Categoría: Español

Miguel Lucas de Iranzo nombra a Juan Díaz de Navarrete alcaide de Alicún (10 de julio de 1470)

Miguel Lucas de Iranzo nombra a Juan Díaz de Navarrete alcaide de Alicún

(10 de julio de 1470)

 

Mi amiga Rosalía Calzado, quien fue la que descubrió el testamento de Pedro de Escavias, tuvo la gentileza de comunicarme otros hallazgos suyos relacionados con la historia del reino de Jaén. El que publico y comento aquí es uno de ellos. Se conserva en el Archivo Histórico Nacional, con la signatura Diversas colecciones, 15, N. 1174.

 

 

Descripción

El documento viene precedido por una cuartilla con el sello A. H. N. diversos, en la que una mano reciente describe su contenido:

Dn Miguel Lucas, condes

table de Castilla

Andalucía.                  Jaen.

10 de julio de 1470

 

Condiciones

para que Juan Diaz de Navarrete sea su alcaide

en la frontera de Alicun[1]

tiene la mancha de la cera encarnada del sello[2]

El texto ocupa folio y medio. En el verso del segundo en 1573 se ha añadido el siguiente aviso encima del sello primitivo:

En la villa de Xodar, a deziseis deste mes de abril de mill quinientos e setenta e tres años, se saco vn traslado desta forma y manera Para entrar en el castillo de Alicun para el señor capitan don Juan de Faro Nabarrete, pescador, que tiene aqui con otros muchos Para peces en rresguardo, y se volbio al archiuo, que firmo aqui Su Señoria su nonbre y yo el dho secretario

 

Don Alonso

de Caruajal Osorio

                                                           fdo. Ortiz

secretario

Transcripción del documento

/1r/

¶La forma y manera en que manda y es voluntad del muy magnifico y mas virtuoso señor el señor don Miguell Lucas, condestable de Castilla, que Iohan de Nauarrete sea su alcayde de la su villa y castillo de Alicun e las condiçiones con que lo manda y plaze a Su Señoria que sea tenydo e guardado son las siguientes.

 

Primeramente

¶quel dicho Juan Diaz de Nauarrete reçiba la dicha fortaleza con pleito y omenaje segund fuero, vso y costunbre antigua de España, e por virtud de aquel tenga la administraçion y jurediçion çeuil y criminal mero y mixto ynperio de la dicha villa, con todos los derechos pechos y tributos puertos y castilleria en nonbre del dicho señor condestable, de los frutos y rentas y prouechos de los quales Su Señoria le faze merçed por razon de la dicha alcaydia.

 

¶Iten que reçiba por ynuentario todos los pertrechos y armas de qual quier calidad y condiçion que sean, que en el dicho castillo estouieren, y todo aquello sea obligado a restytuyr al tienpo que la dicha fortaleza dexare al dicho señor condestable o a quien Su Señoria mandare.

 

¶Iten que a Su Señoria plaze quel dicho Iohan Diaz sea su alcayde de la dicha fortaleza desde el dia quel dicho Johan Diaz la reçibiere e fiziere por ella pleito y omenaje fasta el dia del año nueuo y dende en adelante fasta dos años conplidos primeros siguientes, que se conpliran en fyn del año de setenta y dos años.

E que, en este dicho tienpo, la voluntad del señor condestable es que non le sea quitada la dicha fortaleza mas que la tenga el dicho tienpo, no parando perjuyzio nin condiçion alguna a la puridad del dicho pleito y omenaje con que lo reçibe. Pero es clara condiçion que, si Su Señoria quisyere vender o trocar o enpeñar la dicha villa y castillo antes de los dichos dos años ser conplidos, quel dicho Iohan Diaz sea tenudo de entregar la dicha fortaleza en conplimiento del dicho su pleito e omenaje al dicho señor condestable o a su çierto mandado. E que Su Señoria da y dara su fe al dicho Iohan Diaz de le pagar porrata todo lo que le fuere deuido, pagandole y mandandole pagar todas las cosas que de mas el dicho alcayde ende touiere o dexandogelas sacar pero non metiendo la fortaleza en este partido.

 

/1v/

¶Otrosy quel dicho señor condestable mande dar y de al dicho Iohan Diaz çiertas contias de maravedis, segund que pareçera por alualaes del dicho Iohan Diaz, para fazer en la dicha villa y fortaleza çiertas obras y lauores, las quales Su Señoria con el dicho Iohan Diaz tiene apuntado, como mas largo Sancho de Quesada, su obrero, con los albañires lo declarara y dara firmado de su nonbre, de que la dicha fortaleza sera mas guardada y defendida.

Pero es condiçion que, durante el fazer de las dichas obras, el dicho alcayde aya de tener e tenga en guarda de la dicha fortaleza veynte y çinco onbres, pero que comiençe a labrar primero dia de agosto deste año de setenta en que estamos e dende en adelante fasta fazer y acabar las dichas obras en el termino y dentro de aquel que por dos albañires para ello diputados fuere declarado, faziendole y mandandole fazer Su Señoria la paga.

 

¶Otrosy porque, segund por Su Señoria es apuntado con el dicho Iohan Diaz sobre las dichas lauores, son tales e tan fuertes que para la defensa de la dicha fortaleza bastan doze o treze onbres, que, despues de aquellas fechas, tenga los dichos doze o treze onbres y aquellos de ally adelante le sean pagados. E que Su Señoria la mandara fazer la paga de los maravedis aqui en esta çibdad de Iahen, segund que montare la tenençia y paga della, por los terçios de cada vn año. E el pan que le sea pagado en las villas de Bedmar y Xodar y Quesada, o en qualquier dellas.

 

¶Otrosy quel dicho Iohan Diaz faga libro de los maravedis que reçibiere y gasto que en las dichas obras fiziere, declarando como y en que lo gasto, demostrando las lauores y obras a vista de maestros, con juramento quel faga asy en lo que se gastare por menudo como por granado.

 

¶Otrosy que a Su Señoria plaze y quiere que las recuas al dicho castillo neçesarias para basteçimiento del, sy fueren enbargadas o contrariadas por gentes de cristianos o moros, que no puedan ser metidas por la tal contradiçion de qual quier persona poderosa que estado o dignidad tenga o en otra manera que en guarniçion o guerra contra el dicho castillo estouiere, quel dicho señor condestable, en los /2r/ dichos casos o qual quier dellos seyendo requerido, dara fauor e ayuda para que la dicha recua sea metida, segund que mas y mejor pudiere a todo su leal poder y cuydado, y que yncunbrile puede con la mas gente de cauallo y de pie que pudiere como a otra qual quier de sus fortalezas.

 

¶Para lo qual todo asi tener, guardar y conplir, el dicho señor condestable dixo que daua y dio su fe como cauallero y onbre fijo dalgo, y prometio de lo asy tener y guardar a buena fe syn mal engaño;

y para que sea çierto y syn dubda alguna firmolo de su nonbre y mandolo sellar con su sello,

quel fechó en la muy noble famosa y muy leal çibdad de Iahen a diez dias del mes de jullio año del nasçimiento del Nuestro Señor y Saluador Ihu Xpo de mill y quatroçientos y setenta años.

fdo. yo condestable

 

¶Otrosy para conplimiento de todo lo suso dicho y capitulado, el dicho señor condestable da e dio su fe como cauallero y onbre fijo dalgo al dicho Iohan Diaz de Nauarrete de le dar y pagar en cada vn año por los dichos treze onbres que ha de tener en la dicha fortaleza despues de fechas las dichas obras, sesenta y tres mill maravedis y treze cahiçes de farina por los terçios de cada año y, sy menos onbres bastaren para la dicha fortaleza, que se descuente en este respecto. E que asy mismo al dicho respecto sea pagado el tienpo que touiere los dichos veynte y çinco onbres en los quales dichos sesenta y tres mill maravedis entran los diez mill maravedis de tenençia quel dicho alcayde ha de aver.

En firmeza de lo qual, Su Señoria lo firmo de su nonbre.

fdo. yo condestable

 

COMENTARIO

Antecedentes

Del topónimo Alicún sólo se conservan dos ocurrencias, las dos en al-Andaluz: Alicún de Ortega en la provincia de Granada y Alicún en la de Almería. A pesar de que los dos lugares pertenecen a parajes que se señalan por una ocupación humana antigua, comparten un nombre de origen árabe que se debe a la presencia de una fuente que se usó para cuidados médicos como lo demuestra la existencia de dos balnearios a su proximidad (Alicún de las Torres; San Nicolás en Alhama). Esa proximidad geográfica y función similar explican sin duda que el nombre del Alicún granadino fuera completado en el siglo XVI con el de su primer señor, Ortega, para distinguirlo del otro.

El castillo de Alicún, hoy Alicún de Ortega, ocupaba una posición adelantada dentro del sistema de defensa del reino de Granada frente al de Jaén, lo que obligaba a los cristianos a tomar ciertas precauciones cuando planeaban alguna incursión más al sur. Así, en julio de 1462, cuando el condestable Miguel Lucas realizó su entrada en la comarca de Guadix, tuvo que dar un rodeo para que los guardas de aquella fortaleza no dieran la alerta [cf. Textos inéditos / Temas Giennenses / Incursiones del condestable Miguel Lucas en el reino de Granada (abril-agosto de 1462)]:

Otro día, martes, dos oras despues de medio dia, mouio con su hueste, e andouo aquel dia con toda la noche por vn camino el mas estrecho e fragoso del mundo, que se llama el puerto del Çelemin, a fin de furtar las guardas de Alicun, que estonçes era de moros.

Hechos del condestable, cap. VIII, p. 79.

La medida fue suficiente para no despertar la atención del enemigo, lo que indujo a los giennenses a pensar que el castillo de Alicún estaba algo desatendido por los moros. De ahí la idea de hacerse con él. De ello se encargó Fernando de Villafañe, que había participado a la expedición, sin duda con el visto bueno del condestable, La ganó el mismo día que fue conquistada Gibraltar, el 21 de agosto de 1462, es decir apenas unas semanas después de la incursión a la comarca de Guadix. Por lo menos, así lo afirma Arquellada (libro 1º, 33; p. 155):

En este sobredicho dia [“año de mil y cuatrocientos y sesenta y dos años, en viernes veintidós del mes de agosto”] se ganó Alicún y lo ganó Hernando de Villafañe, asistente de Baeza, con la gente de Baeza y de Úbeda y del adelantamiento de Cazorla, que se le rindieron con muy buen partido, que dexaron salir a los moros con sus armas y todas sus haciendas.

La noticia viene confirmada por el testimonio inédito de Pedro de Escavias en su Reportorio de Príncipes de España[3]:

Asimesmo, se gano Alycun por fuerça, la qual gano Ferrnando de Villafañe, vn cauallero que fue criado de la Reyna doña Maria, madre del Rey don Enrrique, estando por corregidor en las çibdades de Baeça y Vbeda[4]. […] Avnque Alecun despues se torrno a perder por vn mal cristiano que en el castillo con otros estaua, no se si echadizo de los moros o sy rreyno el diablo en el, el qual secretamente daño la poluora y corto las cuerdas de las vallestas y furto las nuezes de las cureñas[5] que en el castillo estauan, y fizolo saber a los moros. Y luego vinieron sobre el castillo poderosamente y, como los de dentro non tenian con que lo defender, tomaronlo por conbate y por escalas.

Pedro de Escavias, Reportorio de Príncipes de España, cap. clxv [año 1456]

La tenencia de Villafañe fue por poco tiempo, como lo señala una nota marginal al manuscrito de la crónica de Los Hechos del condestable:

En este tiempo renunció Hernando de Villafañe la tenencia de la villa y castillo de Alecún, que él ganó de los moros siendo asistente de las quatro cibdades del obispado de Jaén, en el condestable Miguel Lucas; como parece por la renunciación y merced, que fue la renunciación a 20 de diciembre de 1464 años, y la merced a 20 de março de 1465. Está la escritura original en poder del doctor Francisco de Villafañe, nieto del dicho Fernando de Villafañe.

Hechos del condestable, 1464, cap. XXIII, p. 254.

Así es como el condestable Miguel Lucas se hizo con la tenencia de la villa y castillo de Alicún. Ignoro a quién, entre marzo de 1465 y el 10 de julio de 1470, delegó el cargo, ya que el contrato firmado con Juan Díaz de Navarrete no se refiere a ningún titular anterior a él.

Condiciones

La escritura de otorgamiento concedida por Miguel Lucas a Juan Díaz de Navarrete contiene siete artículos más uno añadido, que ha sido copiado debajo del sello final.

El primero define el marco jurídico requerido por los ordenamientos judiciales vigentes: conformidad con el uso y costumbre del reino; delegación de poderes concedida por el condestable al nuevo alcaide; enumeración de las prerrogativas y derechos que implica el cargo de alcaide.

El segundo enumera el material contenido en el castillo, con obligación de devolverlo cuando se termine el cargo. Este inventario es exclusivamente bélico, sin que se mencione a cualquier otro utensilio o bien mueble.

El tercero fija la duración del contrato: se iniciará el día del pleito homenaje y cubrirá dos años plenos, hasta el último día de 1472 (24 de diciembre, según el calendario de la época), más lo que quede del año corriente. El nuevo alcaide seguirá ejerciendo el cargo hasta el plazo final, mientras tanto el condestable fuera propietario de la fortaleza y de la villa. En caso de que las condiciones de la propiedad cambiasen antes del plazo por iniciativa del condestable (vendida, trocada o empeñada), no podrá oponerse el alcaide pero se le garantiza que recibirá una compensación monedada por parte del condestable además de lo que ya haya recibido y de llevarse lo que le correspondiera, con la salvedad de no atentar a la integridad de la fortaleza.

En el cuarto, el condestable se compromete a abonar al alcaide los gastos exigidos por las obras que han de realizar dos albañiles para mejorar las defensas de la fortaleza, en conformidad con el documento redactado por el maestro de la obra (“su obrero”) Sancho de Quesada. Queda establecido que las obras empezarán el 1 de agosto del año corriente (1470). Mientras duren, el alcaide se compromete a mantener a 25 hombres de armas para guarda de la fortaleza.

El quinto fija el número de hombres que compondrán la guarnición a 12 o 13, cuya soldada recae en el condestable. Se realizará en Jaén además de lo que corresponde a la tenencia de la alcaidía, en tres plazos para cada año, sin que se precise su fecha. El pan entra también dentro de los ingresos del alcaide y de los guardas; su coste será abonado en las villas de Bedmar, Jodar y Quesada, (“o en qualquier dellas”), según donde se compre. La cantidad de pan quedará precisada en el último artículo que ha sido copiado debajo del sello.

El sexto obliga al alcaide a establecer un libro de cuentas con todos los ingresos y gastos, “por menudo y por granado”. La fórmula no está documentada en los diccionarios que he podido consultar, aunque se entiende que deberá apuntar las cuentas detalladas (“en menudo”) y globales (“por granado”) de todo lo que entre o salga.

El séptimo describe el modo de suministrar a los guardas del castillo todo lo que necesiten especialmente en víveres. Se hará por medio de recuas de mulas y burros, bajo la responsabilidad del condestable que se compromete a protegerlas hasta su destinación, proporcionando la protección de hombres de armas, como para sus otras fortalezas. Se supone que, en caso de pérdida, se compromete a compensarla.

La redacción inicial del documento se acaba en este lugar. El condestable se compromete a cumplir las condiciones fijadas. Siguen lugar y fecha (“en Jaén el 10 de julio de 1470”) y la firma del condestable, debajo de la cual queda la marca del sello personal de Miguel Lucas.

Se ha añadido una octava condición, introducida como las anteriores por la preposición “otrosi”, que completa o precisa algunos puntos del contrato. El alcaide recibirá 10.000 maravedís por la tenencia y los trece guardas se repartirán 73.000 (5.500 para cada uno). Para la alimentación de los hombres, el contrato contempla solo el pan, elemento de base de la alimentación medieval: 39 cahices anuales de harina (13 “por los tercios de cada año”). Esta disposición significa que el resto de avituallamiento – carne, pescado, fruta, verduras -, que completan la dieta habitual de un hombre de armas, corre a cargo del alcaide y de los guardas. Es muy probable que se criara ganado dentro y fuera del recinto del castillo, cerdos y cabras, ovejas y vacas. Habrá que considerar también que los villanos de Alicún, si es que la villa siguiera activa, estuvieran en condiciones de mantener huerta y vergel. En contra de esa posibilidad está el hecho de que la guarnición recibiera el pan bajo forma de harina y no de grano, lo que revela la ausencia de un molino, cosa poco concebible si hubiera una población. También habría que contemplar, como sugiero en el artículo quinto, que las recuas salían de una de las tres villas citadas y que el avituallamiento que transportaban no se limitaba a la harina.

Motivaciones del condestable

No le faltaban motivos a Miguel Lucas para hacerse cargo de la plaza. Su ambición no admitía en el santo reino rivales potenciales. Si no estaba en condiciones de ejercer todas las prerrogativas del título de condestable en el reino de Castilla, procuró hacerlo en el de Jaén donde le correspondía mantener la integridad del territorio frente al reino nazarí. Apoderarse de la plaza de Alicún le ofrecía la posibilidad de afirmarlo públicamente, mediante la anexión de una fortaleza en territorio enemigo. La expedición de 1462 le había demostrado el interés de disponer de un punto de apoyo bien protegido en caso de incursión hacia el corazón del reino moro, Guadix, Baza, incluso la misma Granada.

Un episodio ocurrido el año 1465, relatado detenidamente por la crónica de Los Hechos, revela que la intención de Miguel Lucas no era solo esa. A finales de octubre del año 1465, por tanto, unos meses después de la renuncia de Villafañe, Miguel Lucas decide socorrer el castillo de Montizón al norte de la Sierra Morena, que pertenecía a su hermano, Diego, comendador de la orden de Santiago y que llevaba varios meses asediado por Rodrigo Manrique. La tregua que había firmado con el maestre de Calatrava, Pedro Girón, impedía al condestable intervenir personalmente en un conflicto armado contra los Manrique que eran aliados del maestre.

Para socorrer al castillo de su hermano, inventó una treta. Montó una expedición con la ayuda de Pedro de Escavias. Las tropas de Andújar, con la recua prevista para abastecer al castillo, se dirigieron hacia Jaén, “diciendo que la dicha recua yva para Alecun, que es vna fortaleza quel dicho señor condestable tenía a quince leguas de la çibdad de Jaén, cerca de Guadix”. Al llegar a la altura de Mengíbar, volvieron riendas y se dirigieron hacia el norte para cruzar el Puerto del Muradal. Igualmente, el comendador de Montizón salió de Jaén “con boz y fama que yua al dicho castillo de Alecún” pero, “des que fueron arredrados de la çibdad, muy secretamente dieron la vuelta…” (Hechos del condestable, 1465, cap. XXVIII, p. 298).

El castillo de Alicún queda, pues, identificado como una pertenencia del condestable incluso por sus enemigos, que no ponen trabas a que lo utilice como punto de apoyo para sus actividades bélicas en la zona, imaginando quizás que solo iban dirigidas contra los moros de Granada. En el primer socorro del castillo de Montizón, le sirvió de coartada para poder cruzar un territorio ocupado por fuerzas contrarias. Más adelante, cuando Pedro Manrique volvió a sitiarlo y finalmente a apoderarse de él, Miguel Lucas, decidido a socorrerlo de nuevo, hizo etapa con la recua en Alicún, con intención de proseguir el camino hacia el castillo de su hermano, pero tuvo que desistir y fue allí donde recibió la noticia de la rendición.

Cuestiones anejas, algunas pendientes

            Designación del condestable

“Su Señoría” es la fórmula habitual para designar en tercera persona a un miembro de la nobleza titulada o con cargo relevante dentro del reino, como en este caso el de condestable de Castilla; en estilo directo, “vuestra señoría”, que pasará más tarde a la forma “usía”.

Miguel Lucas firma el documento de su puño y letra, pero no usa su nombre y apellido sino su título de condestable que le confiere la autoridad necesaria para otorgar la tenencia. La fórmula “Yo el condestable” resulta además más solemne (cf. “Yo el rey”).

Juan Díaz de Navarrete

Este documento no proporciona ningún dato que permita identificar al nuevo alcaide, aunque se supone que era persona de confianza y probablemente un criado de Miguel Lucas. Esta suposición queda confirmada por el testimonio de la crónica de Los Hechos del Condestable, donde aparece un “escudero que Juan de Navarrete se llamaua” (Cap. XII, año 1463, p. 137). El 3 de septiembre de 1463, Miguel Lucas le mandó al frente de cuarenta peones a espiar el castillo de Arenas (Campillo de Arenas) para conocer el número de sus guardas. La misión fue un éxito ya que cautivaron a dos moros que trajeron al condestable, los cuales le confesaron que había 33 moros en el castillo.

Si este Juan de Navarrete es el mismo que el Juan Díaz de Navarrete del contrato, resulta que Miguel Lucas eligió para desempeñar el cargo de alcaide de Alicún a un hombre que ya fue merecedor de su confianza en una misión bélica anterior que supo llevar a bien, lo que induce a pensar que se le confiara una misión de más responsabilidad dentro del mismo campo, siete años más tarde.

Gastos no considerados

No aparecen en las cuentas la adquisición de armamento nuevo ni el mantenimiento del existente, como “los pertrechos y armas” que se conservan en la fortaleza. La armadura y arma individual o son de la responsabilidad de los guardas o entran en una cuenta aneja. Tampoco se habla de las cabalgaduras, aunque solo sea las del alcaide, porque es muy posible que los guardas no dispusieran de una propia.

Conclusión

Una de las características más llamativas de esa escritura es la relación directa y exclusiva que denota entre el condestable y el nuevo alcaide. Miguel Lucas actúa como dueño único de un lugar fortificado como si se tratara de una finca. En ningún momento interviene una autoridad superior, aunque fuera por delegación de poderes, a pesar de que esta operación concierne una de las prerrogativas principales del rey. Podría interpretarse como un efecto de la delicuescencia del poder de Enrique IV en aquellos años, como lo sugiere el documento de 1478, en el que, por el contrario, la reina interviene en la cesión de la tenencia de las fortalezas de Mengíbar y Pegalajar entre la ciudad de Jaén y Luis Lucas de Torres. También puede que tenga que ver con las circunstancias de su adquisición por el anterior dueño, Fernando de Villafañe. Este la conquistó de los moros y, por lo tanto, se puede suponer que disponía de una propiedad plena sobre él, al tratarse de un bien primitivamente exterior al reino. El nuevo adquisidor no tendría más obligación hacia la autoridad real que la que tuviera él.

Otra de las características reside en la caducidad del contrato. No solo se limita a dos años, sino que puede ser interrumpido en cualquier momento si así lo desea el condestable. Es cierto que la ruptura se acompaña de compensaciones para el alcaide y, se supone, para los trece hombres de la guarnición, pero sorprende que la defensa de un castillo ignore en tal grado una permanencia mínima, que es la mejor garantía para que sea eficaz. Una posible interpretación sería que lo que interesaba en prioridad a Miguel Lucas era la restauración del castillo y que los dos años de tenencia fueran, además de la seguridad de que se llevaría a cabo, una forma de remuneración de Díaz de Navarrete por haber dirigido las obras.

No vuelve a mencionarse a Alicún en la crónica de Los Hechos del Condestable ni aparece en la documentación relacionada con la herencia de Miguel Lucas.

BIBLIOGRAFÍA

Hechos del condestable Don Miguel Lucas de Iranzo (Crónica del siglo XV). Edición y estudio por Juan de Mata Carriazo; estudio preliminar por Michel Garcia; presentación por Manuel González Jiménez. Editorial Universidad de Granada, Granada MMIX.

Arquellada, Juan de, Sumario de proezas y casos de guerra aconteçidos en Iahen y reynos de España  y de Ytalia y Flandes, y grandeza de ellos desde el año 1353 hasta el año 1590 &. Edición y estudio Enrique Toral y Peñaranda, Jaén, Diputación provincial de Jaén, Instituto de estudios giennenses, 1999.

Escavias, Pedro de, Reportorio de Prínçipes de España, cap cxlvii. en prensa.

Julio de 2025



[1] Ms: Aliar.

[2] La mancha del sello aparece en el recto del folio segundo y se trasluce en el verso del mismo donde se ha copiado el aviso de 1573.

[3] Tampoco la recoge Arquellada.

[4] Según Arquellada (libro 1º, 33), la ganó Villafañe el mismo día que fue conquistada Gibraltar, el 21 de agosto de 1462.

[5] Nuez: pieza móvil que, colocada en el palo (cureña) de la vallesta, se accionaba con una llave para disparar el virote.

Incursiones del condestable Miguel Lucas de Iranzo en el reino de Granada (abril-agosto de 1462) II

Incursiones del condestable Miguel Lucas de Iranzo

en el reino de Granada (abril-agosto de 1462)

II. Testimonios de Pedro de Escavias

Al final del Cancionero de Oñate, Pedro de Escavias ha reunido tres poemas suyos dedicados a personajes sobresalientes de los reinados de Juan II y Enrique IV: Coplas fechas sobre las divisiones del reyno por la privança del condestable don Aluaro de Luna con el señor rey don Juan el segundo quando la batalla de Olmedo; romançe que fizo al señor ynfante don Enrique, maestre de Santiago; Coplas dirigidas al condestable Miguel Lucas, criado del señor rey. Esas tres piezas forman un capítulo aparte dentro de la producción versificada de Escavias, en la que domina la inspiración amorosa bajo la forma de canciones y decires. Ordenadas cronológicamente, esas obras pueden interpretarse también como tres calas en la biografía del poeta, quien estuvo en la corte de Juan II, “siendo paje del rey y harto mochacho”, como lo precisa en el encabezamiento sus poemas. Allí conoció a Álvaro de Luna y al maestre Enrique, quien fue además señor de Andújar, la villa en la que el linaje Escavias ocupó una posición eminente desde que fue conquistada y de la que Pedro sería alcaide y alcalde mayor. En cuanto a Miguel Lucas, estuvo en la frontera de Granada durante el breve período en que fue el privado de Enrique IV y luego gobernó a Jaén en los últimos quince años de su vida (1459-1473), en unión estrecha con Pedro de Escavias, como lo demuestran hasta la saciedad las numerosas ocasiones en que el redactor de Los Hechos del condestable se refiere al andujareño.

En dos de sus obras Pedro de Escavias menciona esos episodios de la frontera: en las Coplas dirigidas al condestable don Miguel Lucas y en el último capítulo, dedicado al reinado de Enrique IV, del Reportorio de Prinçipes de España.

 

Coplas dirigidas al condestable don Miguel Lucas, criado del señor rey

De las Coplas se conservan siete estrofas. Cuatro de ellas (la tercera, la cuarta, la quinta y la sexta)[1] están acompañadas de glosas que reproducen a veces literalmente el texto de la crónica de Los Hechos del Condestable. Reproduzco las de las coplas 3 y 4 que corresponden a las dos incursiones de julio y agosto de 1462.

Virtuoso condestable

vuestros fechos tanto buenos

que fazeys contra [a]garenos

vos dan fama muy loable

1. Tanto que por todo [e]l mundo                                4. No contenta vuestra espada

suenan ya vuestras vitorias                                           de fechos tan singulares

en cantares y en estorias                                               boluistes a los lugares

llamanuos el Çid segundo.                                           que [e]stan juntos con Granada

¡O que fama ynestimable                                             do troxistes d[e] esa entrada

para quien del se pregona                                            fasta los niños de teta

syn que se falle presona                                               syn muchos que de la seta

quel contrario desto fable!                                           murieron abominable.

2. Con dolor de los cuytados                                       5. El rrey Çidiça aquel dia

de la çibdad de Jaen                                                     que del Alhanbra miraua

que [e]n Granada padeçien                                          cuando la presa pasaua

catiuos aherrojados                                                       y la vega toda [a]rdya

çinquanta moros atados                                                su ventura maldezia

de la Yllora troxistes                                                    non osando pelear

los cuales les rrepartistes                                              porque vos veya andar

con amor muy entrannable.                                          como leon espantable.

3. Por la sierra y por lo llano                                        6. No digo dotras entradas

faziendo talas peleas                                                    que fezistes muchas vezes

a Guadix y sus aldeas                                                   trayendo rricos jaezes

posistes a saco mano                                                    y moros manos atadas;

do lloro el pueblo pagano                                            otros muchos a lançadas

trayendo moras y moros                                               matando por alquerias

muchas joyas y tessoros                                               ni dotras cauallerias

que fue cosa ynumerable.                                             de memoria asaz notable.

7. Mas dexando lo que toca

a los perros ysmaeles

enemigos ynfieles

contra quien soys como rroca

tornara contar mi boca

lo cual puede dezir bien

cuanto vos deue Jaen

ser para sienpre açebtable

Glosa de la copla 3

A Guadix / Allende la çibdad de Guadix bien quatro leguas o mas, esta vna sierra por los moros llamada el Çenet, al pie de la cual muchas y buenas aldeas bien ricas estan, las quales en todas las guerras pasadas por estar metidas en el çentro de su defensa de todo asalimiento de enmigos estouieron seguras. Y, como este señor de lo tal auisado fuese, non enbargante que por algunos grandes capitanes, que por mandado del rey nuestro señor en aquella frontera estouiesen antes de aquesto, fuese ensayado de enprender este fecho el qual, aviendolo por muy peligroso, ya del camino a la çibdad de Vbeda se ouiesen tornado, el condestable con fasta mill y trezientos de cauallo y tres mill onbres de pie, vn miercoles por la tarde por el mes de jullio de lxii, de vna ribera que Alhama se llama donde ese dia avie reposado, partio. Y, andando toda la noche, a Guadix a la mano derecha dexando, al alua del dia dio sobre vnos lugares que estan al pie de la sierra ya dicha, llamados al vno La Calahorra y al otro Aldeyra, muy poblados de gentes y bien ricos de todas cosas, por aventura mas que otros lugares semejantes de todo el reyno de Granada los quales, non enbargante la dura resistençia fecha por los enemigos, por animoso conbate luego fueron entrados por fuerça donde, syn los muertos que fueron asaz, muchos moros y moras e ynumerables riquezas de oro y de plata y de seda sacaron tanto que apenas la gente y fardaje era bastante de lo poder traer. Y con todo ello y con muchos ganados la tierra toda quemando ese dia de buelta por delante las puertas de Guadix paso, do trezientos caualleros de la casa de Granada con el Alatar estauan en guarda y, en tanto que toda la caualgada paso, la gente de pie les fizo gran tala. Y despues de muchas escaramuças pasadas, mouio sus batallas y esa noche vino a reposar a la Torre de Xeque que es a vna legua pequeña de ally. Y otro dia continuo su camino fasta llegar a la çibdad de Jahen, de lo qual los moros se quebrantaron mucho porque nunca jamas en ofensa suya ally llegaron christianos. Y deste camino con el mucho trabajo y poco dormir de la gente y los grandes soles y sed que pasaron muchos por algunos dias perdieron el seso.

Glosa de la copla 4

No contenta / No es duda syno quel fecho de Guadix suso rrecontado fue de muy grande audaçia y tanto caualleroso que a qualquier señor grande bastara para se rreputar glorioso e rreposar algund dia. Mas este señor, con vn animo marauilloso, dende a quinze dias, con mil y dozientos de cauallo y fasta tres mill onbres de pie a la Vega de Granada boluio. Y, una tarde, de Alcala la Real se partiendo, toda la noche Xenil arriba andouo fasta que amaneçio sobre unos lugares que son en somo de aquella tan populosa y cauallerosa çibdad, que son llamados el vno Armilla y el otro Aruriena, y tan çerca de aquella que las mugeres y niños se van a pie a librar sus negoçios casy por deporte sin ninguna pena, de la otra parte tan rricos y ajaezados que es cosa marauillosa poderse creer. Y muy poco antes de saliendo el sol, dio sobre los dichos lugares y, como quiera que los abitadores dellos vigurosamente a la defensa se dispusieron y junto con los cristianos fasta quinientos caualleros moros en su socorro allegaron, syn otros asaz caualleros e ynfinita gente de pie que a sus espaldas al rrebato venia, sin enbargo de aquello, luego fueron entrados donde, syn muchos que fueron puestos a cochillo, bien dozientos moros y moras y niños fueron catiuos y presos y los lugares rrobados de muchas joyas de oro y de plata y de seda y puestos a fuego. Y, por çierto, los presos y muertos fueran mas de dos mill sy, la noche de antes, de sus guardas ssentidos no fueran. Y, dado fin a la entrada y despojo, assy por el clamor de las mugeres y niños que, en tanto que sus maridos y padres murien peleando, escaparon fuyendo a la çibdad de Granada, como por la nouedad y graueza del fecho tanto çercano a la dicha çibdad, el alboroço y rrebato fue tan grande aqui, sobreste señor cargo tanta gente que solos los de pie que al canpo eran salidos syn los caualleros eran mas de quarenta mill. Y el, con grande animosidad, rrecogio toda su gente y en tal ordenança se puso a que los moros no se treuieron de le dar la batalla. Y asy, como vençedor trivnfante, toda la tierra rrobando y quemando, con muy grande onrra a la çibdad de Jahen se boluio.

COMENTARIO

El contenido de las coplas y, más aún, la letra de las glosas son un resumen fiel, incluso un calco parcial de los pasajes que la crónica de Los Hechos del condestable dedica a esos sucesos. Como lo indica el título, el poema fue compuesto en vida de su dedicatario, lo que plantea la cuestión de la fecha de su composición. Si se tiene en cuenta que la redacción de la crónica no pasó del capítulo del año 1471, como consecuencia del asesinato del condestable en la Pascua de 1473, se deduce que Pedro de Escavias tuvo acceso a esos capítulos correspondientes a los años 1462 y 1463 antes de que finalizara la redacción del volumen. Esto refuerza la hipótesis que adelanté en el “Estudio preliminar” de la edición de Los Hechos del condestable (Granada, MMIX, p. L-LI) según la que la redacción se hizo por etapas, siendo la primera la relación de los sucesos de los años 1462-1463, que se compuso poco después (¿1464?) cuando aún el proyecto de una crónica no estaba claramente definido. Este tomó cuerpo en el momento en que se redactaron los capítulos relativos a los años anteriores, partiendo arbitrariamente del año 1458, el de la investidura de Miguel Lucas como condestable de Castilla, cuando aún no había dejado la corte ni pensaba refugiarse a Jaén. En la medida en que las Coplas comparten el mismo objeto que esas relaciones, la de contribuir a realzar la figura de Miguel Lucas en un momento preciso de su vida, no es aventurado suponer que la composición de las Coplas fue casi concomitante con la redacción de aquellas. De hecho, ningún momento de la actuación posterior del condestable se prestaba mejor que esos años a la celebración de las hazañas de ese “Cid segundo”.

Esta creación en proceso podría aplicarse también al poema de Escavias, ya que el estribillo inicial y la copla 1, encargados de definir la temática de la obra, se refieren exclusivamente a la lucha contra los moros, mientras que la copla 8 parece iniciar un nuevo rumbo hacia otras acciones de Miguel Lucas en beneficio de Jaén que no fueran únicamente bélicas: “Mas dexando lo que toca / a los perros ysmaeles…”. La pérdida material de uno o varios folios finales del códice del cancionero no permite aclarar definitivamente esa duda.

El estribillo inicial y la primera copla carecen de glosa, al no tener más objeto que alabar en términos ditirámbicos la figura del héroe e introducir la relación de sus triunfos. Las coplas siguientes, en cambio, se refieren explícitamente a las entradas realizadas en territorio de Granada y, por eso mismo, son inseparables de las glosas que las completan: la Illora (copla 3); Guadix (copla 4); Churriana y Aruriena [“los lugares / questan juntos con Granada”] (copla 5); Padul y Alhama (copla 6); Arenas y Montefrío (copla 7). Además de designar los lugares asaltados, con la excepción de la 7 que abarca varias entradas, las coplas hacen eco al texto de la crónica al reproducir ciertos datos significativos de la relación en ella contenida: el botín (coplas 2-4), el rey moro Cidiza (copla 5), quemas de cultivos (copla 6), otra vez el botín (copla 7).

La prosa de las glosas alterna un resumen y una transcripción literal de su modelo. Los pasajes siguientes son una copia exacta del texto cronístico:

copla 3

[…] al alua del dia dio sobre vnos lugares que estan al pie de la sierra ya dicha, llamados al vno La Calahorra y al otro Aldeyra, muy poblados de gentes y bien ricos de todas cosas, por aventura mas que otros lugares semejantes de todo el reyno de Granada.

[…] Y deste camino con el mucho trabajo y poco dormir de la gente y los grandes soles y sed que pasaron muchos por algunos dias perdieron el seso.

copla 4

que son llamados el vno Armilla y el otro Aruriena, y tan çerca de aquella que las mugeres y niños se van a pie a librar sus negoçios casy por deporte sin ninguna pena, de la otra parte tan rricos y ajaezados que es cosa marauillosa poderse creer.

[…] Y, por çierto, los presos y muertos fueran mas de dos mill sy, la noche de antes, de sus guardas ssentidos no fueran. Y, dado fin a la entrada y despojo, assy por el clamor de las mugeres y niños que, en tanto que sus maridos y padres murien peleando, escaparon fuyendo a la çibdad de Granada, como por la nouedad y graueza del fecho tanto çercano a la dicha çibdad, el alboroço y rrebato fue tan grande aqui,

La glosa se aparta de la crónica en pocos lugares. La de la copla 4 es precedida de una corta introducción en la que Escavias expresa su admiración por el condestable:

No es duda syno quel fecho de Guadix suso rrecontado fue de muy grande audaçia y tanto caualleroso que a qualquier señor grande bastara para se rreputar glorioso e rreposar algund dia.

Fuera de esa adaptación del texto de la crónica dentro de su nuevo contexto, el de una glosa, algunas variantes indican un compromiso personal de Pedro de Escavias. Así, el cronista recuerda que, durante las campañas de Juan II al inicio de su reinado, “algunos grandes capitanes” habían pensado realizar una expedición contra Guadix, pero habían vuelto riendas a mitad camino sin atreverse a culminarla. Escavias añade “ya del camino a la çibdad de Vbeda se ouiesen tornado”, sin que se mencione esa ciudad en la crónica. Precisa también cómo los cristianos alcanzaron los dos lugares: “Y, andando toda la noche, a Guadix a la mano derecha dexando”, detalle omitido por el cronista que no carece de interés estratégico. En la glosa de la copla 4, se precisa el camino seguido por los asaltantes: “Y, una tarde, de Alcala la Real se partiendo, toda la noche Xenil arriba andouo fasta que amaneçio sobre unos lugares que son en somo de aquella tan populosa y cauallerosa çibdad, que son llamados el vno Armilla y el otro Aruriena”.

El interés de esas variantes reside en que completan la relación del cronista desde la experiencia de un testigo ocular. Sabemos que Escavias pudo haber presenciado las campañas de Juan II, del que fue paje, y también que participó en la expedición de la sierra de Zenete como capitán de la gente de Andújar, encargado del fardaje y de la retaguardia. Según parece, no se resistió a la tentación de precisar algún punto que el cronista había omitido. Así nos enteramos de que los cristianos rodearon a Guadix por el este para alcanzar Aldeire y La Calahorra y que, por el mismo motivo, siguieron el curso del Genil para llegar directamente a Churriana y Armilla sin cruzar por delante de las puertas de Granada. El cronista podía prescindir de esos detalles, no un participante activo que conservaría una imagen concreta e imborrable de aquella experiencia personal.

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Pedro de Escavias, Reportorio de Príncipes de España, cap. clxvii [año 1462]

Pedro de Escavias vuelve a mencionar esas incursiones de Miguel Lucas en territorio granadino en su obra magna, el Reportorio de Príncipes de España, abreviación de la historia de la Península, cuyo capítulo cxlvii y último resume el reinado de Enrique IV. En un apartado enumera a los privados del rey y, al evocar a Miguel Lucas, que fue uno de ellos, cuenta por qué motivo se alejó de la corte y cómo se casó en Jaén con la condesa, señora de la casa de Torres, y desde ese momento se dedicó a “[fazer] cosas buenas en tierras de moros”.

Dende a poco, boluio, con doss mill e quinientas lanças o pocas mas y con tress mill peones del obispado de Iahen y del adelantamiento de Caçorrla, a correr vnos lugares que son allende de la çibdat de Guadix, al pie de vna sierra que es llamada El Çenet, al vno de los quales dizen Aldeyra y al otro La Calahora, muy poblados de gentes y muy rricos de todas alhajas y joyas de oro y de plata y de seda y de lana, por ventura mas que otros lugares semejantes de todo el rreyno de Granada. La cabsa de su abundançia y rriqueza era porque, de todas las guer[r]as pasadas, sienpre estouieron seguros y guardados, porque alli nunca llegaron cristianos, por estar muncho metidos en el çentro de su defensa.

Y, al alua del dia, dio sobre los dichos lugares y entrolos por fuerça, do murieron munchos moros, y otros munchos con sus mugeres y ffijos traxo presos. Y los dichos lugares fueron de todo punto rrobados y puestos a saco mano y apenas, avnque el fardage era muncho, fue bastante de traer el despojo que de alli sacaron. Y asi vino y paso aquel dia con toda la presa por delante de las puertas de la çibdat de Guadix, do se talaron las viñas y panes y pasaron algunas escaramuças, y boluio con todo ello a la çibdat de Iahen. Y del trabajo del camino y de los grandes soles, que era por el mes de jullio, y del no dormir, perdieron munchos en esta jorrnada el seso por algunos dias, que no torrnaron en si.

De esto no bien rreposadas sus gentes, dende a veynte dias, torrno a la Vega de Granada con dos mill de cauallo y tress mill onbres de pie. Y, al quarto del alua, dio sobre otros doss lugares, llamados al vno Armilla y el otro Aruriena, que estan en somo de la çibdat de Granada y tan çerca della que las mugeres y niños se van a pie casi por deporte a librar sus negoçios y fazenderas. Y, sin enbargo de la dura rresistençia que en ellos fallo, los dichos lugares fueron entrados y rrobados y munchos moros muertos, y otros con las mugeres y fijos catiuos y presos, ca fasta los niños de teta acaeçio sacar en çeuaderas. Y, como quiera que, por ser tan çerca de Granada, salieron al rrebato fasta mill y quinientos de cauallo y munchos peones, el condestable boluio por la Vega de Granada y, a vista della con toda la caualgada, quemando y destruyendo quanto alcançar podia, sin que los moros osasen pelear con el. Y asi ssalio por Alcala la Real y se boluio a la çibdat de Iahen.

COMENTARIO

Ese capítulo final del Reportorio de Prinçipes de España fue añadido posteriormente a la obra, que en su versión original concluía con el reinado de Juan II. Por consiguiente, también es posterior a la redacción de las glosas a las Coplas y, por ese motivo, esos párrafos no comparten con ellas un objetivo común como el que se observa entre estas y el relato de la crónica de Los Hechos. El nuevo capítulo del Reportorio es posterior al año 1474 en que fallece el rey y, por lo tanto, se redactó por lo menos más de diez años después de la época en que actuaba el cronista de Los Hechos. Las circunstancias también eran muy distintas y es de suponer que la fama de Miguel Lucas habría perdido de su fuerza reinando Isabel y Fernando. Ello no impide que Escavias no dudó en insertar en su Reportorio un eco de esas hazañas del condestable, a pesar de que eso le alejara indudablemente de su objeto principal, que era narrar lo ocurrido en tiempos de Enrique IV.

Lo hizo con los ojos puestos en la crónica de Los Hechos a la que reproduce a veces literalmente: “muy poblados de gentes y muy rricos de todas alhajas y joyas de oro y de plata y de seda e de lanas e linos, por ventura mas que otros lugares semejantes de todo el rreyno de Granada” (Aldeire y La Calahorra). “[…] tanto cerca que las mujeres e niños dellos se van a pie a librar sus megoçios e façenderas, casi por deporte, sin ninguna pena”.

Ello no impide que, como en las glosas, añade algún detalle que no está en la fuente cronística pero que su memoria ha conservado: “ca fasta los niños de teta acaeçio sacar en çeuaderas[2]”. Es una visión que le impresionó, para bien o para mal. No estamos en condiciones de poder juzgarlo, pero tengo la debilidad de pensar que si la recordó es por el efecto de la compasión que le inspiró ver a niños pequeños echados en capachos que se solían usar para dar la cebada a las caballerizas, sin hablar de la angustia de las madres que no dejaría de manifestarse a lo largo del camino.

Julio de 2025



[1] Con la copla 7 acaba el códice del Cancionero, por lo que se ignora si el poema proseguía y si esa copla también tuvo su glosa.

[2] La acepción más acorde con este contexto es la que propone Martín Alonso, remitiendo a la Conquista de Ultramar: «morral o manta que sirve de pesebre para dar cebada al ganado en el campo» (Enciclopedia del idioma, s.v. cebadera). En expediciones militares también se necesitaban par dar de comer a las caballerías en los momentos de descanso previstos al efecto (“dar cebada”).

Incursiones del condestable Miguel Lucas de Iranzo en el reino de Granada (abril-agosto de 1462) I

Incursiones del condestable Miguel Lucas de Iranzo

en el reino de Granada (abril-agosto de 1462)

I. Testimonio de la crónica

Hechos del condestable Miguel Lucas de Iranzo

Huyendo de la corte en 1459, Miguel Lucas de Iranzo, condestable de Castilla, establece su residencia permanente en la ciudad de Jaén, base económica del linaje Torres al que pertenecía su esposa. Su posición de cabeza política del santo reino va afianzándose hasta alcanzar su punto culminante a principios de los años 1460.

La redacción de la crónica de Los hechos del condestable Miguel Lucas de Iranzo, cuyo autor permanece desconocido, siguió un proceso complejo (cf. Hechos del condestable …, “Estudio preliminar” (p. L-LI)). Este se inició en los años 1464-1465 con la relación de los años 1462-1463, que fue completada más adelante con unos capítulos que relatan la época anterior desde 1458, fecha de la investidura de Miguel Lucas como condestable de Castilla, y cubre hasta 1471 incluido. La relación del año 1472 no llegó a componerse, al morir el condestable asesinado en la Pascua de 1473.

En la crónica, el año 1461 acaba con una descripción de la decadencia de Jaén antes de la venida de Miguel Lucas. Contrastando con esta visión negativa, el texto dedicado a los dos años siguientes ofrece la de una ciudad que ha recuperado su prestigio bajo el doble signo de la lucha contra el moro y de la reanudación de una vida caracterizada por toda clase de celebraciones, religiosas y profanas, habituales en una ciudad principal del reino. Las incursiones en el territorio de Granada ocupan casi la totalidad del capítulo dedicado a 1462.

 

Hasta el mes de abril de 1462, las treguas firmadas entre el rey de Castilla y el de Granada prohibían que se hiciera entradas en territorio enemigo. El cronista afirma que Miguel Lucas soportaba muy mal ese freno a su afán por luchar contra “los moros enemigos de nuestra santa fe” (Hechos, cap. VII, p. 76). Por eso, no tardó más de unos días (“dende a cinco días pasados” escribe el cronista) después de finalizadas las treguas para lanzar el primer ataque[1].

Castillos de Arenas, Cambil y Alhabar (abril)

El primer objetivo fue la fortaleza de Arenas [Campillo de Arenas], al pie del puerto del Carretero, que abre paso hacia Granada. Miguel Lucas la asaltó al alba del 20 de abril, martes de Pascua florida, pero tuvo que renunciar al anochecer ante la resistencia de los moros, más numerosos que lo que suponía, y por falta de una “artellería conveniente”.

Diez días después, hizo otro intento, atacando los castillos de Cambil y Alhabar en sendas orillas del río Villanueva, que representaban un peligro permanente para la seguridad de esa zona del reino, al estar alejadas de solo 5 o 6 leguas (unos 20 kms) de la ciudad de Jaén. No pudo tomarlas y se contentó con arrasar la campiña circundante.

Pueblos de la sierra de Zenete (julio)

La expedición de julio de 1462, dirigida contra una zona más alejada del centro del reino que las tres fortalezas mencionadas debe interpretarse como la voluntad del condestable de no cejar en su “odio natural contra la gente agarena y con el continuo deseo de acrecentar su gloria e su fama” (Hechos, cap. VIII, p. 78). El objetivo deja de ser exclusivamente militar, — neutralizar posiciones fortificadas moras avanzadas —, y más ambicioso, en la medida en que aspira a unir las fuerzas cristianas del reino bajo su mando y levantar la moral de la población ofreciéndole la garantía de una existencia sin sobresaltos, además de proporcionarle un rico botín.

El domingo 11 de julio, Miguel Lucas sale de Jahén. Lo acompañan los hombres de armas de su casa y de la ciudad de Jaén, tanto caballeros como infantes. Se dirige al este hacia Jimena, a unos 30 kms (7 leguas castellanas) en cuyas cercanías él y sus tropas duermen aquella noche. Es efectivamente la distancia que suele recorrer una tropa en un día. El lugar elegido para acampar sería la orilla del río Cuadros, cuya agua era indispensable para hombres y cabalgaduras y más en esa estación del año.

