Incursiones del condestable Miguel Lucas de Iranzo en el reino de Granada (abril-agosto de 1462) I

Español Ago 2, 2025

Incursiones del condestable Miguel Lucas de Iranzo

en el reino de Granada (abril-agosto de 1462)

I. Testimonio de la crónica

Hechos del condestable Miguel Lucas de Iranzo

Huyendo de la corte en 1459, Miguel Lucas de Iranzo, condestable de Castilla, establece su residencia permanente en la ciudad de Jaén, base económica del linaje Torres al que pertenecía su esposa. Su posición de cabeza política del santo reino va afianzándose hasta alcanzar su punto culminante a principios de los años 1460.

La redacción de la crónica de Los hechos del condestable Miguel Lucas de Iranzo, cuyo autor permanece desconocido, siguió un proceso complejo (cf. Hechos del condestable …, “Estudio preliminar” (p. L-LI)). Este se inició en los años 1464-1465 con la relación de los años 1462-1463, que fue completada más adelante con unos capítulos que relatan la época anterior desde 1458, fecha de la investidura de Miguel Lucas como condestable de Castilla, y cubre hasta 1471 incluido. La relación del año 1472 no llegó a componerse, al morir el condestable asesinado en la Pascua de 1473.

En la crónica, el año 1461 acaba con una descripción de la decadencia de Jaén antes de la venida de Miguel Lucas. Contrastando con esta visión negativa, el texto dedicado a los dos años siguientes ofrece la de una ciudad que ha recuperado su prestigio bajo el doble signo de la lucha contra el moro y de la reanudación de una vida caracterizada por toda clase de celebraciones, religiosas y profanas, habituales en una ciudad principal del reino. Las incursiones en el territorio de Granada ocupan casi la totalidad del capítulo dedicado a 1462.

 

Hasta el mes de abril de 1462, las treguas firmadas entre el rey de Castilla y el de Granada prohibían que se hiciera entradas en territorio enemigo. El cronista afirma que Miguel Lucas soportaba muy mal ese freno a su afán por luchar contra “los moros enemigos de nuestra santa fe” (Hechos, cap. VII, p. 76). Por eso, no tardó más de unos días (“dende a cinco días pasados” escribe el cronista) después de finalizadas las treguas para lanzar el primer ataque[1].

Castillos de Arenas, Cambil y Alhabar (abril)

El primer objetivo fue la fortaleza de Arenas [Campillo de Arenas], al pie del puerto del Carretero, que abre paso hacia Granada. Miguel Lucas la asaltó al alba del 20 de abril, martes de Pascua florida, pero tuvo que renunciar al anochecer ante la resistencia de los moros, más numerosos que lo que suponía, y por falta de una “artellería conveniente”.

Diez días después, hizo otro intento, atacando los castillos de Cambil y Alhabar en sendas orillas del río Villanueva, que representaban un peligro permanente para la seguridad de esa zona del reino, al estar alejadas de solo 5 o 6 leguas (unos 20 kms) de la ciudad de Jaén. No pudo tomarlas y se contentó con arrasar la campiña circundante.

Pueblos de la sierra de Zenete (julio)

La expedición de julio de 1462, dirigida contra una zona más alejada del centro del reino que las tres fortalezas mencionadas debe interpretarse como la voluntad del condestable de no cejar en su “odio natural contra la gente agarena y con el continuo deseo de acrecentar su gloria e su fama” (Hechos, cap. VIII, p. 78). El objetivo deja de ser exclusivamente militar, — neutralizar posiciones fortificadas moras avanzadas —, y más ambicioso, en la medida en que aspira a unir las fuerzas cristianas del reino bajo su mando y levantar la moral de la población ofreciéndole la garantía de una existencia sin sobresaltos, además de proporcionarle un rico botín.

El domingo 11 de julio, Miguel Lucas sale de Jahén. Lo acompañan los hombres de armas de su casa y de la ciudad de Jaén, tanto caballeros como infantes. Se dirige al este hacia Jimena, a unos 30 kms (7 leguas castellanas) en cuyas cercanías él y sus tropas duermen aquella noche. Es efectivamente la distancia que suele recorrer una tropa en un día. El lugar elegido para acampar sería la orilla del río Cuadros, cuya agua era indispensable para hombres y cabalgaduras y más en esa estación del año.

