Padova 2005), al estudiar las serranas del Marqués de Santillana, he señalado que éste fue el iniciador de un movimiento de recuperación de las serranas del Arcipreste de Hita que dio lugar, en la corte de Juan II, a unos intercambios entre Iñigo López de Mendoza y algunos jóvenes trovadores. Fue en esas circunstancias cuando Pedro de Escavias compuso la primera versión de su serrana, al mismo tiempo que otro joven émulo del Marqués, Fernando de la Torre, compuso su serranica. No parece admisible que Escavias no conociera la obra del Arcipreste si la imitó, aunque fuera por mediación del Marqués. Me imagino que las obras de Santillana servirían más bien de lazo con el Libro de Buen Amor que de pantalla opaca entre aquél y sus imitadores.

Creo que acertó el Profesor Joset al reunir en un misma nota a Juan Ruiz y a Pedro de Escavias, y opino que esa coincidencia no es ocasional.

[A punto de publicarse: edición y comentario del testamento de Pedro de Escavias (1485)].

 

Anejo

Copla que compuso mi abuelo Alejandro Muñoz para celebrar su pueblo de Utrilla:

Cuatro cosas tiene Utrilla

que no las tiene Aragón

la plaza y la plazuela

la Puerta Encima, la Hondón.

 

31 de mayo de 2022