El lunes, las tropas alcanzan el curso del Guadiana menor [“Picos del Guadiana”], no lejos de Huesa o Hinojares, después de un recorrido algo superior al del día anterior (36 kms en línea recta hasta Huesa, 9 leguas). El lugar ha sido elegido para facilitar la reunión de los distintos contingentes de hombres de armas que Miguel Luca ha convocado para esa operación y acortar distancias entre ellas, ya que se sitúa precisamente a una jornada de Baeza y Úbeda y a poca distancia de Cazorla. Solo el contingente de Andújar tendrá que cubrir una distancia mayor, que habrá necesitado un día más de marcha que para los de Jaén y dos más que para los demás.

El cronista evalúa el número de combatientes a 1200 caballeros [1300, según Escavias] y 3000 hombres de pie. Esa tropa no alcanza las dimensiones de un ejército, si se compara con el que Juan II reunió para su primera entrada al reino de Granada en 1431 que sumaba “doçe mill lanças de onbres de armas y ginetes y muy muchos peonajes”[2], y era, por lo tanto, diez veces superior. Sin embargo, no deja de ser numeroso si se tiene en cuenta que, en ese tipo de incursión “relámpago” en territorio enemigo, el efecto de sorpresa desempeña un papel fundamental y exige un máximo de discreción hasta llegar al lugar de la acción, cosa que resulta difícil de conseguir con una fuerte concentración de hombres, caballos y mulas.

La reunión de los cinco componentes de la expedición dio lugar a una celebración festiva a costa del condestable que no escatimó medios, “façiendoles muchas onrras e fiestas e otrosi muy grandes gastos con ellos”. La alegría colectiva engendrada en esa pletórica asamblea de combatientes giennenses en presencia del condestable de Castilla no podía menos de levantar los ánimos ante la perspectiva de una expedición en terreno enemigo, hasta desembocar en una exaltación superlativa: “E todos con tamaño placer e alegría que verdaderamente paresçia que yva en son de conquistar e ganar todo el reyno de Granada”. El cronista no se detiene en contar las peripecias de esa velada campestre, pero se sospecha que ocupó buena parte de la noche porque las tropas no arrancaron, al día siguiente, antes de las “dos oras despues de medio dia”.

La tarde del martes y la noche siguiente hasta “la ora de missas” del miércoles es el tiempo que necesitó la tropa para penetrar en territorio granadino, dando un rodeo, se supone por el este, “a fin de furtar [burlar] las guardas de Alicún” y para llegar, unas horas más tarde (“a ora de missas”), “a una ribera que se llama Alhama”. El río Alhama nace en Lugros y desemboca en el Fardes después de recorrer unos 20 kms. En tan corto recorrido, no cuesta demasiado trabajo localizar el lugar en que acamparon los giennenses, si se descarta que lo hicieran donde el Alhama se acerca más a Guadix (una legua corta de la villa), y que los pueblos que fueron asaltados el día siguiente se encuentran más al sur. Lo lógico sería situarlo entre los actuales pueblos de Beas de Guadix y Lugros.

La distancia entre los Picos del Guadiana y el río Alhama se calcula a vuelo de pájaro en unos 50 kms. Las tropas las recorrieron entre las dos de la tarde del martes y las 10 de la mañana siguiente (hora de la misa), es decir en unas 20 horas, una tardanza sin duda debida al relieve y a que parte del recorrido se hizo de noche lo que supone un ritmo más lento y varias paradas para descansar.

A orillas del Alhama, las tropas descansan unas horas y arrancan “después de ora de viésperas”, es decir al caer de la tarde que, en esa temporada del año, interviene hacia las 9, para andar toda la noche y dar al alba del jueves sobre los pueblos de Aldeire y La Calahorra, en la sierra del Zenete.

Salen en formación lista para la batalla: manda la vanguardia el teniente de Cazorla, Juan Martín de Avendaño (200 rocines); le siguen dos cuerpos de combatientes bajo las órdenes respectivamente del condestable con los de su casa y la milicia de Jaén (“quinientos caualleros”) y de Fernando de Villafañe, corregidor de Baeza, con la gente de Baeza y Úbeda (“quatroçientos de cauallo”); la retaguardia con el fardaje queda a cargo de Pedro de Escavias “fasta çiento çinquenta roçines”. La gente de pie no entra en la cuenta del cronista. Se supone que cada contingente está compuesto por combatientes de una misma procedencia.

Los dos pueblos hacia los que se dirige el ejército, Aldeire y La Calahorra, habían sido elegidos, según el cronista, por no haber sido nunca asaltados por tropas cristianas. Por ese motivo, tenían fama de ser “muy ricos de todas alhajas e joyas de oro e de plata e de seda e de lanas e linos, por aventura más que otros lugares semejantes de todo el reyno de Granada”. Además, debida a la absoluta tranquilidad en la que había vivido hasta entonces, su población no estaba lista para defenderse eficazmente. Por eso, los agresores no encontraron gran resistencia por parte de los moradores, que resultaron asustados además por la “grand vocería y estruendo e muchos atabales y trompetas” que acompañó el asalto, que fue tal “que no paresçía sino que todo el mundo daua sobrellos”. A consecuencia de lo cual, “los dichos lugares fueron del todo entrados e robados y estruydos e metidos a fuego y a sangre”.

El botín ganado por los asaltantes fue tan grande que el cronista renuncia a cifrarlo:

Y el robo y despojo de tantas e tan ricas joyas e alfajas que de alli sacaron, sin las quemas e talas de paruas e huertas, avmentó e aprouechó tanto aquellas quatro çibdades del obispado de Jahén e villas e logares dél e del adelantamiento de Caçorla, que no sé cómo lo diga o estime por yncredulidad de los que no lo vieron ni saben (p. 80).

El saqueo duró desde el alba del jueves hasta “poco más de medio día”, hora en la que se inició el regreso por ante las puertas de la ciudad de Guadix, donde tuvieron lugar algunas escaramuzas con unas tropas moras recién llegadas, al mando de “un buen cauallero de Loxa”, el Alatar, sin que estas consiguieran detener el paso de las tropas y del fardaje.

Las tropas siguieron adelante y se detuvieron para hacer noche del jueves al viernes en la Torre de Xeque, que el cronista sitúa a legua y media de Guadix. El topónimo no se conserva hoy pero puede que se trate del pueblo de Fonelas, donde queda la ruina de una torre atalaya erigida en el siglo XIV.

La cronología del final de la expedición propuesta por el redactor de Los Hechos es errónea: “otro día, viernes, partió de allí e fue a dormir a Sotogordo, que es cerca de los Picos de Guadiana”. Si bien es admisible que las tropas hayan pasado la noche del viernes al sábado a orillas del Guadiana menor, como lo hicieran en el viaje de ida, el lugar de su parada no pudo ser Sotogordo, que se encuentra muy alejado de esa zona. Por otra parte, como el condestable hizo su entrada en Jaén la mañana del domingo, resulta que el cronista a omitido la etapa del sábado por la noche. A partir de los datos incompletos que proporciona, hay manera de restablecer una cronología aceptable. Las tropas pasan la noche del viernes en los mismos parajes en los que se detuvieron, el lunes anterior, camino de Guadix. Necesitaban recuperarse del cansancio y reordenar el fardaje que se encontraría sobrecargado con todo lo que se robó en Aldeire y La Calahorra. Es posible también que se iniciara un reparto del botín, incluido los moros presos, a favor de la gente del adelantamiento que se separaría del ejército en ese lugar para volver a Cazorla.

Los combatientes de las cuatro ciudades del reino, Úbeda, Baeza, Jaén y Andújar, permanecerían juntas y seguirían los cursos del Guadiana y del Guadalquivir hasta Sotogordo, lugar prácticamente equidistante de Jaén, Baeza y Úbeda, donde se detendrían la noche del sábado al domingo para dormir y para ultimar el reparto del botín según un criterio único: “que cada vno oviese libremente lo que allí avía ganado”, contentándose el condestable con la honra de la victoria. Además, la distancia entre Sotogordo y Jaén, de unas siete leguas, es compatible con que el condestable hiciera su entrada en Jaén el domingo, en medio del regocijo general, aunque no fuera precisamente por la mañana, como lo afirma el autor de Los Hechos.

Armilla y Aruriena [Churriana] (agosto)

El éxito de esa operación tendría como efecto levantar el ánimo de los giennenses y disponerlos a segundar al condestable en las expediciones que planeara con la esperanza de sacar un buen botín. Así es como, tres semanas después, el condestable reúne quinientos caballeros y dos mil hombres de pie para una nueva expedición cuyo objetivo no revela hasta llegar a Pinos Puente, a dos leguas de la ciudad de Granada.

Aunque el secreto fuera bien preservado, no tardarían los hombres de armas en imaginar hacia donde se dirigían. El viernes 5 de agosto salen de Jaén y pasan la noche siguiente cerca del río Víboras a dos leguas al sur de Martos; la noche del 6, a orillas del río Carrizal, cerca del castillo de Locubín. Allí se juntan con el condestable Diego, hijo del conde de Cabra, y Martín Alonso de Montemayor, con sus ochocientos a caballo y dos mil quinientos hombres de pie. El domingo 7, alcanzan Alcalá la Real, donde recogen ochenta rocines más y, a hora de vísperas, emprenden el camino hacia Pinos Puente, unas siete leguas más al sur, que recorren de un tirón.

Es el momento que ha elegido Miguel Lucas para revelar el objetivo preciso de la incursión, Armilla y Aruriena [Churriana], dos pueblos al pie de la Sierra Nevada, al sur de la ciudad de Granada. Sus caballeros manifiestan ciertas reticencias ante la perspectiva de un combate desproporcionado con las tropas granadinas, en el mismo corazón de su territorio pero logra convencerlos. Al alba del lunes, los cristianos se abalanzan sobre los dos pueblos y, “acabado de meter a saco mano los dichos lugares”, el condestable recoge a su gente y la pone en buena ordenanza “aviendo por cierto que el rey de Granada pelearía con él”.

Miguel Lucas emplaza al rey de Granada, asegurándole, por medio de un caballero moro que se había acercado, que le esperaría “cuatro o cinco horas”. La respuesta del rey no tardó: “que se fuese en orabuena, que quien alli avia osado llegar osarie pelear con el rey de Granada, y quel rey su señor no estaua en tienpo de pelear con el al presente”. Con la seguridad de que los granadinos no se opondrían a ello, pudo proseguir su saqueo acrecentando el botín ya acumulado con toda clase de reses, vacas, cabras, ovejas y yeguas. Por fin, se retira a Pinos Puente, donde ordena el reparto del botín, cediendo al hijo del conde de Cabra y a Martín Alonso de Montemayor, que se habían unido a él con su gente desde el principio, la mayor parte y dejando a su propia gente lo restante.

Sin demorarse, el condestable y su gente se retiran a dormir ese lunes cerca de Alcalá y, al día siguiente, martes, en Torre del Campo, donde prepara la entrada solemne en la ciudad del día siguiente, “do fue reçebido con tan grant gozo e alegría como solían resçebir en Roma sus enperadores quando de sus conquistas boluien vençedores”.

 

COMENTARIO

Valor testimonial de la crónica

Como era habitual en la práctica historiográfica, para los hechos que no presenció personalmente el cronista se vale de testimonios escritos u orales proporcionados por algunos testigos oculares. La redacción propiamente dicha se hace después de cierto tiempo, como más pronto, una vez concluido el año concernido, lo que supone que el redactor se basa en las notas que tomó en fecha cercana al acontecimiento, sin forzosamente reactualizarlas en el momento de la redacción final. Estas circunstancias explican algunas de las lagunas visibles en el capítulo que el cronista dedica a la expedición de julio de 1462.

La exactitud de los datos que le han sido comunicados puede variar dentro de un mismo acontecimiento. Así parece evidente que la documentación acerca del final de la expedición es de peor calidad que la del principio. Si no cuesta demasiado trabajo restituir el recorrido hasta el asalto a los pueblos de la sierra de Zenete, para el trayecto de regreso a Jaén se observan algunas lagunas. Así persisten dudas sobre el lugar exacto del vivaque de la noche del viernes. El topónimo “Torre del Xeque” resulta dudoso ya que no se conserva ni parece haberse documentado. Resulta también evidente, como ya he señalado, que el redactor confunde las dos últimas etapas, reduciéndolas a una sola. Por otra parte, el cronista desconoce la zona que el ejército cristiano cruzó aquellos días y se limita a repetir la información recibida sin poder enmendarla o completarla. Esa documentación de segunda mano se aplica también a los hombres. Solo menciona el nombre de tres capitanes, omitiendo al que mandaba las tropas de Úbeda; en cuanto a Avendaño, lo designa únicamente por el gentilicio, sin precisar su nombre y sus títulos.

Personalidad de Miguel Lucas

El redactor de Los Hechos comenta las dos expediciones del verano de 1462 a Guadix y al sur de Granada como dos hazañas, especialmente la segunda en la que la reducida tropa giennense se mete literalmente en la boca del lobo en las mismas puertas de la capital, donde estaban concentradas fuerzas más que suficientes para exterminarla. El condestable no minimiza el peligro que corren sus tropas como lo manifiesta en el discurso que dirige a los “caualleros principales”, que hasta entonces ignoraban cuáles eran los objetivos precisos de la expedición:

Bien sabeys que yo parti de Jahen para yr a quemar y robar vnos lugares que son en somo de la çibdad de Granada e muy cerca della, llamados el vno Armedilla e el otro Aruriena. Y a este fin yo enbié llamar y rogar a estos caualleros que fuesen conmigo. Y pues asi es, puesto que en ello consista el peligro por vos recontado, pues vosotros me distes el ardid y para esto. Sali, este quiero seguir y no otro ninguno, que alli do ay mas peligro consiste la onrra y la fama que yo tanto deseo alargar. E si acaesçiere quel rey e la casa de Granada, con tan grant multitud de moros como vosotros decis, salieren a pelear conmigo, avn confio en el alto Dios que ligeramente podrá ser que yo alcance memorable victoria; de que a vosotros e a mi se siga gloria ynmortal.

Esas palabras, que suenan más a prosa caballeresca que a una arenga guerrera, son buena prueba de que la ambición de Miguel Lucas no acepta ninguna limitación ni siquiera la que recomienda la más elemental consideración del contexto bélico. Reconoce que le han advertido del peligro que hace correr a sus tropas y que este es real (“puesto que en ello consista el peligro por vos recontado” / aunque esta empresa contiene el peligro que señaláis) y, al no poder aducir argumento en contra, deposita su suerte y la de sus hombres entre las manos de Dios. Sin duda sería demasiado tarde para renunciar a la expedición, por lo que concluye el cronista: “Y en fin, el dicho señor condestable continuó su camino quanto más recio pudo

Conviene preguntarse si los demás caballeros y el mismo condestable solo contaban con la intervención divina para salir de ese mal paso o si sospechaban que la situación política del momento en el reino nazarí les depararía una salida feliz inesperada. No ignoraban que el rey Cidiza se encontraba muy debilitado. Era tan notorio incluso entre los cristianos que el redactor de Los Hechos dedica un comentario a “la tan grande confusión e discordia [que] entre los moros avia”, valiéndose del testimonio del prior del convento franciscano de Jaén que había pasado en aquel momento varios meses en la corte de Granada para cobrar las parias.

Como lo repitió el caballero moro, el rey de Granada tenía compromisos más graves que contestar a la provocación de unos pocos cristianos, que aunque pudieran dañar gravemente a la población y a la comarca, no representaban un peligro mayor para el poder nazarí, sino “quel rey su señor no estaua en tienpo de pelear con el al presente”.

Cuestiones estratégicas

En la relación de las dos expediciones de julio y agosto, el cronista deja entrever cómo el condestable había montado esas dos operaciones y el plan o ardid que había imaginado para cada una. Para el ataque contra Armilla y Churriana, se había beneficiado de la información que le habían aportado “algunos adalides sabidores de la tierra y de guerra”. Esos caudillos de la frontera eran evidentemente los que mejor conocían el estado de las defensas del reino nazarí y sus eventuales debilidades. Era natural que el condestable recurriera a ellos o que ellos se manifestaran espontáneamente a él, al ser notoria su voluntad de luchar con los moros. Esos colaboradores ocasionales ofrecían a Miguel Lucas el medio para actuar con un máximo de eficacia en un territorio, que, después de residir solo dos años en Jaén, seguía siéndole poco familiar.

En cuanto a la expedición a la sierra de Zenete, un antecedente que relata Jimena Jurado (p. 43) sugiere que la presencia de [Juan Martín de] Avendaño no fue ocasional.

Parece que estas treguas [del año 1452] no tuvieron efecto, ni pasaron adelante, pues en el siguiente año de 1454, como escribe Ruy Díaz de Quesada, en su Kalendario de cosas acaecidas en su tiempo en Quesada, a veintitrés de abril, día de San Jorge, don Martín de Abendaño, teniente del adelantado de Cazorla por Pedro de Acuña, señor de Dueñas, hermano de don Alonso Carrillo, arçobispo de Toledo, con la gente de aquel Adelantamiento, y Íñigo de Molina, alcaide de Quesada, pelearon con el rey de Granada en la Vega de Guadix, y le vencieron, y le quitaron y traxeron la cabalgada que él avía tomado.

Esta noticia aclara algún punto del proceso que, sin ella, habría quedado oscuro, siendo el primero que se le ocurriera al condestable pedir la ayuda de la gente del adelantamiento y no se limitara a las fuerzas de las cuatro ciudades del reino (Jaén, Baeza, Úbeda y Andújar), que eran las componentes más naturales de una coalición para cualquier empresa colectiva de los giennenses. Por otra parte, resulta que no era la primera vez que tropas cristianas del adelantamiento penetraban en la comarca de Guadix y no deja de ser significativo que Juan Martín de Avendaño, como teniente del adelantado, se hubiera señalado ya en alguna de esas entradas. Es lógico que Miguel Lucas se dirigiera a él para asesorarlo en esa nueva empresa. Cualquiera que sea el promotor de la entrada, es evidente que Miguel Lucas se concertara antes con gente del adelantamiento de Cazorla y que el teniente interviniera en la preparación de este como iba a intervenir en su realización. Su conocimiento de la zona lo designaba además para mandar la delantera de la tropa y guiarla sin riesgo de perderse en una comarca poco conocida por los demás. Por fin, pudo asegurar a Miguel Lucas que la empresa era factible porque las defensas de los pueblos de la zona eran mucho más fáciles de vencer en un único asalto que las de tres fortalezas que no podían ser conquistadas sin un asedio de varios días.

Los intentos contra las tres fortalezas han demostrado al condestable que la gente de su casa y de la ciudad de Jaén no constituía una fuerza suficiente para llevar a cabo con éxito unas incursiones en el territorio de Granada y que necesitaba la aportación de elementos exteriores, como la milicia de las otras tres ciudades, Baeza, Úbeda y Andújar, así como un contingente significativo del adelantamiento de Cazorla, lo que equivalía a unificar simbólicamente a todas las fuerzas vivas del reino de Jaén, condición indispensable para esperar vencer al enemigo granadino y abrir la posibilidad de algaras de cierta envergadura. Además, se habría convencido de que no conseguiría movilizar a la caballería del reino y a su peonaje si no les garantizaba unas ganancias abundantes.

Buena conciencia

Miguel Lucas coloca sus entradas en territorio granadino bajo el signo de la guerra santa y proclama que él personalmente no aspiraba a nada sino a acrecentar su honra. Al amparo de tan virtuosa misión, el cronista suelta la pluma para relatar las supuestas hazañas de los cristianos que resume en los siguientes términos: a “los enemigos amedrentar e sus tierras dellos ofender y destruyr” (p. 77):

La relación del balance final de la entrada reproduce, en su versión fronteriza, un esquema narrativo ya multisecular en la prosa cronística castellana en el caso de enfrentamientos entre moros y cristianos. Las cifras, trátese de los enemigos muertos o presos, de los ganados robados, sin duda exageradas, así como la radical destrucción de cultivos y edificios sirven para celebrar un triunfo conseguido, Dios mediante, contra unos enemigos que no merecen piedad. No se percibe el menor atisbo de humanidad sino una conciencia tranquila justificada por la convicción de servir a Dios.

Los dichos lugares [Aldeire y La Calahorra] fueron del todo entrados e robados y estruydos e metidos a fuego y a sangre, do muchos moros y moras fueron muertos y presos, en tal manera que los moros fueron muy quebrantados. (p. 80).

[…] luego fueron [Armilla y Churriana] entrados e muertos e presos y los lugares robados y puestos a fuego, do en la verdad fueron muertos e presos bien quinientos moros e moras e niños, e fueran mas de dos mil si la noche de antes no fueran sentidos. […] E asi el dicho condestable, como vencedor trihunfante, mouio su paso, talando y quemando toda la vega y recogiendo y leuando muy grand pieça de ganados vacunos e ovejunos e cabrunos e yeguas e de otras cosas que en la vega fallo (p. 88-89).

Esa violencia no se ejerce solo contra hombres de guerra, sino que afecta también a la población civil, incluidos mujeres y niños, al que no se concede más importancia que a las otras ganancias, animales y objetos. Valga como ejemplo el regreso de la expedición a Guadix que fue particularmente penoso:

Y asi e las grandes jornadas como por cabsa de la sed, que es tierra muy seca, e de la grant calentura del tienpo, ca era en la mayor fuerça de los canicolares, la gente padesçio en este camino e viaje muy grandisimo afán y trabajo, y del poco dormir, muchas personas perdieron el seso y estouieron locos de todo punto por algunos días.

Si lo pasaron tan mal los combatientes cristianos, ¿cómo lo pasarían “los muchos moros y moras catiuos, atados en cuerdas”, que fueron traídos a Jaén, donde fueron vendidos? El cronista no se preocupa de evocarlo siquiera, ni proporciona la cifra de los que murieron en el camino.

El historiador moderno podría juzgar anacrónicas estas consideraciones atendiendo a los cambios que han experimentado las relaciones humanas en los últimos siglos, sin embargo, sospecha que aquella no fuera la única respuesta concebible ya en la época del condestable, sino que existía una forma de coexistencia pacífica entre los dos pueblos, a pesar de la religión que pretendía oponerlos radicalmente. José Rodríguez Molina lo ilustra perfectamente con este testimonio contemporáneo debido a un alhaqueque cristiano, encargado de resolver los conflictos de la frontera:

Cuanto venimos exponiendo nos autoriza a deducir la doble proyección de Jaén en Granada: “Guarda y defendimiento de los reinos de Castilla” y centro, donde durante amplios períodos de la Baja Edad Media se acoge a los granadinos, y desde donde parten para Granada numerosos vecinos a solucionar sus más variados asuntos. Así lo reconocen las declaraciones de un vecino de Jaén, en 1480, cualificado, de otra parte, ya que ejerce el cargo de alhaqueque:

“…dixo que de un año a esta parte él, como alhaqueque desta dicha çibdad, a visto e vee oy día entrar e salir moros del reyno de Granada a esta çibdad con sus mercadurías, así paños, como lino, como cera e otras cosas que traen a esta çibdat, las venden sin contradiçión ninguna ni otro embaraço, y quee vee a vysto que cada día van e vienen christianos a Granada e a su reyno, e van seguros e vienen seguros”.

Con razón pone en tela de juicio la visión que, de las relaciones entre cristianos giennenses y moros granadinos, pretende promover el cronista de Los Hechos del condestable cuando relata “las incursiones guerreras de ese abanderado de la lucha contra el infiel, que se consideraba el Condestable, [que] tienen más de pomposo ropaje y alharaca de crónica que realidad eficiente, generalizada y continuada”. Con todo, no descarto que el fanatismo religioso del personaje fuera real, si bien no estuviera compartido hasta ese extremo por los giennenses de a pie.

BIBLIOGRAFÍA

Hechos del condestable Don Miguel Lucas de Iranzo (Crónica del siglo XV). Edición y estudio por Juan de Mata Carriazo; estudio preliminar por Michel Garcia; presentación por Manuel González Jiménez. Editorial Universidad de Granada, Granada MMIX.

Jimena Jurado, Martí, Obispos de Jaén y anales de su obispado, Madrid 1654, citado en Carriazo y Arroquia, Juan de Mata, En la Frontera de Granada, “5. Las treguas con Granada de 1475 y 1478”, Sevilla, Facultad de Filosofía y Letras, 1971, p. 226.

Rodríguez Molina, José, “Incursiones en tierras granadinas del condestable Iranzo”, Revista del centro de estudios históricos de Granada y su reino, N.°8, Segunda época, Granada 1994, p. 13-40.

Julio de 2025

 



[1] No se incluye en este estudio la entrada que realizaron en octubre de aquel año el condestable y el maestre Pedro Girón, porque se hizo por iniciativa de este e intervino en ella gente de fuera del reino de Jaén.

[2] Las citas de la crónica provienen todas del capítulo VIII; p. 78-90. En la transcripción se reproduce la grafía de la edición de Juan de Mata Carriazo.

Desafía el conde don Fadrique de Trastámara a Juan Alvarez Osorio (1413-1414)

Desafía el conde don Fadrique de Trastámara a Juan Alvarez Osorio

(1413-1414)

Una miscelánea, entendida como la reunión más o menos arbitraria de textos dispares, puede contemplarse desde dos enfoques aparentemente incompatibles entre sí, aunque sea tan legítimo uno como otro. En la Introducción a un trabajo crítico sobre el MS Res 27 de la BN de Madrid, procuré defender el menos evidente de esos enfoques, el que consiste en descubrir una posible coherencia en el contenido del volumen[1]. Sigo considerándolo como muy valioso. Sin embargo, sería improcedente y, hasta cierto punto, absurdo, renunciar a analizar por separado los textos recogidos, más aún cuando no ofrecen una relación precisa de contenido con lo demás de la colección, sino meramente genérica, cronológica o cualquiera otra similitud formal.

El segundo documento contenido en el códice Res 27 reproduce unas cartas de batallas intercambiadas en 1413 y 1414 por dos altos personajes de la corte de Juan II, el conde Fadrique de Trastámara y Juan Alvarez de Osorio. No se trata de un acontecimiento sobresaliente de la historia de ese reino; tiene que ver más con la “pequeña historia” que con la “grande”. No por eso deja de tener interés, en la medida en que la posición social de los protagonistas y el contexto político que se percibe a través de las circunstancias referidas revelan algunos aspectos de la existencia de la alta nobleza castellana de aquel tiempo, así como, de manera más sorprendente, de la administración del estado, en este caso el de la Corona de Aragón, que las crónicas oficiales suelen ignorar.

Esas cartas forman una serie destinada a restituir la cronología del debate mantenido por los dos protagonistas, por medio de una estricta alternancia entre sus respectivos escritos: a una carta del conde Fadrique responde otra de Juan Alvarez Osorio. Este esquema resulta en parte ficticio porque la realidad de los intercambios fue bastante más aleatoria. Algunos obstáculos afectaron la transmisión de los documentos; entre carta y carta corrieron períodos de tiempo variables, lo que obliga a contextualizar el contenido de las epístolas, operación que se complica cuando los hechos evocados remiten a un elemento de una carta anterior que no ha sido reproducida; en la serie faltan al menos dos cartas de Juan Alvarez. Por fin, si las misivas que emanan de Osorio están fechadas, no así las del conde de Trastámara, señal de que estas fueron transcritas a partir del original conservado en el archivo de la casa y no, como las de Juan Alvarez, a partir del ejemplar recibido. De todo esto, así como de la transcripción de los documentos finales redactados en la corte de Aragón, en cuyos actos no estuvo presente Juan Alvarez, se deduce que el documento proviene de la casa de Trastámara y debe interpretarse como tal.

Mi comentario apenas se detiene en los tópicos habituales en esa clase de escritos, para cuyo análisis remito al artículo apuntado en la bibliografía (“Chevalerie et poétique en Castille”). Su objeto principal es llamar la atención sobre los protagonistas, el contexto del desafío, las circunstancias que han influido en su desarrollo, también sobre las mentalidades y prácticas tanto en la corte castellana como en la aragonesa, en un momento excepcional en que los dos reinos se compenetran con facilidad, por lo menos desde un punto de vista castellano, que es el que se expresa aquí. No descuidar ninguno de los temas que suscita la controversia mantenida por el conde de Trastámara y Juan Alvarez Osorio permite, a la luz de los capítulos que la Crónica de Juan II dedica a esos meses en la corte aragonesa, añadir una dimensión insospechada a un evento inicialmente privado y, por consiguiente, de alcance limitado[2].

Criterios de la edición

Reproduzco los distintos textos, separándolos materialmente y optando por una presentación pensada para resaltar la articulación los argumentos y facilitar su lectura. Añado luego un comentario que no tiene más ambición que aclarar, para cada texto, las referencias y alusiones a circunstancias históricas no siempre fácilmente identificables. Aprovecho para señalar la información inédita que ofrece en dos ocasiones la Crónica de Juan II en su versión original, y que no recogieron las ediciones posteriores de esa obra.

La copia es de una sola mano, de principios del siglo XV. Señalo en nota algunos errores del copista. Enmiendo los errores evidentes entre corchetes [ ]: letra borrada, letras olvidadas, confusión de letras, ausencia de la marca del plural, etc. Reproduzco la grafía del códice, con las siguientes excepciones: iniciales de los nombres propios en mayúscula; desarrollo en cursiva de las abreviaturas; separación de los grupos de palabras según el uso actual, con la excepción del adverbio en -mente cuyo sufijo conservo exento. Los subtítulos entre corchetes son míos.

Bibliografía

Ferro, Donatello, Le Parti inedite della Crónica de Juan II di Álvar García de Santa María, Edizione critica, introduzione e note a cura di […], Venezia, Consiglio Nazionle delle Ricerche, 1972.

“Chevalerie et politique en Castille. histoire d’un défi et de son arrière-plan politique (1413-1414)”. La Chevalerie en Castille à la fin du Moyen Âge. Aspects sociaux, idéologiques et imaginaires. (Georges Martin, coord.). Paris: ed. Ellipses, 2001, p. 81-99.

“El delicado manejo de misceláneas: Ms Res. 27 de la BNM”. The Iberian Book and its Readers. Essays for Ian Michael, Ed. by Nigel Griffin, Clive Griffin and Eric Southworth, in Bulletin of Spanish Studies, Volume LXXXI, Numbers 7-8, (November-December 2004), p. 913-926.

González Sánchez, Gonzalo, La Corona de Castilla: vida política (1406-1420), acontecimientos, tendencias y estructuras. Memoria para optar al grado de doctor, Madrid 2010. Versión digitalizada.

Crónica del rey Juan II de Castilla: minoría y primeros años de reinado (1406-1420), edición y estudio de Michel Garcia, Salamanca: Ediciones Universitarias, 2019. Col. Textos recuperados, XXXIV, 2 vols. (págs. 1-500 y 501-976).

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TEXTO DE LAS CARTAS

desafia el conde don Fadrique a Juan Alvarez Osorio

[Conde don Fadrique. Carta I]

[4rb]

Iohan Aluarez,

Yo el conde don Fadrique vos fago saber que a mi es dicho e fecho entender que vos, en el palaçio de mi señor el rrey e de la rreyna mi señora [fol. 4rb] e eso mismo en vuestra posada e en palaçio adonde uos açertades, decides que yo feziera en Valladolid, ante que dende partiese, pleito e omenaje a mi señor el rrey en presençia de la rreyna mi señora e por ante los del su Consejo de non pasar el puerto de la Faua nin entrar en mi tierra e condado aca en Gallizia, e que dezides que, quando yo non guardaua verdat nin tenia lo que prometia al rrey a quien lo auia de tener, e avn me dizen que asi lo enbiastes[3] aca escreuir [a] algunos[4] de vuestros escuderos.

De lo qual me fago mucho marauillado por lo vos querer dezyr asi, sabiendo que non es verdat e porque [a]l[5] tal como uos o otro bueno qualquier pertenesçe dezyr las cosas que entendiere fazer verdat e non el contrario.

E porque[6] me lo enbiaron asi escreuir de alla de la corte por çiertas presonas que me enbiaron dezir que uos lo oyeron e porque aca son uenidos algunos de los otros que dezian que vos lo oyeron e que lo oyeron dezyr a otros algunos que lo oyeran a uos,

por [ende][7] acorde de vos escreuyr sobre ello e de uos lo enviar preguntar porque so çierto que, si lo dexistes, que uos sodes tal que lo non negaredes en ninguna manera.

¶Por e[nde si][8] uos [fol. 4va] lo dexistes o dezides o uos entendes en ello afirmar, enbiadmelo dezyr e yo uos dire el contrario: que nunca Dios quiera que yo feziese pleito e omenaje ni no otra seguridat alguna al rrey mi señor nin a mi señora la rreyna que yo fuese tenido a guardar que nunca lo yo quebrantase en alguna manera; que todo lo que paso entre la rreyna mi señora e entre mi çerca desto fue delante el obispo de Palençia e el obispo de Segouia e el dotor Pero Gonçalez e fue sabidor dello el prior de San Benito, los quales son bastantes para dar fe e çerteficar lo que asi paso e de otra qualquier cosa, aunque fuese la mayor que en el tienpo de agora pudiese ser en el mundo fecha, los quales saben bien que y toue cunplida mente todo lo que prometi.

¶Otrosi, despues me es dicho que uos trabajades, asi por uos como por otros mandando, que lo digan que fablan de mi algunas cosas asi en el palaçio del dicho señor rrey como delante la dicha señora rreyna o en otras partes, deziendo algunas dysfamaçiones que ni vos nin aquellos que lo dizen non las podrades averiguar – nin Dios non quiera [fol. 4vb] que asi fuese – de las quales yo non fago mençion, como quiera que, si vos uos entendedes aprouechar de las dezyr, escrebidmelo e vos auredes la rrepuesta qual cunple sobre ello. E rruegouos que en este caso non querades fablar de oydas que, si de oydas ouieredes de fablar, bien sabedes que yo e todos los del rreyno abriemos que fablar de uos.

¶Otrosi, me dizen que vos primera mente auedes dicho que yo mande çercar la vuestra casa de Cançer; que Diego Aluarez e Alfon Tuerto e Gomez Nuñez e Gomez Garcia e otros algunos que uenieron con ellos e estouieron conmigo en el Vierso e se tornaron mios; e que por mi mandado vos çercaron la dicha casa e que vos quexastes dello a los del Consejo del dicho señor rrey e en otras partes, deziendo que yo non uos guardaua el seguro puesto entre my e uos por el dicho señor rrey, e que estos omes uenieron e ueuieran conmigo e que por esta cabtela les echara de my; e dizenme que esta rrelaçion fezistes de mi e fazedes a la dicha señora rreyna[9] en plaça;

por lo qual vos digo que, si asi vos lo dexistes o dezides o vos entendedes en ello afirmar que yo uos entiendo dezir dello el [fol. 5ra] contrario e rruegovos que destas cosas ay vuestra rrepuesta firmada de vuestro nonbre e sellada de vuestro sello, asi como esta va, porque de todo vos entiendo dezir el contrallo e delibrarlo del mi cuerpo al vuestro e de non uos poner otro escusador, non enbargante que uos sabedes bien que ello non es hegualdat por tantas rrazones quantas a uos se pueden entender e a todos los otros del rregno que esta carta vieren.

¶Otrosi, porque en mi casa ay otros tan grandes e tan buenos e de tan grandes linajes como uos que son bastantes para uos dezyr e rresponder en este fecho e en otro qualquier que fuere, e de lo que se vos entendiere de fazer en ello aya luego vuestra rrespuesta çerteficandome si dexistes las tales cosas o non o si uos entendedes en ellas afirmar como dicho es.

 

[Juan Alvarez Osorio. Carta I]

[C]onde don Fadrique,

Yo Iohan Aluarez Osorio vos fago saber que vi vn treslado de vna carta que dizen que me enbiastes el original, – la qual non pude aver como quiera que fize toda mi deligençia para la auer e el dicho treslado me fue enviado de alla [fol. 5rb] de vuestra casa -, por la qual paresçe, segunt el dicho treslado:

que me enviastes dezir e fecho entender que yo, en el palaçio de mi señor el rrey e de la rreyna mi señora e eso mismo en mi posada e en la plaça donde me açertaua, dezia que uos que fezierades en Valladolid ante que dende partiesedes pleito e omenaje al dicho señor rrey, en presençia de la dicha señora rreyna e por ante los del su Consejo, de non pasar el puerto de la Faua nin entrar en vuestra tierra e condado alla en Gallizia, e que dezia que, quando uos, non guardauades verdat e non teniades lo que prometiades al rrey a quien lo deuiades tener;

e avn, que uos auian dicho que asi lo enbiara escreuir alla [a] algunos[10] de mis escuderos de lo qual vos fazedes mucho marauillado por lo yo querer dezir asi sabiendo que non es verdat e porque atal como yo o a otro bueno pertenesçe dezir las cosas que entendiese fazer verdat e non el contrario;

e porque vos enbiaron escreuyr de aca de la corte por çiertas presonas que vos lo enviaron dezyr que me lo oyeron e porque alla son algunos de los otros que dezian que me lo oyeran e que lo oyeron de [mi][11] algunos [fol. 5va] de los otros que me lo oyeran a mi,

por ende que acordastes de me escreuir sobre ello e me lo enviar preguntar por que sodes çierto que so atal que si lo dixe que lo non negare en ninguna manera;

¶por ende que, si lo dixe o lo digo o me entiendo afirmar en ello que uos lo enbie dezyr e que me diredes el contrario, que nunca Dios quiera que uos feziestes pleito e omenaje nin otra seguridat alguna al dicho señor rrey nin a la dicha señora rreyna que vos fuesedes tenudo a guardar, que nunca lo quebrantasedes en ninguna manera e que todo lo que paso entre la dicha señora rreyna e uos que fue delante el obispo de Palençia e del obispo de Segouia e del dotor Per Yñes e fue dello sabidor el prior de San Benito, los quales son bastantes para dar fe e çerteficar lo que asi paso e de otra qualquier cosa avn que fuese la mayor que en el tienpo de agora fuese en el mundo fecha, los quales dezides que saben bien que vos touistes lo que prometistes.

¶A lo qual vos rrespondo que, si uos dezides o firmades que yo dixe las tales palabras en la manera e forma suso dicha, que me la enbiedes dezir por carta firmada de vuestro nonbre e sellada con vuestro sello, e entonçe yo vos entiendo rresponder segunt que deu[o a] [12] guarda de mi onrra e [fol. 5vb] estado.

¶Otrosi, a lo que me enbiastes dezyr que uos era dicho que yo que me trabajaua asi por mi como por otros a quien mandaua que le dexiesen que fablase de vos algunas cosas, asi en el palaçio del dicho señor rrey como de la dicha señora rreyna e en otras partes, deziendo algunas disfamaçiones que yo nin aquellos que las dizen non las podriamos averiguar – nin Dios lo quiera que asi fuese – de las quales dezides que non fazedes mençion, como quier que sy yo me entiendo aprouechar de las dezyr que vos las escriua que yo avre la rrepuesta qual cunple sobre ello e que me rrogades que en este caso que non quiera fablar de oydas que si de oydas ouiesedes a fablar que bien sabia yo que todos los del rreyno auredes que fablar de mi,

¶a esto uos rrespondo que fablastes escuro e de tal manera que non podedes auer çierta rrespuesta, pero enbiadme uos dezyr que son las disfamaçiones que yo e otros e por mi mandado de vos ayamos dicho e yo vos rrespondere segund de suso dicho es.

¶E açerca de lo que dezides que podriades dezyr de mi, vos e todos los del rregno, por çierto yo nin aquellos donde yo uengo nin deximos nin [fol. 6ra] nin[13] fezimos cosa por que nos pudiese uenir mengua nin desonrra, por que pudiesemos con verdat ser, rrespondiendo en la manera que vos dezides, que, si uos dezides que yo aya fecho o cometido alguna cosa que uerguença o mengua mia sea, enbiadmelo dezyr o declarar çerteficando me dello en la manera suso dicha, que yo vos rrespondere a ello como deua en tal caso como cunpla a mi onrra.

¶Otrosi, a lo que me enbiastes dezyr que vos dexieron agora nueua mente que auia dicho e dezia que uos mandarades çercar la mi casa de Cançer, que Diego Aluarez e Alfon Corto e Gomez Moñiz e Gomez Garcia e otros algunos que uenieran con ellos estouieran conuusco en el Vierso e se tornaron vuestros, e que por vuestro mandado çercaran la dicha casa, e que me quexe dello a los del Consejo del dicho señor rrey e en otras partes, deziendo que vos non me guardauades el seguro puesto entre vos e mi por el dicho señor rrey; e que estos omes beuieron e beuian conuusco e que, por esta cabtela e fabla, los echarades de vos; e que uos dexieran que esta rrelaçion auia fecho e fazia a la dicha señora rreyna en publica plaça, por lo qual me dezides que, [fol. 6rb] si asi lo dixe o digo e me entiendo en ello afirmar, que uos me entendedes dezyr dello lo contrallo;

e que me rrogades que destas cosas ayades mi rrespuesta firmada de mi nonbre e sellada con mi sello asi como la vuestra carta uenia, porque de todo me entendedes dezyr lo contrario e delibrar lo del vuestro cuerpo al mio e non me poner otro escusador, non enbargante que yo se bien que ello non es egualdat por tantas rrazones quantas a mi se pueden entender e a todos los otros del rregno que la dicha vieren.

(5)¶Otrosi, porque en vuestra casa ay otros tan grandes e tan buenos e de tan grandes linajes que son bastantes para me dezir e rresponder en este fecho,

¶a esto uos rrespondo que es verdat que yo que me quexe de vos ante la merçed de la dicha señora rreyna e ante los del Consejo del dicho señor rrey e suyos de muchos agrauios e sinrrazones que yo e los mios auemos rreçebidos de vos e de los vuestros, señalada mente en la toma e derribamiento que fue fecha de la dicha mi casa de Cançer, en lo qual yo fize verdadera rrelaçion de lo que por mi fue dicho e quexado, como que tengan que en vuestra casa aya asaz de buenos pero, considerando quien yo so e el linaje donde vengo [fol. 6va] asi de padre como de madre e de mis auuelos de amas las dychas partes como fueron fechos, yo tan bueno e tan bastante so como vos para dezyr e rresponder a uos en esto e en otro qualquier caso e, si sobre ello alguna rrequesta queredes tomar segund que me enbiastes dezyr, enbiadme dello çerteficar que yo vos rrespondere luego en tal manera que non se tarde el mensajero por la rrespuessta.

Fecho en la çiubdat de Toro tres dias de octubre Iohan Aluarez.

 

[Conde don Fadrique. Carta II]

Iohan Aluarez Osorio,

Yo el conde don Fadrique vos fago saber que vi la carta que me enbiastes la qual era firmada de vuestro nonbre e sellada con vuestro sello en las espaldas della, por la qual paresce que me enbiastes dezyr que vierades vn treslado de vna mi carta que uos dexieron que yo uos enbiaua e que el original della non lo pudistes auer aun que feçistes toda vuestra deligençia por la auer, el qual dicho traslado que vos fuera enbiado de aca de mi casa.

¶Es verdat que yo uos enbiaua la dicha carta e que a uos la mandaua dar e las rrazones della [fol. 6vb] a uos yuan e en uos non la auer a mi peso dello, que bien sabedes que el escudero mio que la leuaua fue preso por mandado de mi señora la rreyna e por los allcalldes del rrey e suyos e fue leuado ante la dicha señora rreyna e en su presençia le fue tomada la dicha carta e avn todas las otras que leuaua, e por esto se escuso de uos la dar e de no la auer vos.

E a lo que dezides que vos fue enbiado el treslado de aca de mi casa esto agradezco mucho al que uos lo enbio por que por uos auer el dicho traslado oue[14] yo de auer vuestra rrepuesta, que yo soy çierto que los de mi casa son tales e tan buenos que, si entendieran que a mi non plazia que la dicha mi carta fuera mostrada e publicada que non vos enbiaran el traslado della e guardaran lo que ellos entendieran que a mi cunplia guardar como las sus vidas mesmas; mas, porque ellos sabian e saben el grand deseo que yo sienpre oue e he de llegar con uos a lo que en que oy – gracias aya Dios – somos por lo que adelante vos oyredes e ueredes por la obra, e so çierto que ouo buen auisamiento e buena entençion de me conplazer el que uos enbio el dicho traslado e las mesmas palabras de la carta que vos enbiaua

¶Segund las palabras de lo que vos me escreuistes, pareçen ser todas vnas e yo, en estas palabras que dezides por vuestra carta [fol. 7ra] que se contienen en el treslado que yo vos enbie, yo en esas mesmas me afirmo.

E quanto atañe a lo primero que rrespondedes en que dezides asi que, si yo digo o me afirmo que si uos dexistes las tales palabras en la manera suso dichas e por la forma que uos las enbie dezyr por carta firmada de mi nonbre e sellada con mi sello estonçe, que uos me entendedes rresponder segunt deuades e a uos cunpla e a guarda de vuestra honrra e estado,

¶a esto vos rrespondo que yo non he mas que dezyr, que yo enbiaua uos lo preguntar segund en mi carta se contiene; e pues uos non uos afirmades que lo dexistes, la pena dello es que los que uos lo oyeron, si uos lo dexistes asi como a mi fue dicho e vos lo enbie dezyr, que otro dia non uos crean al que en semejante digades que, en quanto atañe a mi carta que uos enbie vuestra rrespuesta a lo primero

¶A la segunda rrepuesta de vuestra carta que dezides que yo fable tan escuro e de tal manera que non puedo auer çierta rrepuesta pero que, enbiando vos a dezyr yo que son las diffamaçiones que uos e otros por vuestro mandado de mi ouistes dicho, vos me rresponde[re]des[15] segunt de suso es dicho,

¶a esto uos rrespondo que a mi es escusado rrepetyr lo que vos e otros dezidores, non deziendo verdat de mi quieren dezyr, mas, si uos dexistes de mi algo que [fol. 7rb] a bueno non pertenesca de dezyr, la pena de suso dicha abasta auos o a otro qualquier que dezidor fuere.

¶A lo terçero en que dezides que, çerca de lo que yo dixe que pudiera dezir de uos yo e todos los del rrey, e que por çierto vos nin aquellos donde vos uenides que nunca pensastes nin feçistes nin dexistes cosa alguna por que vos pudiese uenir mengua ni desonrra por que pudiesedes con verdat ser rreprehendidos en la manera que yo digo;

e que si yo digo que uos ayades fecho nin cometido alguna cosa que verguença o mengua vuestra sea, que vos lo enbie dezyr e declarar çerteficando uos dello en la manera suso dicha e que uos me rresponderes a ello como deuedes en tal caso como cunple a vuestra onrra,

¶a esto vos rrespondo que yo de vuestro linage non quiero agora de presente cosa alguna dezir saluo que todos fueron e son buenos, por quanto sabedes bien uos que todo[s][16] los de vuestro linaje fueron fechura e criança de los donde yo uengo, e uos e otros de vuestro linaje tan buenos como vos rresçebistes del conde mi padre e mi señor – que aya santo parayso – e de mi mucho bien e merçed e mucha ayuda.

¶A lo que atañe a vos de lo que dezides que nunca dexistes nin pensastes nin fezistes cosa por que vos pudiese uenir mengua nin uerguença por que podiesedes con verdat ser rrehprendido e que[17] [fol. 7va] yo vos enbie dezir por mi carta, yo me afirmo en ello e por que non lo declaro agora de presente mas, con la ayuda de Dios, yo entiendo desde agora adresçar e apresurar mi partida de aqui para la corte del rrey mi señor, segund pertenesçe a mi estado e a onrra e seguridat de mi presona e seyendo obediente como deuo al dicho señor rrey en las sus leys e ordenamientos e, podiendo auer la dicha segurança, entiendo fablar con la su merçed para auer la liçençia que en el caso que yo a la su merçed dije se rrequiere e estonçe, ella auida, yo uos dire aquellas cosas que al su seruiçio rreal pertenesçen saber en que uos sodes culpado e dezir el caso sobre que vos entiendo rreptar, auiendo la dicha liçençia;

e vos entiendo dezir delante el dicho señor rrey o delante el juez o juezes ante quien ouiere de ser e de se fazer la batalla e en aquel dia el contrario de lo que vos aqui dezides e uos dezyr tal nonbre que sea culpa de vuestro linage de los que [so]n[18] fechos fasta el yerro que entiendo declarar en la forma e manera suso dicha por lo qual uos sodes meresçedor de auer el tal nonbre e quando fuere rrespondido verna, con la ayuda de Dios, la deliberaçion de la verdat.