El lunes, las tropas alcanzan el curso del Guadiana menor [“Picos del Guadiana”], no lejos de Huesa o Hinojares, después de un recorrido algo superior al del día anterior (36 kms en línea recta hasta Huesa, 9 leguas). El lugar ha sido elegido para facilitar la reunión de los distintos contingentes de hombres de armas que Miguel Luca ha convocado para esa operación y acortar distancias entre ellas, ya que se sitúa precisamente a una jornada de Baeza y Úbeda y a poca distancia de Cazorla. Solo el contingente de Andújar tendrá que cubrir una distancia mayor, que habrá necesitado un día más de marcha que para los de Jaén y dos más que para los demás.

El cronista evalúa el número de combatientes a 1200 caballeros [1300, según Escavias] y 3000 hombres de pie. Esa tropa no alcanza las dimensiones de un ejército, si se compara con el que Juan II reunió para su primera entrada al reino de Granada en 1431 que sumaba “doçe mill lanças de onbres de armas y ginetes y muy muchos peonajes”[2], y era, por lo tanto, diez veces superior. Sin embargo, no deja de ser numeroso si se tiene en cuenta que, en ese tipo de incursión “relámpago” en territorio enemigo, el efecto de sorpresa desempeña un papel fundamental y exige un máximo de discreción hasta llegar al lugar de la acción, cosa que resulta difícil de conseguir con una fuerte concentración de hombres, caballos y mulas.

La reunión de los cinco componentes de la expedición dio lugar a una celebración festiva a costa del condestable que no escatimó medios, “façiendoles muchas onrras e fiestas e otrosi muy grandes gastos con ellos”. La alegría colectiva engendrada en esa pletórica asamblea de combatientes giennenses en presencia del condestable de Castilla no podía menos de levantar los ánimos ante la perspectiva de una expedición en terreno enemigo, hasta desembocar en una exaltación superlativa: “E todos con tamaño placer e alegría que verdaderamente paresçia que yva en son de conquistar e ganar todo el reyno de Granada”. El cronista no se detiene en contar las peripecias de esa velada campestre, pero se sospecha que ocupó buena parte de la noche porque las tropas no arrancaron, al día siguiente, antes de las “dos oras despues de medio dia”.

La tarde del martes y la noche siguiente hasta “la ora de missas” del miércoles es el tiempo que necesitó la tropa para penetrar en territorio granadino, dando un rodeo, se supone por el este, “a fin de furtar [burlar] las guardas de Alicún” y para llegar, unas horas más tarde (“a ora de missas”), “a una ribera que se llama Alhama”. El río Alhama nace en Lugros y desemboca en el Fardes después de recorrer unos 20 kms. En tan corto recorrido, no cuesta demasiado trabajo localizar el lugar en que acamparon los giennenses, si se descarta que lo hicieran donde el Alhama se acerca más a Guadix (una legua corta de la villa), y que los pueblos que fueron asaltados el día siguiente se encuentran más al sur. Lo lógico sería situarlo entre los actuales pueblos de Beas de Guadix y Lugros.

La distancia entre los Picos del Guadiana y el río Alhama se calcula a vuelo de pájaro en unos 50 kms. Las tropas las recorrieron entre las dos de la tarde del martes y las 10 de la mañana siguiente (hora de la misa), es decir en unas 20 horas, una tardanza sin duda debida al relieve y a que parte del recorrido se hizo de noche lo que supone un ritmo más lento y varias paradas para descansar.

A orillas del Alhama, las tropas descansan unas horas y arrancan “después de ora de viésperas”, es decir al caer de la tarde que, en esa temporada del año, interviene hacia las 9, para andar toda la noche y dar al alba del jueves sobre los pueblos de Aldeire y La Calahorra, en la sierra del Zenete.

Salen en formación lista para la batalla: manda la vanguardia el teniente de Cazorla, Juan Martín de Avendaño (200 rocines); le siguen dos cuerpos de combatientes bajo las órdenes respectivamente del condestable con los de su casa y la milicia de Jaén (“quinientos caualleros”) y de Fernando de Villafañe, corregidor de Baeza, con la gente de Baeza y Úbeda (“quatroçientos de cauallo”); la retaguardia con el fardaje queda a cargo de Pedro de Escavias “fasta çiento çinquenta roçines”. La gente de pie no entra en la cuenta del cronista. Se supone que cada contingente está compuesto por combatientes de una misma procedencia.

