Hipérboles taurinas
Faena de Juan Belmonte en San Sebastián
El 21 de agosto de 1927 se celebró en la Plaza de toros de San Sebastián una corrida en la que Juan Belmonte alternó con Nicanor Villalta y Niño de la Palma frente a toros de Concha y Sierra. Reproduzco pasajes del artículo que el revistero El Tío Cañitas redactó para La Voz de Guipúzcoa del 23 de agosto, página 9 [puede consultarse en línea]. Mi suegro, Paul Enjolras, de edad de 24 años entonces, tuvo la oportunidad de presenciar la corrida y conservó religiosamente la página del diario. De esa experiencia nos hablaba a menudo. Fue la primera corrida a la que asistió y solía contar que el amigo español de su cuñado Jean Sarrailh que lo acompañó le aseguró que en su vida había visto faena tan prodigiosa como la del cuarto toro y que podía dejar de ver más corridas después de aquella. Paul, que vivía en Saint-Étienne y luego en París, lejos de las plazas españolas o del sur de Francia, no tuvo más oportunidad de volver a ver una corrida hasta el año 1935, en que visitó Sevilla y pudo presenciar la del 29 de septiembre, día de San Miguel, en la que coincidieron de nuevo Juan Belmonte y el Niño de la Palma y, junto con ellos, Marcial Lalanda. Nos dejó en herencia el billete que había conservado (Sombra, Grada 3, fila 1, núm. 34). No recuerdo si lo comentamos, pero resulta que mi suegro tuvo así la suerte de asistir a la despedida del trianero. No creo que lo hiciera adrede, porque dudo de que la gira por España que dio con sus amigos de Saint-Étienne a modo de despedida de su vida de soltero, ya que iba a casarse al año siguiente, fuera calculada para coincidir en Sevilla en esa fecha que resultó memorable para los aficionados. Sea como fuera, da la extraordinaria casualidad de que mi suegro se inició a la tauromaquia bajo el signo de Belmonte y su escasa experiencia coincidió con dos momentos claves de la carrera de uno de los mayores toreros de la historia.
LA TERCERA DE ABONO
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Belmonte, “magistral honoris causa taurina”
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Juan pone cátedra y se lleva dos rabos y cuatro orejas. – Villalta se gana a pulso la oreja y el cartel y el Niño de la Palma aguanta la borrasca que anunció Orcolaga y que no llegó a tiempo
[…]
[…] suena la trompeta intrépida y en el ruedo limpio de polvo y paja aparecen las cuadrillas capitaneadas por Juan Belmonte, el “terremoto” de la Martinica y todas las islas de Oceanía; Nicanor Villalta, el torero de más firme voluntad que hemos conocido, y Cayetano Ordóñez, el más desaprensivo de los astros coletudos, indigno de haber nacido en Ronda, que fue la cuna del toreo, según reza el cantar.
Se lidian seis hermosos toros de la viuda de Concha y Sierra, que armaron una revolución y que dicho sea por adelantado dejaron al pabellón tan bien puesto, como para saludarle con veintiún cañonazos desde el castillo de la Mota.
Belmonte en el paseo, es recibido con aplausos del tribunal, que no cesó de batirle palmas toda la tarde.
UN TORERO Y UN TORO
Rompe plaza “Esmeraldo” negro lombardo, bien armado y guapo mozo, para quien quiera algo de él.
Bravo, noble, casi ideal.
Belmonte le lancea ceñido, pero con algún movimiento y escucha las primeras palmas.
El toro arremete valiente con los de “aupa” y Juan saca (¿sale?) del peligro toreramente.
Villalta remate un quite con dos verónicas estupendas y Cayetano apenas se llama Pedro. Belmonte toca el testuz.
Pareado como de costumbre sin pena ni gloria, pasa al último tercio, inocente y noble.
Juanito saluda a los infantes que asisten a la corrida y al presidente y al asesor, y después se cuadra ante don Sabino Ucelayeta y le llama escrupuloso empresario, inteligente aficionado y guapo inclusive y le brinda la muerte del Concha y Sierra.
¿Qué pasó después?
Un hombre, un torero, “un torero”, entiéndase bien un torero, desafía al bicho a dos pasos de la cun, y derrochando gracia, arte, valor y redaños.