E por quanto yo agora non podria declarar mas en estas cosas, por ende non abro mas la rrazon, pero si a uos tan luengo paresçiere el tienpo de la mi llegada a la corte de mi señor el rrey, como quier que yo la apresuro [fol. 7vb] e la apresurare lo mas que yo pudiere, segund que pertenesçe a mi estado e onrra e guarda e segurança de mi persona, segunt la priuança que vos agora auedes en la casa del rrey mi señor, trabajad por ganar liçençia que, non enbargante las leys e ordenamientos so las quales yo biuo para dezyr e declar[ar][19] las cosas suso dichas, desde agora e desde aqui onde yo soy o donde fuere e aya la liçençia para que asi uenga a efecto todo ello, como sy por la via que estan ordenados se declarase e dexiese; e esta liçençia ganada, sere yo libre para fablar e uos dire las dichas cosas por la orden que deua e a mi estado pertenesçe, non enbargante que de mi a uos non sea ygualdat, segund que en la otra mi carta primera se contiene, por tal manera que las dichas cosas por mi asi declaradas por vos sea rrespondido a vos venga la verguença que el tal fecho meresçe.

E con la ayuda de Dios e de la bienauenturada Uirgen Santa Maria su madre, mi abogada, yo entiendo defender por mi cuerpo e fazer verdat lo que dexiere por mi lengua e lo que escreuiere por mi escritura que faga fe.

E por yo al presente en esta rrazon fablo escuro, segund que dezides por vuestra carta, uos lo deuedes sofryr en buena paçiençia fasta en aquel tienpo que para estonçe, plaziendo a Dios, vos oyredes e ueredes e sabredes tanto con que vos pesara [fol. 8ra] e non vos podedes escusar de ganar la dicha liçençia ca, como uos ganades otras cartas en vuestra onrra e ayuda e prouecho que son mucho en vuestro fauor por la priuança que tenedes, segunt dicho es, asi deuedes de trabajar por auer esto, que si en ello trabajades çierto es que la auredes muy de ligero, segund la dicha priuança e el lugar e la manera que al presente tenedes en la casa de mi señor el rrey;

e demas desto aqui contenido, a lo que se contiene en la dicha vuestra carta uos rrespondo lo de yuso escrito.

¶Otrosi al quarto e al quinto en que dezides que uos quexastes de mi delante mi señora la rreyna e ante los del Consejo del dicho señor rrey e suyos, de mi e de los mios, de lo qual dezides que fezistes verdadera rrelaçion de lo que dezides que por uos fue dicho e quexado;

e dezides mas que, como quier que tenedes que en mi casa aya asaz de buenos pero que, considerando quien vos sodes e el linaje donde uos uenides que vos soes (sic) tan bueno e tan bastante para me dezyr e me rresponder como yo asi en esto como en otra qualquier cosa;

e que, si sobre esto alguna rrequesta quiero tomar, que uos enbie çerteficar e que uos me rresponderedes luego a ello como non se detenga el mensajero.

¶A todo esto uos digo e rrespondo, e asi me paresçe que yo puedo mas con rrazon dezyr que vuestra rrepuesta fue mas cabtelosa e mas oscura que non la mia, que [fol. 8rb] demandades que las vuestras palabras que se afirmen por mi que las non oy de uos saluo por rrelaçion de otros, e uso, si las dexistes o non, non lo afirmades,

e afirmando uos que auedes dicho o dexieredes las dichas cosas o que yo feziese lo que yo uos he escrito por la dicha mi carta que me dexieron que uos auiades dicho e uos afirmades en lo suso dicho.

Yo, con la ayuda de Dios, uos entiendo dezir e dire, quando e en la forma e manera que deuiere, que uos mentides como malo e falso e perjuro e fementido que, teniendo de mi merçed e tierra e tenençia e lugares e vasallos mas falsastes e quebrantastes el pleito e omenaje e juramento que me fezistes, fiando yo de uos como de cosa mia, e que dexistes palabras non catando nin temiendo a Dios, con grand desconosçemiento non conosçiendo a uos mesmo nin a quien sodes e quanto bien e merçed rreçebistes vos e los de vuestro linage de mi e de los donde yo uengo con tan grant soberuia e desconoçemiento,

e espero en Dios e en la bienauenturada su madre que, al dicho tienpo, se podra dezir que las tales palabras asi dichas an a ser ataud de vuestro cuerpo e acortamiento de vuestros dias e publicaçion de vuestras malas obras.

E por todo esto uos rrespondo e satisfago la rrazon que se contiene en fin de vuestra carta, que dezides de la rrequesta si la queria tomar con vos e, por quanto me dixo Iohan de Vascones que, quando le vos dierades la dicha carta vuestra para mi, que vos que le dexierades delante [fol. 8va] muchos caualleros e [escud]eros[20] que aquella carta que yo uos auia enbiado que era cabtolosa, mas que yo feziese vna cosa que buscase manera como de my a uos lo pudiesemos librar, deziendo que vos lo auiades a uoluntad mas que non yo,

e que uos plazia de lo fazer conmigo en el rregno o fuera del rreyno donde yo mas quisiese, e otras muchas rrazones çerca desto,

a esto uos rrespondo que, si non fuese por obedesçer a mi señor el rrey e a las sus leyes e ordenamientos que lo teniades luego en la mano e muy presto mas, segunt he dicho, vos ganad la dicha liçençia e luego ueredes la buena uoluntad que yo contra ello tengo e como, con la ayuda de Dios, lo porne por obra;

e donde non querades ganar la dicha liçençia e vos parezca luenga mi yda a la corte de mi señor el rrey por uos mas satisfazer, si a uos plaze, que sea fuera deste rreyno, si uos a la batalla queredes uenir, yo nonbro e tomo por juez al muy poderoso prinçipe rrey, mi señor el rrey de Aragon, por quanto es tutor e rregidor del dicho señor rrey nuestro señor e rregidor de los sus rregnos e le pertenesçe el tal pleito, quanto mas, por ser natural del dicho rreyno delante quien la batalla se faga.

E el non queriendo ser juez, que lo sea el señor rrey de Portogual, por quanto es mas comarcano e a debdo con el rrey nuestro señor.

E delante el que ouiere a ser juez [fol. 8vb] nos seremos el dia e termino por [el] asig asignado[21].

E la batalla sera a pie o a cauallo segund la costunbre del rreyno do fuere o como a el pluguiere de lo ordenar.

E el fara juramento sobre su fe rreal e dara dello carta e su certidunbre[22] de nos tener la plaça segura e dexar llegar la batalla a fin sin auer otro partimiento alguno.

E desto aya luego vuestra rrespuesta firmada de vuestro nonbre e sellada de vuestro sello, segunt que esta mia ua, por que enbiemos luego rrequeryr los juezes.

E vos deuedes salyr de la corte e poner uos en tal lugar donde non seades preso nin detenido fasta tanto que este fecho aya fin, que, para bueno como uos sodes, non pertenesçen alharacas nin otras maneras algunas, que bien sabedes vos que enxienplo viejo es en Castilla que dize “eso diga barua que faga”, que, pues vos tan grand talante auedes de vos matar conmigo como me dixo el dicho Iohan de Vascones que vos deziades, largamente en el rregno o fuera del rregno, por quanto fuera deste rreyno yo mas libre mente e sin pena vos podre dezir las cosas sobre que vos entiendo afirmar la batalla e uos rresponderme luego si lo queredes asi fazer ante los dichos juezes segund es dicho;

e yo alli uos entiendo dezyr las dichas cosas tanto que delante el dicho juez seamos, pues yo agora non las puedo dezir por obedesçer al dicho señor rrey e a las dichas sus leys e ordena [fol. 9ra] mientos.

E asi este negoçio se acertara e se abreuiara si uos atan grand voluntad lo auedes como lo dexistes al dicho Iohan de Vascones e, si por uos non quedare, ello se abreuiara mas de lo que pensades e como todos veran fecha

Yo el conde.

 

[Juan Alvarez Osorio. Carta II]

[C]onde don Fadrique,

yo Juan Aluarez Osorio vos fago saber que vy la carta me enbiastes, la qual paresçia ser firmada de vuestro nonbre e sellada convuestro sello.

E a lo que me enbiastes dezir que non teniades mas que me declarar, pues que me enbiauades preguntar segunt que en la otra carta se contenia e que, pues no me afirmaua en que dexiera las dichas palabras, que la pena dello era que, si lo dixe, que otro dia non me crean al que en semejante diga,

¶a esto vos rrespondo que, si vos afirmades o afirmaredes en que yo auia dicho las dichas palabras que yo vos rrespondiera, e rrespondere segunt que por la dicha carta uos enbie dezir pero que yo uos rresponda si auia dycho las dichas palabras o non, non auia nin he por que lo fazer, que paresçia que erades vos mi juez que queriades que vos rrespondiese avlas preguntas que me faziedes, [fol. 9rb] lo qual uos sabedes bien que lo non sodes nin auia nin quiero fazer salua si lo dixe o non, e asi non meresco la pena que vos dezides.

E a lo que dezides que a uos es escusado de rrepetyr lo que yo e otros dezidores, non deziendo verdat, de vos queremos dezir e, si yo de vos algo dixe que a bueno non pertenesçia, dezir que la pena de suso dicha me abastaua,

¶a esto vos rrespondo que, pues uos non queredes mas declarar, que yo non uos puedo al dezir saluo que, si yo alguna cosa de vos dixe, dezirlo ya con verdat e en la manera que deuia; e asi la dicha pena deue ser dada a uos e alos otros que acostunbran a nunca dezir verdat, segund que es publico por todo el rregno que nunca me pague de vsar de tal cosa.

E a lo que dezides que de mi linaje non queredes agora de presente cosa alguna dezyr saluo que todos fueron e son buenos, por quanto se yo bien que todos los de mi linage fueron fechura e criança de los del linaje donde uos uenides e que yo e otros del mi linaje tan buenos como yo rresçebimos del conde vuestro padre e de vos mucho bien e merçed e mucha ayuda e que, a lo que a mi atañe, que vos afirmauades en lo que me enbiastes dezir por vuestra carta e que lo non declarades agora luego de presente e que, quando uenierades a la corte del rrey que, auida liçen [fol. 9va] çia la que en tal caso rrequiere, que me diredes aquellas cosas que a seruiçio del dicho señor rrey pertenesçen de saber en que yo soy culpado,

e diredes el caso sobre que me entendedes rreptar, auiendo la dicha liçençia, e que en aquel dia me diredes el contrario de lo que yo aqui digo,

e me diredes tal nonbre que, sin culpa de mi linaje de los que son fechos fasta el yerro que entendedes declarar, por el qual yo soy meresçedor de auer el tal nonbre e, quando fuere rrespondido, verna la deliberaçion de la verdat,

¶a esto vos rrespondo que, en uos dezir que los del linaje donde yo vengo fueron e son buenos, que en esto dezides verdat pero que, en quanto dezides que fueron criança e fechura de los del linaje donde vos uenides, en esto non dezides verdat ca uos sabedes bien que mi padre non fue criança nin fechura del vuestro e notorio es en este rregno las obras que el vno rresçebio del otro e si ouo auantaja alguna mi padre del vuestro e el vuestro del mio en algunas cosas e maneras que entre ellos rrecresçieron.

¶A lo otro que dezides que me diredes desque aca seades e ayades la dicha liçençia, bien se yo que con verdat non me podriades vos nin otro alguno dezir cosa alguna que mengua nin verguença me fuese pero, si alguna cosa de mi dexieredes [fol. 9vb] segund que dezides que lo faredes auiendo yo liçençia para ello, yo vos dire que mentides e uos lo fare conosçer segund que deua e al tal caso se rrequiera.

E a l[o] que[23] dezides que, si me paresçiere luengo el tienpo de vuestra llegada a la corte, que me trabaje por ganar liçençia avnque, non enbargante las leyes e ordenamientos so que vos biuides podedes dezir e declarar las cosas suso dichas, e que, esta liçençia ganada, seredes libre para fablar e me diredes las dichas cosas, e que non me puedo escusar de ganar la dicha liçençia, segund la priuança que tengo e segund que he ganado otras cartas, que a mi onrra cunple,

¶a esto vos rrespondo que, gracias aya Dios, yo he asaz lugar en la merçed del rrey nuestro señor por su merçed del, pero sed bien çierto[24] que, si la dicha liçençia yo pudiere auer, yo gela ternia en muy grand merçed, allende de quantas me ha fecho e faze, pero tan breue ha de ser vuestra venida, segunt vos dezides, vos trabajaredes por vuestra parte e yo por la mia por auer la dicha liçençia

e, ella auida, yo vos entiendo de dezir tales cosas e verdaderas que vos non plazera de las oyr e alli vos sera puesto con verdat el nonbre que vos dezides que [fol. 10ra] pornedes a mi con mentira e falsedat.

E a lo que dezides que la my rrespuesta fue mas cabtelosa e obscura que la vuestra, pues que uos demando que las mis palabras que non oystes que se afirmen por vos e que, si las yo dixe o non que lo non afirmaua

e que, afirmandome yo que yo auia dicho o dexiese las dichas cosas que uos entendiades dezir, que mentia como malo e falso e perjuro e fementido,

que, teniendo de uos merçed e tierra e tenençia de lugares e de vasallos, uos falsara e quebrantara el pleito e omenaje que uos auia fecho, fiando vos de mi, e que dexiera las dichas palabras non catando nin temiendo a Dios,

¶ a esto vos rrespondo que, desque la dicha liçençia fuere otorgada, yo uos rrespondere en que el malo e el falso e perjuro e fementido e que non tiene amor nin temor de Dios nin verdat nin lealtad, segund que es notorio en el rregno e en los otros rregnos comarcanos, non es otro sinon uso.

e Dios non quiera que yo ouiese fecho nin cometido cosa alguna de lo que vos dezides e, auida la dicha liçençia [dire][25] que mentides en ello como malo e falso cauallero, e vos lo fare asi conosçer de mi cuerpo al vuestro e, con la ayuda de Dios, segund la verdat que yo tengo e terne en la dicha rrazon, uos aueredes mala fin segunt los Cami [fol. 10rb] nos que auedes comencado e la mala verdat sobre que uos fundades.

E a lo que dezides que, donde yo non quisiese ganar la dicha liçençia, que a uos plaze que se delibre este fecho fuera del rregno e que, si yo a la batalla quiero uenir que tomades e nonbrades por juez a mi señor el rrey de Aragon e, el non lo queriendo ser, que sea el rrey de portogal,

¶a esto uos rrespondo que, plaziendo a mi señor el rrey de Aragon de lo açeptar, que a mi plaze que el sea juez del dicho negoçio e, donde a su merçed non plega de lo fazer, auiendo yo seguridat del rrey de Portogal, tal qual cunple e se rrequiere en tal caso, non quebrantando las leyes e ordenamientos establesçidos en esta rrazon, a las quales yo e vos somos tenudos e subgetos de los guardar,

yo vos entiendo dezir e rresponder ante qualquier de los dichos señores rreyes[26] todo lo que a guarda de mi honrra e[27] estado conuenga e de lo fazer verdat e de uos lo conbatyr de mi cuerpo al vuestro,

e por ende veres que, si yo algo dixe, que fue e so e sere para lo poner por obra si uos dello quisieredes uenir sin poner luengas nin cabtelas nin rrazones coloradas como sienpre acostunbrastes de fazer e dezir, teniendo otro en la voluntad de lo que de fuera demostrades en los tales negoçios [fol. 10va] e en los otros semejantes.

E desto uos enbio esta mi carta firmada de my nonbre e sellada con mi sello fecha veynte e seyes (sic) dias de nouienbre

juan Aluarez

[Conde don Fadrique. Carta III]

 

Iohan Aluarez Osorio,

yo el conde don Fadrique uos fago saber que vy vna carta que me enbiastes e entendy todo lo en ella contenido.

E agora sabed que non uos rrespondo a ella al presente tan larga mente como entiendo rresponder adelante, Dios queriendo, por quanto enbie rrequeryr a mi señor el rrey de Aragon para que me diese la liçençia que en tal caso es nesçesaria e, segunt que en mi carta que sobre ello uos enbie se contiene e si my señor el Rey de Aragon non quisiere dar la dicha liçençia, yo la entiendo demandar al rrey de Portogal e rrequeryrle sobre ello.

E si el non la quisiere dar, yo entiendo rrequeryr a algunos rreys comarcanos que la dicha liçençia puedan e quieran dar e quieran tener la plaça segura e dexar llegar la batalla afin.

¶ Plazera a Dios e a la Virgen Santa Maria su madre que uos conosçeredes las vilezas e descortesias que por vuestra boca dexistes e me enbiastes escreuyr con tan grant soberuia e desconosçemiento, non catando la rrazon nin conosçiendo las merçedes e ayudas que uos e todos los de vuestro linaje rresçebistes de my e de los [fol. 10vb] donde yo vengo, asi de la muy noble sangre e linaje rreal donde yo desçendo por parte de my señor e mi padre, el conde don Pedro, como por parte de mi señora mi madre, la condesa, que es de los linajes de Castro e de los Ponçes de Leon.

E sobre vuestras feas palabras non entiendo de echar mas pullas con uos mas çerteficouos que, auida la dicha rrespuesta del dicho señor rrey de Aragon, que luego parta para la su merçed e, si del non pudiere auer la dicha liçençia, entiendo rrequeryr al rrey de Portogal o a otro de los sobre dichos que la dicha liçençia quieran dar; e si estos sobre dichos rreyes non quisieren dar lugar a lo que en vuestras cartas se contiene[28] e non quesieren tener[29] la plaça segura, por vuestras maneras que so çierto que traeredes e traedes rrogando aquellos por que entendedes que se podra estoruar que Rueguen o escriuan que non den lugar a ello, pues uos dexistes a Iohan de Vascones que en el rregno o fuera del rreyno que vos plazia de lo fazer conmigo en qualquier lugar que fuese seguro a uos e a mi, jurando que lo auedes mas talant[e][30] que non yo.

A mi paresçe que uos non podredes rrefuyr de lo que agora dire e auedes de fazer asi, pues vos tenedes fortalezas en este rreyno de Gallizia e yo eso mesmo, uos podedes fiar bien de vn caballero vuestro pariente o otro qual a uos [fol. 11ra] plazera e yo eso mesmo de otro,

e estos amos con çierta gente que tengan vno tanta como otro e amos en egual grado e fagan pleito e omenaje de nos tener la plaça segura e de dexar llegar la batalla a fin, yo les entregare vna de mis fortalezas quales uos nonbrades e entendieredes que mas segura uos sea en que entendieredes que mas segura mente lo podamos fazer, o entregaldes vos vna de las vuestras fortalezas qual yo nonbrare,

e en qualquier de las dychas fortalezas en la que uos mas quesieredes, yo me porne dentro con uos en poder de los dichos caualleros a conplyr todo lo[31] en las dichas mis cartas contenido.

E asi se paresçera la voluntad que uos auedes de abreuiar este fecho que bien çierto so yo que uos non escreuistes tan largo sinon con entençion de non llegar a ello, e asi se abreuiara este fecho e ueremos quien ha uoluntad de lo fazer, e asi ueredes uos si lo aluengo yo o arriedro de lo non fazer e con palabras e rrazones coloradas, como uos dezides en vuestra carta.

E si yo desta tierra ouiere de partyr ante que yo aya vuestra rrespuesta desta carta que uos enbio, partire, plaziendo a Dios para delante qualquiera de los juezes en mi carta nonbrados, estonçes fazer uos lo he saber el dia que de mi tierra partiere e al termino que entiendo de ser alla por [fol. 11rb] que vos podades yr defender vuestro derecho, el qual so çierto que non tenedes, e alli cunplire con la ayuda de Dios lo que en esta mi carta e en las otras primeras que sobre esto vos enbie se contiene[32].

E estonçe veremos si seredes uos para tener e guardar e cumplyr lo que dezides e aqui verna bien el enxenplo que uos yo escreuy al que lo cunpliere o Retraer al que non fuere para lo fazer, segunt que se contiene en la segunda my carta que vos enbie que dize “eso diga barua que faga”.

fecha // yo el conde

 

[Juan Alvarez Osorio. Carta III]

[C]onde don Fadrique,

yo Juan Aluarez Osorio uos fago saber que vy vna carta que me enbiastes e a lo que me enbiastes dezyr que al presente non rrespondedes a la carta que uos enbie tan larga mente como entendedes rresponder adelante, por quanto dezides que enbiastes rrequeryr a mi señor el rrey de Aragon para que vos diese la liçençia quen tal caso era nesçesaria e que, si el dicho señor rrey non quisiere dar la dicha liçençia, que la entendedes demandar al rrey de Portogal e, donde el non la quisiere dar, que entendedes rrequeryr a algunos de los rreyes comarcanos para que den la dicha liçençia,

¶ [fol. 11va] a esto vos rrespondo que sabe Dios el plazer que a mi coraçon vernia si el dicho negoçio estidiese en el estado que uos fingides que querriades que estidiese, e porque ende ueriades uos si yo auia uoluntad de poner por obra lo que uos he enbiado dezyr.

¶Por ende, pareçeme que, pues tanta uoluntad auedes que este negoçio llege a [e]fecto[33], segunt que dezides, deuedes trabajar por ello segund que me enbiastes dezyr que lo fariades e non gastar mas palabras superfluas.

¶E a lo que dezides que, desque seamos llegados a la batalla, que plazera a Dios que conosçere las vilezas e descortesias que por mi boca dixe e uos enbie escreuyr con grant soberuya e desconosçemiento, non catando las merçedes e ayudas que yo e los otros del mi linaje rresçebimos de vos e de los donde[34] uos uenides e de la sangre rreal donde uos dezides que deçendedes por parte del conde, vuestro padre,

¶a esto uos rrespondo, confiando yo en Dios e en la Virgen Santa Maria su madre e en la verdat e en la mala verdat sobre que vos fundades e auedes fundado, que vos auredes mala fin e uos fare dezyr el contrario de todo lo que auedes afirmado, e fare verdat todo lo por my dicho, en lo qual non ha vileza nin descortesia como uos dezides, ca vos sodes el que auedes dicho e dezides las vilezas e descortesias e non yo.

E çerca de lo otro que dezides de la [fol. 11vb] sangre rreal donde uenides e de las ayudas que yo e aquellos donde yo uengo rresçebimos de vos e de los del vuestro linaje, ya uos ou[e][35] rrespondido a esta rrazon en que yo e los de mi linaje fuemos fechura de los rreyes e non vuestra nin de vuestro linaje e eso mesmo, si en algunt tienpo ouo algund debate entre mi padre e el conde don Pedro, vuestro padre, ¿quien leuo la mejoria del otro?

E a lo que dezides de la sangre rreal, çierto es e notorio en este rreyno que yo e los del linaje donde yo vengo sienpre seruieron leal mente a la sangre rreal e a los que della desçendieron en la manera que deuian pero, segund que uos della desçendedes, so yo[36] bastante para vos dezir e rresponder segund que ya otras vezes uos he enbiado dezyr.

¶E a lo que dezides que, si los dichos señores rreyes non quisieren dar la dicha liçençia porque sodes çierto que traere maneras rrogando aquellos por quien entiendo que se podra destoruar que rrueguen o escriuan que non nos den lugar a ello, que pues uos e yo tenemos fortalezas en el rregno de Gallizia que nos fiemos de dos caualleros que nos tengan la plaça segura, esto es querer dezyr, e porque uos sabedes e sodes çierto que desto non podria sallyr efecto alguno, queredes fazer demostrança en que auedes grand voluntad de llegar [fol. 12ra] a la batalla e que por aqui se abreuiarya, lo qual yo soy bien çierto que lo non tenedes asi en la uoluntad; por ende, trabajad por auer la dicha liçençia segunt que auedes dicho que fariades e, ella auida, luego paresçera quien ha uoluntad de abreuiar este fecho e quien cunplira lo que ha dicho.

fecha a diez e seyes dias de enero ¶Iohan Aluarez

 

  [Conde don Fadrique. Carta IV]

Iohan Aluarez Osorio

yo el conde don Fadrique vos fago saber que vy la carta que me enbiastes con Gomez Arias, vuestro clerigo de Castelo de Cangas, la qual dicha carta me dio a nueue dias del mes de março a ora de terçia,

e el qual me dixo en presençia de muchos prelados e caualleros e escuderos e otros omes buenos e por ante escriuano publico que le auiades dado la dicha carta en Salamanca, domingo en la tarde quatro dias del dicho mes de março e, segund por la dicha carta paresçia, que fuera fecha a diez e seyes dias del mes de enero;

la qual dicha carta se muestra ser rrespuesta de vna carta mia que uos yo auia enbiado escrita a ocho dias de enero, la qual dicha carta uos non fue dada tan ayna segund que yo auia [fol. 12rb] mandado por algunos enbargos que ouo el mensajero que la leuaua al bachiller Gomez Rodriguez con otras cartas mias para que vos la diese, por quanto el dicho bachiller me auia enbiado la otra carta vuestra de la qual la dicha mi carta era la rrespuesta, la qual dicha carta vos ouistes a doze dias del dicho mes de enero, segund que despues supe e me fizo çierto el mensajero e es manifiesto.

E asi, segund esto, paresçe que quesiestes adeuinar rrespondiendo a mi carta antes que la ouiesedes nin viesedes; e fasta agora yo tenia que auiades maneras de cauallero mas non uos auia por adeuino e bien creo que esto fue por cabtela, segunt que auedes acostunbrado.

E como quiera que mi entençion e voluntad fue e es, guardando seruiçio del rrey mi señor, de perseguyr mi derecho segund e en la forma e manera que deuo, como entiendo que cunple al su seruiçio e guarda de mi onrra e estado, pero, por obedesçer al mandamiento del rrey mi señor, al qual segund paresçe por la dicha vuestra carta e segund el dicho de vuestro mensajero e que paresçera manifiesta mente, como quiera que segund dizen que fue ganada por vuestro enduzemiento e paresçe mucho en vuestro fauor auedes pasado cabtelosa mente,

yo de presente non uos rrespondo [fol. 12va] saluo aquello que buena mente pued[o][37] rresponder e dezyr a lo que dezides que contesçio entre el conde mi padre e mi señor, que Dios de santo parayso, e Aluar Perez, vuestro padre, que sabido es por todo el rreyno las auantajas que ouo el vno del otro, la qual cosa me escrevistes por otras dos cartas vuestras, e me pareçe que uos enfengides sobre ello de grand alabança.

E, si uos bueno sodes, bien deuierades entender que a ningund bueno no pertenesçen de ser tales alabanças nin despreçiamientos, quanto mas contra quien non deue, ca yo contra Aluar Perez non digo saluo que era cauallero bueno, pero çierto es e notorio que el conde mi padre e mi señor tan noble e tan poderoso era que Aluar Perez nin otro semejante non seria para se ygualar con el.

E la verdat del fecho es esta que, por enformaçiones que fueron fechas al muy noble señor rrey don Enrrique, padre de mi señor el rrey, contra el conde, mi padre e mi señor, el conde, entendiendo la yra e saña del rrey partiose donde estaua para su condado e para su tierra; e lo que estonçe conteçio entre el dicho conde mi padre e mi señor e el dicho [fol. 12vb] Aluar Perez non fue batalla nin pelea nin cosa que al conde mi señor pudiesen contar por onta nin por mengua, nin Aluar Perez non lo podria[38] contar por onrra nin por caualleria mas de quanto podrian contar al menor de los alguaziles de la corte del rrey mi señor o aqualquier su vallestero de maça o portero que, por carta e mandado del rrey e con el su poder se entremetiese de executar su mandamiento contra qualquier grande o poderoso al qual non era nin es rrazon rregistyr nin contradezir.

E luego despues que el rrey fue enformado en la verdat de como el conde mi señor era sin culpa e de como leal mente auia guardado su seruiçio, enbio por el e fizole muchas merçedes, entre las quales estonçe le fizo merçed por juro de heredat de las villas de Villafranca e de Ponferrada.

E, si uos bueno sodes, non deuiades contender con el conde mi padre e my señor que es ya finado ni contra otro finado alguno, nin dezyr contra el tales despregamientos nin poner en el la lengua; que escusado auemos yo e uos de poner mas lengua [fol. 13ra] en los muertos, pues que somos biuos e tenemos asaz sobre que contender.

E en rrazon de las otras cosas contenidas en la dicha vuestra carta, yo, como de suso dicho he, por rreuerençia e mandamiento del dicho rrey mi señor e por obedesçer la dicha su carta segunt que deuo al presente non curo rresponder a otra cosa.

¶E otrosi, porque soy çierto que vos plazera segund me dizen, por que veades lo que cunple fazer a qualquier bueno en tal caso.

E por cunplyr e satisfazer lo que uos yo enbie dezyr en rrazon de mi partida e camino, sabed que yo parti del mi logar de Rauanal, lunes que paso que fueron nueue dias deste mes de abril, e esto agora aqui en Torre de Lobaton bien sano e bien rrezio e bien alegre, gracias aya Dios, e en buena despusiçion de mi preson[a][39] e mucho deseoso de vuestra vista e muy mucho mas de lo que vos pensades.

E oy sabado que es aueynte e vn dias deste mes, plaziendo a Dios, entiendo ser en Çaratan e dende en delante continuar mi camino, por tal manera que entiendo ser en todo este mes de mayo primero que viene a doquier que sea el rrey de Aragon mi señor.

fecha ¶yo el conde

 

[Juan Alvarez Osorio. Carta IV (1 de mayo)]

[fol.13rb] [c]onde don Fadrique

yo Iohan Aluarez Osorio vos fago saber que vy la carta que me enbiastes.

E a lo que dezides que rresçebistes otra mi carta por la qual paresçia que yo rrespondiera a otra vuestra carta ante que la ouiese nin viese e que pensauades a que yo que non era adeuino, que non eran maneras para cauallero e que lo avia fecho cabtelosa mente,

¶sabed que yo vos enbie la dicha carta despues que a mi fue dada la vuestra e, si el contrario paresçe por la dicha carta, seria por error del escriuano mas porque yo adeuynase ca nunca lo oue acostunbrado.

Quien vso e vsa de las cabtelas bien se sabe por todo el rregno.

E a lo que dezides que la carta del rrey mi señor que fue dada entre el negoçio mio e vuestro, que fue ganada por mi enduzemiento, sabed que esto non es verdat nin yo non auia por que lo fazer, ante creo que si tal carta fue dada que seria ganada por vuestra parte.

E a lo que dezides que lo que fizo Aluar Perez, mi padre e mi señor, que Dios de santo parayso, contra [fol. 13va] el conde vuestro padre fue como alguazil e non como cauallero, sabed que el dicho Aluar Perez lo fizo seruiendo al rrey como cauallero e segund que auia seruido al dicho señor Rey e alos otros rreyes muchas vezes e leal mente.

E a lo que dezides que yo non deuiera fablar en el conde vuestro padre que era ya finado, sabed que, si yo oue a fablar en el conde vuestro padre, que vos fuestes cabsa dello por quanto uos fablastes en Aluar Perez, mi padre, e en aquellos donde yo uengo que eso mesmo son ya finados; e si algund error en ello ouo, a uos deue ser contado que fuestes cabsa dello.

E a lo que dezides que el rrey dio al conde vuestro padre las villas de Ponferrada e Villafranca, sabed que en esto tengo yo poco que veer ca non se me seguio dello interese alguno.

E a lo que dezides en rrazon de vuestra conbalesçençia, sabed que yo eso mesmo, gracias aya Dios, so bien sano e bien rrezio e bien alegre e en buena dispuseçion de mi persona, segund que vos deziades que estades.

E a lo que dezides en rrazon de vuestra partida e continuaçion de camino ¶a esto vos Respondo que uos sabredes lo que vos cunple de fazer; e yo entiendo de fazer en el negoçio e [fol. 13vb] cunplyr todo aquello que a mi honrra e estado conuenga, obedesçiendo e guardando toda via los mandamientos del rrey mi señor.

fecha primero dia del mes de mayo

Iohan Aluarez ֐

 

  [Conde don Fadrique. Carta V]

 

Iohan Aluarez Osorio

yo el conde don Fadrique uos fago saber que vy la carta que me enbiastes, la qual es rrespuesta de otra mi carta que uos yo enbie.

E, entendido todo lo en la dicha vuestra carta contenido, bien se paresçe que uos buscades e traedes las maneras e cabtelas para arredrar lo que en breue podria llegar a efecto, e por las obras se demuestran las voluntades e se encortan los dezires, segund que clara mente paresçe e todos veen.

E a lo que dezides que la carta del rrey mi señor sobre el negoçio mio e vuestro fue ganada que lo non fue por vuestros enduzemientos, antes dezides que, si la tal carta fue ganada, que seria por mi parte,

sabed que esto non es verdat, segunt mejor saben los señores que la libraron e otros muchos quien la demando [fol. 14ra] o a cuyo pedimiento se dio en cuyo fauor paresçe.

Otrosi a lo que dezides que, si ouistes a fablar en el conde mi padre e mi señor, que yo fuy cabsa dello, por quanto dezides que yo auia fablado en vuestro padre e en aquellos onde uos e el uenides,

¶a esto uos rrespondo que, bien vistas mis cartas, non sera fallado que yo de vuestro padre nin de otros muertos dexiese, saluo aquello que se deuia dezyr de qualquier bueno, por lo qual esto que dezides non es escuso nin rrazon derecha de vos escusar para fablar e escreuir lo que escreuistes.

Otrosi a lo que me enbiastes dezir en rrazon de mi partida e continuaçion de mi camino, que yo sabre lo que me cunple de fazer e vos que entendedes de fazer en el negoçio e cunplir todo aquello que a vuestra onrra e estado conuenga, sabed que yo asi lo tengo que lo faredes e, por ende, uos enbie dezir de my yda; e yo eso mesmo, plaziendo a Dios, entyendo continuar mi camino segund que uos enbie dezir.

E lo que, despues que sea con el rrey de Aragon mi señor, es esto que trabajare quanto pudiere por auer la liçençia deuida para dezir publica mente e en plaça todas las cosas que vos enbie a dezyr, asi las declaradas como las que enbie a dezir que [fol. 14rb] declararia; pero seguiendo todo my derecho en la forma e manera que deua.

E donde non pueda auer la dicha liçençia para asi dezir las dichas cosas en plaça e publica mente, set bien çierto que yo las entyendo dezyr e denunçiar al dicho señor rrey secreta mente e a sus orejas e ante aquellos caualleros e presonas a quien la su merçed plazera que sean presentes.

E estos seran los mas que yo pudiere con la su merçed acabar[40] que lo oyan por la tal forma e manera que el sepa lo que se non deue encubryr e le pertenesçe saber en tal caso.

E para que, si uos de presente non quesieredes yr, lo que bien tengo que si yredes, que el dicho señor rrey vos lo enbie fazer saber segund e en el termino que deue; e, non lo faziendo, yo entiendo fazer aquello que deua e cunpla a seruiçio del rrey mi señor e a guarda de mi derecho e honrra e estado pertenesçe; e esto vos enbio dezir por que despues non digades que se dixo secreta mente e en vuestra absençia, e por que vos vayades a defender, si vedes que vos cunpliere en tal caso.

¶yo el conde

 

[Juan Alvarez Osorio. Carta V]

 

[fol. 14va]

[c]onde don Fadrique

yo Juan Aluarez Osorio vos fago saber que vi la carta que me enbiastes e entendi bien lo en ella contenido,

a lo qual vos rrespondiera singular mente a todo lo que por ella me enbiastes dezir sinon por que me auia seydo mostrada antes vna carta de nuestro señor el rrey, librada de los señores rreyna e rrey de Aragon, sus tutores e rregidores de los sus rreynos, por la qual el dicho señor rrey me mandaua e mando que non feziese cosa alguna en prosecuçion deste negoçio por carta nin por mensajero, segund que mas larga mente en la dicha carta se contiene,

por la qual yo, por ser obediente al mandamiento del dicho señor rrey, como lo fueron aquellos donde yo uengo, non vos rrespondo en la forma e manera que uos quisiera rresponder e segund my voluntad, pero sed çierto que, si algunas cosas de mi dexieredes que en prejuyzio de mi onrra sean publica o secreta mente, segund me enbiastes dezir que las deriades, que luego que a mi notiçia venga, auiendo liçençia para ello, yo entiendo, plaziendo a Dios, yr alla adonde uos dezides que lo diredes e vos rrespondere a ello todo aquello que conuenga que a mi onrra sea e guarda,

e desto non dubdedes

Iohan Aluarez¶

 

[fol. 14vb]

Iohan Aluarez Osorio

yo el conde don Fadrique vos fago saber que vi vna carta que me enbiastes firmada de vuestro nonbre e sellada con vuestro sello, la qual me fue dada en Çaragoça e paresçia ser fecha en Salamanca a seyes dias de junio.

E a lo que dezides que vos me rrespondierades singular mente a todo lo que uos auia enbiado dezir sinon por que uos auia seydo mostrada vna carta de nuestro señor el rrey, en la qual uos mandaua que non feziesedes cosa alguna en prosecuçion deste negoçio por carta nin por mensajero,

¶a esto vos rrespondo que, desde que esta carta uos fue mostrada que bien sabedes vos que me enbiastes otras dos cartas en las quales non faziades della mençion, e bien paresçe que non uos acordauades dello porque veyades que la cosa estaua mas arredrada que non agora, quando me escreuistes e segund paresce.

E yo asi lo entiendo que, tanto que este negoçio se abreuiare mas para venir a execuçion que tanto uos seredes mas obediente e mandado a los tales semejantes mandamientos que este.

E a lo que dezides que sea çierto que, sy algunas cosas de vos dexiere que en perjuyzio de vuestra onrra sean public[a][41] o secreta mente, segund vos enbiaua a dezyr que las deria, que luego que a vuestra notiçia ueniesen, auiendo liçençia para ello, que vos me rresponderiades en manera que vuestra onrra fuese guardada,

¶a esto vos rrespondo que ya vine ante el rrey de Aragon mi señor, segund vos enbie dezir que vernya [fol. 15ra] e dixe e fize e rrequeri e cunpli todo aquello que en las cartas que uos auia enbiado se contiene que delante la su merçed me era cunplidero de fazer;

e asi de aqui adelante entiendo de fazer, plaziendo a Dios, proseguyendo al dicho negoçio todo aquello que me conuenga fazer en guarda de mi derecho.

E esto uos satisfaze a lo que dexistes que, si dexiese de uos algo en publico o en escondido e, veyendo uos la postrimera carta que vos enbie, se uos entendera lo que es vuestro fazedero, si lo quisierdes fazer;

E, si se uos entendyere[42] otra via e manera por donde este fecho se pueda abreuiar e uenir a efecto, enbiadmelo dezir e uos veredes si pongo yo a ello las escusas e rriedras que vos auedes puesto fasta aqui

¶yo el conde

 

[Ante el rey de Aragón]

I

antel muy alto e muy poderoso prinçipe e muy esclareçido señor don Ferrnando, por la gracia de Dios rrey de Aragon e de Sezilla, en la muy noble çiubdat de Çaragoça, en jueues postrimero dia del mes de mayo año del Nasçemiento del Nuestro Saluador Ihesu Cristo de mill e quatroçientos e quatorze[43] años, podia ser a ora de viesperas poco mas o menos,

estando el dicho señor rrey en el monesterio de los frayres predy [fol. 15rb] cadores teniendo consejo en vna camara que es en el dicho monesterio, en presençia de mi Pero Garcia de Medina, secretario del dicho señor rrey e su notario publico en los sus rregnos e señorios de Aragon, e de los testigos de yuso escritos, paresçio y presente el conde don Fadrique e presento antel dicho señor rrey e ler fizo por mi, dicho secretario, vn escrito de papel, el tenor del qual es este que se sigue:

Muy alto prinçipe e[44] poderoso señor,

yo el conde don Fadrique beso vuestras manos e me encomiendo en la Vuestra Merçed,

la qual, señor, bien sabe como sobre çiertas cosas que son acaesçidas entre mi e Iohan Aluarez de Osorio,

por cartas mias a el enbiadas e otrosi por cartas suyas a mi enbiadas, fuemos conuenidos de tomar por juez a la Vuestra Señoria para que yo delante Vuestra Alteza le pudiese fazer verdat lo que por mis cartas le oue enbiado dezir, las quales cartas Vuestra[45] Señoria ha visto.

e por quanto, señor, en jueues treynta e vn dias de mayo se cunple el plazo a que yo e el dicho Iohan Aluarez quedamos de paresçer ante vuestra alteza para fazer verdat lo que cada vno de nosotros auia enbiado dezir al otro por sus cartas,

e yo soy aqui uenido en el dicho plazo para cunplir lo que yo por mis cartas le oue enbiado dezyr, e el dicho Juan Aluarez non viene nin paresçe ante vuestra señoria a cunplir lo que prometio por sus cartas,

yo, señor, suplico a vuestra señoria que me quiera mandar dar cartas[46] de enplazamiento para el dicho Iohan Aluarez que a çierto tienpo paresca ante la vuestra señoria e fazer lo que es tenudo, segunt el tenor de las dichas sus cartas [fol. 15va] por el a mi enbiadas, ca yo, señor, esto presto de fazer e cunplir con el delante vuestra señoria lo contenido en mis cartas que yo le oue enbiado sobre esta rrazon.

E suplico a Vuestra Señoria que las dichas cartas de enplazamiento me quiera mandar dar para el dicho Iohan Aluarez asi como rrey de Aragon o como tutor del rrey de Castilla, mi señor, ca por qualquier de las dichas vias que[47] a vuestra señoria sera açeptable, yo esto presto de açeptarlo e cunplir lo que promety por mis cartas, segund dicho es,

en lo qual, señor, faredes justiçia e a my mucha merçed.

E del dia que lo digo e de lo que Vuestra Alteza feziere, sobre ello pido al escriuano presente que me lo de por testimonio para guarda de mi derecho.

 

luego el dicho señor rrey, en rrespondiendo al dicho escrito por el dicho conde don Fadrique a su señoria presentado, dixo que oya lo en el contenido e que Su Merçed veria sobre ello e le rresponderia e proueria como entendiese a seruiçio del rrey su muy caro e muy amado sobrino e a bien de sus rreynos;

enpero que pedia a my, el dicho notario, quel diese el traslado desto quel dicho conde dezia e que daria su rrespuesta mas larga mente, la que gele entendiese que cunplia a seruiçio del rrey [fol. 15vb] de Castilla, su muy caro e muy amado sobrino e suyo.

E desto en como paso, el dicho conde don Fadrique pedio a mi, el dicho secretario, que gelo diese asi por testimonio signado con mi signo,

Testigos que fueron presentes: don frey Alfonso de Arguello, obispo de Leon, e don Diego de Fuentsalida, obispo de Çamora, e don Alfonso, obispo de Salamanca, e don Alfon Enrriquez, almirante mayor de Castilla, e Aluaro de Auila, mariscal del dicho señor rrey, e los dutores Juan Gonçalez de Azeuedo e el dotor Ferrnand Gonçalez de Auila, chançeller del maestre de Santiago.

II

despues desto, dentro en la huerta que dizen del Aljaferia, çerca de la dicha çibdat de Çaragoça, domingo [diez][48] e siete dias de junio año dicho del Señor de mill e quatro çientos e catorçe años,

antel dicho señor rrey, en presençia de mi, el dicho Pero Garcia, escriuano, e de los testigos de yuso escritos, paresçio el dicho conde don Fadrique e mostro e fizo ler antel dicho señor rrey por mi, el dicho escriuano, vn escrito en papel, el tenor del qual es este que se sigue:

Señor, bien sabe la vuestra señoria como por algunas cosas que son entre mi e Iohan Aluarez Osorio, las quales se contienen en çiertas cartas que de mi [fol. 16ra] a el son enbiadas, yo nonbre e escogy a uos por juez asi como rrey de Aragon o como tutor e rregidor de nuestro señor el rrey de Castilla, vuestro sobrino,

si a la Vuestra Señoria non pluguiese de lo açeptar, que nonbraua por juez e escogia al[49] rrey de Portogal, en lo qual todo el dicho Juan Aluarez consintio e dixo que le plazia, segund por su carta me escriuio;

e yo le enbie dezyr como partia para la vuestra corte e continuaria mi camino de manera que en todo el mes de mayo yo seria onde quiera que la vuestra merçed estudiese a todo my poderio, por ende que el ueniese por que se pudiese poner por obra lo que por mi e por el era conuenido;

lo qual yo cunpli e, en el termino por mi propuesto, llegue aqui a la vuestra corte e, en presençia de los prelados e caualleros que a la vuestra señoria plogo que a ello fuesen presentes, ante la vuestra exçelençia conpuse e declare la rrazon de mi venida e notifique larga mente las cosas pasadas en el negoçio, segund que paso, por Pero Garcia, vuestro secretario;

e, como quier que he esperado al dicho Iohan Aluarez a que ueniese, – son ya veynte dias e mas -, por que, en su presençia ante la vuestra merçed, le entendia dezir aquellas cosas que le entendia demandar, non es venido nin paresçe que tenga en voluntad de uenir,

por ende yo suplico e pido por merçed a la vuestra alta señoria que me quiera prouer en vna de tres maneras:

la primera, que este negoçio quiera açeptar e, como rrey de Aragon, tomarlo en si e fazerr a [fol. 16rb] quellas cosas que prinçipe que tiene plaça segura deue fazer;

la segunda, si este negoçio non quisiere açeptar, por quanto yo como leal uasallo e seruidor de nuestro señor el rrey de Castilla asi como de mi señor e rrey natural entiendo dezir algunas cosas secretas a la vuestra señoria asi como su tutor, las quales atañen a su seruiçio e le deuian ser notificadas e publicadas si fuese en hedat, por ende que le plega de me oyr secreta mente las dichas cosas que asi le entiendo dezir, las quales, oydas, me de liçençia para que las pueda dezir publica mente e mande fazer las otras prouisiones que en tal caso se rrequieren;

¶ la terçera, si a la vuestra rreal majestad non le pluguiere de me fazer merçed en alguna destas dos maneras, que le plega de me dar liçençia para que yo pueda rrequeryr al rrey de Portogal, segund que fue concordado entre mi e el dicho Iohan Aluarez.

E destas suplicaçiones que fago a la Vuestra Alteza, pido al presente notario que me lo de signado e a los presentes que sean testigos.

E el dicho escrito leydo antel dicho señor rrey por mi, el dicho secretario e notario, luego el dicho señor rrey dixo que oya todo lo contenido en el dicho escrito e que dezia e mandaua a mi, el dicho escriuano, quel diese treslado del dicho escrito e del otro suso dicho que ante deste auia presentado antel, por que sobre todo el viese e rrespondiese e proueyese en la manera que cunplia a seruiçio del dicho señor rrey de Castilla, su muy caro [fol. 16va] e[50] muy amado sobrino e suyo,

de que son testigos, que fueron presentes, don frey Alfonso de Arguello, obispo de Leon, e don Alfonso Enrriquez, almirante de Castilla e chançeller mayor del dicho señor rrey de Aragon, e el dotor Iohan Gonçalez de Açeuedo, oydor de la Abdiençia del dicho señor rrey de Castilla, e mosen Diego Ferrandez de Vadillo, vno de los del consejo del dicho señor Rey de aragon.

 

III

despues desto, en la villa que dizen de Alcañiz de la frontera, que es en el rregno de Aragon, dentro en el castillo, en vna camara de los palaçios donde posaua el dicho señor rrey de Aragon, estando y presente el dicho señor rrey e otrosi, estando antel, el dicho conde don Fadrique en presençia de mi, el dicho escriuano e notario, e testigos de yuso escritos, el dicho señor rrey dio a mi, el dicho escriuano[51] e notario que leyese antel, en faz del dicho conde e ante los dichos testigos de yuso escritos, vn escrito de papel, el tenor del qual es este que se sigue:

[fol. 16vb]

nos el rrey de Aragon e de Çeçilia, rrespondyendo a los rrequerimientos por uso, el conde don Fadrique, nuestro primo, a nos fechos, por los quales nos pedistes por merçed e rrequeristes que nos diesemos nuestras cartas de emplazamiento contra Iohan Aluarez Osorio e uos proueyesemos en çiertas maneras en los dichos vuestros rrequeremientos contenidas, sobre çiertas conuenençias que dezides que fueron concordadas e consentidas entre vos e el dicho Juan Aluarez por cartas vuestras e suyas, segund que mas larga mente en los dichos vuestros Requerimientos se contiene,

dezimos que nos fuera cosa muy plazible que entre vos e el dicho Iohan Aluarez, por ser tales presonas e tan nobles, de que el rrey de Castilla, nuestro muy caro e muy amado sobrino, e nos auemos rresçebido muy grandes seruiçios, las dichas conuenençias non se ouiesen seguir.

Enpero, pues ya es acaesçido, a nos como a rrey de Aragon e tutor del rrey, nuestro muy caro e muy amado sobrino, conuiene de proueer en este negoçio en aquella manera que a mi estado e del dicho rrey de Castilla pertenesçe,

e por ende, proueyendo al presente, uos dezimos que non podriamos nin podemos, como rrey de Aragon, açeptar rrequesta sin grand carga de nuestra conçiençia, por quanto las rrequestas voluntarias son contra Dios e contra conçiençia e nos nunca [fol. 17ra] ouimos acostunbrado de açebtar las tales rrequestas.