Los dos pueblos hacia los que se dirige el ejército, Aldeire y La Calahorra, habían sido elegidos, según el cronista, por no haber sido nunca asaltados por tropas cristianas. Por ese motivo, tenían fama de ser “muy ricos de todas alhajas e joyas de oro e de plata e de seda e de lanas e linos, por aventura más que otros lugares semejantes de todo el reyno de Granada”. Además, debida a la absoluta tranquilidad en la que había vivido hasta entonces, su población no estaba lista para defenderse eficazmente. Por eso, los agresores no encontraron gran resistencia por parte de los moradores, que resultaron asustados además por la “grand vocería y estruendo e muchos atabales y trompetas” que acompañó el asalto, que fue tal “que no paresçía sino que todo el mundo daua sobrellos”. A consecuencia de lo cual, “los dichos lugares fueron del todo entrados e robados y estruydos e metidos a fuego y a sangre”.

El botín ganado por los asaltantes fue tan grande que el cronista renuncia a cifrarlo:

Y el robo y despojo de tantas e tan ricas joyas e alfajas que de alli sacaron, sin las quemas e talas de paruas e huertas, avmentó e aprouechó tanto aquellas quatro çibdades del obispado de Jahén e villas e logares dél e del adelantamiento de Caçorla, que no sé cómo lo diga o estime por yncredulidad de los que no lo vieron ni saben (p. 80).

El saqueo duró desde el alba del jueves hasta “poco más de medio día”, hora en la que se inició el regreso por ante las puertas de la ciudad de Guadix, donde tuvieron lugar algunas escaramuzas con unas tropas moras recién llegadas, al mando de “un buen cauallero de Loxa”, el Alatar, sin que estas consiguieran detener el paso de las tropas y del fardaje.

Las tropas siguieron adelante y se detuvieron para hacer noche del jueves al viernes en la Torre de Xeque, que el cronista sitúa a legua y media de Guadix. El topónimo no se conserva hoy pero puede que se trate del pueblo de Fonelas, donde queda la ruina de una torre atalaya erigida en el siglo XIV.

La cronología del final de la expedición propuesta por el redactor de Los Hechos es errónea: “otro día, viernes, partió de allí e fue a dormir a Sotogordo, que es cerca de los Picos de Guadiana”. Si bien es admisible que las tropas hayan pasado la noche del viernes al sábado a orillas del Guadiana menor, como lo hicieran en el viaje de ida, el lugar de su parada no pudo ser Sotogordo, que se encuentra muy alejado de esa zona. Por otra parte, como el condestable hizo su entrada en Jaén la mañana del domingo, resulta que el cronista a omitido la etapa del sábado por la noche. A partir de los datos incompletos que proporciona, hay manera de restablecer una cronología aceptable. Las tropas pasan la noche del viernes en los mismos parajes en los que se detuvieron, el lunes anterior, camino de Guadix. Necesitaban recuperarse del cansancio y reordenar el fardaje que se encontraría sobrecargado con todo lo que se robó en Aldeire y La Calahorra. Es posible también que se iniciara un reparto del botín, incluido los moros presos, a favor de la gente del adelantamiento que se separaría del ejército en ese lugar para volver a Cazorla.

Los combatientes de las cuatro ciudades del reino, Úbeda, Baeza, Jaén y Andújar, permanecerían juntas y seguirían los cursos del Guadiana y del Guadalquivir hasta Sotogordo, lugar prácticamente equidistante de Jaén, Baeza y Úbeda, donde se detendrían la noche del sábado al domingo para dormir y para ultimar el reparto del botín según un criterio único: “que cada vno oviese libremente lo que allí avía ganado”, contentándose el condestable con la honra de la victoria. Además, la distancia entre Sotogordo y Jaén, de unas siete leguas, es compatible con que el condestable hiciera su entrada en Jaén el domingo, en medio del regocijo general, aunque no fuera precisamente por la mañana, como lo afirma el autor de Los Hechos.