Con el trapo rojo explica todo un curso de tauromaquia con acotaciones al margen. El hombre y el toro sumiso a sus mandatos componen un cuadro de insuperable valor estético; la línea aparece perfectamente definida y hay que reirse de la sinusoide y de la hipotenusa inclusive. Naturales, altos, de pecho, a dos pasos del pitón, mandando, dominandoy con el toro metido en el bolsillo de la chaquetilla desde el primer pase.
Y luego venían alegrías, y un molinete en el que el toro le hizo cosquillas a Belmonte en ambos sobacos con los pitones al mismo tiempo; faroles con la muleta, arte, gracia, distinción y similicadencia taurina.
Eso es torear, lo demás es pura fantasía y hay que distinguir entre torear y cobrar.
Para fin de aquella faena que emborrachó al público, el hombre del corazón más grande que las pirámides de Egipto, se arranca desde la propia cuna y hunde hasta el pomo el estoque en las péndolas, dos centímetros de la línea media, y rueda el toro, y el público en pleno “de[li]rium tremens” le otorga al trianero las dos orejas y el rabo y don Sabino le prende en la montera al devolvérsela u alfeler de brillantes y zafiros.
Las ovaciones al trianero se oyeron en el otro continente.
[…]
LO QUE VIERON QUINCE MIL MORTALES DICHOSOS
Se presenta en ruedo “Avellano”, colorado, ojo de perdiz, buen mozo y con más velas que un monumento, que dijo Quevedo en un clásico soneto que dicen escribió cuando estuvo preso en San Marcos, de mi pueblo, porque “mangue” es de León. Pero el verdadero monumento es otro, como verá el lector, otro que hace pendante con el de catedral sevillana en la noche del “Miserere” famoso.
Belmonte le templa y recoge como las propias rosas, y luego hace un quite como para esculpirlo Benlliure, y Nicanor otro muy bueno. Zurito pone dos grandes puyazos y es ovacionado, y en otro quite Belmonte se ciñe el toro a la cintura. Pronto y bien pareado, pasamos al último tercio, abriéndose de par en par las puertas el paraíso taurino.
Belmonte brinda a los faroleros del “Heraldo de Madrid”, y en medio de la plaza, completamente solo y aislado, hace una faena de muleta épico – gigantesco – monumental, explicando artepuro y ampliando los estudios superiores de un curso de estética taurina. Pases altos dibujados por el propio Apeles; naturales y de pecho incopiables; molinetes y faroles como parapasar a la posteridad. Otros de cabea a rabo solemnes y majestuosos, con temple y todos los mandamientos juntos, y luego la vértiga, la panocha y el desmigue y el descortezamiento de todos los bosques vírgenes. Después, corto, derecho y a volapié neto, coloca el estoque hasta las cintas en todo lo alto y rueda el toro sin puntilla, tocando solas a gloria las campanas de la Giralda y algrándosele la cara a la propia Virgen de la Macarena.
Ruge la multitud, arden las manos de tanto aplaudir, el ruedo se llena de prendas de lujo y chapiris de señora, y mientras el puntillero Calderón diseca al toro, cortándole orejas y rabo, Belmonte da vueltas al ruedo, sale a los medios una, dos, tres veces, y sigue el “trimulto” y la dislocación, con vistas a nunca acabar, teniéndose que retrasar la salida del quinto toro, mientras el público “homenajea” al trianero, que está más valiente que cuando competía con Joselido y con más “ciencia” que el propio Newton cuando se le ocurrió aquello del binomio. Belmonte queda nombrado rector honorario de la futura Ciudad Universitaria.
[…]

PUNTO FINAL
De los diestros ya hemos dicho bastante; vamos a terminar dedicando a los toros cuatro palabras. El ganado de Concha y Sierra resultó superior de presentación, de bravura y de poder. Ninguno de los toros lidiados el domingo hizo nada feo, ni sospechoso; eran nobles y muy manejables, grandes y de mucha romana. El promedio de su peso fueron 300 kilos, habiendo alguno – como el corrido en sexto lugar – que pesó 344 kilos, más de 28 arrobas. La corrida del domingo fuetoda una señora corrida. Así da gusto.