Pero, en rrazon del rrepto e rrequesta de que nos auedes rrequerido que lo açeptasemos como tutor del dicho rrey, nuestro muy caro e muy amado sobrino, por quanto en esto non podemos al presente proueer por estar fuera de los rregnos del dicho nuestro sobrino, uos rrespondemos que nos entendemos, plaziendo a Dios, en breue[52] tornar a los dichos rreynos de Castilla e, desque alla seamos, nos vos rresponderemos e proueremos en aquella manera que entendieremos que sea seruiçio de Dios e onrra del dicho rrey, nuestro muy caro e muy amado sobrino, guardando sienpre lo que sea rrazon e derecho e justiçia, segund las leyes e derechos de los dichos rreynos de Castilla.

E esta rrespuesta nos damos e mandamos e dezimos a Pero Garcia de Medina, nuestro secretario, que lo asiente e ponga e encorpore con los dichos vuestros rrequerimientos que sobre esta rrazon nos auedes fecho e, sy testimonio quesieredes, que vos lo de con esta nuestra rrespuesta e non en otra manera.

¶[E][53] dada fue esta rrespuesta en faz del dicho conde don Fadrique por el dicho señor rrey en el dicho castillo de Alcañiz dentro en la dicha camara, en presençia de mi, el dicho notario, e testigos de yuso escritos, martes veynte e seyes dias de junio año dicho del Señor de mill e quatroçientos e catorze años [fol. 17rb]

de que son testigos, que fueron presentes quando el dicho señor rrey dio la dicha rrespuesta en el dicho dia martes, podia ser despues de viesperas, don Alfonso, obispo de Salamanca, oydor de la Abdiençia del señor rrey de Castilla, e don Diego de Fuensalida, obispo de Çamora, e don Alfonso Enrriquez, almirante mayor de Castilla, e mosen Diego Ferrandez de Vadillo.

 

COMENTARIO

Los protagonistas

Fadrique, conde de Trastámara

Fadrique, conde de Trastámara (1388-1430), es el nieto del Maestre de Santiago Fadrique, hijo de Alfonso XI y de Leonor de Guzmán, y hermano mellizo de Enrique II. En la corte de este rey y de sus sucesores, junto con los bastardos del rey, los dos hijos del Maestre forman el primer escalafón de la nobleza, la nobleza de sangre: Pedro († ca 1400) como conde de Trastámara y condestable de Castilla; Alfonso (1354-1429), como almirante de Castilla. A ellos y a sus descendientes se les considera como miembros de la familia real castellana. Así deben entenderse las palabras que el rey de Aragón dirige al conde Fadrique, prometiéndole actuar según “cunpl[e] a seruiçio del rrey de Castilla, su muy caro e muy amado sobrino e suyo” [entiéndase que el rey Juan II era también sobrino del conde] (fol. 15vb).

Fadrique hereda el condado a la muerte de su padre, Pedro Enríquez, en 1400. Cuando se enfrenta con Juan Alvarez Osorio, tiene 25 años de edad.

Juan Alvarez Osorio

El otro protagonista del desafío, Juan Alvarez Osorio (? – † 1417), no pertenece a ese grupo restringido de magnates. Sin embargo, su linaje ocupa también un lugar prominente entre la nobleza, en el reino de León, tierras del Bierzo y Galicia. Al padre de Juan Alvarez, Alvar Pérez de Osorio (1326-1396), lo califica Fernán Pérez de Guzmán (Generaciones y semblanzas) de “hombre de gran solar”, “muy heredado en vasallos”.

Situación personal de ambos en 1413-1414

En la época del desafío, tanto Fadrique como Juan Alvarez son cabeza de linaje, por la muerte de sus respectivos padres y además, para el segundo, de su hermano mayor, que no dejó descendencia. Esa posición les confiere un estatuto privilegiado, tanto en lo político como en lo material, y, en particular, un acceso a los círculos del poder en la corte.

A pesar de su poca edad, Fadrique ha desempeñado plenamente en los años anteriores el papel correspondiente al de pariente mayor de su linaje[54]. Está presente en las Cortes de Madrid y en la lectura pública del testamento de Enrique III en Segovia (1406), también en las Cortes de Segovia (febrero de 1407), en las que lee una petición a la reina y al Infante Fernando, regentes, en nombre de los Hijosdalgo castellanos. Participa en la campaña de Antequera (1408), donde se le designa, junto con Sancho de Rojas, obispo de Palencia, para negociar las condiciones de la rendición de los moros asediados. Varios de sus escuderos se destacan en esa campaña[55]. Acompaña al Infante en la entrada solemne a Sevilla para la entrega de la espada de san Fernando.

La actividad pública de Juan Alvar de Osorio es más discreta. Si participó a la campaña de Zahara y Setenil (1407), no estuvo presente en la de Antequera ya que le tocaba asumir el cargo de mayordomo mayor del niño-rey. Desde ese momento, no se alejó de la corte, que la reina madre había fijado en Valladolid, y de donde Catalina y su hijo no salieron hasta la muerte de aquella, con una sola excepción, que coincide con el momento en que don Fadrique y Juan Alvarez mantuvieron su correspondencia. En efecto, un brote de peste, que atacó a todo el reino en octubre del año 1413, obligó a la reina a dejar Valladolid, primero para irse a Toro y, a medida que se acercaba la pestilencia, para Salamanca y, por fin, al monasterio de Santa María de Valparaíso, entre esa ciudad y Zamora[56]. Así se explica por qué Juan Alvarez contestó a la primera carta del conde Fadrique desde Toro (6va) y recibió la segunda, del 16 de enero de 1414, en Salamanca (12ra). El 6 de junio, Juan Alvarez sigue en Salamanca, donde firma la última carta que dirige al conde. La corte seguramente fue acogido en esa ciudad después de su estancia en el monasterio de Valparaíso.

Dos linajes rivales

Los dos linajes están íntimamente ligados a la historia del título de conde de Trastámara. El primer conde de Trastámara fue un Osorio, Alvar Núñez, valido de Alfonso XI[57]. Ostentó ese título poco tiempo, entre 1327 y 1329, año en que fue apartado y ejecutado por orden del rey[58]. Luego (a. 1345), el título recayó en Enrique, futuro rey Enrique II. Ya rey, este lo transmitió a su sobrino Pedro Enríquez y de éste pasó a su hijo, Fadrique Enríquez, protagonista de este desafío.

Existe, por lo tanto, una rivalidad antigua entre el linaje Osorio y los Enríquez sobre el título de conde de Trastámara. En la época que nos interesa, los dos linajes aspiran a ocupar una posición hegemónica en la geografía leonesa y gallega en la que se sitúan sus señoríos, como lo reconoce el mismo conde: “pues vos tenedes fortalezas en este rreyno de Gallizia e yo eso mesmo” (10 vb). Esa proximidad fue causa de conflictos, como el que se produjo con el cerco y destrucción de la casa fuerte de Cançer (Vega de Valcarce) perteneciente a los Osorios (4 vb). Esta se extinguirá cuando el condado sea restituido definitivamente a los Osorio en 1445, concretamente al hijo de Juan Alvarez.

 

Motivos aducidos en el conflicto

Don Fadrique lanza el desafío sobre la base de tres motivos principales que irán completándose en el intercambio de cartas.

Primera carta del conde (sin fecha)

Las tres acusaciones que Fadrique dirige a Juan Alvarez Osorio, que atentan a su honra, son las siguientes: se le ha acusado de perjuro, se le ha difamado y se le ha reprochado haber roto una tregua firmada con sus vecinos Osorio. La primera es una acusación gravísima a la que contesta sin demora, aduciendo el testimonio de dos obispos, de un doctor en leyes y del prior de San Benito de Valladolid, que estuvieron presentes en la entrevista que tuvo con la reina en Valladolid antes de salir de la corte, para afirmar que no hizo la promesa solemne (“pleito homenaje”) de no retirarse a su condado gallego. El supuesto asedio de la casa fuerte también es grave, porque contraviene un tratado de paz firmado entre los dos linajes a instancias del rey.

Todas esas acusaciones delatan la enemistad existente entre los dos linajes, probablemente exacerbada por las circunstancias políticas del momento. En efecto, el equilibrio de poderes, dentro de la regencia de Castilla compartida, a la muerte de Enrique III, por la reina viuda Catalina y el Infante Fernando, hermano del rey difunto, se encuentra debilitado por la elección de este como rey de Aragón (1412). A pesar de que conserva el título de corregente, su continua presencia en su nueva Corona le impide ejercer plenamente sus prerrogativas en Castilla, lo que favorece una concentración de poderes en las de la reina. Esta no perderá la oportunidad que se le ofrece así de saldar viejas cuentas por la muerte de su abuelo, Pedro I, apartando a los bastardos reales de la corte en beneficio de una nueva clientela nobiliaria más adicta a su persona.

Estas dos acusaciones así como las difamaciones denunciadas no se materializan en actos concretos sino en testimonios orales o en correspondencias privadas, lo que coloca al conde en una situación poco confortable, pero no cabe duda de que está decidido a hacer público el conflicto. Sin embargo, no descarta, en un principio, la posibilidad de que no tenga que intervenir personalmente sino que se encarguen de ello algunos de su casa porque los hay “tan buenos e de tan grandes linajes como uos que son bastantes para uos dezyr e rresponder en este fecho e en otro qualquier que fuere”. Ese párrafo final de la carta 1 manifiesta el desprecio del conde para con su contrincante, al afirmar que su condición superior le ofrece la posibilidad de delegar la resolución del duelo en uno de sus criados.

Primera respuesta de Juan Alvarez Osorio (3 de octubre de 1413)

Ignoramos en qué fecha redactó el conde su primera carta, ya que fue interceptada así como el resto de su correo por orden de la reina que mandó detener al escudero que lo transmitía, como lo confirma el mismo don Fadrique al principio de su carta siguiente (infra 6vb). La que recibió Juan Alvarez fue una copia que, esta sí, llegó a su destino aunque no sabemos por qué medio. Esto parece confirmar que el conde estaría en sus tierras gallegas, privado de una relación directa con la corte.

La respuesta de Juan Alvarez a las dos primeras acusaciones parecen dilatorias, ya que reserva una contestación precisa a la recepción de una carta original, sellada y firmada de puño y letra del conde, obligándole así a enunciar explícitamente el contenido de las acusaciones que difunden sus enemigos, lo cual equivaldría a una forma de autodenigración. En realidad, la carta siguiente del conde confirma que no se trata de un puro formalismo epistolar, sino que corresponde a una necesidad dentro de la práctica caballeresca del duelo.

En cuanto al asalto y destrucción de la casa-fuerte, admite haberse quejado de ello ante la reina y el Consejo.

En el párrafo final, reivindica para los Osorio unos orígenes nobiliarios (“considerando quien yo so e el linaje donde vengo asi de padre como de madre e de mis auuelos de amas las dychas partes como fueron fechos”) que no desmerecen frente a los del linaje del conde. Ya se percibe que este será el punto conflictivo principal entre los dos magnates.

Segunda carta del conde (sin fecha)

El conde se detiene en el episodio de la transmisión de su carta. De su comentario se deduce que el envío de una copia no se debe a él sino a “los de su casa” que la mandaron por su cuenta sin que interviniera él. De hecho, esa iniciativa tuvo como consecuencia reactivar un conflicto que había concluido al destruirse por orden de la reina el documento inicial del reto. Demuestra además que el asunto interesa a todo el linaje y no solo a sus dos cabezas, si bien les corresponderá a ellos dirimirlo “de mi cuerpo al vuestro”, según la fórmula reiterada.

La carta retoma, siguiendo punto por punto los capítulos de la de Juan Alvarez, todos los aspectos del conflicto sin descuidar ninguno, y añade las circunstancias de su posible resolución, el duelo propiamente dicho, de ahí su extensión.

Las etapas previstas para la resolución del conflicto suponen que el conde vuelva a la corte y consiga la licencia real necesaria. La primera consiste en un enfrentamiento verbal público, en el que el conde piensa repetir las acusaciones formuladas por escrito y a las que deberá responder su adversario. Anticipa las conclusiones de su intervención:

yo con la ayuda de Dios uos entiendo dezir e dire, quando e en la forma e manera que deuiere, que uos mentides como malo e falso e perjuro e fementido que, teniendo de mi merçed e tierra e tenençia e lugares e vasallos mas falsastes e quebrantastes el pleito e omenaje e juramento que me fezistes, fiando yo de uos como de cosa mia, e que dexistes palabras non catando nin temiendo a Dios, con grand desconosçemiento non conosçiendo a uos mesmo nin a quien sodes e quanto bien e merçed rreçebistes vos e los de vuestro linage de mi e de los donde yo uengo con tan grant soberuia e desconoçemiento (8rb)

La segunda etapa es el duelo propiamente dicho (“si uos a la batalla queredes venir”). Los ordenamientos castellanos lo prohiben entre súbditos del rey, salvo concesión de una licencia especial. En caso de no conseguirla, queda la posibilidad de salir del reino y conseguir juez y plaza segura para el encuentro. El conde sugiere el reino de Aragón “por quanto es tutor e rregidor del dicho señor rrey nuestro señor e rregidor de los sus rregnos e le pertenesçe el tal pleito, quanto mas, por ser natural del dicho rreyno delante quien la batalla se faga”. Si se niega el rey Fernando, otra posibilida sería dirigirse al rey de Portugal “por quanto es mas comarcano e a debdo con el rrey nuestro señor”.

Esta carta, además de sellar de modo irreversible el conflicto, no deja otra posibilidad a Juan Alvarez que la de aprobar su contenido o de rehusarlo, con la mengua que esto supondría para su honra personal y la de su linaje.

Segunda respuesta de Juan Alvarez (26 de noviembre de 1413)

Los dos primeros capítulos de las cartas del conde pasan a un segundo plano. Juan Alvarez centra su atención ahora en la supuesta preeminencia de cada linaje sobre el otro. Sobre este tema se atiene a una posición firme:

[…] a esto vos rrespondo que, en uos dezir que los del linaje donde yo vengo fueron e son buenos, que en esto dezides verdat pero que, en quanto dezides que fueron criança e fechura de los del linaje donde vos uenides, en esto non dezides verdat ca uos sabedes bien que mi padre non fue criança nin fechura del vuestro (9va).

Es una opinión difícilmente rebatible para quien considere que la bastardía – la de los Enríquez – no concede los mismos derechos, en términos de legitimidad, que la sucesión directa – la de los Osorio -. En aquellos años, el debate en Castilla no queda zanjado sino que es más que nunca de actualidad, al estar el trono ocupado por la heredera de la dinastía reinante desde más de un siglo (descendencia de Sancho IV) mientras que la dinastía Trastámara ha perdido su prevalencia, por la desafección de los dos hijos de Juan I, muerto el primogénito y destinado a otro reino el segundón. Ese vacío abre un espacio inesperado a los Pedristas.

La rivalidad entre los dos linajes no impide manifestaciones de solidaridad entre ambos. En opinión del conde, se traduce por una protección de hecho del linaje Osorio por el Trastámara. Juan Alvarez disiente del todo y sugiere, en una frase algo enrevesada, una igualdad de tratamiento entre ellos, que un observador de buena fe no podría negar, y que se aclarará más adelante con una alusión del conde a un episodio anterior:

e notorio es en este rregno las obras que el vno rresçebio del otro e si ouo auantaja alguna mi padre del vuestro e el vuestro del mio en algunas cosas e maneras que entre ellos rrecresçieron (ibid.)

Por lo demás, Juan Alvarez se muestra del todo conforme con el conde, sin comprometerse demasiado, ya que la decisión final no pertenece a ninguno de los dos adversarios, sino al rey de Aragón o al de Portugal, cuya autoridad en la materia no puede ponerse en duda.

Tercera carta del conde (8 e enero de 1414)

El debate sobre la precedencia de un linaje sobre otro vuelve a manifestarse en el intercambio de cartas siguientes. El conde lo da por concluido al sumar a la protección concedida a los Osorio por el linaje real del que desciende por parte de su padre, la que atribuye a los de su madre, a través de los Castro y Ponce de León:

Plazera a Dios e a la Virgen Santa Maria su madre que uos conosçeredes las vilezas e descortesias que por vuestra boca dexistes e me enbiastes escreuyr con tan grant soberuia e desconosçemiento, non catando la rrazon nin conosçiendo las merçedes e ayudas que uos e todos los de vuestro linaje rresçebistes de my e de los donde yo vengo, asi de la muy noble sangre e linaje rreal donde yo desçendo por parte de my señor e mi padre, el conde don Pedro, como por parte de mi señora mi madre, la condesa, que es de los linajes de Castro e de los Ponçes de Leon (10va-vb).

Desconozco si se refiere aquí a hechos concretos o si usa de un argumento de autoridad valiéndose del prestigio de los dos linajes citados. De todos modos, el argumento que adelanta es de doble filo porque sugiere que la asendencia paterna no se basta por sí misma y necesita completarse con una unión matrimonial de alto vuelo. ¿Qué opinaría al respecto el tío del conde Fadrique, el almirante Alfonso Enríquez, también hijo del Maestre Fadrique, cuya madre no pertenecía a ninguna familia de abolengo?

Le preocupa más a Fadrique vencer las dificultades que complican la organización material del duelo. De ahí que se le ocurra una solución, en apariencia de fácil realización, en Galicia y bajo la responsabilidad de familiares de cada contrincante, pero que resulta más que peregrina, conociendo la oposición de la reina a cualquier combate en el que exponga su vida su valido.

Tercera respuesta de Juan Alvarez (16 de enero de 1414)

En esta carta interesa la respuesta de Juan Alvarez sobre la relación política entre los dos linajes, en la que pone en tela de juicio la reivindicación de una ascendencia real por parte del conde, distinguiendo a “los que descendieron [de la sangre real] en la manera que deuian” y negando que fuera el caso del conde (“segund que uos della desçendedes”). Alcanza así el fondo del debate sobre la legitimidad de los bastardos de Enrique y Fadrique, tal como pudo existir en la corte de la reina Catalina.

Frente al conde que no admite más antecesores, a través de su abuelo Fadrique, que Alfonso XI y los soberanos que le precedieron, Juan Alvarez deniega rotundamente al conde el derecho a considerarse miembro de la familia real. Incluso, defiende el principio de la preeminencia de una nobleza cuyos titulares se han sucedido sin solución de continuidad desde la creación de su linaje. Un bastardo no pasa de ser un accidente y no puede aspirar a ocupar un lugar legítimo dentro de la sucesión.

Cuarta carta del conde (21 de abril de 1414)

El inicio de la carta ilustra en tono humorístico los avatares de la comunicación entre el conde y Juan Alvarez, que explica el silencio que corre entre enero y abril.

Luego Fadrique vuelve a evocar el tema de la diferencia entre los dos linajes, alzando al suyo por encima de cualquier otro que no fuera de sangre real: “çierto es e notorio que el conde mi padre e mi señor tan noble e tan poderoso era que Aluar Perez [de Osorio] nin otro semejante non seria para se ygualar con el.” (12va). El juicio no admite discusiones.

Por otra parte, proporciona la clave de las disensiones entre los padres de ambos mencionadas en las cartas anteriores, recordando un episodio del reinado de Enrique III.

E yendo el Rey por el camino, sopo como el conde don Pedro era partido de Roa con toda la conpaña que trajera alli, e que se iba para Galicia. E envio el Rey sus cartas e mensageros a Alvar Perez Osorio e a todos los caballeros e concejos de aquellas comarcas por do el conde avia de pasar, que le tomasen si pudiesen. [Crónica de Enrique III, año cuarto (1394), cap. XXVI p. 229 b.]

Despues que el Rey don Enrique llego a la çibdad de Leon, ovo cartas del conde don Pedro, que estaba en Galicia, por las quales le enviaba decir que su merçed fuese de le perdonar e de le dexar las heredades que avia en Castilla, e que se vernia para la su merçed. E al Rey plogo dello […] E el conde vinose luego para el Rey al real de sobre Gijon. E el Rey les resçibio e le perdono, e diole dos villas de las que fueron del duque de Benavente, vna que diçen Ponferrada, e otra Villafranca de Valcarcel. [Id. cap. XXX, p. 231b]

Según Ayala, el conflicto se resolvió sin la intervención de los caballeros y concejos gallegos solicitados por el rey. La que resultó decisiva, en cambio, fue la actidud del conde que solicitó el perdón del Rey y, conseguido este, vino a someterse personalmente ante el monarca. De no ser así, Fadrique no hubiera recibido como recompensa la entrega del señorío de las dos villas. Para un noble de sangre real, era una perfecta ilustración de que las relaciones entre él y el rey debían regirse por vía directa y personal. El conde no pierde la oportunidad de rebajar la mediación del Osorio a un acto de mera policía, propio de un subalterno, alguacil, ballestero de maza o portero.

La carta concluye proporcionando algunos datos sobre el itinerario que han seguido hasta entonces el conde y su séquito[59]. No resulta fácil identificar el punto de partida, “mi logar de Rauanal”, porque son cinco por lo menos los Rabanales existentes en las comarcas leonesas dos de ellos, Rabanal viejo y Rabanal del Camino, a unos 20 kms al oeste de Astorga. La expedición tardó a lo sumo 11 días en recorrer la distancia que la separaba de Torrelobatón donde se redacta la carta, el 20 de abril, ya que salió de Rabanal el 9 de ese mes. De suponer que se confunda el “mi logar de Rauanal” con Rabanal del Camino, la distancia recorrida es de unos 200 kms, lo que proporciona una media de algo más de 20 kms para cada día. Parece poca distancia para un recorrido diario a caballo, pero, según la descripción de la comitiva que proporciona la Crónica de Juan II a su llegada a Zaragoza, no se le podía pedir más:

El conde don Fadrique vino al rrey de Aragon a Çaragoça do el rrey hera, en martes xxix dias de mayo. E salieronlo a rreçiuir todos los grandes señores que ende estauan e los fijos del rrey. E venian con el fasta lx de mulas todos vestidos de vna librea, e fasta çincuenta azemillas poco mas o menos con su fardaje, e fasta çient omes de pie gallegos que paresçia muy bien.

Por otra parte, la cifra coincide con la de la etapa prevista para el 21 de abril entre Torrelobatón y Zaratán, unos 25 kms.

No parece que la caravana haya entrado en Valladolid sino que se quedó en las afueras, concretamente en Zaratán. El conde presenta esa parada como una simple etapa en su recorrido (“e dende en delante continuar mi camino”). Varios pudieron ser los motivos de semejante decisión. El primero es que, siendo Valladolid sede permanente de la corte, no se prestaba para acoger expediciones que necesitaban mucho espacio y una logística importante. Las mulas y acémilas estarían más a gusto en la campiña del Pisuerga, donde disponían, sobre todo en aquel período del año, de abundante agua y pasto. Por otra parte, es posible que las medidas de salubridad pública que se habrían impuesto para luchar contra la peste no se hubieran alzado del todo.

La corte no había regresado aún de su periplo fuera de la ciudad para huir de la epidemia. Como testimonio, podemos contar con el lugar y la fecha mencionados en las respuestas de Juan Alvarez. Firma la primera en Toro, el 3 de octubre. El 4 de marzo, aún no ha vuelto a Valladolid ya que le remiten la segunda en Salamanca, el 4 de marzo, a la cual responde el 1 de mayo. El 6 de junio, Juan Alvarez firma su última carta al conde en esa misma ciudad. Se deduce de ello que la corte no ha reintegrado aún Valladolid en la fecha de la llegada del conde a Zaratán, motivo que explica, por otra parte, que, sabiéndolo, no haya tenido reparos en pasar por aquella zona y hacer etapa allí.

Si se toman sus palabras al pie de la letra (“entiendo ser en todo este mes de mayo primero que viene a doquier que sea el rrey de Aragon mi señor”), el conde no se concede más de 10 días para presentarse ante el rey de Aragón, afirmación algo atrevida, ya que, desde Valladolid hasta Tarazona, en la frontera con Aragón, median, siguiendo el valle del Duero, unos 300 kms, es decir 100 más que el trayecto supuesto desde Rabanal hasta Valladolid.

Tampoco se pueden sacar conclusiones de que, según la Crónica de Juan II, hiciera su entrada en Zaragoza el 29 de mayo, porque esa fecha corresponde al plazo fijado en el duelo (“e por quanto, señor, en jueues treynta e vn dias de mayo se cunple el plazo a que yo e el dicho Iohan Aluarez quedamos de paresçer ante vuestra alteza”), y no a la fecha de la llegada del conde a Aragón.

Al final de su carta, don Fadrique añade una nota personal sobre su salud (“e esto agora aqui en Torre de Lobaton bien sano e bien rrezio e bien alegre, gracias aya Dios, e en buena despusiçion de mi preson[a]”) que parece referirse a una enfermedad que le achacó. Lo confirma una alusión que introduce Juan Alvarez al final de su respuesta del 1 de mayo: “E a lo que dezides en rrazon de vuestra conbalesçençia […]”. No debe descartarse que el conde fuera víctima de la peste. La misma formulación lo sugiere, al evocar, además de la salud recobrada, la alegría del que se salvó de tamaño susto.

Cuarta respuesta de Juan Alvarez (1 de mayo de 1414)

Juan Alvarez se queda parco a la hora de justitificar la actitud de su padre en 1394, remitiendo a un único argumento, el de la lealtad debida al rey. Se sospecha que, como el conde, opina que la situación de perseguido, aunque fuera por la voluntad del rey, es más digna de un caballero que la de ejecutor de órdenes de arresto, aunque emanaran del monarca. ¿Cuál hubiera sido su reacción si su padre hubiera conseguido detener al conde y entregarlo a manos de alguaciles y ballesteros de maza?

Reiteradamente el conde y Juan Alvarez se reprochan su cabtela, término que se aplica tanto a las personas como a sus escritos: “esta cabtela” (4vb y 6ra); “vuestra respuesta fue mas cabtelosa” (8ra y 10ra); “sin poner luengas nin cabtelas” (10rb y 11rb); “auedes pasado cabtelosamente” (11rb y 12rb). En su última carta, Juan Alvarez la incluye dentro de una fórmula de una extremada violencia, ya que no concierne solo el debate sino que es una acusación ad hominem: “Quien vso e vsa de las cabtelas bien se sabe por todo el rregno”. La respuesta del conde, aunque más medida en la forma, no deja de ser severa: “por las obras se demuestran las voluntades e se encortan los dezires”.

Últimas cartas

La quinta carta que Don Fadrique dicta, camino de Aragón, sin precisar lugar ni fecha, no hace más que confirmar su intención de acabar con su empresa. La perspectiva de un duelo con Juan Alvarez se aleja, aunque finja creer que siga posible (“vos que entendedes de fazer en el negoçio e cunplir todo aquello que a vuestra onrra e estado conuenga, sabed que yo asi lo tengo que lo faredes”). La mejor prueba está en que ha imaginado para el conflicto otro desenlace que la batalla. Piensa denunciar públicamente a su adversario y, si no consigue la licencia, hacerlo en privado ante el rey.

Después de meses de controversia a menudo agria y la expedición inédita a un reino vecino con un boato que le costó al conde dos mil florines que no consiguió devolver[60], el asunto amenaza terminar en agua de borrajas, pero no le queda más remedio a don Fadrique que proseguir. No se trata ya solo de defender su honor sino también de mantener su imagen y estatuto social y político.

Ya cumplido el plazo fijado en 31 de mayo, la quinta respuesta de Juan Alvarez pone fin a la ilusión mantenida dede el principio de que ese conflicto podría tener un desenlace conforme a la mitología caballeresca. La sumisión a la voluntad real, doblemente manifestada por los dos tutores, se parece mucho a una coartada.

En su última carta, el conde se burla abiertamente de Juan Alvarez, tanto más obediente a la orden del rey cuanto que se acercaba la fecha del vencimiento del plazo fijado.

Hace ya algún tiempo que la disputa se ha agotado. Se van repitiendo los mismos temas y los argumentos intercambiados no sirven más que para ofrecer la oportunidad de dirigir algún dardo contra el contrincante, sin que se sepa de veras si Fadrique y Juan Alvarez tenían el talento para ello o si confiaban esa tarea a algunos letrados de su casa.

En la Corte de Aragón

Agotada la serie de cartas intercambiadas, el documento concluye con la transcripción de los tres actos públicos celebrados en la corte de Aragón, ante el rey Fernando y ciertos personajes que actúan como testigos.

El 31 de mayo, fecha en que expira el plazo fijado por el conde y aceptado por Juan Alvarez, don Fadrique somete al rey un escrito por el que le pide la autorización de dirigir nuevas cartas de emplazamiento para su adversario, en su doble calidad de rey de Aragón y de tutor del rey de Castilla, argumento ya utilizado por él anteriormente. Fernando accede a lapetición y aplaza su respuesta a una fecha posterior.

El domingo 24 de junio[61], el conde, constatando que, aunque recibiera las nuevas cartas de emplazamiento, Juan Alvarez no se ha presentado “nin paresçe que tenga en voluntad de uenir”, suplica al rey que acepte ser juez de esa disputa y, en caso contrario, que le autorice a solicitar al rey de Portugal.

La respuesta del rey interviene dos días más tarde, el martes 26. Lamenta el conflicto intervenido entre tan nobles personas; considera que no le pertenece, como rey de Aragón, “proueer este negoçio” entre dos súbditos del rey de Castilla; remite a un próximo viaje suyo a ese reino la solución al conflicto, “guardando sienpre lo que sea rrazon e derecho e justiçia, segund las leyes e derechos de los dichos rreynos de Castilla”.

Además de dilatoria, esta respuesta deja pocas esperanzas para que ese negocio fuera resuelto en la forma esperada por el conde, sabiendo que en Castilla no se autorizan los duelos. Sin embargo, a don Fadrique le satisface sin duda que el rey haya tomado en serio su recuesta.

 

Castellanos en la corte de Aragón

El tratamiento que recibe la petición del conde en la corte de Aragón proporciona una información interesante sobre el funcionamiento del aparato de estado durante el brevísimo reinado del primer Trastámara (1412-1416) y, más precisamente, sobre la gestión de los asuntos castellanos por el corregente Fernando.

Agenda del rey (julio de 1413-junio de 1414)

La disputa entre el conde de Trastámara y Juan Alvarez Osorio (septiembre de 1413 a junio de 1414) interviene en un momento de intensa actividad para el rey de Aragón. Desde el mes de julio de 1413, Fernando dirige personalmente el asedio de Balaguer, entre cuyos muros se ha refugiado el conde de Urgel, que sigue negándole el derecho a titularse rey. Aunque limitado a un único oponente y a un lugar preciso del reino, este conflicto es gravísimo porque de su resolución depende la posibilidad para el nuevo rey de ejercer plenamente su autoridad. La rendición del conde se verificará en los primeros días de noviembre. A partir de entonces, ningún freno se opone a que Fernando ejerza plenamente sus prerrogativas reales.

Son muchas las obligaciones que le esperan, la primera es su coronación y la de la reina, que se celebrará en Zaragoza entre los días 8 y 19 de febrero, cuyos preparativos ocupan varios meses. Celebradas las ceremonias de la coronación, empieza una actividad diplomática intensa en torno a la cuestión del Cisma. En el mes de abril, llega a Zaragoza una embajada del emperador Sigismundo para promover unas vistas con Benedicto con el fin de conseguir la reunificación del papado. El 30 de mayo, el rey recibe otra embajada, del rey de Francia a favor de Juan XXIII, el Papa intruso, como lo designa el cronista.

A consecuencia de la demanda del emperador, el rey y el Papa Benedicto deciden celebrar un encuentro, que fijan para julio en la villa de Morella. El rey deja Zaragoza el martes 18 de junio y hace etapa en Alcañiz los días 22 a 25. El 26, sale para Morella donde llega el 1 de julio. Allí esperará al Papa hasta el 18 de julio.

Un calendario tan apretado deja poco espacio para actividades que no sean las exigidas al nuevo rey en el ejercicio de su gobierno. A un lector moderno, le cuesta admitir que la petición de don Fadrique esté en fase con el momento político que conoce la Corona de Aragón y, sin embargo, no cabe duda de que el rey le concede una atención benevolente.

Presencia del conde en la corte (julio de 1413-junio de 1414)

Los documentos finales de la disputa entre el conde y Juan Alvarez, cuyas fechas se conservan, así como las noticias proporcionadas por le Crónica de Juan II, permiten conocer en parte la cronología de la estancia del conde en la corte aragonesa.

Su entrada solemne en Zaragoza se cumple, según la Crónica, la víspera de la llegada de la embajada francesa, quizás para no coincidir con esta y evitar que dos actos protocolarios de índole parecida compitieran entre sí. Desde esa fecha, el conde no se aleja de la corte. La comparecencia ante el rey para el primer acto final del duelo interviene dos días después, el 31, conforme al plazo fijado por los dos adversarios. La segunda comparecencia tiene lugar el domingo 17 de junio, también en Zaragoza, aunque ya no en el convento de Santo Domingo de la ciudad sino en los jardines del palacio de la Aljafería.

Al día siguiente, 18 de junio, la Crónica nos informa de que el rey salió de Zaragoza para Alcañiz, en barca primero, luego por tierra: “vino por el rrio fasta Escatron, que son çinco leguas de Alcañiz. E estouo en Alcañiz sabado e domingo e lunes [23-25 de junio]”. Allí es dopnde tiene lugar el tercer acto, el martes 26 de junio, según Res 27, más probablemente el lunes 25 ya que, según la Crónica, el rey “partio de Alcañiz a xxvi dias de junio”.

Don Fadrique no deja la corte en Alcañiz, sino que prosigue con ella hasta Morella. Cuando el Papa hace su entrada solemne en esa villa, el miércoles 18 de julio, el conde es uno de los que sostienen, junto con el rey, el Infante Sancho, el almirante, Enrique de Villena y otros magnates, las varas del palio colocado encima del Papa.

Desde esa fecha, el cronista no vuelve a mencionar al conde, aunque relata actos protocolarios en los que pudo haber participado. Se supone que hubo de volver a Castilla poco después de la entrada del Papa en Morella.

Castellanos en el juicio

Las tres comparecencias del conde obedecen al protocolo habitual de los actos oficiales presididos por el rey. Se trata esencialmente de levantar el acta legal, con fecha y lugar, establecido por un notario público y avalado por unos testigos firmantes, que recoge la demanda efectuada por escrito y la respuesta, cuyo traslado haga fe. La atención prestada a ese protocolo no admite improvisión alguna y excluye que la presencia de tal o cual individuo sea casual.

Los tres documentos han sido establecidos por Pedro García de Medina, “secretario del dicho señor rrey e su notario publico”[62], lo que supone que la demanda del conde queda claramente identificada dentro de la gestión cancilleresca. La identidad de los testigos, – 7, para el primer acto, y 4 para los dos últimos -, debe analizarse según un criterio idéntico. La lista incluye representantes del orden eclesiástico, del nobiliario más un jurista.

Tres son los prelados que firman, en dos ocasiones cada uno de ellos: Alfonso de Argüello, obispo de León (I y II); Diego de Fuensalida, obispo de Zamora (I, III); Alfonso [¿de Cusanza?], obispo de Salamanca (I y II). La nobleza queda representada en los tres actos por un solo miembro, el almirante Alfonso Enríquez, tío del rey y del conde don Fadrique.

Los otros testigos, los más numerosos, aparecen más episodicamente. Su perfil es menos homogéneo y su presencia responde a criterios distintos. Juan González de Acevedo (I y II) y Fernán [Gutierrez de Avila] (I), ambos doctores en derecho, aquel oidor de la Audiencia de Castilla, este canciller del Maestre de Santiago don Enrique, hijo del rey, pertenecen al cuerpo de juristas habilitado para intervenir en un acto de este tipo. Diego Fernández de Vadillo (II y III) figura a título de miembro del Consejo del rey, cargo más político que jurídico pero que le confiere una autoridad suficiente para avalar un acto público. En cambio, el de mariscal atribuido a Alvaro de Avila (I) crea cierta perplejidad. Su presencia exige buscar otra clave que la profesional para explicar su presencia.

Prelados y nobles

Alfonso de Argüello

Franciscano y doctor en leyes, Alfonso de Argüello era obispo de León; luego lo será de Palencia (1415) y de Sigüenza (1417). En aquellos años, oscila entre la corte castellana y la aragonesa, manteniendo excelentes relaciones tanto con la reina Catalina como con el rey Fernando. Acompaña a este a Tortosa para la entrevista que mantuvo con el Papa Benedicto (1412). Estuvo presente en las fiestas de la coronación, con el título de “chançiller mayor del primogenito de Aragon”, y permaneció en la corte los meses siguiente. No acompañó al rey cuando las vistas de Morella, sino que se quedó en Zaragoza para asesorar al Príncipe en la aplicación de las primeras medidas jurídicas decididas por su padre.

Diego de Fuensalida

Durante el sitio de Antequera, cuando recibe la noticia de la muerte del rey de Aragón, Martín I, el Infante Fernando designa a Diego Gómez de Fuensalida, “abad de Valladolid, oydor de la Avdiençia del rrey e su capellán del dicho Ynfante”, para defender su candidatura a la sucesión a la Corona de Aragón. Hasta ese momento, el cronista no menciona al prelado una sola vez a pesar de que ejerce el cargo de capellán del Infante. Es de creer que no intervino en ningún acontecimiento sobresaliente en el que pudiera demostrar sus facultades. Las difíciles negociaciones que desembocarán en el Compromiso de Caspe le procurarán esa oportunidad. Demostró un evidente talento diplomático cuando consiguió prevenir un conflicto abierto en Zaragoza entre los partidarios del conde de Urgel y los castellanos que habían venido para apoyar la candidatura del Infante. En las negociaciones en torno al Cisma, el rey lo designó para que formara parte del Consejo reducido que lo asesoraba. El cronista no escatima elogios a favor del obispo, “onbre muy cuerdo e de buen linage” (cap. 332, p. 724).

Alfonso, obispo de Salamanca

El cronista se muestra también muy discreto con relación con el tercer prelado firmante. sobre cuya identidad existe además una duda. Eubel (Hierarchia catholica medii aevi) lo identifica como el arcediano de Niebla y le atribuye únicamente la sede de Salamanca hasta su muerte en 1423. Rechaza la identificación con el dominico Alfonso de Cusanza quien no habría ocupado ninguna sede obispal antes de 1420, cuando se le nombró para la de Orense. Cualquiera que fuese, no es negable que fuera un teólogo reconocido por su actuación en la corte aragonesa.

Se le menciona por primera vez entre los prelados castellanos que acuden a Zaragoza para la coronación, y más adelante entre los que acompañan al rey a Morella, donde forma parte del consejo “apartado”, compuesto de “çiertos espeçiales”, que asesora al rey en sus discusiones con el Papa.

El almirante Alfonso Enríquez

Dentro de la terminología protocolar que designa a los miembros de la familia real, a pesar de que fuera hijo bastardo del maestre Fadrique, Alfonso Enríquez figura como tío del rey Enrique III y de su hermano, el Infante Fernando. Nacido en 1354, pertenece a la generación del rey Juan I, que nació en 1358. Esa diferencia de edad le confiere ya de por sí cierta autoridad sobre sus sobrinos.

El título de almirante mayor de Castilla le es otorgado en 1405, a la muerte de su anterior titular, Diego Hurtado de Mendoza, hermano de su esposa, Juana de Mendoza. Debido a ese cargo, que asume directamente, tiene un papel decisivo en las empresas andaluzas del Infante, junto con su hijo Juan Enríquez.

Desde las primeras gestiones, interviene en las negociaciones para la designación del rey de Aragón. Junto con el obispo de Palencia, Sancho de Rojas, y el justicia mayor, Diego López de Estúñiga, preside las embajadas que defienden la candidatura del Infante ante las cortes de Aragón, en Alcañiz, y las de Cataluña, en Tortosa (1412). Al mando del contingente de dos mil lanzas que había venido de Castilla en apoyo a la candidatura de Fernando, se dirige contra el conde de Urgel que se niega a aceptar las conclusiones del Compromiso de Calpe (junio de 1412), consiguiendo la sumisión del conde y se retira a Castilla con las tropas.

Junto con Diego López de Estúñiga y el obispo de Segovia, se une de nuevo con el rey, cuando, desde Lérida, este se dirige hacia Zaragoza para coronarse. Asiste a las ceremonias de la coronación y, en los meses siguientes, tiene asiento reservado en el Consejo del rey. Fernando le confía además misiones delicadas, como una embajada a Navarra para proponer al Infante Enrique, en sustitución su hermano Juan, como esposo de la Infanta de aquel reino.

Los demás testigos

Alvaro de Avila

Alvaro de Avila acompañó al entonces Infante Fernando durante la campaña de Zahara y Setenil, en 1407. El cronista lo llama “Aluaro” a secas y lo califica de “camarero del Ynfante” (cap. 54, p. 231). Le dedica una atención particular, mencionando todas las ocasiones en las que se señaló, algunas de mayor alcance que otras. En recompensa por su actuación en el asedio, tuvo el honor de entrar primero en el castillo, junto con el comendador mayor de León de la orden de Santiago. Se le presenta como alguien especialmente valiente, hasta el extremo de considerarlo como rival de Pero Niño en ese campo (“que cada vno tenia çelo del otro”, cap. 61, p. 242)[63]: los moros les matan a los dos sus caballos, unos días después, ante Ronda. Durante el asedio a Setenil, el Infante le confía tareas importantes, como guardar lugares estratégicos o ir a buscar una lombarda a Zahara para sustituir la que se había roto. Por fin, imagina atraer a los moros fuera del recinto haciendo creer a todos, moros y cristianos, que el rey de Granada venía a socorrer la villa, pero fue en vano porque los sitiados no se atrevieron. También se ilustró en el sitio de Antequera donde, a pesar de que el cronista siguiera designándolo como camarero del Infante, Alvaro de Avila desempeñaba en realidad las funciones habituales de un mariscal, las cuales se definen en otro lugar como “los que en esto [la guarda] e en todas las otras cosas de las huestes ellos tienen la carga “ (cap. 73, p. 258).

Entre las festividades que marcan en Sevilla el final victorioso de la campaña de Antequera (cap. 193, p. 496), se celebran dos bodas, entre ellas la del camarero Alvaro con Juana de Bracamonte, hija de Robinet de Braquemont, caballero normando afincado en Castilla, tío del colonizador de las Islas Canarias, Jean de Béthencourt, y experto en combate naval, casado en segundas nupcias con Aldonza de Ayala, y, por consiguiente, cuñado de los almirantes Diego Hurtado de Mendoza y Alonso Enríquez. Es un insigne honor, que suele reservarse a un criado fiel. Su carrera prosigue en Aragón, con el mismo protagonismo y eficencia, ya como mariscal del rey, primero para combatir la rebelión de Antonio de Luna luego en el sitio de Balaguer.

El día de la coronación, junto con Bernat de Centelles, le tocó presentar al rey su hábito de paño blanco. Unos días después, el rey reúne a su Consejo para contestar a la petición que los embajadores de Sicilia le habían dirigido poco antes de su coronación. Entre los castellanos que se unieron al Consejo, además del almirante de Castilla, el cronista nombra a “Aluaro de Auila, mariscal del rrey de Aragón” (cap. 329, p. 720).

Juan González de Acevedo

El doctor González de Acevedo es uno de los más asiduos familiares del Infante Fernando. En calidad de oidor de la Audiencia, lo acompañó en Andalucía y se le encomendó el sello mayor de la Cancillería. También fue tempranamente asociado al Fecho de Aragón, a cuyo reino fue enviado nada más conocerse la muerte de Martín V y se le encargó diversas embajadas tanto en Aragón como en Navarra.

Esa proximidad con el soberano le coloca, como a algunos pocos familiares del príncipe, en posición de consejero áulico, y, en razón de la confianza de que este le concedía, le autoriza a intervenir en otros campos que en el de su cargo.

Fernán González de Avila

Está ya documentado como canciller mayor del infante don Enrique, maestre de Santiago, el 15 de junio de 1411 (Sánchez González, p. 1280). Se supone que habrá acompañado al maestre para la coronación y permaneció allí con él algún tiempo después. El rey le ordena, así como a Alfonso de Argüello, que se quede en Zaragoza para acompañar al Príncipe don Alfonso en las medidas jurídicas que tomó entonces: “Y el Prinçipe començo a fazer justiçia con ese doctor Fernan G[onçal]ez en manera que fizo morir muchos por justiçia de los que heran en fiados e andauan seguros” (cap. 335, p. 729).

Diego Fernández de Vadillo

Para un mejor conocimiento de este personaje, del que sigo opinando que pudo ser el redactor de la Crónica de Juan II, remito a las páginas que le dedico en mi Introducción (p. 70-79). El que aparece documentado al principio como escribano y, luego, como secretario del Infante, acompaña al futuro rey de Aragón en todos sus desplazamientos: en Andalucía durante las campañas de Setenil y Antequera; en Aillón y Cuenca, a la espera de las noticias del compromiso de Caspe; luego en Aragón, en el sitio de Balaguer, ante las cortes de Zaragoza y en Valencia. En esas circunstancias el cronista lo describe como muy emprendedor, especialmente en Balaguer. Al final del año 1413 entra a formar parte de la Casa real con un cargo equivalente a secretario regio. El año 1414 le resulta especialmente fasto: su esposa, María Bota Negra, es nombrada dama de la reina Leonr, y se le concede la villa de Albesa, que había pertenecido al conde de Urgel.

Pedro García de Medina

En la Crónica se le califica de “escriuano de camara” del rey en dos ocasiones, poco después de la elección de Fernando al trono (1412), para una misión económica a Andalucía, y en la coronación de la reina, en la que se le armó caballero (1414). Es de suponer que los cargos que ostenta en los tres documentos, de “secretario del rey y su notario publico” le han sido concedidos en fecha reciente.

Conviene detenerse en la primera mención porque, además de aclarar la clase de relaciones que el rey podía mantener con algunos de sus familiares, contribuye a dibujar el retrato de uno de ellos.

E, como el año de antes de mill e quatroçientos e doze años, el Ynfante don Fernando entro en los rreynos de Aragon corporalmente a tomar la posesyon de los rreynos, fallo que en su rreyno avia muy gran mengua de pan e que valia muy caro. E, por ende, enbio mandar a Pedro Garçia de Medina, vn su escriuano de camara, que le conprase pan en el Andaluzia, en espeçial en Seuilla e en Xerez e en Cordoua e en sus tierras, porque lo podiese cargar por mar para Valençia e para Varçelona.

E, como Pedro Garçia rrecabdaua los dineros de las deudas que deuian al rrey de Castilla e otros dineros que heran librados esa sazon al rrey de Aragon en Seuilla e en Cordoua, por ende, conpro el pan que el pudo conprar, que fueron mas de çincuenta mill fanegas de pan en Seuilla e en Xerez e mas que conpro en Cordoua[64]. E començo a cargar su pan en navios para Aragon.

E, como quiera quel conpro en el Andaluzia mucho pan en nonbre del rrey, lo menos enbio al rrey e vendio mucho dello en los lugares do lo conpro por muy gran preçio, en manera que aqui alcanço muchos dineros Pedro Garçia e despues dixo al rrey que, maguer le deuian pan en algunos lugares, que lo no querian pagar e, con poco que le deuian e con negar de le dar lo que avia conprado, que dixo que no hera tanto[65], enrriqueçio el e la tierra por su ocasión quedo pobre[66].

La operación consistente en privar de suministro a las provincias situados bajo la administración del rey como Regente de Castilla para favorecer a sus nuevos súbditos, es tanto o más o un acto de propaganda política que de buena gestión económica. Por otra parte, son los andaluces los que cargan integralmente con el gasto ya que es su contribución la que sirve para pagarlo. La gestión llevada a cabo por García de Medina tampoco favorece a los aragoneses como debiera, ya que parte del trigo comprado se queda en Andalucía, donde contribuye a encarecer su precio y a agravar la carestía. El único que saca provecho es el propio García de Medina, quien además no duda en engañar al rey con mentiras, según el cronista.

Queda la sospecha de que García de Medina no actuara por su cuenta sino por orden del rey que carecía de fondos propios y pensó apropiarse los excedentes que los Maestrazgos de Santiago y de Alcántara, a los que administraba a través de dos de sus hijos, habían acumulado en Andalucía (Santiago González, p. 652-653). Si es así, la promoción a secretario y notario público del rey debería interpretarse como una recompensa.

De testigos a Consejo privado

De todo lo dicho resulta que la demanda del conde Fadrique fue acogida por el rey de Aragón con la misma atención y el mismo protocolo que si se hubiera tratado de un negocio de estado. Las numerosas y graves ocupaciones del momento no impiden que se le dedique un espacio dentro de una agenda muy cargada en recepciones y viajes, ni que se le aplique las mismas normas que para un negocio diplomático.

El rey oye personalmente la demanda y dicta la respuesta, con la ayuda y en presencia de un grupo de personalidades que merecen considerarse como un Consejo privado y no como simples testigos. En efecto, esa asamblea, aunque muy restringida, cumple con todos los requisitos exigidos para asumir las prerrogativas de un Consejo real, con la presencia en su seno de prelados, de un miembro de la familia real en representación de la nobleza, y de oficiales de la Audiencia, la Cancillería y otros cuerpos de estado. Ilustra perfectamente esa legitimidad el caso del almirante mayor, uno de los dos miembros que formarán parte ininterrumpidamente del Consejo del rey de Castilla a partir de 1407, junto con el condestable Ruy López Dávalos. Es imporante señalar que la presencia de Alfonso Enríquez dentro del Consejo que atiende a la disputa del conde no se debe a su calidad de tío del demandante sino que corresponde al lugar que ocupa, tanto en el Consejo de Castilla como en el de Aragón.