Armilla y Aruriena [Churriana] (agosto)

El éxito de esa operación tendría como efecto levantar el ánimo de los giennenses y disponerlos a segundar al condestable en las expediciones que planeara con la esperanza de sacar un buen botín. Así es como, tres semanas después, el condestable reúne quinientos caballeros y dos mil hombres de pie para una nueva expedición cuyo objetivo no revela hasta llegar a Pinos Puente, a dos leguas de la ciudad de Granada.

Aunque el secreto fuera bien preservado, no tardarían los hombres de armas en imaginar hacia donde se dirigían. El viernes 5 de agosto salen de Jaén y pasan la noche siguiente cerca del río Víboras a dos leguas al sur de Martos; la noche del 6, a orillas del río Carrizal, cerca del castillo de Locubín. Allí se juntan con el condestable Diego, hijo del conde de Cabra, y Martín Alonso de Montemayor, con sus ochocientos a caballo y dos mil quinientos hombres de pie. El domingo 7, alcanzan Alcalá la Real, donde recogen ochenta rocines más y, a hora de vísperas, emprenden el camino hacia Pinos Puente, unas siete leguas más al sur, que recorren de un tirón.

Es el momento que ha elegido Miguel Lucas para revelar el objetivo preciso de la incursión, Armilla y Aruriena [Churriana], dos pueblos al pie de la Sierra Nevada, al sur de la ciudad de Granada. Sus caballeros manifiestan ciertas reticencias ante la perspectiva de un combate desproporcionado con las tropas granadinas, en el mismo corazón de su territorio pero logra convencerlos. Al alba del lunes, los cristianos se abalanzan sobre los dos pueblos y, “acabado de meter a saco mano los dichos lugares”, el condestable recoge a su gente y la pone en buena ordenanza “aviendo por cierto que el rey de Granada pelearía con él”.

Miguel Lucas emplaza al rey de Granada, asegurándole, por medio de un caballero moro que se había acercado, que le esperaría “cuatro o cinco horas”. La respuesta del rey no tardó: “que se fuese en orabuena, que quien alli avia osado llegar osarie pelear con el rey de Granada, y quel rey su señor no estaua en tienpo de pelear con el al presente”. Con la seguridad de que los granadinos no se opondrían a ello, pudo proseguir su saqueo acrecentando el botín ya acumulado con toda clase de reses, vacas, cabras, ovejas y yeguas. Por fin, se retira a Pinos Puente, donde ordena el reparto del botín, cediendo al hijo del conde de Cabra y a Martín Alonso de Montemayor, que se habían unido a él con su gente desde el principio, la mayor parte y dejando a su propia gente lo restante.

Sin demorarse, el condestable y su gente se retiran a dormir ese lunes cerca de Alcalá y, al día siguiente, martes, en Torre del Campo, donde prepara la entrada solemne en la ciudad del día siguiente, “do fue reçebido con tan grant gozo e alegría como solían resçebir en Roma sus enperadores quando de sus conquistas boluien vençedores”.

 

COMENTARIO

Valor testimonial de la crónica

Como era habitual en la práctica historiográfica, para los hechos que no presenció personalmente el cronista se vale de testimonios escritos u orales proporcionados por algunos testigos oculares. La redacción propiamente dicha se hace después de cierto tiempo, como más pronto, una vez concluido el año concernido, lo que supone que el redactor se basa en las notas que tomó en fecha cercana al acontecimiento, sin forzosamente reactualizarlas en el momento de la redacción final. Estas circunstancias explican algunas de las lagunas visibles en el capítulo que el cronista dedica a la expedición de julio de 1462.

La exactitud de los datos que le han sido comunicados puede variar dentro de un mismo acontecimiento. Así parece evidente que la documentación acerca del final de la expedición es de peor calidad que la del principio. Si no cuesta demasiado trabajo restituir el recorrido hasta el asalto a los pueblos de la sierra de Zenete, para el trayecto de regreso a Jaén se observan algunas lagunas. Así persisten dudas sobre el lugar exacto del vivaque de la noche del viernes. El topónimo “Torre del Xeque” resulta dudoso ya que no se conserva ni parece haberse documentado. Resulta también evidente, como ya he señalado, que el redactor confunde las dos últimas etapas, reduciéndolas a una sola. Por otra parte, el cronista desconoce la zona que el ejército cristiano cruzó aquellos días y se limita a repetir la información recibida sin poder enmendarla o completarla. Esa documentación de segunda mano se aplica también a los hombres. Solo menciona el nombre de tres capitanes, omitiendo al que mandaba las tropas de Úbeda; en cuanto a Avendaño, lo designa únicamente por el gentilicio, sin precisar su nombre y sus títulos.