El Tío Cañitas
El periodista que firma Tío Cañitas, y al que no he podido identificar, era oriundo de León; así lo sugiere en otro pasaje de este artículo, refiriéndose a los años en que Quevedo estuvo preso en San Marcos (“de mi pueblo”). No debe confundirse con José Maria Gaona, también revistero taurino, gaditano de nacimiento y cordobés por elección, que firmaba Tío Caniyitas y empezó su carrera de periodista en 1947. Hay que buscar el origen del seudónimo en la zarzuela así titulada (1859), aunque nuestro periodista optó por una versión reducida (Cañitas por Cañiyitas), en contra de su colega más joven. Vivía en el País Vasco, donde, además de a la Voz de Guipúzcoa, colaboró a El Día. Además demuestra estar muy familiarizado con la geografía y la historia de Donostia. Menciona de pasada a Juan Miguel Orkolaga († 1914), meteorólogo y fundador del observatorio del monte Igueldo así como a Sabino Ucelayeta, médico, empresario taurino y fundador de Radio San Sebastián, una de las primeras emisoras de España.
A Juan Belmonte se le dio muchos apodos, entre otros Pasmo de Triana y este de Terremoto. El Tío Cañitas no se limita a repetir uno de los más conocidos sino que lo glosa, añadiendo su granito de sal conforme a la pretensión que manifiesta a lo largo del artículo por un estilo ampuloso y desorbitado. Costará trabajo identificar el terremoto que asoló la isla en una época anterior a 1925, a no ser que se le confunda con la erupción del volcán de la Montaña Pelada de 1902. De todos modos, colocar el Caribe entre las islas de Oceania demuestra un conocimiento peculiar de la geografía oceánica.
También le apetece al autor hacer alarde de su íntima familiaridad con Donostia, sus lugares y personajes famosos, incluidos los cafés y restaurantes de más postín.
El texto está colmado de alusiones más o menos claras y acertadas, síntomas, sospecho, de una cultura que confunde erudición aparatosa y verdadera sabiduría. El estilo presta a sonrisa. A mi suegro, buen germanista pero hispanista novel, se le había grabado en la mente la extrafalaria construcción adjetival “épico – gigantesco – monumental” en la que, si bien recuerdo, solía sustituir “piramidal” a “monumental”, por lo menos así la memoricé antes de descubrir la versión auténtica en el artículo, lo que demuestra que, cuando se abren de par en par las puertas de la creación idiomática, no existen límites a la invención. Así es como, para celebrar la calidad de las reses, se requieren los veinte cañonazos de rigor y, por si ello no fuera suficiente, disparados desde el castillo de La Mota, que no resulta excesivamente cercano a la plaza de San Sebastián. Para caracterizar la cornamenta de una res, no podía dejarse de citar a Quevedo ni a los sonetos que compuso durante su cautiverio en San Marcos, ni al Miserere cantado en la catedral de Sevilla. Cualquier hecho relatado lleva pegada una glosa sin demasiada atención a mantener el registro elocutivo: la línea que dibujan torero y toro “se ríe” de la sinusoide y la hipotenusa, vaya usted a saber por qué. No basta referirse al talento del Benlliure como escultor, hay que añadirle el de Apeles, como dibujante. A la res, Belmonte se la pone en el bolsillo de la taleguilla; el toro le hace cosquillas. Sería cruel proseguir.
No falta tampoco cierta inquina hacia los periodistas del Heraldo de Madrid, no se sabe si por ser madrileños, amigos de la ostentación o por disfrutar de unas condiciones materiales muy superiores a las que la prensa regional reservaba a sus colaboradores.
El párrafo final dedicado a los toros llama especialmente la atención por poco que se haya mantenido uno al tanto de las condiciones del toreo, desde los años 1960 hasta los actuales. Si el “promedio de su peso fueron 300 kilos”, esto significa que la mayoría de las reses no alcanzaba esa cifra, a pesar de ser inferior a la de un novillo, por no decir a la de un becerro anovillado. A no ser que la cifra corresponda al peso en canal, lo cual es poco probable.
No he querido disociar al Tío Cañitas del recuerdo que Paul Enjolras conservaba de la corrida de San Sebastián porque, para él estaban íntimamente unidos, pero no me cabe duda de que no debe faltar el testimonio de algunos revisteros menos preocupados por lucirse, incluso en el Heraldo de Madrid.

Mayo de 2026