Estos documentos facilitan una inmersión dentro del reducido círculo de los colaboradores directos del rey. Todos son castellanos y familiares del rey desde su época de Infante de Castilla. Forman algo así como su Consejo íntimo con el que consulta los negocios importantes, no solo los que tienen que ver con Castilla, a juzgar por la composición del consejo restringido que constituyó para asesorarle durante las discusiones llevadas a cabo en Morella:

E, como quiera quel Papa tenia muchos del su consejo e el rrey otrosy, pero, para esto de rresponder al enperador sobre rrazon de la vnion de la Yglesia, aparto cada vno dellos çiertos espeçiales, porque las cosas que en vno fablasen fuesen muy secretas. E, por ende, el rey de Aragon aparto porque estouiesen en este consejo a don Alonso Enrriquez, almirante de Castilla, e a don Juan de Tordesyllas, obispo de Segouia, e a don Diego Gomez de Fuensalida, obispo de Çamora, e a don Alonso, obispo de Salamanca, fray Fernando de Illescas, confesor que fue del rey Juan de Castilla, que Dios aya; fray Diego, fraile de Santo Domingo, su confesor; e los honrrados sabios don Verengel de Bardaxi e Juan González de Azevedo, doctor en leyes[67].

Los testigos que firman los actos relativos al desafío entre el conde y Juan Alvarez salen del mismo vivero que los consejeros espeçiales en los que se apoya el rey para asuntos de estado, lo que confirma la atención que presta a ese asunto. Por otra parte, ello demuestra que el conde estuvo acertado cuando eligió a Fernando como juez. En esa elección interviene un argumento esencial para ambos, el de la comunidad de sangre[68].

Índice de nombres propios

Acevedo, Juan González de, canciller mayor del sello 15 vb, 16 va

Alcañiz 16 va

Alfonso [¿de Cusanza?], obispo de Salamanca, oidor de la Audiencia de Castilla 15 vb, 17 rb

Aljafería, palacio en Zaragoza 15 vb

Aluarez, Diego, 4 vb

Aragón, rey de, véase Fernando I

Argüello, Alfonso, obispo de León 15 vb, 16 va

Arias, Gómez, clérigo de Castelo de Cangas 12 ra

Avila, Alvaro de, mariscal 15 vb

Avila, Fernán González de, chanciller del maestre de Santiago 15 vb

Cançer, véase Valcarce [Vega de]

Cangas do Morrazo, pueblo de la provincia de Pontevedra 12 ra

Çaratan, véase Zaratán

Castelo de Cangas, O, véase Cangas do Morrazo

Corto, véase Tuerto

Enrique III, rey de Castilla 12va

Enríquez, Alfonso, almirante mayor de Castilla 15 vb, 16 va, 17 rb

Enríquez, Pedro, conde de Trastámara passim

Faua (Faba), puerto de La 4rb, 5rb

Fuensalida, Diego de, obispo de Zamora 15 vb, 17 rb

Garcia, Gomez 4 vb

García, Pedro, véase García de Medina, Pedro,

García de Medina, Pedro, secretario y notario público del rey de Aragón 15 rb, 15 vb, 16 va, 17rb

Gonçalez, Pero, véase Yáñez [de Ulloa], Pedro

Juan I, rey de Portugal 9rb, 10va, 10vb, 11rb, 16ra, 16rb

León, obispo de, véase Argüello, Alfonso de

Madrigal, Juan de, prior de San Benito de Valladolid 4va, 5va

Nuñez [Moñiz], Gomez 4 vb

Palencia, obispo de, véase Rojas, Sancho de

Osorio, Alvar Pérez, véase Pérez [de Osorio], Alvar

Pérez [de Osorio], Alvar 12va, 12vb, 13rb, 13va

Ponferrada 12 vb

Portugal, rey de, véase Juan I

Rabanal, lugar 13 ra

Rodriguez, Gomez, bachiller, mensajero del conde Fadrique 12 rb

Salamanca, 14 vb

Salamanca, obispo de, véase Alfonso [¿de Cusanza?]

San Benito de Valladolid, prior véase Madrigal, Juan de

Rojas, Sancho de, obispo de Palencia 4va, 5va

Segovia, obispo de, véase Vázquez de Cepeda, Juan

Tordesillas, Juan de, véase Vázquez de Cepeda, Juan

Toro, ciudad 6 va

Torrelobatón, villa 13 ra

Tuerto [Corto], Alfon 4 vb

Vadillo, Diego Fernández de 16 va, 17 rb

Valcarce, [Vega de] 4vb, 6ra, 6rb

Vascones, Juan de 8 rb

Vázquez de Cepeda, Juan, obispo de Segovia, canciller mayor de la reina Catalina 4va, 5va

Villafranca del Bierzo 12 vb

Yáñez [de Ulloa], Pedro, canciller mayor de la infanta doña María 4va, 5va

Yñes, Per, véase Yáñez [de Ulloa] Pedro

Zamora, obispo de, véase Fuensalida, Diego de

Zaragoza, 14 vb

Zaratán, villa vecina de Valladolid 13 ra

Mayo de 2025



[1] “El delicado manejo de misceláneas: Ms Res. 27 de la BNM”.

[2] Agradezco a mi amigo Jesús Rodríguez Velasco, catedrático de la Universidad de Yale, gran conocedor de la literatura caballeresca, sus sugerencias para mejorar la redacción de mi comentario.

[3] Ms: en enbiastes

[4] Ms: escreuir algunos

[5] Ms: el tal

[6] Ms: por ende que [ende añadido posteriormente sobre línea (anticipa erróneamente el ende que viene en la frase siguiente)].

[7] Ms: falta ende

[8] Ms: letras borradas

[9] Ms: señora se rreyna

[10] Ms: alla algunos

[11] Ms: letras borradas

[12] Ms: letras borradas

[13] Ms: nin [fol. 6ra] nin

[14] Ms: ouo

[15] Ms: rrespondedes

[16] Ms: todo

[17] Se ha omitido “en lo que”.

[18] Ms: letras borradas

[19] Ms: declar

[20] Ms: caualleros e caualleros

[21] Ms: por asig / asignado

[22] Ms: certudbre

[23] Ms: al que

[24] Ms: çien çierto

[25] Ms: liçençia que mentides

[26] Ms: juezes rreyes

[27] Ms: e e

[28] Ms: contienen

[29] Ms: la tener

[30] Ms: talanta

[31] lo lo

[32] Ms: contienen

[33] Ms: llege afecto

[34] Ms: e don de los donde

[35] Ms: ouo

[36] Ms: yo so yo

[37] Ms: puede

[38] Ms: podrian

[39] Ms: preson

[40] Ms: acabar acabar

[41] Ms: publico

[42] Ms: entendeyere

[43] Ms: quatoreze

[44] Ms: e e

[45] Ms: vuestras

[46] Ms: cartas cartas

[47] Ms: que que

[48] Ms: veynte

[49] Ms: al al

[50] Ms: e [fol. 16va] e

[51] Ms: señor escriuano

[52] Ms: en breue, plaziendo a Dios, en breue

[53] Ms A

[54] Su esposa, Aldonza de Mendoza era una de las damas de la reina Catalina.

[55] Crónica del rey Juan II de Castilla, op. cit., p. 299.

[56] El monasterio de Nuestra Señora de Valparaíso, hoy desaparecido, se encontraba en Peleas de Arriba, y no debe confundirse con el homónimo de Córdoba, como ocurre a veces. También debe manejarse con mucha prudencia la información proporcionada por Rodrigo Alvarez Osorio en su Descendencia de los caballeros Osorios (RAH MS 9/191 [(olim B-82] f° 1 a 28, Cap. XXII), en la que se afirma que Juan Alvarez “hallose en la toma de Antequera” y donde se confunde el asedio fracasado de Setenil, ocurrido el año anterior, con una “gran batalla que el Ynfante obo con los Moros”. El testimonio de las Crónicas de Juan II es más de creer: “no vinieron aqui a esta guerra [toma de Antequera] todos, por quanto no fueron llamados para ella algunos que quedaron e otros muchos que quedaron en la guarda e criança del dicho señor rrey don Juan e con la rreyna doña Catalina, su madre, de los quales nonbraremos aqui algunos: el primero, Juan Aluarez de Osorio, e Gomez Carrillo, ayo del rrey, e Gomez Suarez, mayordomo de la rreyna e otros” (cap. 188).

[57] “ E el Rey, en este tienpo, amaua muncho a don Aluar Nuñez e fizole conde de Trastamara e de Lemos e Sarria e señor de Cabrera e de Ribera, e diole pendon e caldera.” Reportorio de Príncipes de España, cap. clxi.

[58] “Porquel Rey don Alfonso traya consigo aquel priuado del conde don Aluar Nuñez, por consejo del qual auia quitado a los fijosdalgo las tierras e merçedes que del auian, alçaronse contra el Çamora e Toro e Valladolid, por cabsa de lo qual el Rey lo echo e aparto de si luego”, Pedro de Escavias, Ibid.

[59] La Crónica de Juan II, en su versión completa (no la que publicó Galíndez y se reproduce desde entonces), permite completar las noticias aportadas por el documento, tanto en lo que concierne la peste de 1413-1414 como la llegada del conde a Zaragoza.

[60] González Sánchez, Santiago, La Corona de Castilla, vida política (1406-1420), p. 669, n. 532.

[61] Y no el veynte e siete, como lo ha escrito erróneamente el copista.

[62] En los documentos II y III, se designa a sí mismo como “escriuano” o “el dicho escriuano e notario”, adoptando una formulación abreviada de su designación oficial, que es la que aparece en el primer documento.

[63] El autor del Victorial relata las hazañas de Pero Niño pero sin mencionar a Alvaro de Avila. Este detalle llamó la atención de Zurita, que pone una nota al margen de la copia del Ms de la Crónica: “competencia entre Pero Niño e Aluaro camarero del Infante”.

[64] Pedro García, como recaudador en la provincia administrada por el Infante, disponía de un capital cuantioso que invirtió en su totalidad en la compra de trigo.

[65] Con lo poco que le debían y con lo mucho que había acaparado, pudo rebajar las cantidades percibidas.

[66] Se ha sospechado que las malversaciones de Pedro García se hicieran por orden del rey de Aragón con el objeto de allegar fondos del que era muy necesitado (González Sánchez 2010, 653).

[67] En el consejo particular no había ningún prelado ni noble de la Corona aragonesa, únicamente el oficial mayor Berenguer de Bardají.

[68] Quizás habría que añadir otra continuidad, la geográfica, en la medida en que la doble función de Fernando permitía a los súbditos de los dos reinos una comunicación directa entre Castilla y Aragón.

Festejos públicos y privados II

BANQUETES

 

Como bien se sabe, la Crónica de la minoría de Juan II dedica más espacio al Infante Fernando, como regente del reino de Castilla y luego como rey de Aragón, que a cualquier otro personaje de la corte castellana, incluida la reina Catalina [véase Crónica del rey Juan II de Castilla: minoría y primeros años de reinado (1406-1420), edición y estudio de Michel Garcia, Salamanca: Ediciones Universitarias, 2019. Col. Textos recuperados, XXXIV, 2 vols.]. La adhesión sin reservas a la persona del príncipe que caracteriza al cronista se traduce por una atención al menor detalle de su actuación y una prolixidad narrativa que un lector moderno no puede dejar de agradecer, porque le aporta una información de una gran riqueza documental, no solo sobre los acontecimientos sobresalientes de esos años, sino también sobre muchos aspectos más secundarios pero significativos de unas prácticas que nos resultan ignoradas o mal conocidas.

En lo que se refiere a lo que he llamado en mi edición “la materia de Aragón”, para una justa apreciación del testimonio proporcionado por el cronista sobre la elección del nuevo rey y su corto reinado, conviene no olvidar que bien poco conocía de ese reino antes de la elección del Infante en Caspe: ignoraba su geografía, su historia y costumbres, su lengua, y empezó a familiarizarse con él solo cuando el rey le confió algunas misiones en ese territorio nuevo.

Esta consideración conviene aún más al episodio de la coronación de Fernando I, por cuanto un súbdito castellano de la época no tenía ninguna experiencia al respecto, ya que ninguno de los cuatro sucesores de Alfonso XI – Pedro I, Enrique II, Juan I y Enrique III – se preocupó de reproducir las ceremonias ordenadas por aquel para su coronación en 1332, o estuvo en condiciones de hacerlo (sin duda habría que matizar: es un tema que retomaré más adelante). Vale tanto como decir que, para el cronista, era una ceremonia inédita. La descripción que nos ofrece del ritual fijado en la corte aragonesa por las Ordinacions de Pedro el Ceremonioso, así como de los festejos que la acompañaban, es la de un espectador ignorante, que procura comunicar, con cierta ingenuidad, la emoción que le produjo ese espectáculo.

Sin perder de vista estas limitaciones, para quien desea conocer esa historia y sus actores esta crónica es una mina de informaciones que merece ser explotada. Así lo entendió Jerónimo e Zurita, quien trancribió la totalidad del texto y lo aprovechó en sus Anales de Aragón (5). Su sucesor en el cargo de cronista de la Corona, Andrés de Uztarroz, insertó el capítulo 38 de la crónica dedicado a las ceremonias de la coronación de FernandoI y de su esposa, la reina Leonor, en Coronaciones de los serenisimos reyes de Aragon, escritas por Geronimo de Blancas (Zaragoza, Año MDCXLI), con el siguiente encabezamiento:

Aunque Geronimo de Blancas refiere con mucha puntualidad la coronacion del Rey Don Fernando propondremos vna relacion tan copiosa, que llenarà los deseos de los curiosos.

 

BANQUETES DE LA CORONACIÓN

La elección de Fernando como rey de Aragón se hizo pública en Caspe el 23 de junio de 1412. La coronación interviene más de año y medio después, el domingo 11 de febrero de 1414. El dilatado espacio de tiempo que corre entre esas dos fechas tiene varias causas. Una de ellas es la necesaria adaptación a una realidad política que el nuevo rey, por ser castellano, ignora en muchos aspectos. Darse a conocer por los poderes fácticos de la Corona y familiarizarse con ellos, así como con el funcionamiento de una administración tan distinta de la castellana, debió de ocuparlo de modo permanente. Por cierto, estuvo lejos de conseguirlo a juzgar por los obstáculos que encontró en las primeras cortes que convocó en Montblanch, de finales de septiembre a principios de diciembre de 1414, es decir más de dos años depués de su elección. Además, dentro de ese período, desde principios de agosto hasta principios de noviembre de 1413, estuvo inmovilizado ante Balaguer, combatiendo al conde de Urgel que se había hecho fuerte en la plaza. Que esas circunstancias hayan retrasado la celebración de la coronación lo confirma el que, en enero de 1413, ya se preocupaba de habilitar el palacio de la Aljafería en Zaragoza para las fiestas correspondientes, ordenando al merino llevar a cabo las obras necesarias a su rehabilitación (Elena Paulino, Pedro I. Sobradiel La Aljafería 1188-1583. El Palacio de los Reyes de Aragón), también la documentación conservada en el Archivo de la Corona para la preparación de las festividades (.

Las ceremonias de la coronación en Zaragoza duraron doce días, desde el jueves 8 hasta el lunes 19 de febrero de 1414 incluidos. Su desarrollo, tales como las narra el conista, sigue a la letra la ordenació oficial. Sin embargo, fuera del ritual propiamente dicho de la coronación, existía la posibilidad de que el nuevo rey incluyera algunas festividades más acordes con su gusto personal y el del numeroso séquito de caballeros castellanos que le acompañó en esa ocasión.

Entre las manifestaciones más sobresalientes, merecen señalarse los banquetes organizados en la “grande sala” de la Aljafería después del ritual de la coronación en la iglesia mayor: la del rey, el domingo 11; la de la reina, el jueves 15. Para los asistentes aragoneses, no se trataba de algo inédito, ya que el de la coronación de Pedro IV quedó famoso, al reunir una muchedumbre de dos mil personas, según algún testimonio, sino que esa manifestación, en contra de la coronación propiamente dicha, se prestaba a un margen de personalización y a la introducción de algunas costumbres castellanas.

 

Banquete de la coronación del rey (11 de febrero de 1414)

Los banquetes se organizaron en el patio del palacio (“corral” lo llama el cronista), un espacio de 54 pasos de largo y 44 de ancho (más o menos 35 m por 30 m) convenientemente arreglado: techo de madera cubierto de tejas del que colgaba un cielo de paños de lana, en los que alternaban el color rojo y el amarillo, con sus lumbreras; las paredes cubiertas de paños franceses, algunos bordados de oro.

A algo más de las cuatro de la tarde, el rey, coronado y “vestido de vn manto de oro enforrado en armiños”, precedido por sus dos hijos mayores que llevaban la manzana y el cetro de oro, alumbrado por cien hachas de cera blanca, fue a sentarse en su “muy rrica silla”. Los convidados estaban colocados según una rigurosa disposición: en la mesa del rey, a su derecha los prelados, a su izquierda sus hijos y “todos los otros grandes condes e vizcondes e nobles señores”. En mesas separadas comían “las otras gentes e en cada canto de mesa vn perlado e despues los caualleros.”

Cada plato venía acompañado de juglares y precedido de “juegos”, encargados de hacer resaltar el lujo de su presentación y de abrir paso entre la muchedumbre que atestaba la “grande sala”. El primero era especialmente aparatoso:

Delante del primero manjar venia vn muy fermoso grifo todo dorado tan grande como vn rroçin, e traya vna corona de oro al pescuesço e yva todavia echando fuego, faziendo lugar entre las gentes por do pasasen los manjares, que en otra manera no pudieran pasar tan ayna entre las gentes. […]

La escenografía se caracteriza por la desproporción de los elementos aducidos, de los que conviene preguntarse, aún a riesgo de pasar por inocente, cómo podían caber en un espacio cerrado, por grande que fuera, el cual estaba además atestado de gente, las cien hachas, el grifo del tamaño de un rocín, echando fuego para abrirse paso. Si se añaden los juglares “faziendo gran rroydo, que vnos a otros no se oyan”, todo concurre a sugerir un espectáculo cuya desmesura era la justificación primera. Sin embargo, bajo ese aparato extravagante, que no hace más que reproducir una tradición de la corona aragonesa (el banquete organizado para la coronación de Pedro IV reunió, según la tradición, en aquel mismo espacio más de dos mil personas), se manifiesta una simbología que no remite ya solo a la tradición de la corona, sino que concierne también a la personalidad del nuevo rey.

La presencia del grifo, animal fabuloso, medio águila medio león, para abrir la presentación de los manjares tiene un valor simbólico evidente  porque era uno de los atributos de la orden creada en 1403 por el mismo Fernando, siendo Infante de Castilla, la de las Jarras y el Grifo, cuya imagen los titulares de la misma llevaban pendiente de un collar.

Otro objeto con claro valor simbólico es el primer “manjar” que se sirvió a la mesa del recién coronado:

E venian en los tajadores pauones con sus colas alçadas, cobiertos los cuerpos dellos con foja de oro a sus armas de Aragon, e tenian los sus cuellos altos e con la su deuisa de la estola.

La presencia del pavón en un banquete tiene conocidos antecedentes en la literatura medieval [Bautista, Francisco, “El motivo de los ‘Nueve de la Fama’ en El Victorial y el poema de Los Votos del Pavón”, Atalaya, 11 (2009)]. Los tiene también en la Corte aragonesa, ya que, en el banquete de la coronación de Sibilia de Fortià, esposa de Pedro IV, en 1381, se sirvió un pavón que llevaba colgado en el pecho un cartel con ciertos versos que se referían a la obra de Jacques de Longuyon [Ibid.]. Por consiguiente, no hay motivo para sorprenderse de que se sirviera esa ave en el banquete de la coronación de Fernando I, ni tampoco que llevara su cresta y cola, en la medida en que el estar reducido a “manjar” no le privaba de sus atributos naturales, conservándole así la dimensión metafórica de la realeza. En cuanto al oro que cubre el cuerpo de los pavos es reminiscencia directa del poema de Longuyon, donde la poncela Edée se compromete à “restaurar” el pavo con el mejor oro de Arabia, voto que inspiró la primera continuación del poema, el Restor du paon.

Por ese mismo motivo, se entiende que llevara encima del cuerpo las armas de Aragón. En cuanto a la estola, es otra divisa de la orden de las Jarras y el Grifo, una faja blanca sin bordado evocadora de la virginidad de María.

El segundo manjar incluía “muchos capones e pasteles dorados e pasteles de diversas aues biuas[1] e otros muchos manjares”. Estos datos imprecisos no permiten hacerse una idea clara de la comida que se sirvió en esos dos servicios, sino que fue abundante y espectacular en su presentación.

Nada dice el cronista de los servicios siguientes. Es de sospechar que, si menciona a los dos primeros, no fue tanto para ofrecer a sus lectores una descripción detallada de lo que se comió en esos banquetes, sino porque fueron los únicos que se acompañaron con juegos y entremeses, y que ese era el aspecto de la ceremonia que le pareció digno de ser referido. Por lo demás, parece sugerir que lo que se ofreció a continuación, donde cabrían por lo menos dulces y bebidas, no merecía resaltarse porque no se distinguía de la práctica habitual en esa clase de actos, aunque se dieran en circunstancias excepcionales[2].

 

Banquete de la coronación de la reina (14 de febrero de 1414)

El cronista ahorra detalles de la ceremonia por ser idéntica a la del rey, tres días antes. La única innovación concierne el cambio en la distribución de los asistentes:

E todas las solenidades e çirimonias que al rrey fizieron, asy en el camino como en casa, le fueron fechas en la sala como el rrey, saluo que ouo mejor hordenança, que no entro ninguno en el palenque do comio saluo los que seruian e dos caualleros, que estauan a los cantos de la mesa con dos hachas de çera blanca açendidas para alunbrar la mesa, maguer que estauan las lxiiii° hachas ardiendo en el çielo de la sala, e las çiento blancas antella deyuso del palenque por do venian los manjares.

El protocolo resultó mucho más ligero que el anterior, señal de que el que presidió el rey estuvo en parte pensado sin tener en cuenta algunos inconvenientes que pudieron tener consecuencias dañosas y se corrigieron ha quedado tajantemente aligerado: desparecidas las cien hachas llevadas en procesión, también la muchedumbre en torno al palenque e incluso los comensales en la misma mesa que la reina. Si el rey está presente “mirando el comer de la rreyna”, no es en lugar privilegiado sino “en vna ventana”.

 

La escenificación del banquete presta poca atención a los manjares y mucho más a la escenografía que los acompañó. Esta denota varias influencias. Por una parte, remite a una antigua tradición literaria artúrica, lo que le reviste de un carácter eminentemente caballeresco, heredado de una tradición franco-borgoñona de la que no parecen quedar muestras en la corte castellana contemporánea. La impronta literaria se traduce por la presencia del pavón y su aderezo, aunque la relación no derive directamente de la obra de Jacques de Longuyon sino, más bien, de una vulgarización de la misma sin relación directa con el texto. Por otra parte, la puesta en escena recoge la herencia de ciertas prácticas avaladas en la Corona de Aragón y el antecedente de 1381 deja suponer que esa presentación se remonta a una tradición antigua de la corte aragonesa. Por fin, se introducen elementos que corresponden en propio a la persona de Fernando, como todo lo que pertenece a la orden que había fundado en otros tiempos, cuando era Infante de Castilla. El nuevo rey de Aragón no rompe con sus antecedentes castellanos, aún a riesgo de pasar por un intruso en una ceremonia tan altamente simbólica como la de la coronación.

 

OTROS BANQUETES

La crónica ofrece el relato de otros tres banquetes. Los dos primeros tuvieron lugar en Morella, con ocasión de la entrevista entre el rey Fernando y el papa Benedicto XIII (julio de 1414), el primero a invitación del rey, el segundo, a invitación del papa. El tercero fue una cena de aparato que el rey ofreció al emperador Segismundo, el día en que hizo su entrada solemne en Perpignan, el 13 de septiembre de 1415.

 

Entrevista de Morella. Convite del rey

El “solene conbite” que el rey hizo al papa fue compartido por todo su séquito: cardenales, arzobispos, obispos, abades, frailes, maestros en santa teología, lo que supuso una organización bastante similar al banquete de la coronación. Hubo que “aparejar” una sala grande del convento franciscano en el que estaban alojados Benedicto y sus acompañantes, ya que el rey se preocupó de que el sumo pontífice no tuviera que desplazarse a otro lugar, sea en atención a su edad avanzada, sea porque él mismo no disponía en aquella villa de un aposentamiento digno de acoger a tan ilustre visitante. Los muros fueron cubiertos de paños franceses y se acomodó un lugar apartado para el papa, cubierto con el mismo dosel que se usó para la coronación del rey. En medio de la sala estaba un aparador (“aparejador”, escribe el cronista y transcribe Zurita) con la plata del rey de la que el cronista ofrece una enumeración minuciosa, sólo equiparable a la que proporciona el Arcipreste de Hita (Buen Amor 1174-1175):

asy cañadas e picheles e jarros e aguamaniles e copas e taças e platos e plateles e escodillas e saleros e dos naos, vna con dos castillos, toda esta baxilla de plata dorada e muy rrica e bien obrada.

Además del aparejador real, el papa y los cardenales disponían de sendos taceros, versión reducida del aparador, adaptada a las limitaciones que imponía el viaje desde Peñíscola. A pesar de ello, no podía faltar esa exhibición aparatosa, exigida por el protocolo al que el papa Benedicto concedió siempre una atención particular, más aún en un momento en que su legitimidad estaba en tela de juicio.

Una precisión importante es que el rey no comió en ese convite, sino que lo hizo en su posada y se presentó en San Francisco en el momento en que la comida del papa iba a empezar. Fernando fue quien “le dio el agua a las manos”, de pie, y luego le sirvió como mayordomo. El cronista subraya lo excepcional de ese acto. En efecto, semejante convite “no lo suelen tomar los Santos Padres de los reyes”, lo que significa que, si el papa accedió a torcer el protocolo, lo que iba a decidirse en esas vistas presentaba para él una importancia mayúscula. Por otra parte, el rey había contraído una deuda tal hacia Benedicto en la campaña de su elección, que no perdió la oportunidad de agradecérselo en el primer encuentro que tuvieron después de Caspe con manifestaciones extremadas de humildad, de la que el servicio de la mesa es una muestra significativa.

El menú, si bien se transcribe también, como para la coronación, bajo forma de una enumeración, proporciona una idea más clara de la sucesión de los manjares. No faltan los pavones y demás aves, pero se añaden las frutas y, sobre todo, los vinos. Estos fueron “de muchas maneras, de vinos castellanos de Madrigal e de Ocaña e Sant Martin e de los lomos de Madrid, e griego e de maluazia e de clarea”. Resulta sorprendente que, en la mesa del rey, se sirviera mayoritariamente vinos castellanos (Madrigal de las Altas Torres, Ocaña, San Martín de Valdeiglesias, Lomos de Madrid), cultivados en zonas muy alejadas del reino de Valencia, al mismo tiempo que vinos tan míticos como el griego, la malvasía y el hipocrás, coincidencia que realza aún el renombre de aquellos. Ignoro a qué se debe que no se sirviera ningún vino de Aragón. Puede que el evento exigiera un toque de exotismo o que la elección de vinos castellanos deba interpretarse como un homenaje personal del rey.

 

Entrevista de Morella. Convite del Papa

El domingo 5 de agosto, el papa devuelve la invitación al rey en la misma sala del convento de San Francisco. Al coincidir los dos personajes en la comida, el aparato es algo distinto que en la primera. Para la decoración de la sala se utilizan paños franceses aportados por el papa. Ambos comen en un andamio, lo que les coloca en posición más alta respecto a los otros comensales, siendo el del rey algo más bajo que el del papa. En contra del protocolo habitual, el rey no está colocado entre dos cardenales, sino cerca del sumo pontífice, aunque en una mesa separada. El lugar que se le ha reservado se distingue por una decoración particular:

a las espaldas le fue puesto vn paño de tapete verde de tres palmos en ancho [unos 60 cms] e, aderredor del tapete, vn palmo de paño de oro clemesyn, e el paño hera de luengo fasta quatro o çinco barras [en torno a 3 metros]. E, en el tapete, tenia tres coronas de oro, la vna ençima de la otra, arredrada la vna de la otra.

El cronista presta una atención especial a la nave que ya estaba expuesta en el aparador del rey en la primera comida, solo que esta vez se colocó en su mesa:

hera fecho vn castillo de abante [castillo de proa] e otro derrera [castillo de popa]; estaua asentada sobre dos grifos que estauan veuiendo en vna fuente que estaua al pie de vna jarra de Santa Maria con sus lirios, la qual jarra hera el pie [de la] nao e, ençima de los castillos, en cada vno en medio, vna jarra de Santa Maria con sus lirios.

La nave de mesa, cuyo uso queda mal conocido (conservar el cubierto personal de su dueño o las especias, pero muchas acabaron en reliquiarios), era ante todo un objeto de arte recargado de símbolos, destinado a ensalzar a su dueño, en este caso, por medio de los símbolos de la orden de las Jarras y del Grifo, ya mencionados en el banquete de la coronación.

Los manjares de “muchas viandas” fueron acompañados nuevamente de vinos castellanos. Dicha una oración por el papa y demás clérigos “como lo avian de costunbre”, se dio una “colaçion”, compuesta de espeçias e vino, encargándose el rey de presentar el confitero al pontífice, catando primero los dulces (“faziendole la salua”), en señal de sumisión.

 

Entrevista de Perpignan

Con el aval del Concilio de Constanza, el emperador Segismundo convocó una conferencia para conseguir la renunciación del papa Benedicto y abrir la posibilidad de elegir a un nuevo pontífice y poner fin al Cisma que duraba desde el año 1378. Este miniconcilio debía reunirse en Niza, pero el mal estado de salud del rey Fernando no lo permitió y finalmente fue en Perpiñán, ciudad de la Corona de Aragón, donde se juntaron el emperador, el papa y el rey. Las circunstancias trágicas que vivía la cristiandad no se prestaban a la celebración de festejos, sin embargo, el protocolo exigía que la presencia simultánea de las dos más altas autoridades morales de la cristiandad, el emperador del Sacro Imperio y el Sumo Pontífice, fuera celebrada dignamente.

Entre los actos, destaca un convite ofrecido a Segismundo por el rey.

El día de su llegada a Perpignan, en el convento de San Francisco donde les tocó alojarse, a él y a sus acompañantes, el claustro estaba preparado para crear la ilusión de una sala. Dos amplias piezas de tela, una blanca y otra verde, cosidas una con otra, formaban el cielo y colgaban hasta el suelo, cubierto este de ramas verdes entrelazadas “que pareçia alcatifa [alfombra] texida”. En medio de la sala, el acostumbrado “aparejador” con su exposición de ustensilios de plata dorada, “porque paresçia mejor la plata”, aunque también las había de oro. En contraste con ese lujo, Segismundo comió en vajilla de vidrio “por duelo de la Yglesia”.

Para adornar el asiento del emperador colocado sobre gradas se utilizaron los dos doseles que habían servido en el banquete de la coronación del rey y de la reina, e los que colgaban unos paños franceses, cubierto el suelo de ricas alfombras. La botillería “de muy estraños vinos de Madrigal castellanos e de Yepes” era una casa de madera colocada en una esquina de la sala.

No se satisfizo el emperador de la disposición de las mesas y mandó que las colocasen de manera que pudiese ver comer a sus acompañantes, los más ilustres en su misma mesa, colocados según el grado que les correspondía.

De los manjares, no dice nada el cronista, sino que fueron muchos. En cambio, se muestra más explícito cuando enumera lo que el rey ordenó proveer para la alimentación de la delegación que acompañó al emperador, durante su estancia en la ciudad.

E desta guisa, despues dio el Rey de comer al enperador L dias, a el e a los de su familia de su casa, que estouo en Perpiñan, e le mando dar todas las cosas que menester les heran, asy fachas [hachas] de çera e confites e aves e carnes e vacas e carnes saladas e todas las cosas que avian menester.

 

Conclusión

Los cinco banquetes o “solemnes conbites” relatados por el cronista se distinguen, entre las otras celebraciones de la Corte durante el corto reinado de Fernando I, por su escaso número y por una escenificación que se repite en todos ellos.

El lugar que las acoge es amplio y ricamente decorado, con el fin de crear la ilusión de un espacio palaciego. El “asentamiento” del invitado principal está circunscrito dentro de un volumen separado, cuidadosamente adornado y colocado en una posición elevada con relación con los otros asientos. Las mesas llevan manteles. Se coloca unos “aparejadores” con el solo fin de exhibir una vajilla de oro y plata. Por fin, los manjares se distinguen por su abundancia y lo insólito de su presentación.

A pesar de ello, ese aparato, asimilable a un ritual, oculta diferencias notables en el desarrollo y finalidad de cada uno. No puede interpretarse con el mismo criterio los banquetes de la coronación, los convites cruzados entre el rey y el Papa en Morella, y la cena ofrecida al emperador, el día de su llegada.

Esta es un acto privado, reservado exclusivamente a la delegación del Concilio, presidida por el emperador. Imperativos diplomáticos impedían cualquier encuentro con otros participantes antes de la apertura oficial de las negociaciones. El rey de Aragón, como huésped, se limitó, por tanto, a ofrecer la mejor acogida. Así lo entiende el emperador, que modifica, motu proprio, la disposición de las mesas para hacerla más conforme a su personalidad.

Los convites intercambiados en Morella por el Sumo pontífice y el rey son manifestaciones de cortesía mutua, en las que se observa la diferencia de estatuto entre ambos. El rey no comparte la comida que ofrece al Papa, sino que en ella le sirve de mayordomo. En cambio, coinciden los dos en el banquete ofrecido por Benedicto, aunque Fernando está sentado a una mesa separada y en una posición inferior (“en vn andamio de yuso”) para conformarse con el protocolo de la Iglesia.

Frente a estos tres banquetes, unívocos en su intencionalidad, los de la coronación se prestan a más de una interpretación.

La primera y más evidente consiste en presentar en majestad a las personas del rey y de la reina, visión que prolonga, dentro del marco del palacio, la que se dio en la ceremonia religiosa, donde no faltan los momentos en los que se ofrece a la admiración de todos los presentes la visión del cuerpo consagrado del rey o de la reina, revestido de los atributos de la realeza. Es la razón por la que el rey ostenta el mismo aparato cuando entra en el lugar del banquete[3]:

E el dicho señor rrey salio de su camara vestido de vn manto de oro enforrado en armiños e su corona en la cabeça e el Prinçipe e el duque, sus fijos, lleuauan delante la mançana e el çebtro de oro e delante del, çient hachas de çera blancas ardiendo. E asy se fue asentar a la tabla do avia de comer asentado en su muy rrica sylla.

 

Otra dimensión es la que se deduce de los entremesos que intervinieron por lo menos en dos momentos del banquete. Su concepción y contenido fueron inspirados por el mismo rey, como lo demuestra la documentación conservada en el Archivo de la Corona [Salicrù i Lluch, Roser, “La coronació i els prepatius de la festa”, Anuario de estudios medievales, 25:2 (1995)]. Los símbolos y los textos ofrecidos por los personajes que intervienen en las representaciones corresponden a algo equivalente a un discurso del trono, en el que el rey impone indirectamente una visión de sí mismo, desde la confirmación de su legitimidad hasta su intención de contribuir a la resolución del Cisma, tarea para la que se siente particularmente destinado.

Por fin, entre el público de esas manifestaciones se contaba, además de los ricos hombres y autoridades eclesiásticas y civiles de la Corona de Aragón, una delegación de Navarros y otra, muy numerosa, de Castellanos, que comprendía, además de los hijos de la pareja real, uno destinado a ser rey de Navarra y otros dos como Maestres de Santiago y Alcántara, los cargos más importantes del reino: condestable, almirante mayor, justicia mayor, adelantado mayor, etc. ¿Qué mejor prueba de que el nuevo rey de Aragón no había renunciado a influir, de una manera más o menos directa, en la política de Castilla y que la coronación le dio la oportunidad, ya resueltos los conflictos ligados a su elección, para manifestarlo de manera ostensible a sus antiguos coterráneos?

 



[1] “pasteles de aves vivas”. Dentro del pastel se solía colocar unos animales vivos, generalmente pájaros, que echaban a volar o a correr, cuando se cortaba la corteza. Lo precisa más abajo el cronista: “abrieron los pasteles e salieron aves volando por la sala”.

[2] Cf. cap. 340, el banquete ofrecido al papa Benedicto en Morella: “E maravilla hera como fueron seruidos todos de muchos manjares e de potajes de diversas maneras e pauones e otras muchas abes de diversas guisas adouados e frutas, e todo bien sazonado e bien hordenado.”

[3] Aunque no lo precisa el cronista, es de suponer que la reina acudió con el mismo aparato al banquete organizado en su honor.

Testamento y codicilo de Pedro de Escavias

Texto de presentación de la edición del testamento y del codicilo de Pedro de Escavias

 

El 28 de septiembre de este año 2023, el Instituto de Estudios Giennenses y la Asociación Amigos del Patrimonio de Andújar organizaron, en la sala de caballerizas del Palacio de los Niños de don Gome de Andújar, un acto de presentación de la obra: Pedro de Escavias, Testamento (1485) y codicilo (1488). Transcripción y edición comentada por Michel Garcia, Prólogo de Rosalía Calzado Chamorro. Jaén, Instituto de Estudios Giennenses, 2003. No me fue posible asistir personalmente al acto, por lo que mi intervención se hizo por visioconferencia. Este fue el texto de la ponencia que leí en aquella ocasión.

 

Proceso de publicación

 

Juan Vicente Córcoles me dio la noticia de la localización del testamento, el 3 de octubre de 2019, y me hizo llegar su reproducción fotográfica el 14 de octubre. Sin demorarme, me dediqué a transcribir los documentos, tarea que terminé el 23.

Si proporciono estas fechas, no es por un prurito de historiador o de archivero, sino para convencerles del entusiasmo que me provocó ese descubrimiento. Les confieso que, a lo largo del medio siglo que llevo interesándome por la figura de Pedro de Escavias, más de una vez había soñado que su testamento aparecía, olvidado dentro de algún baúl, en el desván de alguna casa de la provincia. Son esas ilusiones las que mantienen viva la atención del investigador, aunque, en el fondo, esté convencido de que eso no llegará nunca. ¿Cómo iba a pensar que lo conservaba un archivo de tanto prestigio como el Histórico de Zaragoza y que Rosalía Calzado tendría la espléndida idea de escudriñar en sus fondos? Nunca sabré agradecerle como se merece la constancia que la llevó, como me explicó, a interrogar todos los archivos que visitaba por si cobijaban algunos documentos sobre la historia de Andújar.

La transcripción fue un momento muy excitante. Es un ejercicio que aprecio: familiarizarme con la letra, las abreviaturas, la práctica del copista; luego aislar las fórmulas recurrentes y el vocabulario técnico, jurídico y económico, en este caso; transcribir el texto línea a línea, para facilitar la localización de las palabras de difícil interpretación, contando con el contexto para conseguirlo.

Hecha la transcripción literal, se impone introducir capítulos para hacer resaltar los diferentes temas abordados en previsión del comentario, delimitar párrafos e incluir una puntuación moderna para facilitar la lectura y evitar errores de interpretación.

El 23 de octubre, pude mandar a Juan Vicente y a Rosalía la transcripción literal (conservando la grafía) puntuada del testamento de Pedro de Escavias y, el 1 de noviembre, el codicilo. Tardé unos días más para los otros documentos que, ya desde un principio, me parecieron relativamente secundarios y solo merecían figurar en un anejo a la edición del testamento y del codicilo.

Gracias al contacto con el AHP que me facilitó Rosalía Calzado, pude dirigir algunas preguntas a los archiveros para hacerme una idea clara del contenido del legajo y explicar alguna anomalía que la reproducción fotográfica no permitía aclarar. Un transcriptor siempre experimenta una frustración cuando no ha manejado, en el sentido literal de la palabra, los documentos que transcribe, porque la lectura directa es indispensable y a menudo depara gratas sorpresas. Desgraciadamente, hacer el viaje de Zaragoza para una sesión de trabajo de unas dos horas me resultó desproporcionado. Con todo, sigo echando de menos el no haber tenido en mis manos los distintos documentos y no puedo asegurar que algo, aunque solo sea algún detalle, no se me haya escapado.

Paralelamente a la transcripción, empecé a solicitar a colegas españoles para que me aclararan algunos conceptos que, al no ser jurista ni economista, me resultaban oscuros -juros de heredad, tercio de mejoría, etc.- o la identificación de un alto personaje o de una institución eclesiástica. Así fui reuniendo una bibliografía que me ayudó mucho y me permitió andar en terreno sólido al redactar mi comentario.

También solicité a mis corresponsales andujareños para que me explicaran algunos términos que yo desconocía (v. gr. “posadas”), la localización de algún edificio dentro de la ciudad o algún topónimo de la zona. Estas gestiones me hicieron sentirme algo así como un intruso en un asunto que no me correspondía del todo, por ignorar ciertas realidades que a Ustedes resultan evidentes. No lo digo por excesiva modestia sino para convenceros de que, en ningún momento, he pensado que mi intervención se justificaba por otra cosa que por mi saber libresco, y que debía contar con Ustedes para todo lo demás, que no es poco.

El largo paréntesis de la COVID ha interrumpido el proceso de la edición cuando se estaba pensando en el contenido del libro, incluidos documentos anejos e ilustraciones, que solo se resolvió a finales del año 2021. Mientras tanto, había podido dedicarme al comentario, que me exigió más tiempo de lo pensado, ya que empecé por aquellos meses a pensar seriamente en realizar una nueva edición del Reportorio del mismo Escavias, para la que la del testamento y del codicilo me sirvió de aliciente. Les anuncio que esta ha avanzado mucho y que tengo buena esperanza de que esté lista de aquí al final de este año.

Para el comentario, también recurrí a alguna ayuda, como la de mi amigo, el catedrático de la Universidad de Salamanca, Pedro Cátedra García, muy versado en la literatura testamentaria, que añadió, dentro del contexto de la época, una perspectiva más amplia a la redacción de Escavias.

En abril del pasado año de 2022, Luis Pedro Pérez García, presidente de vuestra Asociación, me informó de que el IEG estaba dispuesto a publicar el volumen. Conocida esa grata noticia, revisé el texto, añadí un índice general detallado para facilitar el trabajo del impresor. Las semanas que siguieron fueron dedicadas a la elección de ilustraciones, que nos llevó hasta enero de este año, a Luis Pedro, a Rosalía, a Manuel Rodrigo Figueroa y a mí.

Por fin, el proceso de impresión propiamente dicho terminó en mayo, demasiado tarde para programar una presentación antes del verano. Por eso se ha fijado en estas fechas. Pero he podido disfrutar durante estos meses con la preciosa edición encuadernada que ha costeado vuestra Asociación, de la que mi antiguo alumno y actual catedrático de España medieval en la ENS de Lyon, Carlos Heusch, ha sacado este retrato a dos caras (la del libro y la mía) que les dedico.

 

Balance

El balance que puedo hacer de la lectura del testamento y del codicilo de Pedro de Escavias es muy positivo, desde la perspectiva de un conocimiento más exacto de su vida pero también porque proporciona datos interesantes sobre el contexto sociológico, geográfico y cultural de Andújar y su comarca en la segunda mitad del siglo XV.

Sobre el entorno familiar del personaje, esos documentos constituyen una prueba indiscutible de que lo que se había publicado hasta ahora, prestando fe a los escritos de genealogistas que, desde el siglo XVI, dejaron libre curso a su imaginación, era muy imperfecto, por no decir lleno de falsedades y deducciones abusivas.

Un testamento no miente, porque se escribe cuando su autor está en trance de morir, y porque se lee en presencia de testigos que están en condiciones de confirmar o invalidar la veracidad de su contenido. Por lo tanto, gracias a esos documentos, podemos dibujar, sin riesgo de equivocarnos, el árbol de cuatro generaciones de Escavias, desde la de los padres del testador hasta la de sus nietos, e incluso su primer bisnieto.

Este testimonio va mucho más allá de una simple enumeración de personas, porque el reparto de bienes entre ellos dibuja una suerte de jerarquía: entre la viuda y sus hijos; entre el hijo mayor y sus hermanas; entre varones y hembras (tres de las nietas religiosas; nieto privilegiado en el codicilo). Se percibe, por lo tanto, una caracterización no solo económica sino sociológica de la parentela.

Contribuye también a un mejor conocimiento del estamento eclesiástico de Andújar, identificando dignidades y monumentos. Se confirma que, en aquellos años, la ciudad solo contaba con una orden femenina y otra masculina, es decir que el panorama apenas había cambiado desde la época de la conquista y que las fundaciones religiosas se multiplicaron solo al final del siglo XV, no antes.

La personalidad de Pedro de Escavias queda mejor dibujada, aunque de manera alusiva. Había recuperado entonces parte de la autoridad que había ostentado durante el reinado anterior, el de Enrique IV, así como su prestigio, a juzgar por la calidad de sus interlocutores y por la solemnidad de su entierro en la iglesia de Santa María. Su caballerosidad se manifiesta en la armadura lujosa de la que hereda su hijo. Ejerce plenamente hasta el final su papel de pariente mayor (jefe de linaje), lo que le sitúa a la cabeza de un personal numeroso, no solo de sus hijos y nietos sino doméstico.

Por fin, los documentos autógrafos que contiene el legajo, redactados en dos momentos distintos, el primero bajo el efecto de una enfermedad que se consideraba mortal, el segundo, el del codicilo, años después, cuando había recobrado la salud, merecen considerarse como un precioso testimonio indirecto de su cultura: el trazo vigoroso de una escritura cursiva no exenta de adornos (‘i’ largas) y una evidente familiaridad con la grafía diplomática al uso, incluida las abreviaturas.

Me resulta un precioso documento porque, gracias a él, he podido atribuir al propio Pedro de Escavias la última línea del Reportorio y, por vía de consecuencia, que el volumen de esa obra conservado en la Biblioteca Nacional de Lisboa era de su propiedad y había sido transcrito bajo su control. Nada menos que eso.

Dentro del capítulo de las decepciones, mencionaré el hecho de que esos documentos se muestren tan prolijos encuanto a la dimensión monetaria de la herencia (rentas, juros, dinero) y tan parcos sobre los otros bienes (casas, haciendas, molinos, ganado, etc.) y sobre los servidores que los explotaban. Es un aspecto de la vida cuotidiana de ese linaje que se nos sigue escapando.

La otra decepción concierne su archivo y su biblioteca. Escavias se muestra orgulloso de detener documentos provenientes de altos personajes y de poseer un fondo de libros que confía expresamente a la guarda de su heredero, con la obligación de conservarlo íntegro. Sin embargo, se echa de menos una lista, aunque incompleta, de los papeles y volúmenes que los constituían. El trabajo que he llevado a cabo sobre la identificación de las fuentes del Reportorio de Príncipes de España dejan suponer que Escavias disponía de un conjunto de volúmenes de tema historiográfico apreciable, sin hablar de los textos poéticos que le sirvieron para formar el Cancionero de Oñate.

Me temo que, si esa lista existió, no fue objeto de una legalización ante notario y que, por consiguiente, conoció la suerte que se suele reservar a papeles de familia cuando los descendientes han perdido el rastro de los antepasados que los reunieron.

 

Conclusión

 

Diré que el descubrimiento del testamento y su publicación no agotan la posibilidad de nuevas investigaciones sobre Pedro de Escavias. Aparte de la documentación que queda por descubrir, lo cual resulta siempre aleatorio, estos documentos abren nuevas vías de investigación en diversos campos: biográfíco, económico, sociológico, cultural. La publicación del Reportorio también contribuirá a ello.

Pero, para mí, lo más positivo ha sido haber conseguido llevar a cabo una tarea colectiva como esta con los compañeros de la Asociación, a pesar de los obstáculos impuestos por la necesidad de comunicar via e-mail o por teléfono. También me alegra sumamente que el IEG haya colaborado tan generosamente a esta realización, y me hace sentir más cercano que nunca a esa institución.

Nota sobre la elaboración de El Viaje de Turquía

Nota sobre la elaboración de El Viaje de Turquía

 

La prioridad que se suele conceder, para las obras de un pasado lejano, al establecimiento de una edición “crítica” hace perder de vista que la creación literaria puede resultar de un proceso largo y a veces complejo, del que el término final no rinde exacta cuenta. Esta consideración se impone aún más rotundamente cuando ese proceso no ha llegado a buen fin, sino que fue interrumpido y abandonado. Este fue el triste destino de la obra llamada Viaje de Turquía, que no alcanzó a imprimirse en su tiempo.