Personalidad de Miguel Lucas

El redactor de Los Hechos comenta las dos expediciones del verano de 1462 a Guadix y al sur de Granada como dos hazañas, especialmente la segunda en la que la reducida tropa giennense se mete literalmente en la boca del lobo en las mismas puertas de la capital, donde estaban concentradas fuerzas más que suficientes para exterminarla. El condestable no minimiza el peligro que corren sus tropas como lo manifiesta en el discurso que dirige a los “caualleros principales”, que hasta entonces ignoraban cuáles eran los objetivos precisos de la expedición:

Bien sabeys que yo parti de Jahen para yr a quemar y robar vnos lugares que son en somo de la çibdad de Granada e muy cerca della, llamados el vno Armedilla e el otro Aruriena. Y a este fin yo enbié llamar y rogar a estos caualleros que fuesen conmigo. Y pues asi es, puesto que en ello consista el peligro por vos recontado, pues vosotros me distes el ardid y para esto. Sali, este quiero seguir y no otro ninguno, que alli do ay mas peligro consiste la onrra y la fama que yo tanto deseo alargar. E si acaesçiere quel rey e la casa de Granada, con tan grant multitud de moros como vosotros decis, salieren a pelear conmigo, avn confio en el alto Dios que ligeramente podrá ser que yo alcance memorable victoria; de que a vosotros e a mi se siga gloria ynmortal.

Esas palabras, que suenan más a prosa caballeresca que a una arenga guerrera, son buena prueba de que la ambición de Miguel Lucas no acepta ninguna limitación ni siquiera la que recomienda la más elemental consideración del contexto bélico. Reconoce que le han advertido del peligro que hace correr a sus tropas y que este es real (“puesto que en ello consista el peligro por vos recontado” / aunque esta empresa contiene el peligro que señaláis) y, al no poder aducir argumento en contra, deposita su suerte y la de sus hombres entre las manos de Dios. Sin duda sería demasiado tarde para renunciar a la expedición, por lo que concluye el cronista: “Y en fin, el dicho señor condestable continuó su camino quanto más recio pudo

Conviene preguntarse si los demás caballeros y el mismo condestable solo contaban con la intervención divina para salir de ese mal paso o si sospechaban que la situación política del momento en el reino nazarí les depararía una salida feliz inesperada. No ignoraban que el rey Cidiza se encontraba muy debilitado. Era tan notorio incluso entre los cristianos que el redactor de Los Hechos dedica un comentario a “la tan grande confusión e discordia [que] entre los moros avia”, valiéndose del testimonio del prior del convento franciscano de Jaén que había pasado en aquel momento varios meses en la corte de Granada para cobrar las parias.

Como lo repitió el caballero moro, el rey de Granada tenía compromisos más graves que contestar a la provocación de unos pocos cristianos, que aunque pudieran dañar gravemente a la población y a la comarca, no representaban un peligro mayor para el poder nazarí, sino “quel rey su señor no estaua en tienpo de pelear con el al presente”.

Cuestiones estratégicas

En la relación de las dos expediciones de julio y agosto, el cronista deja entrever cómo el condestable había montado esas dos operaciones y el plan o ardid que había imaginado para cada una. Para el ataque contra Armilla y Churriana, se había beneficiado de la información que le habían aportado “algunos adalides sabidores de la tierra y de guerra”. Esos caudillos de la frontera eran evidentemente los que mejor conocían el estado de las defensas del reino nazarí y sus eventuales debilidades. Era natural que el condestable recurriera a ellos o que ellos se manifestaran espontáneamente a él, al ser notoria su voluntad de luchar con los moros. Esos colaboradores ocasionales ofrecían a Miguel Lucas el medio para actuar con un máximo de eficacia en un territorio, que, después de residir solo dos años en Jaén, seguía siéndole poco familiar.

En cuanto a la expedición a la sierra de Zenete, un antecedente que relata Jimena Jurado (p. 43) sugiere que la presencia de [Juan Martín de] Avendaño no fue ocasional.