Su tradición manuscrita es escasísima, pero en ella despunta el Ms 3871 de la BN de Madrid, no solo porque es el más antiguo de los pocos conservados y pudo pertenecer a su autor, sino porque un análisis detenido proporciona una información muy rica sobre los avatares que sufrió la obra en su proceso de creación y también en su difusión. El objeto de este trabajo no va más allá de este códice, aunque también recurriré puntualmente a otros tres, el Ms. 6395 de la BN, el Ms. 259 de Toledo y el 7112 de la RAE, a pesar de ser copias posteriores y de no estar tan estrechamente ligados al proceso creativo. Me interesan en la medida en que permiten colmar algunas lagunas, compensar algunas deturpaciones que el paso del tiempo provocó en el Ms 3871 e incluso dejar constancia de una etapa intermedia del proceso no documentada en el Ms 3871.

 

Manipulaciones codicológicas

Fols. 11-13

El texto de la obra empieza en el fol. 11 del códice Ms 3871, siendo ocupados los folios anteriores por la dedicatoria (fols. 1-3) y la “tabla muy copiosa de todas las cosas que en este libro se contienen. El número señala la plana” (fols. 4-10).

La copia del texto se interrumpe en lo alto del fol. 12 vuelto, después de 5 líneas, incompleta la quinta, que reproducen el inicio del parlamento de Panurgo (Matalascallando): “Llamo cosas grabes también os de importancia […] pensáis que en las aldeas no saben zebar las gallinas con el pan del zurron y tomarles la cabeza debaxo del pie?”. A continuación, se lee un reclamo: saltar “al pie”.

Viene luego un fol. en blanco. El siguiente, numerado fol. 13, empieza con un párrafo de 16 líneas que han sido tachadas, aunque las tachaduras no impiden leerlas. Al final del pasaje tachado, reanuda el texto de la obra interrumpido en el fol. 12 v, después de la palabra “pie”, subrayada, que remite al reclamo de aquel lugar: “Bien podeis creer que no se dexan morir …”. En el margen, […]sier aqui / ojo] con un índice apuntando.

Las 16 líneas, a pesar de interrumpir el curso del diálogo, no son totalmente ajenas a la obra, sino que ofrecen una versión menos extensa del texto contenido en el fol. 12, desde las palabras de Panurgo (Matalascallando): “Mejor me ayude Dios que yo los teng[a] por cristianos quanto mas por buenos. Ni precepto de todos los de la lei guardan”, hasta la interrupción del fol. 12 v.

En la columna A, reproduzco el pasaje tachado y, en la B, el texto de ese mismo pasaje que figura en el códice en los fols. 12r y v, colocando frente a frente los pasajes da cada versión que comparten elementos comunes.

 

A

que yo los tengo por christianos quanto mas por buenos, ni precepto de todos los de la lei ellos guardan.

 

 

 

Sino dezidme ¿quantas vezes los habeis visto confesar y oir missa?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

pues en lo de la rrestitucion nos (sic por “uos”) querria  preguntar quanto os han restituido porque no tienen que pues tan poco les habeis dado. Pero quando les habeis visto o oido.

Juan. Restituir no les he visto, pero vender muchas camisas y pañizuelos que mugeres devotas les dan, infinitas vezes, entre las quales, sin ir mas lexos, esta semana vendio vno tres y se andaba con todo el frio que hazia en viuas carnes.

Mata. El medio camino tenian andado si la justicia supiera hazer su oficio.

Juan. [con p…] por que para darse los çiento azotes que meresçia no hera menester desnudar.

Juan. Son tan ipocritas los jueces que pensarian que pecaban en ello.

Mata. Quantas vezes se deben por [esas?] ypocresias de descuidar en hazer su ofiçio.

 

 

 

 

Y estos otros bordoneros, pensais que no saben en las aldeas zebar las gallinas con el pan del zurron y tomarles la cabeza debajo el pie

B

que yo los tengo por xpianos quanto mas por buenos. ni preçeptos de todos los de la lei guardan.

Apat. eso es mal juzgar sin mas saber.

Pan. ellos primeramente no son naturales de ningun pueblo. y jamas los vi confesar, ni oir misa, de (?) antes sus boçes ordinarias son a la puerta de la iglesia en la misa mayor. y en las menores de persona en persona que avn de la deboçion que quitan tienen bien que rrestituir y no mespantan estos tanto como el no advertir en ello los que tienen cargo del (?) que jamas ubo obispo ni probisor ni visitador, ni cura. ni governador, ni corregidor que cayese en la quenta de ver como nunca estos que piden por las iglesias oyen misa y si las oyen quando. al menos yo en todas las horas que se dizen mirando en ello todo lo posible no lo e podido descubrir avn quando alzan apenas se ponen de rrodillas ni miran alla. pues en lo de que dexistes de la rrestituçion querria preguntaros no quanto os an rrestituido por que no tienen que pues tampoco les aveis dado. pero ¿quanto aveis visto u oido que an rrestituido?

Apat. rrestituir no les vi jamas. pero vender hartas camisas y pañizuelos que mugeres devotas les dan infinitas vezes entre las quales por no ir lexos esta semana vendio vno tres y se andaba con todo el frio que hazia en bibas carnes.

 

Pan. que bien andada tenia la mitad del camino para los çient azotes que meresçia si el corregidor lo supiera hazer. mas ai algunos ministros destos quel rey tiene para la justiçia tan ipocritas en estos pequeños negoçios que pensarian que pecaban gravisimamente en ellos avnque mas acostumbrados esten a pasar sobre peine casos mas /12v/ graues

Apat. no es poco grave este.

Pan. llamo casos graves como ellos tambien los de importançia que ai en que ganar y de que sacar las costas. y estos otros bordoneros ¿pensais que en las aldeas no saben zebar las gallinas con el pan del zurron y tomarles la cabeza debaxo el pie?

 

 

El pasaje tachado en lo alto del fol. 13r del Ms 3871 tiene una extensión equivalente al 47% del pasaje correspondiente de la versión B: 1027 / 2168 espacios [Las dos versiones (fols. 11-12 y texto tachado) se deben al mismo amanuense, el cual reproduce el tamaño de las letras así como la disposición y número de líneas, lo que hace posible la comparación.]. Si aplicamos esa proporción a la totalidad del texto que encabeza la obra, el cual alcanza 6855 espacios en la versión B, se obtiene para la versión A la cifra de 3220 espacios, el 42,5% de aquella.

La totalidad de la versión B cubre dos folios y medio + 4,5 líneas en el verso del segundo folio. Para la parte del texto A que no se conserva, en caso de mantener esa versión con la B la misma proporción que en la del pasaje tachado, cubriría algo más de 1 folio (1,17), lo que coincide, si se sustraen las líneas reproducidas en el fol. 13r, a un folio.

Según esta hipótesis, el texto que antecede el pasaje tachado estaría copiado en un solo folio. Este debía de estar entero, porque una vez suprimido y sustituido por los dos nuevos folios, quedaba el final de la versión descartada que se conserva, aunque tachado, al principio del fol. 13r.

Esta hipótesis queda reforzada por la numeración que aparece en el verso de cada folio e indica el número de la plana correspondiente al verso de cada folio. La sucesión de cifras visibles, todas pares como corresponde al verso del folio, empieza con un 4, en fol. 13v, lo que significa que la numeración de los fols. 12v y 13r era 2. De ello se deduce que el primer folio del texto era el actual folio 12r, que se limitaría a esa cara de folio, sin numeración propia. Por lo tanto, la conclusión verosímil es que el texto de los folios 11r-12v sustituye a un texto más breve que cubría un solo folio más el fragmento tachado en lo alto del fol. 13r [Para completar este examen codicológico, conviene apuntar que los folios 11 y 12 se señalan por una tinta más oscura que la que se usa en el resto de los códices].

Esa primera redacción de las primeras páginas del diálogo fue arrancada del Ms 3871 antes de que los otros manuscritos conservados realizaran la copia del apógrafo.

 

Fols. 58v-59r (45r del Ms. 6395)

El final del fol. 58v ofrece otro caso nada fácil de dilucidar, tanto más cuanto que los folios de esa parte están muy deturpados.

Las dos palabras que cierran la línea 36 y última, (“vendes vna”), están tachadas y se han añadido, fuera de la caja de escritura, dos líneas más de un texto que no se conserva en los demás códices. Este texto añadido prosigue en el margen interior del folio siguiente (59r). Lo reproduzco aquí:

58v/ hagote saber que si no te vuelves cristiano y te encomiendas a dios yo no te hallo cura y de hacer esto se te seguirá provecho en el cuerpo y en el alma. Mata. Pues ¿tan indiscreto eras que le deçias cosa con que / 59r margen/ aconsejas / al pagano / …. / …. / .. lo que le / conviene / y si no lo / hiziere / .. irse con / sus peca/dos / … / … / … ter. / … / al infier/no enfin / el murio / y ubo tan/tas ciri/monias / y llantos / quanto te po/dre en/carecer de manera / que en mu/ … / riendo / … / Pedro. estaua / tenblan/do

El texto del MS 3871 (fol. 58v) se interrumpe en la línea 13 del fol. 45r del Ms. 6395 [El lugar viene señalado con un corchete a lápiz, debido sin duda a un lector moderno] y se reanuda a la altura de la línea 7 del fol. 46r [Lugar igualmente señalado con un corchete a lápiz]. Teniendo en cuenta la densidad de texto dentro de la caja de escritura en cada uno de esos códices (algo mayor en el Ms. 3871 que en el Ms. 6395), se puede afirmar que lo que se ha perdido del Ms. 3871 ocupaba 1 folio y no es atrevido suponer que el fragmento perdido del Ms. 3871 es el mismo que el conservado en el Ms. 6395 (y los Mss de la RAE y de Toledo que son idénticos al Ms 6395).

 

La pérdida de ese folio no interrumpe la continuidad del texto en el Ms. 3871. Del mismo modo que no se observa ninguna ruptura entre el añadido del final del fol. 58v y el del margen del fol. 59r: “Pues ¿tan indiscreto eras que le deçias cosa con que / 59r margen/ aconsejas / al pagano […]”, tampoco la hay entre el final de ese inciso marginal y el texto copiado a continuación, aunque aquel no hubiera alcanzado quizás su redacción final: “enfin / el murio / y ubo tan/tas ciri/monias / y llantos / quanto te po/dre en/carecer de manera / que en mu/ … / riendo / … / Pedro. estaua / tenblan/do 59r/ de miedo que algun turco no me diese algo que no me supiese bien […]”.

La conclusión lógica es que el folio fue suprimido voluntariamente, sin duda por considerar el autor que se podía prescindir del episodio en el que Pedro se atreve, en contra de toda verosimilitud, a convencer al Pachá de arrepentirse en trance de muerte.

 

Es interesante observar que el Ms. 3871 ha sido objeto hasta aquí de dos manipulaciones de signo contrario: un añadido al principio del texto y una supresión en este pasaje. Se deduce que el mismo códice sirvió de ejemplar de trabajo en un momento dado.

Si es posible encontrar una explicación satisfactoria a esas dos intervenciones, no se entiende por qué la numeración de las planas conoce, a partir de ese lugar, un desorden notable.

Esta se mantiene regular hasta el fol. 58v del Ms. 3871, donde alcanza la cifra de 94. La numeración del fol. 59v se ha perdido por degradación del papel. La numeración se reanuda con la cifra 101 en el fol. 60v. Si el salto no resulta de un error, habría que suponer que se ha perdido el texto de las dos planas numeradas 96 y 98 más la de una hoja suelta, necesaria para enlazar con el número 101 que viene a continuación y explicar cómo se pasa de una numeración par a una impar. Por mucho que se busque, ninguno de los códices de la tradición textual de la obra contiene rastro de una pérdida de tal extensión en el texto que conservan. O habría que suponer que esos dos folios y medio supuestamente perdidos contenían un episodio completo que luego se retiró, lo que es mucho suponer. Lo más probable es que la numeración de las tablas se hiciera después de la supresión de este folio y que el encargado de ponerla, que ni fue el autor ni tampoco el copista, confundió la pérdida de un folio con la de un cuaderno, e incluso perdió los estribos hasta sustituir la numeración par por la impar, lo que es absurdo, tratándose de numerar dos caras de folio enfrentadas.

Para concluir este apartado, conviene señalar que las dos líneas finales del fol. 58v y la nota marginal del siguiente parecen no haber alcanzado el mismo grado de elaboración. El de las dos líneas del fol. 58v es copia imperfecta de un texto ya elaborado, como lo demuestra el añadido interlineado de “a dios”, elemento imprescindible si lo hubo (“encomendarse a dios”). En cambio, la nota marginal es un “premier jet” que el autor iba emendando a medida, de ahí las numerosas palabras tachadas que he dejado en blanco en la transcripción.

 

Del fol. 100v al fol. 101r

Cuadernos desplazados

A pesar de que la numeración de los folios no presenta ningún salto, la de las planas, que pasa de la cifra 181 a la de 219, indica que desaparecieron 18 folios de ese lugar del códice.

Identificar el contenido de esos 18 folios cuyas planas llevaban la numeración 183-217 no resulta demasiado difícil, por cuanto el capítulo (o como se le quiera llamar) Turcarum origo ocupa una extensión similar al final del MS. 3871 y del Ms. 6395.

Los cuadernos del Turcarum origo, tal como se conservan en el Ms. 3871, no llevan numeración de planas, lo que significa que no son los que fueron arrancados de su lugar primitivo, sino que resultan de una copia ulterior, que es la que fue colocada al final del volumen.

Esa nueva intervención es distinta de las dos ya comentadas, en la medida en que no incide tanto en el texto de la obra como en la disposición de su contenido, lo que confirma que el Ms. 3871 sirvió de copia de trabajo a su autor. [La nueva copia de esta sección presenta enmiendas similares a las de lo demás del códice, pero por su estado de conservación bastante degradado se ha perdido algunos fragmentos. Ana Vian y Florencio Sevilla los han compensado en su edición, recurriendo a otros códices.]

 

  Nueva distribución del Ms. 3871

El folio 100v se interrumpe con estas palabras: “que me habeis dado vna cama con sabanas del/” a las que siguen por lo menos tres líneas en letra distinta, ligeramente fuera de la caja de escritura:

/gadas y olorosas y todo lo demas tan agusto que me ha hecho perder el Regaloder el con que me vi en el cautiverio que / [habeis oido] y demomento a momento doy y e dado mil gracias a dios que de tanto trauajo me libro y en tanto con comen/ [……….] muy ocupados al presente [quiero que]

[De la tercera línea solo pueden leerse las últimas palabras. Bajo estas, se percibe el rastro de algunas letras, que podrían ayudar a colmar la breve laguna entre “al presente” y “me saqueis”. Por eso las incluyo, aunque entre corchetes, al final de este fragmento.]

 

Las cinco primeras líneas del folio siguiente (101r actual), que sustituyen a las que iniciaban el folio, están copiadas sobre una banderilla que ha sido pegada por encima del texto preexistente:

me saqueis de vna duda en que me tiene puesto mi entendimiento y es que quando / vn turco pide a vn cristiano se buelua a su peruersa seta de que suerte / se lo pide y el orden que tienen que estaran seguros de el / para le tomar [una línea tachada] / y la legalidad y juramento que conforme a su seta [tachado] le toman / da. Pedro. Toda su seta consiste en que alçado el dedo…

 

Los códices Ms. 6395 (fol. 91r) y el de la RAE (fol. 85r) nos permiten conocer en qué consistía ese texto de principios del fol. 101r antes de su modificación. Lo que viene a continuación de “que me aueis dado una cama con sabanas del/” [“sabanas del” termina la línea, pero se supone que es mera casualidad.], dice así:

que quiere deçir salomon soltan çelim prinçipe de paz murato desseado mustafa mo. y son de señores ybrain çenam. rustan pirino apostanes ma mima hemet, alli hahamat, caziom, rustieph a los otros esean. der pherrat a moços llaman siempre. cheremet que quiere deçir agudo y del dia que se çircunçida. no paga mas tributo al Rey. Juan. Pues no se diçen algunas palabras ni nada. Pedro. Toda su seta consiste en que alçado el dedo…

En los dos códices, el texto no ofrece ninguna interrupción, siendo el único detalle que distingue a uno de otro que el de la RAE ha transcrito la última palabra del fol. 100v en “de”, en lugar de “del” y la ha unido a la secuencia siguiente: “vna cama con sabanas. de que quiere deçir salomon”. Aparentemente, el copista ha querido restituir un mínimo de coherencia sintáctica al pasaje, sin que se pueda deducir cual de los dos códices (3871 o 6395) está copiando.

El testimonio del Ms de Toledo (fol. 144r), en cambio, propone una lectura original de las últimas palabras del fol 100v: “Pedro. ¿como lo habia de pasar sino muy bien que me habeis dado vna cama con sabanas que no ha sido para mi poco regalo?”. A continuación el texto reproduce la intervención de Juan: “Es tanto el gusto […]”. El contraste con la redacción de Ms 3871 no puede ser más flagrante: la mayor brevedad frente a una formulación enfática; una frase perfecta frente a un borrador. Paradójicamente, ese mismo contraste no excluye, ni mucho menos, que las dos redacciones tengan que ver una con otra como lo sugiere la presencia del vocablo “regalo” en las dos, pero también su común carácter conclusivo. Es lícito pensar que la del Ms 3871 es el borrador que desembocó en la del Ms de Toledo. En un primer momento, el autor cede a la tentación algo lúdica de prolongar el diálogo lo más posible. Luego le parece más urgente concluir.

 

Comentario

En el Ms. 3871, el texto ha sufrido una doble manipulación: se ha completado la frase interrumpida en “sabanas del”; y se ha recompuesto el breve fragmento que encabeza el folio siguiente para reanudar con el texto compartido por ambos (“Pedro. Toda su seta consiste en que alçado el dedo…”). Es un fenómeno similar al enlace entre los fols. 58 y 59: después de suprimir varios folios del texto, se redacta una breve transición entre los dos fragmentos que, por sustracción del folio arrancado, se habían vueltos contiguos.

Los copistas del Ms. 6395 y del de la RAE reproducen mecánicamente lo que se les ofrece, sin percatarse de la evidente laguna que supone la interrupción de una frase al final de un folio y la falta de conexión con el texto que encabezaba el folio siguiente. De otro modo, hubieran indicado, aunque solo fuera con una línea en blanco, que faltaba algo entre folio y folio. Con todo, se les debe agradecer su ciega fidelidad al modelo, porque nos ofrecen una referencia exacta del contenido del códice que iban reproduciendo.

El copista del Ms de Toledo ha tenido acceso a un modelo distinto del Ms 3871 actual: primero porque no se había sustraído aún el primer folio del capítulo sobre la religión de los Turcos; y también porque la frase puesta en boca de Pedro de Urdemalas se concluía con siete palabras más allá del final del fol. 58v actual y que, del texto primitivo, se había suprimido todo lo que sigue a “sabanas”, incluido “del”, inicio de “delgadas”, que se mantiene hoy al final del folio. De todo ello se deduce que la disposición del texto no coincidía entre ese modelo seguido por el copista de Toledo y el Ms 3871 y, si fue una copia de éste, se hizo antes de la sustracción del folio siguiente, lo que añade mayor profundidad cronológica al proceso que llevaría hacia la versión final de la obra.

Lo que importa subrayar es que el autor sustrajo de su obra algunos pasajes que no le convenía conservar. Los motivos exactos, los desconocemos, y solo podemos emitir hipótesis, como la que he enunciado más arriba en el comentario de los fols. 58-59. La mejor explicación reside en el carácter monotemático del pasaje concernido, el cual facilita su supresión al no influir en la continuidad de la obra, sino, al contrario, al interpretarlo como un inciso. En este caso, el tema es la práctica de la circuncisión y el ritual que la rodea, que en un momento dado pensó el autor que no merecía que se le concediera tanta importancia, por la razón que fuera. Además, la transcripción de términos y nombres árabes ofrecía tal dificultad, como lo demuestran de sobra las deficiencias del Ms. 6395, que pudo incitar al autor a renunciar a conservarla.

 

Tabla

Este índice temático fue compuesto cuando el Turcarum origo seguía en su sitio inicial, después de las andanzas de Pedro de Urdemalas. Así se explica que las menciones de Bayaceto, que inicialmente se encontraban en la plana 189, en la composición actual del códice estén situadas en los fols. 146v y 147r, donde falta la numeración de plana.

 

Dedicatoria

La reproducen todos los códices.

Un detalle curioso, interesante para relacionar los códices entre sí, consiste en que el copista del Ms 6395 dejó un blanco al final, porque no supo interpretar la palabra “europa”: “y lo poco que de ….pa le queda”. La misma dificultad encontró el copista de la RAE, aunque intentó colmar la laguna: “y lo poco quedel. evřo pale queda”.

Por otra parte, los copistas del Ms 6395 y el de Toledo inician el texto del diálogo a continuación, al final del folio con la fórmula “Initium sapientiae timor Domini” y la mención del nombre de los tres protagonistas. Los dos prescinden de la tabla (también el de la RAE).

El exemplum de Artaxerxes se reproduce en el Ms 3871 y en el de la RAE inmediatamente después de la dedicatoria y de su fecha. De esta el Ms 3871 precisa el año 1557, aunque tachándolo; el de la RAE, no lo menciona, ¿interpretando al pie de la letra la tachadura de su modelo?

 

Enmiendas textuales

 

Como suele ocurrir en cualquier texto manuscrito, este lleva correcciones o enmiendas de varios tipos.

 

            Errores de copista

Las menos significativas son los fallos del transcriptor. Los errores se corrigen bien tachando la palabra que sobra, bien sustituyéndola sobre línea, o compensando en el margen alguna laguna, fenómeno que se da en muy contados casos. He aquí una enumeración de las enmiendas más frecuentes, cada una ilustrada por algunos ejemplos:

– Palabra mal interpretada (“negras” por “mitras”, 34r; “aqui” por “a que”, 34r; “con toda la ber breuedad”, 110r);

– Vocablo transcrito de manera anticipada (“de man mata. de manera”, 28r; “otro medico judio catalan dezia enemigo suyo dezia”, 108v);

– Palabra omitida (“mata”, 34r);

– Palabra indebidamente repetida.

Alguno que otro de esos errores es un acto reflejo, como el divertido fallo en la transcripción del refrán italiano que dice “aqui somos como dizen los italianos, padre, hijo y pregonero”, en el que el copista sustituye mecánicamente a la última palabra “spiritu santo”, 17v.

Esos fallos son habituales y relativamente poco frecuentes, como corresponde a una copia cuidada, que sin duda fue revisada atentamente.

 

            Enmiendas redaccionales

Mucho más interesantes son algunas correcciones que sugieren que la copia pudo también hacerse bajo dictado, porque algunas enmiendas parecen introducidas al filo de la pluma, como si el autor estuviera en condiciones de modificar, a medida que se copiaba, una redacción anterior que tenía bajo los ojos: “porque a los parleros que dirían fueron la causa”, 33v; “allende de mas de que seriamos”, 118r; los capitanes patrones dellos, 78v; “se benden dos mill dellas de todas”, “y alli donde las mete”, 119r; “el qual le y tomar se ha la residencia y residira en su lugar” 126r (sobre el alojamiento de un nuevo embajador recién nombrado); “tiene de ser de lado. la plater no tengais miedo”, 136r (el autor renuncia a hablar de la platería en aquel lugar; más abajo evocará “La plateria mejor y mas caudalososa que la de nuestra corte”.

La gran mayoría de las enmiendas atañen al estilo. El revisor tiene especial interés en evitar repeticiones de palabras en una misma frase o a unas pocas líneas de diferencia: “El baxa al cabo destos días”, 34v (“Zinan baxa” en la línea anterior); “pues aina”, 115r (“pues” ya en la línea anterior); “quinientas ropas de brocado”, 121v (“ropas” dos líneas más arriba); “que como la sabana toma la mayor parte que buelue a la parte de afuera”, 124v; “a proposito deste juan maria lo que vi”, 125r (“juan maria” en la línea anterior). Especial atención presta el revisor a algunas fórmulas que debían ser habituales bajo la pluma del autor, como “por cierto”. La utiliza tres veces en el fol. 84v, de las que solo se conservará una: “P. no se por çierto al menos / l. 23: P. de la sancta mucha por çierto … P. desa no por çierto”.

También se preocupa por aligerar la formulación, suprimiendo elementos que no juzga imprescindibles. Esas enmiendas tienden a favorecer la viveza del estilo, como lo exige la forma del diálogo, sin obstaculizar la comprensión: “en vn cofrecito de marfil. solamente no nos falta sino pluma de las alas”, 20r; “y nada cumplen. Luego dezir os an”, 27v; “y que entre todos”, 29r; “que no saldrá de alli”, 33r; no falta mucho e buen pan a comprar barato y la merçed de dios”, “y vesele el pie, y luego tras el la mano”, 34v;40r; “que les curase algunos males viejos”, 48r; “Juan. abraham dizen que edifico aquel templo? P. si hallan escrito”, 106r.

Otras enmiendas consisten en sustituir una palabra por otra, con vista a mejorar el estilo (cuando la nueva lección viene interlineada, la transcribo en cursiva): “como tiene la cola grande ciega va zegando el camino” 26r; “començaron a tomar me comigo doblado odio”, 27v; “juan. que es despalmar? Pedro. vntarlas darles por debaxo con sebo”, 29r; “y traya venia cargado”, 35v; “y cargados molidos”, 39v; “dezilde añado digo tambien … todo lo que digo dicho ser verdad”, 45r; “verdaderamente çierto”, 49r; “a medio ducado de paga cadal dia”, 113v; “de abril de año del su nasçimiento de christo”, 126r; “tiene de ir va el baxa”, 126r.

También hay algún que otro añadido que no pasó del intento [Por ese motivo, no ha sido recogido en los otros códices]. Así, en el margen inferior del fol. 44v, se ha copiado el inicio de una intervención de Juan, que no llegará a completarse (en cursiva el texto añadido): “y despues de dezir que el xpiano lo habia muerto.// mata. ¿hera hermosa? P. ni como diana no la hai de aqui alla mas no habeis visto por. los judios ya yo sabia que / 45r/ sin haberme visto”. Parece ser que el autor quiso cortar el soliloquio de Pedro de Urdemalas que juzgaría excesivamente extenso y finalmente renunció.

 

Posibles casos de censura

Capítulo aparte merecen las enmiendas que consisten en supresiones sin sustitución ni compensación de ninguna forma. Los pasajes concernidos generalmente están tachados de manera que no se puedan leer; solo se conoce su contenido por el Ms. 6395 que fue copiado antes de esas intervenciones.

En el fol. 103r se lee: “y beberan para matar la sed vnas aguas dulzes como azucar y cristalinas con las que se les cresçera la vista y el entendimiento y veran de vn polo a otro. Mata. y si comen y beben ¿no cagaran en el paraiso? P. maravillabame como no saliais ya. toda la superfluidad ha de ir por sudor de mill delicados manjares que tienen de comer y han de tener muchas moças […]”. Se suprime la réplica de Mata, no tanto, supongo, por atentar a la religión, que al fin y al cabo es la musulmana, como por ser trivial y escatológica. El autor pudo o debió tachar lo que sigue, hasta “comer” para borrar todo el pasaje en cuestión; no lo hace aún a riesgo de desconcertar al lector ante esas “superfluidades” no anunciadas en el texto censurado.

Dos referencias al arcángel Gabriel han sido tachadas, aunque en contextos distintos. En una de ellas (fol. 102r), se suprime la referencia a la entrega del Corán a Mahoma: “Juan. ¿con quien diçen que se le embio dios? P. con el angel gabriel. En otra, se ha sustituido la mención del arcángel por otra mucho menos comprometida (en cursiva, el texto de sustitución): “en vn cofrecito de marfil. solamente no nos falta sino pluma de las alas del arcángel sant Gabriel esas del gallo de santo domingo/ Pe. esas […]”.

El tema de las reliquias que aquí se toca es de los que han dado lugar a más intervenciones de esta clase, como en el fol. 20r (en cursiva, el texto de sustitución): “Mata. por amor de dios no hablemos mas sobresto. sino de aquellas reliquias grandes que dize Los cabellos de nra sra la leche la espina de Xpo el dinero las otras reliquias de los sanctos  al rio que dize que lo traxo el mesmo de donde estaba. pedro. es verdad”.

La más sustanciosa es esta (en cursiva el texto tachado):

por que el templo de salomon avnque den mil escudos no se dexaran ver: ni demás desto a los devotos no faltan algunos fraires modorros que les muestran çiertas piedras con vnas pintas coloradas en el camino del calvario, las quales dicen que son de la sangre de Christo que avn se esta alli y çiertas pedreçillas blancas como de yeso dicen que es leche de Nra Señora, y en vna de las espinas esta también çierta cosa roja en la punta que diçen que es de la mesma sangre, e otras cosas que no quiero al presente decir […], 18v

La supresión del texto tachado, que se conserva en la copia del Ms 6395, no incide en la comprensión ni en la estructura de la frase. Lo que se suprime es una ampliación que pudo juzgarse a posteriori como innecesaria. Sin embargo, para el lector que conozca la versión amplia, la ausencia del pasaje se deja notar, en la medida en que se podría esperar una enumeración y esta queda confirmada en las primeras palabras siguientes “y otras cosas”).

 

Repentirs del autor

Se da un caso en que un pasaje fue tachado y luego repuesto sin cambio interlineado para conservarlo: “que lo he visto en vn ospital de los sumptuosos de España que el qual no le quiero nombrar pero se que es real pero se que es real”, fol. 16v.

Más sorprendentemente, en el fol. 103r la tachadura se produce dos veces: “Y los que llamaren a dios por tiempo al fin saldran avnque tarde, los que le blasfemaren quedaran por siempre jamas”. Después de tachada, la frase ha sido repuesta sobre línea, y este añadido tachado a su vez.

Estas intervenciones pueden traducir cierta duda, por no decir perplejidad, por parte del autor, pero también puede significar que el censor no era el autor, y que, en muy contados casos, este quiso oponerse a la decisión radical del revisor. De estos dos ejemplos se podría deducir que las tachaduras señaladas más arriba se debieran también a una persona distinta del autor, si bien fueron aceptadas por él.

 

 

Consideraciones finales

Se ha escrito y repetido que el Ms. 3871 no es un borrador. Es una discusión bastante vana porque el término es demasiado impreciso y el borrador único es una entelequia. En cierta medida resulta vano también descubrir si es autógrafo, salvo si se quiere identificar al autor de una obra anónima por medio de su grafía. La pretensión no deja de ser exorbitante y, en realidad, solo sirve para rechazar ciertas atribuciones, al no coincidir la grafía del manuscrito con la del autor supuesto. Esas dos posibilidades no agotan las relaciones del autor con un manuscrito, como parece demostrarlo el inventario de correcciones del que doy aquí una muestra. Esta permite identificar tres clases de interventores: dos visibles, uno individual más otros plurales; uno virtual. El primero es el copista; los otros, los que introducen observaciones al margen o subrayan pasajes. Entre esas dos clases de interventores, que no coinciden cronológicamente, está el autor, interventor eficiente en la medida en que se observa muchas veces su presencia en el texto, aunque no se haya manifestado con su propia mano. No descarto que el copista y el autor se confundan, aunque lo dudo, porque varias erratas se corresponden demasiado con los avatares de la reproducción de un modelo como para poder atribuirse al mismo autor. Además, habría que demostrar que la letra del amanuense no es la de un profesional y que el autor había alcanzado un dominio práctico tan alto como el que se observa en el Ms. 3871. Basta con comparar con Ms. 6395, aun admitiendo que fuera algo posterior lo que puede haber influido en el tipo de escritura.

No comparto el punto de vista enunciado por Marcel Bataillon (Erasmo y España, n. 2 de las págs 669-670). Las tachaduras no son pocas, sino consecuentes, porque no hay folio que no la tenga. Por otra parte, en contra de lo que escribe, esos “arrepentimientos de composición” no pueden atribuirse a ningún copista. En cuanto a “los ligeros retoques que consisten en suprimir una o varias palabras inútiles”, su acumulación compensa el que sean ligeros y no se entiende cómo un copista podría intervenir en ese campo sin incurrir en una fulminante condena por parte del autor, al meterse en lo que no le corresponde. El revisor, que para mí es el mismo autor, manifiesta allí un prurito de estilista innegable, como quien sabe que el demonio está en los detalles.

En cambio, estoy conforme con la hipótesis que adelanta Bataillon según la cual “esta copia se hizo bajo la vigilancia del autor que completaba y retocaba su texto”, hipótesis de la que no podemos dejar de constatar que contradice radicalmente sus afirmaciones anteriores. Es la posibilidad mejor para conciliar las aparentes contradicciones que contiene el códice.

El proceso de creación de una obra literaria da lugar a sucesivas etapas, desde la reunión de un material de base o la redacción de unos primeros fragmentos, hasta la puesta en limpio de una redacción preliminar considerada como suficientemente elaborada para adquirir vida propia. Lo que interesa es reconstruir ese proceso en cada una de sus etapas. El análisis de los manuscritos en su materialidad ofrece una información no desdeñable al respecto. Del Ms. 3871 se puede afirmar que nos permite conocer el proceso de composición de la obra a través de la constitución material del volumen.

 

  Concepción de la obra

Nos consta que la concepción de la obra ha conocido varias etapas. La primera secuencia de texto, que cubre el relato que hace Pedro de Urdemalas de su cautiverio y de su vuelta a Burgos, tiene un estatuto aparte. Es el núcleo de la obra y por sí solo justifica la existencia de esta. La versión que se copia en este códice, si bien ha alcanzado un grado de elaboración avanzado, será objeto de varias modificaciones ulteriores destinadas a mejorarla según un criterio que solo puede pertenecer al autor. Por consiguiente, más exacto sería caracterizar el códice como “manuscrito de autor”, por cuanto la mano de quien concibió la obra ha dejado rastros identificables. La reescritura del principio del diálogo es la más clara de esas intervenciones, ya que se materializa en una redacción ampliada del principio del texto (fols. 11-13). De hecho, es un pasaje que exige una atención especial por parte del autor, porque es un diálogo “puro”, entre dos personajes de similar importancia y que se dan a conocer a través de los temas que tratan y de su manera de considerarlos. La composición del diálogo no exige tanto cuidado desde el momento en que interviene el tercer protagonista, ya que la voz de Pedro de Urdemalas se impone a la de los otros dos. Las intervenciones de Juan y Mata, breves y generalmente expresadas bajo forma de preguntas, tienen como objeto principal conseguir una aclaración o una precisión y su mayor efecto consiste en interrumpir a trechos el soliloquio de Pedro, que amenaza ser farragoso. Esa reescritura del principio, puede que traduzca también, por parte del autor, cierta falta de familiaridad hacia un género literario no tan fácil de manejar, y quizás también, la toma de conciencia de que, una vez acabado, el texto merecía un pórtico más elaborado que el inicialmente redactado.

Este hecho manifiesta también ciertas vacilaciones estilísticas, siendo la más patente la atribución de nombres griegos o romances a los personajes. Bajo la sentencia Initium sapientiae / timor domini que encabeza el primer fol. del texto, el 11 r, el autor indica los nombres de los personajes del diálogo: “Apatilo, Panurgo Pollítropo”. A lo largo de los fols. 11 y 12, se designa a cada locutor alternativamente por Apa. (Apatilo) y Pan. (Panurgo) [Pollítropo no aparece en ese fragmento]. Desde el fol. 13, los nombres griegos quedan sustituídos por los de Juan de Votoadiós (Apatilo), Mátalascallando (Panurgo) y Pedro de Urdemalas (Pollítropo). Lo lógico es suponer que inicialmente el autor había pensado en darles nombres griegos, idea que abandonaría más adelante para optar por otros, romances. Pero esta explicación cuadra mal con la materialidad del códice. En efecto, el cambio se produce primero en el fragmento de 16 líneas tachadas al principio del fol. 13 para mantenerse sin solución de continuidad en la totalidad del códice. Por consiguiente habrá que suponer que la versión del principio del diálogo de la que solo se conserva el final (las 16 líneas tachadas) fue la que impuso esa opción onomástica. El hecho no deja de ser sorprendente, porque contradice la cronología de las dos versiones, en la medida en que lo que se supone ser una versión inicial, por la doble característica de ser fragmentaria y haber sido abandonada a favor de la versión nueva, es la que avala ese cambio mayor y definitivo, característica que conviene más a una revisión ulterior. Este hecho concede una dimensión literaria inesperada a lo que parecía ser solo una pérdida material del soporte.

Como corolario, habrá que suponer que el folio perdido del que solo se conservan las 16 líneas finales venía encabezado por los tres nombres romances de los personajes, y no los griegos. En efecto, la característica más notable de los nombres de los personajes del diálogo, es que no no se reproducen in extenso dentro el texto, sino reducidos a un elemento del nombre o a un diminutivo: Juan, Mata y P. El único lugar en que aparecen completos, es al principio del texto, lo que confirma el fol. 11 del Ms 3871 (y las ediciones posteriores). Es un hecho sorprendente en sí, que podría acarrear graves consecuencias: en caso de que el apógrafo hubiera perdido su plana inicial, el copista y el lector estarían condenados a ignorar el nombre completo de esos personajes.

Otra consecuencia es que los Mss 6395 y 259 de Toledo no reproducen al 3871.

 

Turcarum origo

Este capítulo seguía inicialmente al de las andanzas de Pedro de Urdemalas, como lo demuestran la numeración del códice y la tabla, que apuntan entradas situadas entre 183 y 217. A pesar de mantener la forma del diálogo, su idiosincrasia complica su inclusión dentro de una obra que ya había cobrado cierta identidad. En efecto, abandona la temática del cautiverio y tiene una extensión relativamente reducida comparada con lo que antecede, lo que le confiere una clara autonomía. Además, desde las primeras palabras, Pedro aborda de lleno el tema. Dadas esas características, es de suponer que el capítulo estaría precedido de una introducción encargada de facilitar una transición con lo que antecede. La última réplica de Juan (“Toda esta semana le hare estar aqui avnque le pese. la venida ha sido en su mano. la ida en la nuestra”), con su carácter conclusivo, no sirve para eso.

Una comparación con el tratamiento reservado a la secuencia sobre la religión puede ayudar a aclarar la duda. No habla primero Pedro, como en el Turcarum origo, sino Juan, quien solicita a este, a la par que introduce el tema (“la religion y costumbres de los turcos”). La preocupación que manifiesta así el autor por favorecer una transición entre el cuerpo de la obra y el nuevo fragmento no se concibe fuera de un hilo narrativo mínimo, encargado de introducir ciertas referencias cronológicas. Este es el papel que corresponde al diálogo entre Juan y Mata, que llena un hueco temporal a la espera de que Pedro se despierte y se reúna con ellos (fols. 100-100v). Al haberse perdido el final de ese intermedio y el inicio de la secuencia siguiente en el Ms. 3871, es imposible reconstruir la redacción primitiva, cuando el Turcarum origo venía después de las andanzas de Pedro de Urdemalas. Sin embargo, adelantaré una hipótesis.

Si bien la laguna final de dicho intermedio (el diálogo entre Juan y Mata) no permite afirmar que no estuviera ya compuesto cuando se desplazó el Turcarum origo, una hipótesis sería que la primera redacción de la obra se acababa con las palabras de Juan que transcribo más arriba, las cuales, aun dejando abierta la posibilidad de que prosiguiera la obra, forman un cierre momentáneo. Más adelante, el autor redactó, a modo de complemento, una historia de los Turcos, manteniendo la forma del diálogo, lo que no deja de ser una ficción porque Pedro de Urdemalas, por el mero hecho de haber sido cautivo, no tenía capacidad para transformarse en historiador del imperio otomán. Que se haya concebido como capítulo aparte, lo demuestra el que haya sido desplazado a otro lugar de la obra sin aparato explicativo. De otro modo, el intermedio dialogado hubiera sido desplazado también.

Apunta justamente Meregalli (“Partes inéditas”) las lagunas del Turcarum origo incorporado al final del códice, basándose en un inventario de las remisiones de la tabla a ciertos folios que han desaparecido (“Esta tabla representa de manera inequívoca el estado que el autor o el amanuense consideraba definitivo, en el momento de su redacción, …”). Sorprende la importancia concedida en esas páginas a asuntos castellanos o de actualidad, varios de ellos de tipo cultural. De ahí nace la sospecha de que fue la razón por la que no se transcribieron en la segunda copia (la que se añadió al final del códice) o se quitaron antes de que fuera copiada. Puede que sea un rasgo de autocensura, pero no forzosamente porque eso expusiera al autor a ciertas medidas represivas sino por quedar fuera de la temática del capítulo. Con todo, uno queda frustrado por no saber en qué términos precisos el autor se expresaba y qué revelarían de su personalidad.

Del texto del Turcarum origo que se conserva, el largo desarrollo sobre la suerte terrible de Bayaceto en manos de Tamorlán, después de su derrota, es el que parece haber inspirado parte de la materia que debía figurar en los folios perdidos, según la tabla temática: “212: El rey don Pedro no fue cruel; mas crueles hombres hay agora que nunca […]”

 

Cómo se enlazaba el Turcarum origo con lo que le antecedía.

Las primeras palabras de Pedro (“No puede ser menos sino que sobre el origen, vida y costumbres de los turcos haya muy varias opiniones) solo se conciben como la respuesta a una pregunta de uno de sus dos compañeros. Del contenido de esta, nos podemos hacernos una idea con la que introduce al capítulo de la religión de los Turcos. A las palabras de Juan (“[…] querria nos contasedes algo de lo que anoche nos prometistes de la religion y costumbres de los turcos”) hacen eco las de Pedro (“Eso hare yo de muy buena gana y para que desde el principio sepais todo lo que cerca de la religion y costumbres tienen […]”. Algo similar se podría imaginar para la introducción del capítulo del Turcarum origo, solo que, al no disponer de la pregunta de Juan o Mata, debemos basarnos en las de Pedro: “No puede ser menos […]”. Esta respuesta es compatible con las palabras de Juan citadas más arriba, introduciendo un mínimo de cambio: “[…] querria nos contasedes algo de lo que anoche nos prometistes del origen, religion y costumbres de los turcos”. De ello se pueden sacar varias conclusiones.

– La inserción del capítulo sobre la religión en lugar del de los orígenes pudo realizarse sin introducir cambios importantes en el contexto.

– El título de ese capítulo (Turcarum origo) no rinde cuenta exacta de su contenido, que es, en realidad, “el origen, vida y costumbres” de los Turcos, el cual se confunde casi con el de la religión (“religión y costumbres” de los Turcos).

– Si se reproduce ese título en los códices (también los críticos, incluido yo mismo), es por comodidad, porque sirve para diferenciar los dos capítulos, y no sería otro el motivo por el que lo adoptara el mismo autor.

– En el enlace, lo que debe llamar nuestra atención no es tanto la introducción del capítulo como la conclusión del intermedio que precede al nuevo capítulo (primero el Turcarum origo, luego, sustituyendo a este, el de la religión y costumbres).

– La redacción que se conserva en T es sin duda la que se eligió para introducir el nuevo capítulo (religión y costumbres), mientras que la que conserva el Ms 3871 es la que correspondía al Turcarum origo.

– Esta resultó obsoleta cuando se desplazó este capítulo, y posiblemente sea lo que explica que no quedó rastro de ella en la tradición textual.

 

Religión de los Turcos

Basándonos de nuevo en la numeración general de las planas y en la tabla, podemos afirmar que este capítulo fue colocado, en un primer momento, a continuación del Turcarum origo. Los cambios ocurridos más adelante pueden interpretarse de dos maneras: la historia de los Turcos fue suprimida de la obra y el nuevo capítulo vino a sustituirla; la supresión de esa historia solo fue momentánea, ya que volvió a ser incorporada al volumen posteriormente, en una copia distinta de la anterior.

Lo más significativo de la operación es que el capítulo sobre la religión de los Turcos recibió un tratamiento preferente en detrimento del anterior, hasta el extremo de ocupar su sitio con todo el aparato que le correspondía. Otra opción sería que, cuando se le ocurrió al autor introducir un capítulo sobre la religión de los Turcos, pensó aprovechar el intermedio introductivo existente, aunque modificando su final para que encajara con la nueva temática. Su preferencia por un capítulo sobre otro es suficiente para hacer plausible esa traslación así como el aparato nulo que acompaña al capítulo desplazado dentro de su nuevo contexto. Simbólico resulta el que, del Turcarum origo, no se hayan conservado los cuadernos primitivos, sino que el texto fuera copiado de nuevo antes de reinsertarlo en el códice.

Queda por aclarar si la inclusión del capítulo de la religión y la sustracción del de la historia de los Turcos fue concomitante o se realizó en momentos distintos. El estado del último folio del capítulo dedicado a la religión de los Turcos (fol. 138) induce a pensar que, durante cierto tiempo, fue el último del códice y, por esa razón, estaba expuesto a sufrir una degradación mayor que los anteriores, como lo atestigua el estado del que ocupa el mismo lugar en el códice actual. Esto sugiere que corrió cierto tiempo entre el momento en que se retiraron los 18 folios del Turcarum origo y se añadió una copia nueva al final del códice.

 

Dedicatoria y tabla

Desde un punto de vista codicológico, la presencia de la dedicatoria y de la tabla señala una etapa precisa en la constitución del volumen. En ella culmina el proyecto, al reunir todos sus componentes y hacerlos preceder por una piezas liminares, con el fin de dotar la obra de cierta solemnidad (dedicatoria al rey) y de un instrumento práctico (la tabla). El orden de sucesión de esos componentes parece fijado definitivamente: andanzas de Pedro de Urdemalas, Turcarum origo, religión de los Turcos. La tabla confirma que ese desorden de las partes y sus entradas son las del Ms. 3871.

Las piezas liminares indican que el autor había pensado en la posible difusión del volumen, sin duda bajo forma impresa. El motivo por el que no llegó a concretarlo cae fuera de este estudio, pero algunos elementos materiales pueden ayudar a conocerlo. La suerte que ha sufrido el capítulo Turcarum origo lleva a pensar que su presencia pudo ser un obstáculo a la publicación. Lo mismo sugiere la supresión, al principio del capítulo dedicado a la religión de los Turcos, del pasaje que describe la práctica de la circuncisión.

Por otra parte, varias enmiendas del texto evocan una forma de censura aplicada mayoritariamente a pasajes en que el autor se refiere a la religión.

La distribución interna actual del volumen, con la supresión de un capítulo que se realizó posteriormente, no fue suficiente para abrir a la obra el camino de una difusión impresa. Desde ese momento, el códice pasa a ser de uso exclusivamente privado. Algunos de sus lectores se manifiestan en sus márgenes o subrayando ciertos pasajes. Las copias que se hicieron de él sugieren una mínima difusión y, en el caso de las que conserva el fondo del conde de Gondomar, una afición propia de un gran bibliófilo.

El Ms. 3871 es testimonio de un fracaso no solo editorial, sino también literario e ideológico. Sin duda también personal. A pesar de la distancia temporal, nos conmueve pensar en la frustración y la desilusión que pudo experimentar su autor, al ver que el entusiasmo que le había animado en la redacción de una obra de esa envergadura y la perspectiva de verla difundida se habían quedado en agua de borrajas, sin hablar de la posible humillación sufrida a lo largo de las distintas censuras a las que fue sometida.

Febrero de 2022 / octubre de 2024

Festejos públicos y privados I

FESTEJOS PÚBLICOS Y PRIVADOS (I)

 

ENTRADAS SOLEMNES EN TIEMPOS

DEL REGENTE FERNANDO, LUEGO REY FERNANDO I DE ARAGÓN

 

Excepto en algunas malas novelas históricas, donde no es raro que, asomándose por casualidad al portal de su tienda, un mercante se tope con el rey, camino de Notre-Dame, en los siglos medievales y hasta una fecha reciente, cualquier contacto visual y menos físico con la persona del rey es denegado a la inmensa mayoría de sus súbditos. Si bien el rey de Castilla y su corte suelen desplazarse, lo hacen dentro de un perímetro limitado a las dos Castillas y en ciudades o instituciones (monasterios y conventos) con capacidad para alojarlos y facilitar la ejecución de actos administrativos. Un caso extremado al respecto lo ilustra la actitud de la reina Catalina, que mantuvo a su hijo, Juan II, aislado en Valladolid durante toda su minoría, con la excepción de un viaje a Salamanca para ponerlo a salvo de un brote de peste (1412-1413). La presencia del rey es permanente en la vida de sus súbditos, pero se ejerce a través de una mediación humana (ejecución de la justicia, tasación, etc.) o material (efigies de toda clase, empezando por las monedas). Ese alejamiento tiende a favorecer una concepción mítica del monarca. Siendo escasísimas las oportunidades de ver al rey, cuando ocurre una, la conmoción que provocaría en los espectadores ha tenido que ser muy grande. [véase Textos inéditos / Trabajos críticos, conferencias, ponencias / Aguasvivas].

Trataré aquí de una de las manifestaciones más habituales de esa convivencia momentánea entre el rey y sus súbditos, las entradas más o menos solemnes a villas o ciudades que hizo el Infante Fernando siendo regente de Catilla y luego rey de Aragón (1407-1416).

 

Segovia (7 de enero de 1407)

Todas las entradas reales no son solemnes ni acompañadas con fiestas y regocijos populares. Algunas pueden ser incluso humillantes. Todos los reyes castellanos medievales, hasta Enrique IV e Isabel incluidos, han sufrido, en un momento u otro, la vergonzosa prueba de un acceso impedido a una población o fortaleza por sus defensores.

Semejante accidente le ocurrió a Fernando, recién designado regente del reino a la muerte de su hermano, Enrique III. Cuando se presentó ante la ciudad de Segovia para reunirse con la reina Catalina y proceder a la lectura pública del testamento del rey difunto, su corregenta le negó la entrada, bajo el pretexto de que no quería dar paso a Juan de Velasco y a Diego Lopez de Estúñiga, tutores designados del joven rey. En vista de que “tenia el alcaçar bien basteçido de gente de armas e de lo que menester le fazia, e fazialo muy bien guardar de dia e de noche”, Fernando no tuvo más remedio que hospedarse en el convento de franciscanos, fuera de la ciudad (cap. 5) y negociar su entrada y la de sus acompañantes.

 

Sevilla (10 de noviembre de 1407)

Después de levantar el asedio de Setenil, fracaso compensado solo parcialmente por la consolidación de la presencia cristiana en otras plazas de menor importancia como Torre Alháquime, Fernando se dirige hacia Sevilla para devolver la espada de Fernando III, que había recogido solemnemente unos meses antes, el 7 de septiembre (cap. 48). El regreso a la ciudad nos da la oportunidad de descubrir el ritual de una solemne entrada.

De una manifestación de esa clase se trata, en efecto, como lo señala, aunque de pasada, el cronista, “según que suelen fazer a rrei nuevo”. Esta fórmula merece un comentario. Fernando no es el rey ni consta que actúe en representación de este, ya que en ningún momento de las ceremonias se evoca un encargo oficial ni el documento que debería avalarlo. No se nos oculta tampoco que el motivo de la entrada es devolver la espada de san Fernando que el Infante había recogido antes de emprender una campaña que, aunque aprobada por la corregenta y por las Cortes, fue compromiso personal suyo, si bien la presentó como la realización de una decisión de su hermano difunto. La fórmula da a entender que la persona del regente y la del rey son equiparables y sustituibles una por otra, lo que parece del todo inconcebible. Al comentarista, siempre le queda la posibilidad de recurrir a una explicación simbólica, considerando que el regente encarna la figura del poder in absentia, dada la imposibilidad de su titular de hacer acto de presencia física. La explicación me parece algo forzada. Tendería a pensar, más bien, que Fernando aprovecha que el arzobispado de Sevilla estuviera bajo su administración para cometer un abuso, aprovechando indebidamente una titulación que no le corresponde.

Por qué se organizó el acto en ese momento y no cuando vino Fernando por primera vez a Sevilla después de su nombramiento, no lo dice el cronista (cap. 83). Puede que sea porque las circunstancias eran más favorables que en medio de la agitación provocada por los preparativos de una campaña militar, y también, porque, un año después de la muerte del rey Enrique, la situación política había vuelto a cierta normalidad en el reino. Lo cierto es que la fórmula es ambigua.

El regente, montado en un caballo castaño, viene lujosamente ataviado: “armado de cota e braçales, e llevaua vnas sobrevistas de vn açeituni blanco villotado con lauores de oro, muy rrico”. Entre los acompañantes, el adelantado Pedro Afán de Ribera, a su derecha, lleva la espada, al sonido de “menistreles y trompetas”. En el cruce de los caminos que van a Alcalá de Guadaira y a Carmona, le alcanza desde Sevilla un grupo de caballeros, que había participado en la campaña, más las autoridades de la ciudad (“los alcaldes e alguazil e veinte e quatros, caballeros e jurados”) y muchos moradores. Estos son los dos primeros requisitos de una entrada: el equipaje lujoso del visitante y de su séquito y su recepción por una delegación de la ciudad, “por el camino” (en el límite del término municipal), antes de llegar a las puertas de la ciudad. Los dos cortejos se unen y caminan de consuno.

Se detienen ante la puerta de la muralla, en este caso, la de San Agustín. El regente descabalga, “do dan agua a las bestias”, detalle tomado en vivo por el cronista, y se dirige hacia un altar montado por los frailes para esa ocasión. Fernando se arrodilla y reza ante la cruz de plata allí colocada.

Vuelve a cabalgar y alcanza la catedral. Delante la Puerta del Perdón, es acogido por la clerecía “con cantos de alegria e dando graçias a Dios porque le diera la vitoria de los enemigos de la Fe”. Se humilla ante la cruz y dice una oración.

Las demás ceremonias ya no conciernen la entrada propiamente dicha sino el acto de entrega de la espada.

 

Antequera (1 de octubre de 1410)

La entrada del Infante vencedor en Antequera se hizo varios días después de que los moros de la villa aceptaran la “pleitesía” que se les impuso, a saber, entregar el castillo y los cautivos cristianos, y salir con todo lo suyo, salvo el pan (el trigo) y demás abastecimiento. A cambio, se les daba 1100 bestias para llevar a los ancianos y niños, así como el bagaje, a Archidona. Eso fue el 22 de septiembre.

En el proceso de la toma de posesión demostró el Infante ciertos fallos que crearon malestar entre los cristianos. En efecto, el 23, ordenó al obispo de Palencia y al conde Fadrique de Trastámara entrar en la villa y subir al castillo donde les fue entregada la torre del homenaje. De inmediato el prelado y el conde colocaron en ella sendas banderas. Esta iniciativa disgustó a los demás caballeros que veían con mal ojo como parecían atribuirse el mérito exclusivo de la victoria. Ante el enojo de los demás caballeros, el Infante no tuvo más remedio que dejar que cada uno pusiese su bandera, aunque algunos se negaron por considerarse definitivamente desairados.

Instruido el Infante de que, como escribe el cronista, “los rreyes sienpre deben hazer en manera que los caualleros no ayan continente vno mas que otro”, procuró evitar otro disgusto en la ceremonia de su propia entrada que hizo una semana más adelante, con la población mora ya en Archidona y después de tomar otros tres castillos que amenazaban la villa conquistada, Aznalmara, Cauche y Jebar. Optó por resaltar simbólicamente dos poderes indiscutibles, el de la Iglesia y el de la realeza. La entrada se hizo en procesión, encabezada por los clérigos presentes en el asedio, que llevaban “las cruzes e rreliquias” de su capilla y, por únicas banderas, los pendones de la Cruzada, de San Isidro de León y de Santiago, más sus propios pendones. La ceremonia consistió en el acto de cristianización de la mezquita mayor, que fue bendecida y dedicada a San Salvador.

 

Calatayud, Zaragoza y Lérida (1412)

El rey permaneció en Cuenca a la espera del fallo de Caspe. Cuando hubo recibido la noticia de su elección, se desplazó a Guadalajara, donde dejó instalado el Consejo encargado de administrar en su nombre el reino de Castilla, junto con la reina Catalina, y después de atribuir los cargos principales. Desde allí se dirigió a su nuevo reino, camino de Zaragoza, pasando por Calatayud [véase Textos inéditos / Trabajos críticos, conferencias, ponencias / Aguasvivas]. Huelga decir que este viaje (agosto de 1412) fue un momento privilegiado para celebrar la unión entre el rey y sus nuevos súbditos, entre cuyas manifestaciones ocupan lugar privilegiado las entradas solemnes. Sin embargo, el cronista no relata ninguna. Zurita (XII.1 1412) evoca dos de ellas, y es posible que no hubiera otras:

Y con este acompañamiento fue recibido en Calatayud y después en Zaragoza con mayor triunfo y fiesta de lo que se acostumbraba en la nueva sucesión de los reyes por ser esta más nueva y extraña que se hubiese visto jamás Fue esta entrada en el principio del mes de agosto.

Si el cronista no menciona siquiera las entradas, no será por falta de interés por esa clase de ceremonia, como lo manifestará más adelante con las entradas siguientes. Tampoco será porque las juzgó de poco relieve, cosa imposible de creer (véase el comentario de Zurita, al respecto). Opino que se trata de una laguna del relato y que esta se debe al sencillo motivo de que el cronista no formó parte del séquito del rey durante el viaje ni estuvo presente en Zaragoza cuando se reunieron las cortes. Tocamos aquí uno de los aspectos más peculiares de esta crónica y uno de los límites de su aportación informativa. La misión de redactar la crónica del reino fue iniciativa exclusiva del Infante Fernando y la confió a un individuo elegido por él. Esta personalización de la composición de la crónica explica mucho de sus defectos y, en particular, las lagunas que presenta la narración, porque basta con que el encargado esté ausente de la corte para que no se relate lo que ocurre en ella en ese espacio de tiempo.

Una de esas lagunas corresponde a la reunión de las cortes en Zaragoza, y se sitúa entre los cap. 240 y 241. Al final del capítulo 240, el cronista cuenta que el rey se dispone a entrar en sus reinos acompañado de hombres de armas castellanos pero desiste de ello ante la adhesión de “muchos de los grandes señores del rreino de Aragon” a los que prefiere confiar su protección, después de restituirles los cargos que ejercían bajo Martín el Humano. Resume el viaje en una frase: “E partio por sus jornadas fasta que llego a Çaragoça y marauilla hera como hera muy bien rreçeuido en las çiudades e villas do llegaua” . En cambio, no perdona detalle acerca de las negociaciones, que, en ese momento, llevaban a cabo en Tortosa los del principado de Cataluña y el conde de Urgel, para conseguir de este que pronunciara el juramento de fidelidad al rey. El cap. 241 está enteramente dedicado a referirlas así como las negociaciones entre los miembros del Consejo y los embajadores del Conde y la reacción el rey que acabó por acceder a lo que estos pedían, como si el cronista hubiera estado en Tortosa con “los del prinçipado de Cataluña” cuando estos recibieron la respuesta del conde de Urgel y hubiera ido con ellos a Zaragoza, donde fue testigo de la reacción del reyel 30 de agosto y días siguientes. Lo que pasó en las cortes, no lo relata a pesar de ser un momento importantísimo si lo hubo, porque fue cuando el rey electo juró, en poder del Justicia de Aragón y en presencia de los ricos hombres y demás “caballeros, mesnaderos e infanzones” (dice Zurita) de Aragón, respetar los “fueros, privilegios, usos y costumbres” del reino y recibió el juramento de fidelidad de los cuatro estados de la Corona. El cronista no dice ni una palabra de este acto solemne, ni de las entradas que lo precedieron..

Fue en el curso de esas negociaciones cuando el rey, descontento por la actitud del conde de Urgel, decidió incautar los lugares de los que era señor e hizo su entrada en Lérida, acto que el cronista resume en pocas palabras: “en la qual çiudad fue el rrei solenemente rreçibido”.

 

Tortosa (noviembre de 1412)

Durante la tregua que resultó entre el rey y el conde de Urgel, Fernando visitó al Papa en Tortosa en noviembre de 1412 (cap. 242). El motivo de la entrevista es sumamente grave, ya que en el nuevo rey recae la enorme responsabilidad de decidir qué partido optará la Corona y, por vía de consecuencia, la “nación española”, para la resolución del Cisma. Benedicto XIII, muy debilitado, espera poder contar con el apoyo de Fernando por la ayuda que le prestó en la elección en Caspe.

Como bien dice el cronista, “El rrei partiose para Tortosa donde estaua el Papa Benedito, que lo deseaua ver”. Entiéndase que el Papa invitó al rey a visitarle a Tortosa, donde residía de manera permanente. En esa ciudad, en efecto, ya había convocado la Disputa entre cristianos y judíos prevista para el inicio del año siguiente (7 de febrero de 1413 – 13 de noviembre de 1314), que presidiría activamente. Así que se da una situación harto paradójica, ya que el rey cumple su primera visita a una importante ciudad de su reino, pero esta, en parte, queda fuera de su autoridad al hacer función momentáneamente de sede pontificia. [Más adelante, la ciudad conservará este carácter particular, como lo demuestra el que Jorge de Ornos, desde Constanza (31 de marzo de 1418), la propondrá a Alfonso V como posible sede de concilio, junto con Valencia, Tarragona y Perpiñán]. Por lo tanto, no sería excesivo afirmar que el rey Fernando no hace sino acceder a la invitación del Papa, quien lo acoge en su residencia de Tortosa.

Estas circunstancias introducen cierta ambigüedad en el desarrollo de las ceremonias, que se observa desde el primer acto protocolar habitual, el recibimiento “por el camino”. El rey se detiene en un lugar no identificado por el cronista, a dos leguas de Tortosa y, en ese lugar, “todos los cardenales e prelados lo salieron a rreçeuir e a le fazer rreuerençia”. No se menciona a ninguna autoridad municipal, por lo que hay que entender que los que se desplazan son los miembros del Sacro Colegio, lo que indica que las principales protagonistas son, hasta ese momento, en exclusivo el rey y el Santo Padre, sin intervención de la ciudad de Tortosa.

Al día siguiente, la ceremonia recobra su curso normal, ya que van al encuentro del rey, fuera de las puertas de la villa, “otra vez los cardenales e perlados” pero acompañados por “la ciudad”, es decir las autoridades ciudadanas y sin duda parte de la población, no se sabe si por iniciativa personal o mediante instituciones, por ejemplo los gremios. También, se completa con una dimensión lúdica evocada, aunque muy elípticamente, por el cronista (“con grande alegría”). Sin embargo, es un paréntesis que pronto se cierra, reanudándose la relación exclusiva entre el rey y el Santo Padre: “E el Papa lo rreçiuio muy solenemente, estando el Papa en su catedra muy solepne. E este dia estuuo el rrey con Papa e todos los caualleros que con el yban”. Este es el desarrollo habitual de las audiencias concedidas por el Papa con el fin de tratar de asuntos graves. Habrá varias en los capítulos dedicados a la entrevista de Perpiñán.

La entrada de la reina y de sus hijos presentes, los Infantes don Pedro y doña María, se celebra el día siguiente, según el proceso habitual, en presencia de los magistrados municipales y de la población, para acabarse en una suerte de reunión familiar: “E [estudo] el rrei e su muger, la rreina, e sus fijos quinze dias en su solaz con el Papa, el qual avia muy grande alegria en los ver, que los tenia como tiene padre a fijos.”

 

Barcelona (28 de noviembre de 1412)

Desde Tortosa, el 19 de noviembre, el rey convocó cortes en Barcelona para el 15 de diciembre siguiente. Su entrada en la capital condal ocurrió el 28 de ese mes de noviembre. Aunque el cronista no relate el evento en sus pormenores, señala la recepción calurosa y lucida que le ofreció la población: “marauilla hera del rreçibimiento que le fue fecho con las maiores alegrias del mundo, saliendolos a rreçibir todos los naturales de la çiudad, e los grandes ombres vestidos de nobles paños de sirgo, e dellos de librea con colores e cadenas de oro e de plata” (cap. 243). La originalidad de ese recibimiento consiste en que no aparece ninguna otra autoridad que la ciudadana, cuyos representantes demuestran ser el interlocutor si no único, por lo menos privilegiado, del soberano.

De hecho, las cortes se habían convocado, en pleno conflicto con el conde de Urgel, para que el rey confirmara de nuevo, habiéndolo hecho ya en Lérida, las constituciones, costumbres y privilegios de los catalanes. La ida del rey a Barcelona tenía, por lo tanto, un significado altamente político. Fernando estaba dispuesto a multiplicar las pruebas de su adhesión a la tradición condal, hasta el extremo, como lo escribe Zurita, de confirmarla dos veces, una en la iglesia mayor, otra en las cortes. Los catalanes le hicieron juramento de fidelidad solo después de esa doble declaración real (V, XII; ix, p. 312). La celebración ofrecida por la ciudad en esa entrada puede verse como una manifestación habitual, sin que pudiera interpretarse como una adhesión entusiástica a la persona del nuevo rey. El laconismo del cronista (el capítulo 243 se limita a esa única frase) traduce quizás la tibieza de las relaciones entre catalanes y el soberano. Esta ya se había manifestado de manera espectacular desde el primer momento, poco después de la elección, cuando los miembros de la delegación condal se negaron a cruzar la raya de Castilla y a humillarse ante él ni siquiera a bajarse de sus caballos, como lo hicieron los embajadores aragoneses y valencianos, que iban con ellos (Lorenzo Valla, II, XI, 1-4).

 

Balaguer (5 de noviembre de 1413)

Son circunstancias muy distintas de las anteriores las que presidieron a la entrada del rey en Balaguer (cap. 311), después de tres meses de asedio (5 de agosto – 5 de noviembre de 1413). Como lo hizo para la entrada en Sevilla, el cronista encabeza su narración con una consideración sobre la naturaleza y el alcance del acto: “ordeno de entrar a ver la çiudat de Valaguer con solenidad, segun pertenesçe a los rreyes quando entran a las çiudades e lugares que ganan”. No sé de dónde saca el cronista los antecedentes a que se refiere. Desde luego, no de la historia reciente de Castilla, que es la que menos desconoce, porque tengo serias dudas de que remita a una tradición aragonesa. Habría que remontarse al reinado de Alfonso XI para encontrar un caso equivalente, que correspone a la toma de Algeciras en 1344, es decir casi tres cuartos de siglos antes de la toma de Balaguer. Huelga decir que la comparación con la toma de plazas moras resulta harto discutible e incluso de mal gusto, porque equivaldría a confundir la toma de Balaguer con la de Antequera. De peor gusto aún, si un devoto cristiano como Fernando no hace ninguna diferencia entre las dos poblaciones asediadas. De pésimo gusto en fin, si le anima la voluntad de demostrar a sus súbditos aragoneses las virtudes heredadas de sus antecesores castellanos. Sin embargo, no descarto que para el cronista la comparación fuera justificada desde uno o varios de esos prejuicios.

La ceremonia se resumió a un desfile de la victoria. Lo encabezaban los cincuenta combatientes que iban a recibir la orden de caballería, seguidos por el rey, que venía rodeado de pendones: delante, el de la Creu (“que es de los rreyes de Aragon, que hera vna cruz vermeja”), y la Divisa de Santa María (“que hera el canpo blanco e vn collar de las jarras de Santa María”); detrás, las armas reales de Aragón, la divisa de la Jarra (la orden que había creado Fernando siendo Infante de Castilla), y las armas reales de Sicilia (“dos aguilas prietas y bastones”). Los símbolos exhibidos, como fue el caso en la entrada en Antequera, resaltan los dos pilares de la autoridad, la religiosa y la real, y, para esta, una insistencia evidente en la persona de Fernando, a través de la orden de la Jarra.

Salen a recibirlo “los de la çibdad”, “según es costunbre de fazer a los rreyes”, con un palio (“vn paño de syrgo con sus varas”). El ritual de la armazón queda reducido al mínimo, limitándose el rey a dar con una espada desnuda “ençima de los baçinetes”. La población acompañó al rey con danzas y manifestaciones de alegría hasta la iglesia mayor donde oyó misa. Entregó la divisa del collar de las Jarras “a bien ochenta caualleros e escuderos catalanes e castellanos”.

En la ceremonia, se conjuga, pues, la recompensa recibida por los caballeros y escuderos vencedores con la celebración de la persona de Fernando, como rey pero también como dechado de caballería. Si el cronista no hubiera tomado la iniciativa de presentar el acto como una solemne entrada, el lector lo hubiera interpretado como una manifestación de regocijo propio de guerreros vencedores después de la dura prueba del asedio a una plaza fuerte.

 

Entrada del papa Benedicto XIII en Morella (18 de julio de 1414)

Fernando I y el papa Benedicto XIII habían concertado entrevistarse “sobre dar rrespuesta al enperador de Alemaña e al rrey de Françia sobre la vnion de la Yglesia.” (cap. 336), a consecuencia de la embajada del 30 de mayo anterior por la que se pedía al rey de Aragón se uniera al partido favorable a la sustracción de obediencia a Benedicto XIII. El lugar elegido para el encuentro fue la villa de Morella. Fernando la alcanzó el 1 de julio y esperó al Papa que tardó en llegar hasta el día 18. Proveniente muy probablemente de Peñíscola, este hizo etapa en Sant Mateu, que dejó, el 16, yendo hacia Morella.

El séquito papal se detiene en una “casería”, cuyo nombre omite el cronista como lo hiciera para la entrada del rey en Tortosa, a media legua de Morella, pero aún antes de llegar allí, a imitación del que le hizo el Sacro Colegio en la entrada a Tortosa, se le honra con un recibimiento a cargo de una delegación encabezada por el Infante don Sancho, hijo del rey y maestre de Calatrava, el almirante de Castilla, y los condes de Osona y Cardona.

El mismo rey se desplaza al caserío, ese mismo día después de comer, para visitar al Papa. El cronista se detiene en los pormenores de la entrevista, delatando que estuvo presente en ella, como lo demuestra el hecho de situar el asentamiento del santo Padre en el sobrado del portal de una pequeña casa, detalle que solo un testigo visual podía recordar. Esa primera toma de contacto entre los dos personajes se resume a un alarde de cortesías mutuas también protocolares: el rey hace la reverencia; el Papa se levanta de su silla (cubierta de un paño de oro) y se dirige andando hacia el rey; este le besa pie y mano; el Papa le “da paz”, besándole en el rostro, y le invita a sentarse entre dos cardenales. Luego, el Papa ofrece confites y vino a los visitantes, encargándose de servir al santo Padre, de confites, “por mayordomo el rrey”, y de vino, “de copa” su hijo, el maestre de Alcántara; y al rey, de confites, el conde de Trastámara y de copa, el conde de Cardona.

La entrada tiene lugar el miércoles 18 de julio. El rey, acompañado por su corte y por moradores de Morella, se adelanta para alcanzar al Papa antes de que llegue a las puertas de la villa. En ese momento empieza el relato detallado que hace el cronista del ritual que rige las “çirimonias que traen los Santos Padres”.

El Papa viene precedido por caballos blancos, mulas con mantas de escarlata cargadas con sus sombreros. En otra mula,

el cuerpo consagrado de Nuestro Señor Ihu Xpo en vna arca que podia ser de luengo de quatro palmos, que venia muy bien asentada de luengo ençima de la mula, que hera fecha como munimiento toda colorada de paño de grana e las guarniçiones de plata e, ençima della en el comedio, vna cruz pequeña de plata blanca muy bien asentada. E, ençima de la çerradura, venian dos llaues a rremenbrança de las que tenian san Pedro e san Pablo e, de yuso de la vna, vna luna e, entre las lunas, la señal por do abren la arca.

El rey y sus acompañantes se arrodillan cuando pasan el arca y el clérigo cargado con una cruz que preceden al Santo Padre y, a continuación, el rey hace reverencia al Papa: le besa la mano y este le da paz.

Detrás de la mula y su arca vienen doce hombres que llevan hachas de cera ardiendo (de día, en pleno mes de julio) y un sacristán del Papa en otra mula. Luego, montado en un caballo, un hombre alza la bandera o pabellón del Papa, que al cronista le cuesta identificar y describir (“un como tendejon […] a que dezian pauillon”). Sigue otra mula, blanca esta, con la zapatilla (también designada por “mula”, de ahí los equívocos entre “mula” y “mula” del Papa), cubierta de un paño de escarlata, a imitación del mulleo de los antiguos senadores romanos.

Al pie de la cuesta de Morella, el séquito se detiene ante una casa, dentro de la cual al Papa le quitan el manto de escarlata, el capirote y el sombrero que llebaba puestos hasta ese punto, para vestirlo de pontifical, es decir con los ornamentos que sirven para celebrar el oficio divino, “e ençima vna capa de sirgo vermeja e vna mitra blanca en la cabeça con aljófar”. Montado en su mula, viene precedido por otra mula también blanca que lleva otros tres sombreros colocados sobre palos. Con ese aparato, camina hasta cierto punto de la subida, donde le espera una procesión formada por “los capellanes del rrey e de la villa e asy frailes e clerigos con las cruzes de la villa e de la capilla del rrey muy solenemente hordenadas”, que se une al séquito y le acompaña con sus cantos. El rey y los altos señores que vienen con él se encargan de llevar el palio (“vn paño de syrgo que ende tenian çerca de la proçesion los ofiçiales de la villa con sus baras”) para abrigar al Papa hasta la puerta de la villa. Completan el séquito doce hombres llevando hachas de cera blancas que se reúnen con los que ya precedían el arca.

En otro punto más delante de la subida, se ha instalado un monumento “do estaua vn altar cubierto de paño de syrgo e, antel altar, estaua sobre vnas almuadas e vn paño de oro vna cruz muy rrica de plata”. Descabalga el Papa y, mientras el rey mantiene la falda de su capa, se arrodilla ante la cruz y la besa “con la boca e con los ojos”.

El último ramo de la subida, hasta la puerta de la villa, el rey lo recorre a caballo, a instancias del Papa, sin duda informado del mal estado de salud del rey.

Desde la puerta de la villa hasta la catedral, el ambiente cambia de signo. El aspecto religioso se mantiene (“toda la clerecía cantando”), pero aparecen manifestaciones de un jolgorio más popular: “troxieron al Papa muchos juegos por lo honrar […] e muchos juglares”.

Después de la adoración de la cruz y la concesión de perdones (“que oviesen los que con el venian syete años e syete quarentenas de perdon los confesados o que confesasen dende a ocho días”), Benedicto vuelve a cabalgar y se retira al convento franciscano en el que se hospeda.

 

Entradas en Valencia (diciembre de 1414 y junio de 1415)

 

Entrada del Papa y del rey (diciembre de 1414)

La reunión en Valencia del Papa y del rey tenía como objetivo principal preparar el posible matrimonio del Infante don Juan con la reina Juana de Nápoles, que acababa de suceder a su difunto hermano Ladislao. Este proyecto interesaba sumamente a Benedicto, porque Nápoles era uno de los pocos reinos que le mantenían la obediencia y la ciudad de Roma estaba bajo su protección. En aquel momento, el rey compartía su opinión al respecto: “enían casar su fijo porque fuese rrey de Napol, porque dezian que, sy el rreyno de Napol fuese en poder de su fijo, el ternia a Roma e pornia a nuestro señor el Papa en Roma”.

Ante la perspectiva de una doble entrada solemne, el rey cedió el primer lugar al Papa. Si se toma a la letra el texto de la crónica, se sucedieron con un día de diferencia la entrada del Papa, la del rey y la de la reina con el Príncipe. El cronista no escatima superlativos acerca de las ceremonias que acompañaron las entradas, que tenían fama de ser señaladas en la ciudad de Valencia, pero se muestra desgraciadamente poco más que alusivo al describirlas: “E fizieron vn dia muy gran rreçiuimiento al Papa con muy estrañas çerimonias e juegos que en Valençia fazen a los rreyes, los quales enían muy muchas mas de las que solian para rreçiuir al Papa e al rrey” (cap. 355).

 

Entrada de la Infanta de Castilla (junio de 1415)

Se había cumplido el plazo previsto para celebrar las bodas del Príncipe Alfonso con su prima, la Infanta María, hija mayor de Enrique III de Castilla y de la reina Catalina. El Príncipe tenía 19 años y la Infanta iba a cumplir los 14, el 1 de septiembre. La reina Catalina hubiera preferido que esta ceremonia se hiciera en Castilla, pero “por conplazer al rrey de Aragon”, se conformó con el deseo de éste. Debió influir en su decisión que la unión fuera bendecida por el Santo Padre, cosa que no hubiera sido posible, dada la avanzada edad del pontífice, si el matrimonio se hubiera celebrado en Castilla, y también porque la unión de dos primos hermanos exigía por lo menos el aval de la Santa sede.

La Infanta fue recibida por el rey con todo el boato que se solía reservar a altos personajes, pero a tono con la poca edad de los futuros esposos. El rey fue a recogerla “allende de Requena”, es decir en la raya de Castilla y para su entrada en el reino se desarrollaron “justas e torneos e otras çirimonias”, ordenadas por la reina que fue quien, al parecer, se hizo cargo de la organización de los festejos. De creer al cronista, la entrada en Valencia fue digna de la que se había celebrado cuando entró el propio rey, en el mes de diciembre anterior.

 

Entrada del emperador Segismundo en Perpiñán (13 de septiembre de 1415)

Las vistas de Perpiñán (cap. 368) son el acontecimiento diplomático culminante del corto reinado de Fernando y en buena medida el canto del cisne de un rey moribundo. La presencia simultánea en el territorio de la Corona del emperador Segismundo y del Papa Benedicto exigió una rigurosa logística, complicada por la débil salud de Fernando y los caprichos de sus huéspedes.

Inicialmente estaba previsto que las vistas se hicieran en Niza. Ya a punto de zarpar del Grao de Valencia las naves que tenía preparadas para alcanzar aquella ciudad, el rey tuvo un ataque grave de la enfermedad de la que sufría y de la que moriría pocos meses después (“el açidente de su dolençia”, dice el cronista), lo que le impidió honrar la cita. A consecuencia de ese contratiempo, propuso que las vistas se hicieran en Perpiñán, lo que terminaron por aceptar el emperador y el Papa.

El cronista no relata cómo se hizo la entrada de Benedicto a Perpiñán, sino que allí llegó primero, antes que el rey que tuvo que desembarcar por fuerza en Collioure y seguir en andas hasta el lugar de la cita. Mientras tanto, el emperador se alojó en Narbona, ciudad francesa, y luego navegó hasta el Canet, donde empezó la ceremonia del recibimiento presidida por el príncipe Alfonso en nombre de su padre.

La llegada del emperador por mar, aunque complicó algo el protocolo, dio la oportunidad a los aragoneses de añadir actos inesperados en los que pudieron lucirse. Se improvisó un campamento de tiendas, entre otras “la su [del rey] gran tienda de las torres” que supongo sería la más amplia y lujosa que tuviera, en las que el emperador y sus acompañantes pudieron comer y dormir, quizás en la misma playa, ya que la acogida tuvo lugar el miércoles 18 de septiembre, como apunta precisamente el cronista, época del año en que alojarse al aire libre era fácil e incluso agradable. El Príncipe estaba acompañado por su hermano Pedro, por varios obispos aragoneses y castellanos (de Tarragona, de Palencia y de Zamora) y altos señores (Enríquez Pérez de Guzmán, conde de Niebla es el único nombrado). La composición de la delegación era acertada (y probablemente concertada con el Papa, que se mostraba muy exigente en cuestiones de protocolo), al favorecer a la representación eclesiástica e incluir a obispos castellanos, como si toda la nación española participara en las vistas y no solo la Iglesia de la Corona. Esto tranquilizaría sin duda al emperador dejándole esperar una solución definitiva del Cisma, ya que esa nación formaba el grupo más fuerte que seguía oponiéndose a la sustracción de obediencia.

Cuando emprendió su camino hacia Perpiñán, el emperador vio venir a él varias delegaciones, una tras otra, según un orden nada improvisado: “quanto a media legua de Perpiñán”, los embajadores del rey de Castilla; el maestre de la Montesa; el Príncipe Alfonso y los ricos hombres y caballeros aragoneses que le habían acompañado en Canet; una delegación pontificia numerosa, encabezada por el camarlengo, seguidos e los cinco cardenales. Así se completaba el protocolo, al reunirse simbólicamente las tres entidades, – Imperio, Santo Padre e Iglesia española – que iban a participar en las negociaciones.

En la Puerta de la Paz, donde habían salido los moradores a honrarle con juegos, se había montado un cadalso con una silla, la misma en la que el rey solía jurar los privilegios de la ciudad. El emperador no quiso sentarse, sino que se mantuvo de pie junto con las otras autoridades. Allí recibió del rey el obsequio, habitual y reservado a los visitantes ilustres, de “vn cauallo castellano con sus guarniçiones de plata, dorado el freno, e la sylla cubierta de plata dorada, el freno e la silla cubiertos de tapete de velud clemesyn”. Luego Sigismundo recorrió la ciudad por calles cubiertas a modo de cielo con paños blancos de lana y las paredes de las casas guarnecidas de paños de diversos colores hasta entrar en el convento de San Francisco en el que iba a hospedarse.

El cronista se explaya en la descripción de los hábitos del emperador y de su caballo, en el que dominaba el color negro para demostrar que “traya duelo por la Yglesia”, y el considerable acompañamiento de hombres de armas: treinta y siete pajes, trecientos caballeros, cuarenta con armadura dorada y los demás con arcos y ballestas.

 

CONCLUSIÓN

No consta en la Crónica que el rey visitara Tarragona (a pesar del mes que pasó en las cortes de Montblanch) ni Gerona. Pudo haberlo hecho yendo a Perpiñán, desde Valencia, de donde salió, pero optó por la vía marítima, lo que le apartaba de las ciudades de la costa. No creo que fuera intencionado, sino que tenía la flota preparada para ir a Niza y la aprovechó para acercarse por mar, hasta donde se lo permitió su enfermedad, concretamente a Collioure. Por otra parte, Luis Panzán nos informa que, conquistada Balaguer, estuvo en Calatayud y Daroca, y luego en Teruel para ordenar la administración de esas comarcas. Es muy posible que esas estancias dieran lugar también a una recepción solemne.

A lo largo de los escasos cuatro años que duró su reinado – 29 de junio de 1412 – 2 de abril de 1416 -, y de los grandes asuntos que tuvo que tratar – toma de posesión, sitio de Balaguer, negociaciones en torno al Cisma, cortes de Zaragoza y de Montblanch, bodas de sus hijos Juan y Alfonso, etc. – se entiende que no tuviera tiempo para más. Con todo, ha sacrificado al rito con cierta constancia, como correspondía a un rey nuevo, pero también y quizás, sobre todo, porque era requisito imprescindible para dejarse ver por unos súbditos que no lo conocían, al haber nacido y haberse criado en otro reino. También le convenía familiarizarse con las costumbres y prácticas sociales de la Corona de Aragón y ese era un medio adecuado para conseguirlo.

Si el testimonio del cronista es bastante fidedigno tratándose de señalar las entradas solemnes celebradas, lo es menos en lo que interesa su desarrollo preciso. A medida que avanza el relato, se muestra cada vez más elusivo, lo que se comprende en la medida en que esas ceremonias van haciéndose más rituales al repetirse. Hace falta un elemento nuevo para que el cronista se tome el trabajo de comunicar los detalles de las ceremonias. Al ser la primera, relata con precisión la entrada en Sevilla (1412), pero las siguientes revisten un carácter más rutinario, dentro de lo que cabe. El principal elemento novedoso aparece cuando el rey ya no es el protagonista único, sino que comparte esa calidad con otros personajes fuera de lo común, concretamente el Papa Benedicto y el emperador. La irrupción de estos provoca una verdadera conmoción de la que el cronista se hace eco.

La presencia física del Pontífice ya de por sí es un hecho poco menos que milagroso, pero creo que más peso aún tiene la personalidad de Benedicto XIII. Impresiona su edad provecta. Su longevidad hace de él el testigo de un pasado tan lejano que la mayoría ni siquiera lo puede recordar. Cuando nació, Alfonso XI de Castilla apenas había alcanzado los 18 años y el rey de Aragón era Alfonso IV, abuelo del difunto Martín el Humano. Benedicto solía usar a modo de argumento de autoridad, no desprovisto de cierto sarcasmo (por ejemplo, a expensas del emperador en Perpiñán), esa enorme diferencia de años que llevaba con sus interlocutores. Como Papa, además de la autoridad que su unción le otorgaba, ostentaba la de depositario de una tradición inmemorial, que se preocupaba de mantener en su rigor protocolar y a cuyos signos no cesaba de recurrir en público como en privado. Es evidente que el cronista interpretó la entrada del Pontífice a Morella como un acontecimiento excepcional y quizás sin equivalente en su vida.

La entrada del emperador Segismundo a Perpiñán es otro gran acontecimiento al que el cronista prestó una atención particular. No podía ser menos, tratándose del título civil más alto de la cristiandad, aunque entonces solo tuviera el de Rey de Roma, a lo que hay que añadir el carácter a la vez imponente e insólito o exótico (concepto sin duda anacrónico) de ese personaje y de los que le rodeaban. El emperador era muy consciente de ello, como lo demuestra la burla que montó con uno de sus privados, como lo comentaré en “Dos figuras de bufones en la corte de Fernando I”.

Uno de los rasgos más sobresalientes de esas entradas reales es la gran diferencia de tratamiento que el cronista reserva a la parte protocolar, por la que no escatima detalles, y a las manifestaciones populares, que resume en unas pocas palabras, repetidas casi idénticas: “juegos”, “juegos e alegrías”, “con grande alegría”, “las mayores alegrías del mundo”, “hera marauilla las alegrías que fazian”, “con las mayores alegrías del mundo”, etc. Por mucho que uno se afane, no hay manera de saber en qué consistían esas manifestaciones, si se limitaban a la participación de los moradores a agrupaciones multitudinarias y a una expresión espontánea de alegría, o si consistían en formas más elaboradas con la participación de profesionales e incluso de un decorado específico. La única mención de un personal cualificado concierne a “menestriles e juglares”, tanto del emperador como del rey, que participaron en la entrada de Segismundo en Perpiñán. La discreción del cronista me parece muy reveladora de que su testimonio está destinado a un lectorado cortesano poco interesado por las manifestaciones de carácter popular. En particular, resulta muy frustrante no saber más “muy estrañas çerimonias e juegos que en Valençia fazen a los rreyes, los quales tenian muy muchas mas de las que solian para rreçiuir al Papa e al rrey” (cap. 355), sabiendo que los festejos valencianos siempre han sido renombrados.

30 de julio de 2022

Aguasvivas

El topónimo “Aguasvivas”

 

(Libro de Buen Amor, 302a)

y un episodio de la Crónica de Juan II (junio-julio de 1429)

 

Si no impenetrables, a menudo sorprendentes son las vías por las que la inspiración del momento suscita el interés del investigador por un tema insospechado. Me siento incapaz de decir qué circunstancias me llevaron a redactar algunos títulos que figuran en mi bibliografía personal. Supongo que esto habrá ocurrido a muchos. A veces, la lectura de un artículo nos incita a someter a nuevo enfoque algún tema familiar. Esta oportunidad, acaba de dármela, hace unos días, la recepción del sexto volumen de Actas de los Congresos homenajes que el Ayuntamiento de Alcalá la Real va dedicando a eminentes especialistas de la obra del Arcipreste de Hita, por iniciativa y al cuidado del excelente Francisco Toro Ceballos. Hojeando el que acaba de ofrecerse a mi admirada colega Folke Genaert, me detuve, como no podía dejar de hacerlo, en la contribución del Profesor Jacques Joset y me llevé una sorpresa garrafal. En la primera de sus dos “Notas ruicianas”, en la que intenta desentrañar el significado de la expresión “a aguas vivas” que aparece en el verso 302a del Libro de Buen Amor, se refiere a un pasaje del Reportorio de Príncipes de Pedro de Escavias. No me resulta tan habitual ver mencionada esta obra primeriza mía y menos para aclarar un punto tan alejado cronológica y temáticamente de las preocupaciones del caballero andujareño. Además, el hecho de utilizarla como instrumento para aclarar un topónimo oscuro no deja de abrumarme – y de emocionarme el que el amigo Jacques maneje con cierta frecuencia esa obra -, aunque coincida con la idea que fue la mía desde un principio, de que el Reportorio podía servir de útil manual para un mejor conocimiento de la realidad castellana de la Baja Edad Media. Confieso además que, si bien la he utilizado con ese fin en numerosos casos, no creo que se me hubiera ocurrido hacerlo de encontrarme en el trance de aclarar el sentido de ese verso del Libro de Buen Amor. Mi sincera enhorabuena y profundo reconocimiento a don Jacques por este detalle que me llega al corazón.

El pasaje de Escavias citado resume un episodio del reinado de Juan II, concretamente el intento de invasión del territorio castellano por las tropas de Alfonso V, de su hermano don Juan, rey de Navarra, y de su otro hermano, don Enrique, maestre de Santiago, con el fin de alejar a Alvaro de Luna del poder. Estos acontecimientos, como es bien sabido, se sitúan en junio y julio de 1429. La cita de Jacques Joset ha despertado mi curiosidad porque coincide con una preocupación que voy llevando, desde años atrás, la de mejorar la identificación de las fuentes del Reportorio que realicé para mi edición de 1972, y que me resulta a todas luces insuficiente, después de tantas novedades que, a lo largo de estos cincuenta años (se dice pronto), se han publicado para mejor conocimiento de las fuentes cronísticas castellanas. Hasta la fecha, no he podido afrontar tamaña empresa, pero no descarto la posibilidad de analizar algún elemento aislado.

Mi interés por este episodio histórico se debe también a que la comarca concernida fue la cuna de mi familia, tanto materna (Medinaceli, Utrilla, Arcos de Jalón, Santa María de Huerta) como de mi familia paterna (Judes, Arcos de Jalón), y a que la he recorrido en numerosas ocasiones desde que la descubrí, siendo niño, en 1955. Al respecto, remito a Histoire de ma famille maternelle, bajo Textes inédits en la parte francesa de esta misma página web.

 

Resumen de los hechos

Los reyes de Aragón, Alfonso V, y de Navarra, Juan II, entraron en Castilla el 23 de junio de 1429 desde Ariza y se reunieron con su hermano, el maestre de Santiago don Enrique, cerca de Hita. Allí los alcanzó Álvaro de Luna con la vanguardia del ejército castellano que el rey Juan II estaba reuniendo a toda prisa. El enfrentamiento entre los dos bandos no pasó de unas escaramuzas y se acabó después de la intercesión, primero del cardenal de Foix, legado de Benedicto XIII, luego de la reina María, hermana del rey don Juan y esposa de Alfonso V, que consiguió la retirada de los reyes de Aragón y Navarra a cambio de un seguro de cuatro días, que era el tiempo necesario para abandonar el territorio del reino. Los reyes se habían convencido del peligro que corrían, lejos de sus bases, al no recibir la ayuda esperada por parte de ciertos señores castellanos y ante la llegada cada vez más numerosa de tropas frescas castellanas. En el camino de vuelta, con Álvaro de Luna pisándoles los talones, “fuéronse camino de Aragón a más largo paso que a la venida”, en términos del cronista Alvar García de Santa María. De lo que dicen las crónicas, se deduce que en su vuelta siguieron el camino de ida, y cruzaron la raya de Aragón por Santa María de Huerta, hacia Ariza.

El maestre de Santiago acompañó a sus hermanos, no se sabe si por cortesía o para protegerse, ya que contaba con demasiadas pocas lanzas para andar por territorios hóstiles. Lo que interesa aquí es identificar el lugar en el que se separa de sus hermanos para volver a las tierras del maestrazgo donde se sentía más seguro.

 

Se despide el maestre Enrique

El Halconero es el que proporciona más detalles sobre el momento y lugar en que el maestre se separa de sus hermanos. Proporciona una fecha, el domingo 3 de julio, es decir al término de los cuatro días de plazo aceptados por los Castellanos, ya que el trato conseguido por la reina María lo fue el miércoles anterior, 30 de junio. Se supone, por consiguiente, que dicha separación tuvo lugar en la raya de Aragón. Lo confirma el camino que, según aquel cronista, siguió don Enrique, camino de Uclés: Medinaceli, Canrredondo (al este de Cifuentes), Escanillas (léase Escamilla), la puente de Alcocer y la ribera del río Maya (léase río Mayor, que cruzaría en Huete). Sin embargo, no designa el lugar preciso.

Alvar García de Santa María confirma por donde los reyes volvieron a entrar en Aragón:

El Infante don Enrique llegó con los Reyes a Huerta, que era en los confines de Castilla e de Aragón, e volvióse para su Maestrazgo a donde estaba la Infante doña Catalina, su mujer, al tiempo que lo sobredicho se concordó.

Hasta este punto, el Reportorio de Pedro de Escavias se atiene fielmente a las reglas del resumen cronístico, aportando el mínimo de información necesaria para que el lector pueda seguir el desarrollo de la narración, – datos geográficos imprescindibles, un párrafo para explicar el motivo alegado por los reyes para entrar en Castilla, etc. – todo ello sacado de las fuentes de que dispone, elegidas con criterio seguro. De pronto, irrumpe con un dato ausente de las crónicas, el topónimo Aguasbivas. En realidad, es la segunda vez que Escavias añade un dato por su cuenta, siendo el anterior la designación del alto, el ‘Cerro de los Infantes’ cerca de Hita, en el que Alvaro de Luna se había hecho fuerte para hacer frente a las tropas invasoras, mucho más numerosas. Si bien ese Cerro de los Infantes sigue siendo un enigma, no así Aguasvivas que, con la variante del singular por el plural, se documenta en algunos mapas. Aprovecho esta oportunidad para resaltar la ayuda preciosa que me ha prestado y sigue prestándome, como editor, el Mapa oficial de carreteras del MOPU (Ministerio de Obras Públicas), al recoger muchos topónimos antiguos, sobre todo desde el momento en que sus autores tuvieron el acierto de añadirle un índice de lugares (edición 34, 1999).

A pesar de su novedad, la versión proporcionada por Escavias no contradice fundamentalmente los testimonios conocidos, si bien difiere en la destinación final del maestre: “Y llegando a Aguas Biuas, que es el mojon de los rreynos, el ynfante don Enrique, su hermano, bolviose con su gente para Ocaña”. La lección Ocaña sería aceptable si el Halconero no hubiera detallado tan precisamente el camino seguido por el maestre hacia Uclés. Escavias pudo haberse confundido de buena fe, no solo por ser Ocaña cabeza de una encomienda mayor de la orden de Santiago, sino porque al parecer, don Enrique había salido de allí para reunirse con sus hermanos en Sopetrán. Por lo tanto, ya dispuestos a seguir la opinión de nuestro andujareño, ¿en qué medida podemos hacerlo cuando designa a Aguas Vivas como lugar de la separación?

El lugar existe. Madoz lo incluye en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico (T. I, p. 127-128) y lo localiza en la provincia de Soria, partido judicial de Medinaceli y diócesis de Sigüenza, características administrativas que corresponden a todos los pueblos de la comarca cruzada por el río Jalón desde su fuente hasta Santa María de Huerta. Añade: “Su término confina por norte con el de Taroda, por este con el de Utrilla, por sur con el de Somaén y por oeste con el de Badona”. En el mapa del MOPU, aparece bajo el nombre de Aguaviva de la Vega y está situado a 19 kms (algo más de 3 leguas castellanas) de Santa María de Huerta, pasando por Utrilla y Almaluez. Esta distancia no contradice el que se la designe como mojón entre los dos reinos y, en buena medida, corresponde a la distancia prudencial que un señor castellano de la importancia de don Enrique debía mantener con un territorio extranjero, aunque el monarca fuera su propio hermano.

Concluyo que el lugar designado no es una invención de Pedro de Escavias sino una aportación digna de tomarse en cuenta, por llenar el vacío del Halconero y la Refundición, y ser más plausible que ‘Huerta’ (Alvar García) que sirve más para indicar una comarca indeterminada en torno a un monasterio famoso que un lugar preciso, como ese modesto pueblo soriano, desprovisto de cualquier importancia, aparte su localización.

Saber de donde sacó esta información el autor del Reportorio es empresa harto difícil. Suponer una fuente desconocida es la primera hipótesis que a uno se le ocurre, pero es poco verosímil, por cuanto Escavias ha demostrado de sobras que no se aparta de las que conocemos. También descarto que lo deba a un testimonio ajeno, porque me cuesta trabajo imaginar que, cuando redacta el resumen de ese reinado, treinta o cuarenta años después de los sucesos, recurriría a un testigo presencial. Otra hipótesis consiste en suponer que es un dato que le venía de su propia experiencia. En efecto, lo más probable es que haya participado en el episodio. La biografía de Pedro de Escavias presenta lagunas que la documentación al alcance no permite colmar. Con todo, parece seguro que estuvo en la corte real hasta por lo menos el año 1437, momento en que redacta la elegía fúnebre al joven conde de Mayorga, como lo señala en el encabezamiento de sus poesías recogidas en el Cancionero de Oñate. La poca distancia temporal que separa este suceso y los acontecimientos de 1429 aboga por una participación personal de nuestro andujareño en la empresa, al lado del rey don Juan quien tuvo una parte muy activa en ella.

Esta hipótesis queda reforzada por la aparente anomalía de la mención del Cerro de los Infantes ya señalada. Es un dato que no reproducen los cronistas y su omisión no incide en la comprensión del pasaje, sino más bien lo aligera de un elemento innecesario. Paradójicamente, esa dimensión meramente anecdótica es la que induce a pensar que Escavias no quiso dejar de aprovechar un dato que solo podía recordar a tan larga distancia un testigo presencial. Incluso sospecho un rasgo de humor por su parte, porque el topónimo designa el lugar en que había acampado justamente el enemigo de los Infantes, como se designaron a los hijos de Fernando de Antequera antes de que alcanzaran sus títulos posteriores.