Parece que estas treguas [del año 1452] no tuvieron efecto, ni pasaron adelante, pues en el siguiente año de 1454, como escribe Ruy Díaz de Quesada, en su Kalendario de cosas acaecidas en su tiempo en Quesada, a veintitrés de abril, día de San Jorge, don Martín de Abendaño, teniente del adelantado de Cazorla por Pedro de Acuña, señor de Dueñas, hermano de don Alonso Carrillo, arçobispo de Toledo, con la gente de aquel Adelantamiento, y Íñigo de Molina, alcaide de Quesada, pelearon con el rey de Granada en la Vega de Guadix, y le vencieron, y le quitaron y traxeron la cabalgada que él avía tomado.

Esta noticia aclara algún punto del proceso que, sin ella, habría quedado oscuro, siendo el primero que se le ocurriera al condestable pedir la ayuda de la gente del adelantamiento y no se limitara a las fuerzas de las cuatro ciudades del reino (Jaén, Baeza, Úbeda y Andújar), que eran las componentes más naturales de una coalición para cualquier empresa colectiva de los giennenses. Por otra parte, resulta que no era la primera vez que tropas cristianas del adelantamiento penetraban en la comarca de Guadix y no deja de ser significativo que Juan Martín de Avendaño, como teniente del adelantado, se hubiera señalado ya en alguna de esas entradas. Es lógico que Miguel Lucas se dirigiera a él para asesorarlo en esa nueva empresa. Cualquiera que sea el promotor de la entrada, es evidente que Miguel Lucas se concertara antes con gente del adelantamiento de Cazorla y que el teniente interviniera en la preparación de este como iba a intervenir en su realización. Su conocimiento de la zona lo designaba además para mandar la delantera de la tropa y guiarla sin riesgo de perderse en una comarca poco conocida por los demás. Por fin, pudo asegurar a Miguel Lucas que la empresa era factible porque las defensas de los pueblos de la zona eran mucho más fáciles de vencer en un único asalto que las de tres fortalezas que no podían ser conquistadas sin un asedio de varios días.

Los intentos contra las tres fortalezas han demostrado al condestable que la gente de su casa y de la ciudad de Jaén no constituía una fuerza suficiente para llevar a cabo con éxito unas incursiones en el territorio de Granada y que necesitaba la aportación de elementos exteriores, como la milicia de las otras tres ciudades, Baeza, Úbeda y Andújar, así como un contingente significativo del adelantamiento de Cazorla, lo que equivalía a unificar simbólicamente a todas las fuerzas vivas del reino de Jaén, condición indispensable para esperar vencer al enemigo granadino y abrir la posibilidad de algaras de cierta envergadura. Además, se habría convencido de que no conseguiría movilizar a la caballería del reino y a su peonaje si no les garantizaba unas ganancias abundantes.

Buena conciencia

Miguel Lucas coloca sus entradas en territorio granadino bajo el signo de la guerra santa y proclama que él personalmente no aspiraba a nada sino a acrecentar su honra. Al amparo de tan virtuosa misión, el cronista suelta la pluma para relatar las supuestas hazañas de los cristianos que resume en los siguientes términos: a “los enemigos amedrentar e sus tierras dellos ofender y destruyr” (p. 77):

La relación del balance final de la entrada reproduce, en su versión fronteriza, un esquema narrativo ya multisecular en la prosa cronística castellana en el caso de enfrentamientos entre moros y cristianos. Las cifras, trátese de los enemigos muertos o presos, de los ganados robados, sin duda exageradas, así como la radical destrucción de cultivos y edificios sirven para celebrar un triunfo conseguido, Dios mediante, contra unos enemigos que no merecen piedad. No se percibe el menor atisbo de humanidad sino una conciencia tranquila justificada por la convicción de servir a Dios.

Los dichos lugares [Aldeire y La Calahorra] fueron del todo entrados e robados y estruydos e metidos a fuego y a sangre, do muchos moros y moras fueron muertos y presos, en tal manera que los moros fueron muy quebrantados. (p. 80).

[…] luego fueron [Armilla y Churriana] entrados e muertos e presos y los lugares robados y puestos a fuego, do en la verdad fueron muertos e presos bien quinientos moros e moras e niños, e fueran mas de dos mil si la noche de antes no fueran sentidos. […] E asi el dicho condestable, como vencedor trihunfante, mouio su paso, talando y quemando toda la vega y recogiendo y leuando muy grand pieça de ganados vacunos e ovejunos e cabrunos e yeguas e de otras cosas que en la vega fallo (p. 88-89).

Esa violencia no se ejerce solo contra hombres de guerra, sino que afecta también a la población civil, incluidos mujeres y niños, al que no se concede más importancia que a las otras ganancias, animales y objetos. Valga como ejemplo el regreso de la expedición a Guadix que fue particularmente penoso:

Y asi e las grandes jornadas como por cabsa de la sed, que es tierra muy seca, e de la grant calentura del tienpo, ca era en la mayor fuerça de los canicolares, la gente padesçio en este camino e viaje muy grandisimo afán y trabajo, y del poco dormir, muchas personas perdieron el seso y estouieron locos de todo punto por algunos días.

Si lo pasaron tan mal los combatientes cristianos, ¿cómo lo pasarían “los muchos moros y moras catiuos, atados en cuerdas”, que fueron traídos a Jaén, donde fueron vendidos? El cronista no se preocupa de evocarlo siquiera, ni proporciona la cifra de los que murieron en el camino.

El historiador moderno podría juzgar anacrónicas estas consideraciones atendiendo a los cambios que han experimentado las relaciones humanas en los últimos siglos, sin embargo, sospecha que aquella no fuera la única respuesta concebible ya en la época del condestable, sino que existía una forma de coexistencia pacífica entre los dos pueblos, a pesar de la religión que pretendía oponerlos radicalmente. José Rodríguez Molina lo ilustra perfectamente con este testimonio contemporáneo debido a un alhaqueque cristiano, encargado de resolver los conflictos de la frontera:

Cuanto venimos exponiendo nos autoriza a deducir la doble proyección de Jaén en Granada: “Guarda y defendimiento de los reinos de Castilla” y centro, donde durante amplios períodos de la Baja Edad Media se acoge a los granadinos, y desde donde parten para Granada numerosos vecinos a solucionar sus más variados asuntos. Así lo reconocen las declaraciones de un vecino de Jaén, en 1480, cualificado, de otra parte, ya que ejerce el cargo de alhaqueque:

“…dixo que de un año a esta parte él, como alhaqueque desta dicha çibdad, a visto e vee oy día entrar e salir moros del reyno de Granada a esta çibdad con sus mercadurías, así paños, como lino, como cera e otras cosas que traen a esta çibdat, las venden sin contradiçión ninguna ni otro embaraço, y quee vee a vysto que cada día van e vienen christianos a Granada e a su reyno, e van seguros e vienen seguros”.

Con razón pone en tela de juicio la visión que, de las relaciones entre cristianos giennenses y moros granadinos, pretende promover el cronista de Los Hechos del condestable cuando relata “las incursiones guerreras de ese abanderado de la lucha contra el infiel, que se consideraba el Condestable, [que] tienen más de pomposo ropaje y alharaca de crónica que realidad eficiente, generalizada y continuada”. Con todo, no descarto que el fanatismo religioso del personaje fuera real, si bien no estuviera compartido hasta ese extremo por los giennenses de a pie.

BIBLIOGRAFÍA

Hechos del condestable Don Miguel Lucas de Iranzo (Crónica del siglo XV). Edición y estudio por Juan de Mata Carriazo; estudio preliminar por Michel Garcia; presentación por Manuel González Jiménez. Editorial Universidad de Granada, Granada MMIX.

Jimena Jurado, Martí, Obispos de Jaén y anales de su obispado, Madrid 1654, citado en Carriazo y Arroquia, Juan de Mata, En la Frontera de Granada, “5. Las treguas con Granada de 1475 y 1478”, Sevilla, Facultad de Filosofía y Letras, 1971, p. 226.

Rodríguez Molina, José, “Incursiones en tierras granadinas del condestable Iranzo”, Revista del centro de estudios históricos de Granada y su reino, N.°8, Segunda época, Granada 1994, p. 13-40.

Julio de 2025

 



[1] No se incluye en este estudio la entrada que realizaron en octubre de aquel año el condestable y el maestre Pedro Girón, porque se hizo por iniciativa de este e intervino en ella gente de fuera del reino de Jaén.

[2] Las citas de la crónica provienen todas del capítulo VIII; p. 78-90. En la transcripción se reproduce la grafía de la edición de Juan de Mata Carriazo.