 

Aguasvivas en la obra del Arcipreste

De todo ello resulta que el Aguasvivas del verso 302a del Libro de Buen Amor no debe tomarse literalmente sino que apunta, como lo sospecha Jacques Joset, hacia un topónimo usado metafóricamente: “salir corriendo hacia un lugar muy lejano”. Es una expresión coloquial no exclusivamente castellana. En mi niñez landesa, ese punto inasequible a la que condenábamos al compañero expulsado era ‘Pampelune’, una ciudad que para nosotros era más legendaria que real. Noto como una extraordinaria coincidencia que la mención de este pueblo mojón entre los reinos de Castilla y Aragón pertenezca al relato de un acontecimiento histórico que concierne también la villa de Hita. Pensándolo bien, dudo que sea una casualidad si el camino seguido por las tropas en retirada fuera el mismo que el que asigna el dicho popular a los que huyen, desde esa zona (entre Cogolludo al norte y Torre del Burgo, al sur), hacia Aragón, aunque solo sea porque Huerta y su comarca era el punto más asequible para quien quisiera alcanzar el territorio del reino vecino. Esta realidad era la misma, un siglo antes, y el Arcipreste de Hita, si es que el autor del Libro de Buen Amor lo fuera, como familiar de esos lugares, no podía ignorarlo. Se lo recordaba oportunamente una expresión coloquial que formaba parte de su bagage lingüístico.

 

Conclusión

Podría concluir aquí estas divagaciones, contentándome con subrayar una coincidencia geográfica compartida por los castellanos de mediados del siglo XIV con los de 1429. Pero, ya dispuesto a dejar rienda suelta a mi imaginación, la explicación se me queda algo corta. ¿Qué necesidad tenía Pedro de Escavias de poner su grano de sal en un plato lo suficientemente condimentado? ¿Quería lucirse? Supongamos que quiso demostrar que había leido al Arcipreste. ¿Qué mejor medio tenía de hacerlo que una alusión más que discreta a un verso de su obra? Ya he sugerido que la indicación del Cerro de los Ynfantes puede interpretarse como un rasgo irónico dirigido contra los que fueron los Infantes por antonomasia. La mención de Aguaviva parece responder al mismo talante humorístico. Es como si los dos topónimos “inventados” por Escavias tuvieran más objeto que el de informar de la realidad de los hechos, el de facilitar una intrusión personal del cronista que rompe así con la monotonía de su tarea, aún a riesgo de ser entendido por pocos.

Semejante hipótesis parecerá descabellada. Sin embargo, en un trabajo anterior (“La noción de género en el corpus cancioneril: el caso de la serrana”, Padova 2005), al estudiar las serranas del Marqués de Santillana, he señalado que éste fue el iniciador de un movimiento de recuperación de las serranas del Arcipreste de Hita que dio lugar, en la corte de Juan II, a unos intercambios entre Iñigo López de Mendoza y algunos jóvenes trovadores. Fue en esas circunstancias cuando Pedro de Escavias compuso la primera versión de su serrana, al mismo tiempo que otro joven émulo del Marqués, Fernando de la Torre, compuso su serranica. No parece admisible que Escavias no conociera la obra del Arcipreste si la imitó, aunque fuera por mediación del Marqués. Me imagino que las obras de Santillana servirían más bien de lazo con el Libro de Buen Amor que de pantalla opaca entre aquél y sus imitadores.

Creo que acertó el Profesor Joset al reunir en un misma nota a Juan Ruiz y a Pedro de Escavias, y opino que esa coincidencia no es ocasional.

[A punto de publicarse: edición y comentario del testamento de Pedro de Escavias (1485)].

 

Anejo

Copla que compuso mi abuelo Alejandro Muñoz para celebrar su pueblo de Utrilla y que, bien mirada, es el esbozo de un romance fronterizo:

Cuatro cosas tiene Utrilla

que no las tiene Aragón

la plaza y la plazuela

la Puerta Encima, la Hondón.

 

31 de mayo de 2022

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El topónimoAguasvivas” (II)

 

En mi nota anterior, admito no saber identificar el topónimo Çerro de los Ynfantes mencionado por Pedro de Escavias en su Reportorio de Prinçipes dEspaña. Mi amiga Rosalía Calzado Chamorro, experta en el manejo de fondos documentales disponibles en internet, ha localizado el lugar. Por otra parte, ha conseguido también situar otro topónimo por mí desconocido, el de Puente de los Roderos. Esta doble hazaña documental me obliga a revisar la versión anterior que di del episodio guerrero que enfrentó a los reyes de Aragón y Navarra con el condestable Álvaro de Luna en junio y julio de 1429.

 

Los dos partidos se preparan

Vale la pena retomar paso a paso el relato de Alvar García de Santa María, el más completo conservado. Como cronista oficial, enfoca los hechos desde la perspectiva del poder, alternando la narración de los actos del rey con los del condestable. En la corte, se sabía de fuente segura desde el mes de abril que los reyes de Aragón y de Navarra se preparaban para entrar en el reino de Castilla, aunque lo ocultaran bajo pretextos poco creíbles:

Decíase por çierto como el Rey de Aragón facía algunas novedades en su reino de apercibimientos de gente e bastecimientos e reparamientos de castillos, e que eso mismo facía el Rey de Navarra, e que enviaba sus cartas de apercibimiento a algunos caballeros e escuderos de este reino, que de él tenían tierras e acostamientos. E asi el Rey de Aragón como el Rey de Navarra, queriendo encubrir la razón porque facían estos apercibimientos e llamamientos, decían que habían de enviar cierta gente de armas en ayuda del Rey de Francia para la guerra que había con los ingleses. E tanto cuanto más disimulaban e buscaban razones para encubrir su venida por esta manera, más había razón el Rey sospechar de ella; e que porque para estas cosas cumplía más la estada del Rey de aquende los puertos que allende, acordó de partir de Illescas para aquende los puertos, e partió en comienzo del mes de Abril de este año que fabla la historia. También la Reina e el Príncipe partieron, e pasaron los puertos.

La mención de una petición de ayuda al rey de Aragón desde el reino de Francia pudo no ser imaginaria, por cuanto coincide con un momento clave para el Delfín Carlos, cuando decide, a instancias de la Poncela, de intentar romper el asedio de Orléans por las tropas inglesas. Juana llega a Chinon a finales de febrero de 1429 y su primera entrevista con Carlos se suele situar el 25 de febrero, pero la decisión de mandar tropas hacia Orléans no se toma antes de finales de marzo y primeros días de abril. La llegada de la joven lorena a la ciudad con el convoy encargado de avituallar a la población tiene lugar el 28 de abril y las tropas inglesas levantan el asedio el 8 de mayo. Es un calendario muy apretado y, de suponer que la petición de ayuda por el Delfín concerniera esa campaña, resulta poco factible que el rey de Aragón consiguiera hacer llegar tropas suyas hasta el Loira. Todo lo más que podemos suponer es que la comunicación entre Aragoneses y Franceses era constante y, en la Península, se seguía de cerca lo que ocurría en el reino vecino.

El motivo alegado por los reyes era, según Alvar García, “[…] por poner la mano en los negocios del reino, e echar de la corte a aquellos que el Rey quería cerca de si, ó poner otros que ellos quisiesen”, formulación que Escavias expresa en términos más directos: “la yntençion de los Reyes de aragon e de nauarra e del ynfante don enrrique era apartar del Rey al condestable don aluaro de luna e dar otra orden en la goverrnaçion de sus Reynos”. No es una posición nueva la que defienden los reyes, sino que ésta reanuda o pretende reanudar con la que el Infante Juan pudo imponer dos años antes, al conseguir aislar al condestable dentro del Consejo real. Si la maniobra del Infante había alcanzado en septiembre de 1427 un éxito inmediato, obligando al valido a retirarse de la Corte, no fue suficiente para mantener más que unos meses la ilusión de un poder eficiente compartido con la oligarquía del reino, lo que se tradujo por exilio del Infante fuera de Castilla y el retorno del condestable (enero de 1428) con una posición fortalecida en el Consejo.

En la primavera de 1429, no parecía sino que las condiciones de un golpe similar al de 1427 estaban de nuevo reunidas y que el rey de Navarra, que disfrutaba además del sostén presencial y militar de su hermano, el rey de Aragón, que se comprometió personalmente en el asunto, podría renovar su éxito anterior. Al principio del capítulo que dedica al reinado, Escavias comete un fallo que denota como, después de muchos años, percibía ese conflicto en torno a la persona del condestable:

desque [el rey] fue de hedad de doze años salio de alli [de Valladolid] e andubo por algunos lugares de la comarca en poder de Juan Furtado de Mendoça que ya era su ayo el qual Juan Furtado era casado con doña Maria de Luna e ella traxo de Aragon a vn sobrino suyo que llamauan Aluaro de Luna e a causa suya el dicho Juan Furtado le puso en la camara del Rey. El qual tomo tanto amor con el e fue tan grande privado que, como quier que el ynfante don Juan que fue Rey de Nauarra e despues de Aragon e el ynfante don Enrrique su hermano maestre de Santiago, primos del Rey e hermanos de la Reyna doña Maria, su mujer, e otros grandes del Reyno le fizieron desterrar de la corte por dos o tres veces, tan grandes privança fue la suya que no lo pudieron escusar que el Rey no le fiziese el mayor onbre de sus Reynos.

A no ser que se incluya en esas “dos o tres veces” la condena final de Álvaro de Luna, lo cual tiene poco sentido, ya que ocurre veinticinco años más adelante y los actores de su caída no son los mismos que los que intervinieron en 1427, lo que recuerda Escavias es la sensación de un tira y afloja entre el condestable y sus enemigos que volvía a manifestarse episódicamente sin resolverse de una vez para todas. La reanudación del conflicto abierto, dos años apenas después de su resolución en principio definitiva, hace que este cobre en su recuerdo un carácter recurrente que caracteriza y, en cierta medida, resume la política interior del reinado de Juan II.

Sin embargo, entre los dos episodios existe una enorme diferencia, en la medida en que el partido del rey de Navarra renuncia, por esta vez, a una solución política y le sustituye una intervención armada. En este punto, el historiador moderno sabe que tiene que andar con pies de plomo para no caer en esquemas explicativos anacrónicos. ¿Cómo definir, en efecto, la naturaleza de la entrada militar de los reyes, desde el punto de vista de cada partido?

Tal como la transcribe Alvar García, la reacción del rey de Castilla consiste en denunciar un acto ofensivo hacia el reino y degradante hacia la  persona del rey, cuya justeza convence sin dificultad a un lector de hoy:

[…] e diciendo de su parte que escribiese al Rey de Navarra que cesase al presente esta venida por esta manera, e que non la ficiese con el Rey de Aragon, ni sin él, ca habría de ello muy gran enojo, e con razón, porque él podía bien entender si le podía ser fecha mayor injuria que venir ellos, ó cualquier dellos en su reino con gente de armas, ó contra su voluntad. [cap. III]

Es cierto que los reyes no hacen preceder su intervención con una declaración de guerra oficial, sin embargo, el mero hecho de amenazar cruzar la raya al frente de un ejército aragonés se asemeja indudablemente a un acto de guerra. Así lo entendió el rey de Castilla y toda la acción que llevaría a cabo el condestable está inspirada por la convicción de oponerse a una invasión y la necesidad de plantar batalla al invasor.

Carecemos de una información precisa para conocer el punto de vista de los invasores, por lo que no hay más remedio que deducirla de su comportamiento a lo largo de esa semana larga. Se supone que el rey de Navarra no está conforme con la visión del rey de Castilla. Lo que ambiciona es volver a un territorio del que ha sido expulsado injustamente y que, como señor de bienes y vasallos en Castilla, no considera como extranjero. Por otra parte, pretende querer entrevistarse con el rey para ponerlo en situación de gobernar por sí mismo, sin percatarse de que, de ese modo, niega que el monarca tuviera cualquier opinión al respecto. Después de dos años de exilio, parece no haber entendido que la situación no era la misma que en 1427, y que no podía actuar e imponer su parecer con los mismos argumentos que entonces. Más aún, parece haber convencido a su hermano, el rey de Aragón, de que podría conseguirlo.

Admitido esto, ¿qué papel corresponde a las tropas que le acompañan? Cuesta trabajo considerarlas solo como una protección de su persona y de la del rey de Aragón. No cabe la menor duda de que son una demostración de fuerza, de la que se espera que disuada cualquier intento de resistencia por parte del ejército castellano y de su jefe, el condestable, y que incite a ciertos señores castellanos a unirse a ellos con sus propias tropas.

El enfrentamiento opone, por lo tanto, dos enfoques opuestos, lo que no dejará de acarrear consecuencias en la resolución del conflicto.

 

Una planificación contrariada

El plan inicial de los reyes de Aragón y Navarra parece claro. A la espera de que el rey de Castilla concediera un hipotético lugar para una entrevista, las tropas aragonesas debían atravesar un territorio seguro hasta alcanzar el dominio del rey de Navarra, la comarca de Medina del Campo y Peñafiel.

Por otra parte, habiendo convencido al rey que debía prepararse a una expedición guerrera y reunir tropas al efecto, Álvaro de Luna pone manos en el asunto y toma la iniciativa, aún sin haber reunido las fuerzas suficientes, para oponerse o, por lo menos, perturbar la entrada de los reyes a Castilla. Actuando así, está convencido de no dejar a estos otra salida que la del enfrentamiento armado. Por eso, cuando sale de la Corte, Álvaro de Luna se dirige hacia Almazán, porque era lugar de paso obligado hacia Peñafiel, siguiendo el valle del Duero. Pero, al llegar a esa villa, el condestable constata que los reyes han desviado su camino más al sur y penetrado ya dentro del territorio castellano. Al parecer, ignoraba que el conde de Castro, que administraba los dominios del rey de Navarra, acababa de ceder Peñafiel al rey de Castilla, noticia que parece haber llegado a los reyes en el mismo momento en que cruzaban la frontera o pocas horas después.

Esta noticia les obliga a cambiar sus planes, sin que por ello desistieran de proseguir su proyecto inicial. Deciden dirigirse hacia los dominios de uno de sus supuestos aliados, Iñigo López de Mendoza, señor de Hita y Buitrago, que no había firmado el juramento de fidelidad que el rey de Castilla había exigido de los nobles en Palencia, el 30 de mayo. Esto explica posiblemente el codo hacia el sur que toma el recorrido de los reyes descrito detalladamente por El Halconero y la Refundición:

E entraron por Hariza e por la Torre de Martin Gonzalez e a Valdecubo e a Vaydes e dende a Fita e al monasterio de Sopetran a rreçebir al ynfante don Enrrique, maestre de Santiago su hermano, que les estaba esperando en Daganço.

El recorrido se ajusta al cauce de los ríos, fácilmente vadeables en aquel período (finales de junio) y cuya (¿escasa?) agua era indispensable para satisfacer las necesidades tanto de hombres como de bestias en un período de fuertes calores. Es así como, hasta Valdelcubo, las tropas siguen el valle del Jalón pero, desde ese punto, tuercen hacia el sur por el valle del río Salado, hasta Baides, donde confluye con el Henares y, a continuación, siguiente este hacia Hita, pasando por Jadraque.

Descartada la idea de alojar tanta gente armada dentro de poblaciones pequeña, la elección del lugar donde se asentaban los campamentos dependía de un espacio dilatado y fácil de proteger.

Llegados cerca de Hita, no consta que los reyes entraran en la fortaleza. Por otra parte, se llevarían un gran disgusto al constatar que su hermano Enrique, maestre de Santiago, acudía con solo cien lanzas y ciento veinte jinetes, lo que demostraba el débil apoyo con que pudo contar, dentro y fuera de la orden. Ante un panorama tan poco alentador, resulta lógico que los reyes hayan pensado regresar al reino de Aragón. Pero, en ese momento, interviene un acontecimiento que modifica radicalmente sus planes, la llegada de Álvaro de Luna al frente de sus tropas y su voluntad de enfrentarse con los invasores.

 

 

Recorrido (NE / SO) desde Huerta hasta Espinosa de Henares y Cogolludo (IGN)

 

Enfrentamiento armado

El enfrentamiento era doblemente inevitable. Por una parte, está la voluntad del condestable de dirimir el conflicto por la fuerza, voluntad que ha manifestado desde un principio y que ha conseguido imponer al rey. Es una actitud atrevida, teniendo en cuenta las escasas fuerzas de que dispone en aquel momento, pero los motivos que le inspira el deseo de revancha después de la humillación sufrida dos años antes pudieron servirle de aliciente y, hasta cierto punto, mermar su lucidez. No hay que descartar, sin embargo, consideraciones menos aleatorias. Sabía que recibiría dentro de un corto plazo unos refuerzos que le colocarían en posición de superioridad frente a sus contrincantes. Sobre todo, no podía ignorar que el campo era suyo, en la medida en que las tropas aragonesas tendrían que luchar en territorio enemigo, sin poder contar con más apoyo que el de sus armas.

En cuanto al rey de Navarra y al Infante Enrique, se les ofrecía una oportunidad única de librarse de una vez para siempre de su íntimo enemigo, venciéndolo, imponiéndole una afrentosa derrota, o incluso matándolo, ya que estaba físicamente presente y al alcance de sus armas.

Enterado del camino que seguían los reyes, según Alvar García, el condestable “tomolos adelante e fue en pos de ellos cuanto dos o tres leguas arredrado”, maniobra eficaz por cuanto cortaba la vía de una eventual retirada sin entablar el combate. ¿Hasta dónde llegó el condestable en la persecución? Siempre según el cronista, la última etapa del recorrido fue la siguiente:

Levantando los Reyes del Real que asentaran cerca de Xadraque, fuéronle poner a legua e media de Cogolludo e a la sazón el Condestable don Alvaro de Luna asentó su Real donde los Reyes le levantaran, cerca de Xadraque.

Es dato compartido por El Halconero y la Refundición de que el condestable seguía a los reyes guardando las distancias y acampando en el mismo lugar que habían ocupado el día anterior. No sé hasta qué punto este detalle, no desprovisto de algún tinte humorístico (los castellanos se cobijan como el cuco en nido ajeno), no ha sido exagerado y fue tan repetido como lo sugieren los cronistas, dado el escaso espacio de tiempo que corrió entre el momento en que el condestable conoció por dónde iban los reyes y se acercó a ellos y el abandono por estos de su posición ante Hita y su intento por conectar con él.

Lo que interesa es situar el último campamento de ambos ejércitos, después de dejar Jadraque, y de donde no se movieron durante los tratos llevados a cabo primero por el legado de Benedicto XIII y después por la reina Leonor.

El testimonio de Alvar García es bastante aproximativo:

Dicho habernos como el Condestable don Alvaro de Luna pusiera su Real cerca de Xadraque, cuando los Reyes de Aragón e de Navarra le pusieran a legua y media de Cogolludo. Después de esto, el Condestable partió de este Real, e fuéle poner de otra parte de Cogolludo, a legua y media donde estaban los Reyes e el Infante don Enrique ya con ellos. [Alvar García, cap. XVI]

El ejército de los reyes acampa a legua y media de Cogolludo y el del condestable a legua y media de él, aunque “de otra parte”. Partiendo del principio según el que el condestable se quedó siempre a la zaga de los invasores, esto significaría que los dos ejércitos se situaron los dos dentro del término de la villa de Cogolludo, el segundo al este del primero.

El Halconero ofrece un dato suplementario:

Fasta en tanto que se llegaron a asentar los rreales a dos trechos de ballesta el vno del otro; ca estaba el real de los castellanos a par de Espinosa, fazia Cogolludo, e el rreal de los rreyes e del ynfante don Enrrique vaxo de la puente de Roderos. [El Halconero, cap. XIX, p. 38]

Por lo tanto, el ejército del condestable está entre Espinosa y Cogolludo y el de los reyes en un lugar denominado “Puente de Roderos”. Mi amiga Rosalía Chamorro ha logrado identificar este topónimo gracias a un documento del año 1669 conservado en el AHN (Sección Nobleza, Legajo 11, n°45) citado por el cronista de la villa, Juan Luis Pérez Arribas, en su obra Narraciones de aquí y de allí (Cogolludo 2016, págs. 166-168). La cita está acompañada por un plano “bastante esquemático”, como bien dice ese autor, pero legible. La ubicación de los Roderos viene avalada además por el hecho de que de esa zona se extrajeron a finales del siglo XV las piedras que sirvieron para edificar la muralla de la villa, y que se denominó en aquel momento bajo el vocablo de “canteras de la Puente Roderos”. Por lo tanto, la identificación parece segura.

 

Legajo 11, n° 45, Sección Nobleza. AHN 1669

“puente roderos” se lee a la izquierda del plano junto al río

 

El lugar así denominado se encuentra el margen derecho del Henares, al oeste del puente actual a la salida de Espinosa y se prolonga al norte por una vega, espacio adecuado para acomodar un campamento. Legua y media río arriba, la vega no es tan extensa porque el paisaje se vuelve fragoso y las condiciones para la instalación de un campamento menos adecuadas.

Las tropas enfrentadas eran muy desiguales. Alvar García cifra la de los reyes en “2800 de caballo, muy de avantaja armados y encabalgados, e mil omes de pie bien armados” y la de los castellanos en “1700 omes de armas e cuatrocientos omes de pie”. En consecuencia, el condestable tenía que elegir un lugar mejor protegido, que incluía un “recuesto […] en el cual ficieron su palenque de carretas e de otras cosas, como pudieron”. De hecho, en el plano del AHN, algo más al norte queda representado un relieve arbolado de forma circular que podría corresponder a ese recuesto.

Los castellanos no se movieron de esa posición un tanto favorable. Fueron los reyes los que se desplazaron el 1 de julio hasta llegar “bien acerca del real del condestable”, con la intención de asaltarlo. Las condiciones del combate exponían a los aragoneses a graves pérdidas, como suele ocurrir en el asalto de una posición favorecida. Por su parte, los castellanos no podían contar demasiado con tan ligera protección. Además, con razón el legado hizo valer que “como de lo mejor de los tres regnos estoviese ende gran partida” resultaría “gran destruimiento de si misma”, refiriéndose a la calidad de las personas enfrentadas.

Suspendida la pelea por una noche, la mañana siguiente, se volvieron a ordenar las batallas, pero interrumpió el enfrentamiento la llegada de la reina María de Aragón que se interpuso físicamente entre los dos reales, alojándose en una tienda que pidió prestada al condestable, y consiguió convencer a los dos bandos que renunciasen a combatir.

Así terminó lo que pudo ser un episodio de gravísimas consecuencias para los tres reinos, aunque quizás mayor para los de Aragón y de Navarra, por la eventualidad de la muerte de sus reyes.

Los testimonios cronísticos concuerdan para confirmar que fue la comarca situada entre Espinosa de Henares y Cogolludo y motivo hay para aceptar que ese fue el teatro de las operaciones finales. Los moradores de las dos villas fueron los espectadores privilegiados de ese magno evento. Resulta fácil imaginar que, ante tan impresionante despliegue de hombres, armas, caballos, carros, tiendas, habituales en ejércitos en campaña, se llevarían un susto mayúsculo. Para compensar, más adelante podrán ufanarse de haber tenido a la vista, durante unos días, a dos reyes, a una reina, a un cardenal, a un maestre de Santiago, a un almirante, a un adelantado de Castilla y a otros grandes señores tanto castellanos como aragoneses. Es un episodio que merecería figurar entre los momentos sobresalientes de la historia de esas dos villas y no dudo de que, si esta nota llega a ser leída por los correspondientes municipios, dará lugar a una reconstitución con fines turísticos del mayor interés.

 

El cerro de los Infantes

Frente a la coherencia del testimonio de los cronistas, el de Pedro de Escavias resulta cuanto menos dudoso. Antes de descartarlo como una confusión suya explicable para quien redacta ese capítulo de sus obras años más tarde que Alvar García, el Halconero y Lope Barrientos, conviene analizarlo más detenidamente, aunque solo sea para descubrir a qué atribuir ese posible error. Este es el pasaje del Repertorio que interesa:

En tanto que [el rey de Castilla] rrecogia su exerçito en la comarca de la çibdad de Palençia, enbio al condestable don Alvaro de Luna con quatro mil lanças e muy buenos caualleros la via por donde el rrey de Aragon y sus hermanos venían. El qual asento su rreal en vn çerro alto questava a dos leguas del rreal del rrey de Aragon, que llamavan el Çerro de los Ynfantes, los quales, como supieron la venida del condestable, luego levantaron su rreal y movieron sus batallas hordenadas contra dondestava. Y pensando que aquel dia se diera la batalla, los vnos y los otros se confesaron. Pero el condestable no deçendio del çerro ni de la ventaja que tenia. El rrey de Aragon sento su rreal en lo llano, cerca del çerro. Y de ora en ora llegava mucha gente al condestable y el rrey don Juan venia enpos della con toda su gente. E quando el rrey de Aragon conoçio que los cavalleros de Castilla, en quien tenia fuzia que se avian de juntar con el, non le acudieron, antes se fueron al rrey, movieronse tratos esa noche que el rrey de Aragon saliese de Castilla y se fuese para su rreyno de Aragon. Y asi lo fizo ca, luego otro dia, se levanto de do estaba y tomo su camino para Aragon.

La cita es extensa porque interesa conocer precisamente lo que Escavias dice de ese episodio. Se ve claramente que, en su resumen, omite todo lo que ocurre entre el momento en que el Condestable sale para cortar el camino a los reyes y el enfrentamiento final. La localización de este se deduce de lo que cuenta anteriormente del recorrido seguido por los reyes:

[…] el rrey de Aragon entro poderosamente en el rreyno de Castilla. Y luego se juntaron con el el rrey don Juan de Navarra y el ynfante don Enrrique, sus hermanos. Y llegaron con su gente hasta Santa Maria de Sopetran que es çerca de la villa e fortaleza de Hita a fuzia de otros señores e cavalleros que se dezia se avian de juntar con ellos.

La mención del monasterio de Sopetrán se lee en El Halconero y en la Refundición, pero no en Alvar García, lo que puede indicar a qué fuentes recurrió el autor del Reportorio. Si bien difiere en la estimación de las fuerzas castellanas, muy superiores, según él, a lo que indican las otras fuentes (4000 lanças /vs/ 2000, sumando “omes de armas” y “omes de pie”), por lo demás, los datos que aporta son los mismos que en los demás testimonios: los dos reales están a corta distancia uno de otro; el condestable elige un cerro para colocar sus tropas y no se mueve de él, obligando a los reyes a acercarse a esa posición para librar batalla.

La única diferencia de bulto resulta ser, pues, el nombre que atribuye al cerro que permanece anónimo en las crónicas.

Buscando si se podía identificar ese topónimo por esa zona, en un mapa del Instituto Geográfico Nacional mi amiga Rosalía Chamorro ha descubierto un Cerro de los Infantes, cerca del pueblo de Solanillos del Extremo (Guadalajara), equidistante de Brihuega, al oeste, y Cifuentes, al este. El sitio se encuentra a unos cuarenta kilómetros de Hita en línea recta. El hecho es llamativo, pero la distancia que separa ese cerro de Hita es importante y, sobre todos, el lugar queda muy apartado de la ruta (el río Henares) seguida por las dos tropas. Bien es verdad que Jadraque es la villa de esa ruta más cercana a este punto y que El Halconero y la Refundición sitúan a proximidad de ella (“cerca de Xadraque”) una etapa anterior al término del recorrido de ambas tropas, pero la situación de esa villa a media distancia precisamente entre Baides y Espinosa/Cogolludo la designa más bien como la etapa penúltima del recorrido.

 

 

Localización del Cerro de los Infantes en Solomillos de los Extremos (IGN)

 

Por consiguiente, no parece plausible que el condestable haya aprovechado ese relieve protector en aquella empresa. Como Escavias no ha podido inventar un dato tan preciso, es de suponer que se ha confundido con otra campaña, en la que el Tajuña desempeñaría la función que, en la de 1429, fuera la del Henares, y Brihuega la que correspondió entonces a Espinosa y Cogolludo.

Antes de llegar a esa conclusión, sugiero una última averiguación en la memoria colectiva de los habitantes de Espinosa y Cogolludo, no vaya a ser que, en un momento dado, el cerro mencionado llegó a llamarse “Cerro de los Infantes”.

 

 

ANEJO

1. “vino a jornadas non de Reina, mas de trotero”

Estando así, vino al Condestable la Reina doña María de Aragon, hermana del Rey, e mujer del Rey de Aragón, a la cual pesaba mucho de la entrada de los Reyes en Castilla, tanto por la una parte, como por la otra; e como aquella que tenía doblado el cuidado, vino a jornadas non de Reina, mas de trotero. Pudiérase decir de Reina cuitada, como dicen en su regno por los troteros van muy apresurados, que les dicen correros cuitados (1). Al margen, de mano de Zurita: Bien jugó del nombre Alvar Garcia, como aquel que sabía mucho del lenguaje aragonés.

Los reyes de Aragón y de Navarra cruzaron la raya de Aragón el 23 de junio. El 30 de junio, la reina María se interponía físicamente entre los contrincantes. Se sabe que estuvo con Alfonso en Ariza, pero en ningún momento se dice que estuviera con él desde el inicio de su recorrido por tierras castellanas. Dado el objetivo guerrero de la empresa, no cabe duda, por el contrario, que permaneció en territorio aragonés, por lo menos en los primeros días. Esto no impidiría que estuviera informada del desarrollo de los hechos por medio de mensajeros. En vista del mal cariz que iban tomando las cosas para su marido y su cuñado, tomó la decisión de personarse en el campo para impedir la catástrofe que les amenazaba.

Que emprendiera camino en compañía del cardenal legado parece plausible, aunque solo sea para la seguridad de ambos, pero llegó el momento en que este se adelantó, ya que su intervención tiene lugar el día antes de la de la reina.

A vuelo de pájaro, unos 90 kms separan Ariza de Cogolludo, y algo más de 100 kms siguiendo los valles de los ríos. El camino que las tropas recorrieron en 6 días exigiría un par de días menos a lo sumo a la reina y al cardenal que irían con un equipaje ligero. Este lapso de tiempo incluye lo que tardaron los mensajeros a volver a Ariza para comunicar sus noticias y la toma de decisión de ambos. Esto significa que el cardenal y la reina anduvieron jornadas de 25 a 30 kms, que es la distancia que un caballo suele recorrer en un día. Tanta prontitud no deja de ser asombrosa en una persona como la reina y así lo interpreta Alvar García en un arranque medio admirativo medio irónico.

La ironía reside en comparar a la reina con un trotero, es decir con un oficial, el correo, cuyo estatuto social está en total oposición con la de una reina. El cronista demuestra aquí, a través de esta pulla dirigida contre la reina María, una agresividad poco caballeresca hacia el partido aragonés, inspiraba más bien por el deseo de complacer al condestable, aún a riesgo de disgustar al rey, al atreverse con su propia hermana.

Alvar García prosigue hilando su metáfora, jugando con el significado de “cuitada”. La reina María lo era doblemente, porque el conflicto atañía a su marido y a su hermano, los reyes de Aragón y de Castilla (o triplemente si se incluye a su hermano Enrique). Pero, como no deja de subrayarlo Zurita, la expresión “correo cuitado” remite a una expresión usual en la Corona aragonesa. De paso, el cronista aragonés aprovecha la oportunidad para expresar su admiración por la finura y la erudición del castellano.

 

2. “fuéronse camino de Aragón a más largo paso que a la venida”

[…] Los Reyes levantaron luego su Real e fuéronse camino de Aragón a más largo paso que a la venida. En toda esta tierra que por Castilla pasaron, asi a la entrada como a la salida, non ficieron daño ninguno, ca todas las viandas que tomaban pagaban muy bien, e aún más de lo que valían. Sentían que el Rey venía sobre ellos, e que non les cumplía tardar.

Alvar García sigue con su vena irónica que, en este caso, frisa el sarcasmo, al proporcionar una idea poco halagüeña de la retirada del rey de Aragón hacia su reino. Las negociaciones llevadas a cabo por la reina María tuvieron lugar el viernes dos de julio, empezando a primera hora del día, cuando los ejércitos ya estaban listos para el combate. El único dato cronológico posterior, lo proporciona El Halconero, que sitúa el día 3 de julio junto a la frontera el momento en que el maestre de Santiago se separa de sus hermanos y describe detalladamente el camino que seguiría hasta Uclés, lo que conforta que la separación tuvo lugar en la misma frontera, probablemente en Aguasvivas, como lo señala Escavias. Según la Refundición, “El ynfante se partio de los rreyes sus hermanos en la primera jornada”, lo que parece contradecir la versión del Halconero, pero en realidad la confirma si se acepta la idea de que las tropas no hicieron etapa en el viaje de vuelta, sino que anduvieron de día y de noche entre el mediodía del 2 y la tarde del 3 de julio. No sé si la cosa resulta factible. Lo que sí no deja lugar a dudas es que la retirada fue muy precipitada, tanto que los cronistas no pudieron resistir al placer de acentuar aún más este aspecto poco glorioso de la expedición de los reyes.

4 de julio de 2022

 

Gerardo Rueda

Gerardo Rueda, leyendo, en su primera visita a L’Olive (1965). Estoy a su lado; de espaldas, Paul y Suzon Enjolras, padres de Michèle
Biografía de Gerardo Rueda

Para redactar su biografía de Gerardo Rueda, del que había sido el asistente, (Gerardo Rueda, sensible y moderno. Una biografía artística. Ediciones del Umnbral, Madrid 2006) Alfonso de la Torre, crítico de arte y comisario de exposiciones, me sometió unas preguntas sobre la relación que tuvimos, Michèle y yo, con aquel gran artista y entrañable amigo. Las aprovechó en las páginas 52 y 53 de su libro. Reproduzco aquí la integralidad de la comunicación que hice a Antonio.

 

Conforme a tu petición, te mando unos apuntes sobre lo que recuerdo de Gerardo en los años que te interesan.

Acerca de las preguntas concretas que me haces, sabemos poco.

-Sobre la presencia de Rueda en París, años cincuenta-sesenta

– dónde se alojaba Gerardo. Supongo que en casa de sus primos Cabillon ;

– cómo se llamaba el instituto de cultura latina en el que trabajaba madame Sarrailh : Michèle S. era secretaria general del Institut d’Etudes d’Amérique Latine, que había creado su padre, Jean Sarrailh, siendo rector en torno a 1960. Está ubicado en la rue Saint-Guillaume (barrio de Saint-Germain-des-Prés, frente à Sciences Politiques, donde, por cierto, Pepi Cabillon trabajaba).

– Los Sarrailh y los Cabillon se conocieron en Madrid (durante la primera Guerra Mundial), donde Jean Sarrailh era Profesor del Instituto francés y Cabillon, director del Liceo francés. Se hicieron amigos, quizás también porque eran casi coterráneos : Jean Sarrailh, del Béarn, y Cabillon, de Bayona. Al final de su vida, los Sarrailh tuvieron piso en Bayona y se veían, creo, con frecuencia. Jean Sarrailh se hizo famoso con su libro La España ilustrada de la Segunda mitad del siglo 18. Supongo que Cabillon fue primero profesor de español y luego se dedicó a la administración y a la inspección genaral.

– cómo era el mundo francés que Gerardo encuentra en París en esos años. Me resulta difícil contestarte, en la medida en que sólo llegué a París en 1960, como estudiante, y no tengo la pretensión de haber vivido la vida cultural de la capital desde muy cerca. Michèle vivió en Madrid los años 1961-1962. Lo que sí se puede decir es que, para un joven español de entonces, ir a París significaba un cambio inmenso con el triste ambiente de la España de entonces. Para un artista, París, aunque hubiera perdido algo de su preeminencia de antes de la guerra, seguía siendo un foco importante de creación. No sé qué decirte más que no sepas.

Añado algunas notas sobre mis primeros contactos personales con Gerardo y el grupo de artistas españoles que frecuentaba.

Conocí a Gerardo el año de nuestra estancia en España (1963-1964). Michèle, que había pasado los años 1960-1962 en Madrid, ya lo había conocido antes por mediación de su prima Michèle Sarrailh. Los padres Sarrailh estaban muy relacionados con los Cabillon, y la madre de Gerardo era hermana de la señora de Cabillon. Creo que Michèle Sarrailh se interesó muy pronto por la pintura de Gerardo, aunque tardó algo en señalar a su prima la existencia de Gerardo. Este se enfadó mucho cuando descubrió, en un encuentro fortuito, que Michèle Enjolras llevaba meses en Madrid sin que Michèle Sarrailh le hubiera dicho nada al respecto. Michèle Enjolras y Gerardo se vieron a partir de ese momento con cierta frecuencia. El invierno del 62, Gerardo, Fernando Zóbel y Antonio Lorenzo hicieron un viaje a París. Michèle les guió por algunos monumentos, especialmente Versailles. Queda constancia de ello en algunas fotos que conservamos.

El curso 1963-1964, lo pasamos, ya casados, Michèle y yo en España, principalmente en Madrid, disfrutando de una beca de la Escuela Normal Superior. No recuerdo que hayamos visto con mucha frecuencia a Gerrado aquel año, en el que viajamos mucho, sin embargo, fue suficiente para trabar una amistad que se confirmó en los años siguientes. De aquel año conservo pocos recuerdos de Gerardo. Creo que estuvimos juntos en la inauguración de una exposición de Miguel Herrero, que estaba casado con una chica francesa (Françoise Hay) a la que Michèle había tratado como bibliotecaria del Instituto francés de Madrid. Es un recuerdo muy vago pero que te permitirá quizás situar el momento. Fue mi primer verdadero contacto con la comunidad de pintores de aquella generación. También visité con Michèle, no sé por qué razón, el piso de sus padres en Bravo Murillo y donde, creo, Gerardo seguía teniendo su habitación. Fue cuando me enteré, por boca de Ana, que Gerardo había cursado una carrera de derecho. Hay un detalle, sin embargo, que me hace pensar que nos tratábamos con cierta asiduidad, y es que recurrimos a él para que nos recomendara un abogado amigo suyo para intentar recobrar la cantidad correspondiente a la venta de un coche. Ese abogado no fue muy formal y le pesó mucho a Gerardo, que nos recordó el trance varias veces, los años siguientes.

Al final del curso, nos invitó Gerardo a pasar una temporada con él en Cuenca. Yo aproveché la invitación (en julio sería) y Michèle se unió a nosotros más adelante. Gerardo ocupaba el segundo piso de una casa, calle de las Armas 1, en cuya planta baja vivía Fernando Zóbel y en el entresuelo, Antonio Lorenzo, con su mujer Margarita (Margaret) y su hija. Para mí fue una iniciación en muchos sentidos. Aprendí a conocer mejor al grupo de artistas. Se veía poco a Carlos Saura que vivía allí permanentemente, pero alternábamos con Gustavo Torner, Manolo Millares, su mujer Enriqueta y su hija, quizás Eusebio Sempere, aunque creo recordar que se hizo conquense algo más tarde. Descubrí el estilo de vida de Fernando Zóbel, su modo de sacar provecho de esas casas pueblerinas, usando el duro yeso de la comarca pintado en blanco, el ladrillo para estanterías, muebles rústicos para colocar sus cosas. Se notaba una constante preocupación por compaginar lo popular con el más exquisito gusto. La influencia de Fernando en ese sentido me pareció evidente y se hizo más palpable aún cuando los propios pintores conquenses adoptaron esos mismos criterios. Sospeché también que sin la generosidad de Fernando, Gerardo ni, menos aún, Antonio Lorenzo, hubieran podido adquirir sus pisos respectivos y lanzarse a esa aventura. Se manifestaban agradecidos en detalles que me llamaron la atención. El ambiente general era de gran confianza y respeto mutuo.

Esos pintores se interesaban mucho por dar vida a la Cuenca de entonces, que se había vaciado de sus pobladores. Las actividades se concentraban en la parte baja. Era chocante ver como los indígenas (dicho sea sin desprecio) desconocían el tesoro de su casco viejo : maldita la gracia que tenía la parte baja que conformaba, por contraste, una de las más siniestras capitales de provincia. Los pintores se sintieron a gusto de inmediato en ese recinto que apenas había cambiado desde la época de los Austrias. La fachada de la catedral, que un terremoto había derrumbado, seguía en obras. Recuerdo, que, unos pocos años después, coincidí con el I. S. Revah, que luego fue Profesor del Collège de France, especializado en la historia de los marranos españoles y portugueses, que estaba investigando en el riquísimo archivo de la Inquisición conservado en la catedral. Lo presenté a Gerardo. Nos contó que sentía una emoción intensa cuando pisaba la plaza mayor, porque ésta conservaba intacto el aspecto que tenía cuando se celebraban en ella los autos de fe (no las ejecuciones que se hacían tradicionalmente fuera del recinto de las ciudades). Ni el suelo había cambiado, ya que seguía de tierra más o menos bien aplanada. Otro elemento me daba personalmente escalofríos, era la cruz de los Caídos, pintada en la fachada del convento, y ante la que tuve la oportunidad, por única vez en mi vida, de presenciar un acto con saludos fascistas. Pocos años después, pasaron el monumento a la plazoleta que está bajando hacia el museo. Cuenca era una ciudad carquísima, a la que cayó en suerte (o en desgracia) pasar toda la guerra en el campo republicano. Hizo todo lo posible, después de la contienda, para desquitarse de esa mala imagen. Sin los pintores, yo no me hubiera sentido a gusto en ese ambiente de mogigatería.

Es verdad que también tenía sus encantos, los de una ciudad pequeña, muy bien conservada en su parte antigua, con sus fachadas pintadas, y una extraña disposición urbana, debida a las dos hoces, del Huécar y del Júcar, que hacía que el piso bajo de una casa, dando a la calle, resultaba ser el tercero o el cuarto hacia la bajada. Como no había restaurantes en la parte vieja, había que bajar cada día a la ciudad moderna. Lo hacíamos, usando de ese subterfugio para ahorrarnos andanadas por la calle empinada que bajaba al puente del Huécar. Era divertido entrar en una casa de pisos, bajar una escalera y desembocar al aire libre en la mitad del acantillado, en un sendero polvoriento. Otro de los encantos consistía en las tiendas de antigüedades que había por entonces, una de ellas cerca del puente del Huécar. Allí Gerardo compró algunas de las piezas de alfarería que luego irían a parar en las vitrinas de su casa de la calle San Pedro.

El grupo había hecho suyo un restaurante, el Alaska (o Nebraska ?), en el que se les reservaba unas mesas en la sala interior, que habían decorado (creo recordar que pintada de negro). El dueño fue sin duda uno de los primeros conquenses en adquirir obras de esos pintores. Le conocí, cuando ya había dejado el negocio a su hijo, si bien recuerdo, siempre tan aficionado. Fue uno de los éxitos más rotundos de esos pintores conseguir hacer que los adoptara una gente humilde, que supo captar el interés de las obras que pintaban, aunque su estética estuviera alejadísima del gusto corriente.

En toda esa parte antigua, no había más comercio que una panadería y una tienda de frutas y ultramarinos, unos pasos más abajo de la Casa consistorial dieciochesca. Además estaba, yendo hacia el castillo, el taller de carpinteros de los Garrote, que fueron colaboradores permanentes de los pintores, arreglando muebles y enmarcando cuadros. El panadero era poco formal. Como había conseguido ganar algún dinerillo con sus nuevos parroquianos, se compró una moto, lo que dio lugar a una escena que encantaba a Fernando Zóbel, que la contó a doquier durante meses. Resulta que cuando su chófer (Felipe) o quien fuera fue a comprar el pan cierta mañana, la panadera le dijo que ese día su marido no había cocido. Cuando se le preguntó por qué, contestó : « porque ha comprado una moto ». Fernando se desternillaba de risa. Pasando los años, esa parte vieja recobró vida. Buena señal fue cuando abrió el bar Los Arcos que irrisoriamente, por lo rústico del marco, fue denominado por los pintores « El Saint-Trop » (por Saint-Tropez).

Insisto en la importancia de Cuenca, no sólo porque allí tuve la oportunidad de familiarizarme con Gerardo y sus amigos, sino porque considero que la empresa de montar el museo de arte abstracto contemporáneo español es única, en la medida en que es expresión de una colectividad que aspiraba a un mínimo de reconocimiento en un ambiente político poco propicio a la creación de vanguardia. Hizo mucho por el renombre de esa pequeña capital, que quizás no se merecía tanta suerte. Mejor para ella.

El piso de la calle de las Armas, ahora que lo voy pensando, era demasiado pequeño para que Gerardo se montara allí un taller, aunque fuera mínimo. No recuerdo haberlo visto trabajar, pero no descarto que tuviera un cuarto para sus obras en algún otro sitio. Aparte de Fernando Zóbel, que disfrutaba de un buen espacio y Gustavo Torner, que tenía casa, no creo que los pintores entonces trabajaran mucho en sus estancias en Cuenca. Se veían a diario, intercambiaban pareceres, se comunicaban sus experiencias. Formaban realmente un grupo y de esa vida colectiva nació una parte no despreciable de su obra. A pesar de que sus creaciones eran de muy distinto signo, estoy convencido de que se dejan ver las influencias mutuas en las obras que producieron por aquellos años, de ahí que no me parezca exagerado hablar de Grupo de Cuenca.

Las cosas cambiaron cuando Gerardo adquirió la nueva casa, un poco más lejos en la misma calle, frente a la esquina del convento. Tenía jardín, era amplia y con un desván imponente. En ésa, estaba en condiciones de trabajar. Pero mis recuerdos de esa época son escasos, en parte porque Gerardo se deshizo de ella muy pronto para comprar la de la calle San Pedro.

En aquellos años nos vimos con cierta frecuencia. Quizás el mismo año 64, o sino el 65, Gerardo vino durante el verano a Chinon. Se alojaba con nosotros en la parte que habían comprado mis suegros pero donde no vivían aún. Al contrario, la casa principal seguía ocupada por unos inquilinos, que tenían un perro, siempre atado, que no paraba de ladrar. Se llamaba Capi y Gerardo lo bautizó Capicojones. Durante esa estancia, él y Michèle pasaron muchas horas hurgando en « brocantes » buscando objetos o muebles a su gusto. En particular, Gerrado conservaba un recuerdo enternecido, ya que lo evocó en muchas ocasiones, de una tienda de Montsoreau (entre Chinon y Saumur) que llevaban tres hermanos, bastante parecidos entre sí, además de redomados borrachos y fumadores empedernidos. Se daban nombres diminutivos bastante ridículos, que en boca de Gerardo terminaron en « Titi », « Toto » y « Lolo ». Alfonso de la Torre recuerda esas dos anécdotas en su libro.

Gerardo ocupaba entonces casi todo su tiempo en arreglar pisos y casas, lo que le obligaba a almacenar mucho material. Fue su época « anticuaria » que se amplió luego con un comercio, no sólo suyo sino donde compartía intereses, de un almacén de cuadros antiguos. Yo lo veía ejercer ese oficio con dedicación plena y me daba, en cierta medida, lástima, porque iba camino de ser un artista frustrado, por falta de tiempo y, paradójicamente, por tener éxito en todo lo que emprendía. Gerardo tenía una doble personalidad : artista y empresario. No siempre se compaginaron bien las dos actividades, sino que a veces se hacían mutuamente sombra. Me alegré mucho cuando pudo dedicarse casi de pleno a la creación. Verdad es que supo aprovechar, en su última etapa, la práctica que había adquirido en la anterior, al organizar su taller de artista como el de un artesano, como bien sabes. Fue algo que siempre me impresionó, ver cómo sabía limitar su intervención en la creación artística a momentos claves : la idea de partida, tal o cual momento de la realización, que requería un cambio de rumbo o una adaptación. También supo dominar perfectamente la técnica de la serie, que supone saber organizar la labor de los colaboradores encargados de la realización material.

Para volver a la cronología, en calle de la Armas 1, bautizamos en julio del 67 a nuestro hijo Patrice, de 7 meses, con un excelente vino de Chinon del 1964. Una anécdota más : esas vacaciones coincidimos con la prima de Michèle que tenía un perro feo y sin gracia, pero al que cuidaba como un niño, lo que nos parecía algo ridículo, y hasta pesado cuando exigía que le dieran de comer en los restaurantes. Un día, salimos de casa de Gerardo, él y yo llevando el capazo donde descansaba el bebé y Michèle S. con su perro. Gerardo hizo notar, con su humor tan genuino, que justamente lo que más temía del matrimonio, niños y perros, se habían conjurado contra él en aquella ocasión.

A pesar de ser muy educado y capaz de frenar sus impulsos, Gerardo tenía lo que se llama un carácter fuerte. En cierto modo, yo temía sus reacciones y procuraba hacerme lo más discreto posible cuando estaba con él. Verdad que yo era un niño (tenía 22 años cuando lo conocí), sin embargo me manifestaba cierto afecto, al que yo sabía apreciar, viniendo como venía de un descendiente de vascos y segovianos, dos genios poco expansivos. Era fiel en la amistad y mi relación con las dos Michèle era, para él, un viático suficiente para que me aceptara en su círculo. También le interesaba no limitarse al mundo de los pintores y yo, como otros en otros campos, le proporcionaba la posibilidad de hablar de cultura en sentido amplio. Uno de nuestros temas de conversación predilectos concernía las diferencias de criterios de comportamiento entre pueblos distintos. En estas ocasiones, se mostraba muy crítico hacia lo español y muy afín a las costumbres francesas. Le gustaba poder practicar el francés y sentirse francés también. Supongo que diría lo mismo su primo Etienne Cabillon.

 

27-8-2004