Aunque no escribió Memorias, Pedro de Escavias no desdeñó contribuir personalmente a la historia de su tiempo cuando se le daba una oportunidad para hacerlo, principalmente en los capítulos del Reportorio de Príncipes de España dedicados a los reinados de Juan II y Enrique IV. No suele expresarse en primera persona, en contra de lo que hace por ejemplo Alonso de Palencia cuando relata el sitio de Maqueda (1440):
Yo, a mis 17 años, era criado de uno de ellos, el obispo de Burgos. Por tanto participé en la embajada” [Gesta hispaniensia, Decas I, p. 8, traducción de Brian Tate y Jeremy Lawrance].
Sin embargo, algunos puntos de su relación sin fuente escrita identificable bien podrían confundirse con testimonios personales. En el minucioso cotejo que, en la edición, he llevado a cabo con las fuentes escritas que manejó, he procurado señalar esos pasajes, aunque sin poder comentarlos debidamente dada la brevedad de las notas a pie de página. El objetivo que persigo aquí es, a la vez que analizar más detenidamente el modo de actuar del historiador Escavias, descubrir algunos detalles de su vida que contribuyan a un mejor acercamiento a su biografía y a su personalidad.
I. Romance del Infante Enrique
Dedicaré el primer capítulo, no a la prosa del Reportorio sino a los versos del Romance al Infante don Enrique, sin duda el texto poético de Pedro de Escavias que más se asemeja a un testimonio personal. Por su propia iniciativa, sin tener que someterse a la contextualización de una obra de mayor alcance, el poeta dedica al Maestre Enrique un texto de forma mixta, entre loor y planto. Imagina la confesión del Infante después de la batalla de Olmedo (1445) en la que sufrió una herida que causará su muerte. Las circunstancias en las que se suponen pronunciadas sus palabras (in articulo mortis) garantizan que están plenamente conformes con la verdad de los hechos vividos. Tomando al pie de la letra la ficción creada por el poeta, parece, pues, lícito cotejar ese texto con los escritos de otros autores contemporáneos.
Los episodios de la vida del Infante evocados están en conformidad con la ideología caballeresca, la cual sustituye poder y riqueza a cualquier otro valor humano y no se plantea en ningún momento la legitimidad de la posición social de su héroe. Ascendencia, unión matrimonial, gloria, fama conforman la expresión más perfecta de la felicidad que alcanza su cumbre cuando el Infante no encuentra obstáculo, ni siquiera en la voluntad real, para ejercer la plenitud de su caprichosa voluntad:
desta vez me vy señor / muy mayor que ser solia / vyme señor de Toledo / señor dell Andaluzia / yo solo mandaua el rreyno / yo solo me lo rregia / yo solo daua merçedes / aquellos que me plazia.
La imagen del poder no compartido que ejerció el Infante sobre gran parte del reino castellano en los años 1419-1421 es fiel a la realidad. Coincide con los meses en que, al frente de un fuerte partido de aristócratas y procuradores en Cortes, mantuvo al rey secuestrado y a su hermano y principal rival, Juan, alejado del territorio por motivo de su casamiento con la hija y heredera del rey de Navarra; y consiguió que la hermana del rey, Catalina, aceptara casarse con él, aportándole una dote sustanciosa, en particular el señorío de Villena. Ese prodigioso destino destella aún más si se tiene en cuenta que los principales protagonistas de ese episodio de la historia de Castilla apenas había alcanzado los 20 años. Todos eran mozos solteros cuando empezó la guerra intestina, al morir la reina madre en 1418 y, aunque no haya que despreciar la influencia de prelados, nobles y demás letrados que, más cargados en años y más experimentados, les aconsejaban, su actuación lleva el sello de una juventud poco dispuesta a condenar ciertos excesos. El tono que caracteriza esos versos traduce sin duda también el entusiasmo que provocó en el niño Escavias la figura del Infante que, entre sus títulos, ostentaba el de señor de Andújar.
El único obstáculo a esa felicidad es la Fortuna cuya rueda hace alternar períodos gloriosos con otros desastrados, sin más justificación que la fuerza que la anima y a cuyo poder de esencia divina ningún humano puede oponerse.
Prisión del Infante (1422-1425) (
Boluio contra mi su rrueda
Fortuna que no dormia
rreboluiome con mi primo
el rrey don Juan de Castilla
Fizole que me prendiese
avnque non lo mereçia
enbiome preso a Mora
30 vna fortaleza mia
do me touo en grandes fierros
tres annos de dia en dia.
El rrey dAragon mi ermano
como aquel que le dolya
juntara muy grandes gentes
por librarme do yazia
fizole que me soltasse
avnque voluntad no avia
no digo que fue por miedo
40 saluo fue por cortesia.
Fuyme luego para el rrey
donde sus cortes tenia
rreçibiome alegremente
diziendo que me faria
muchas graçias y merçedes
mas que no fecho mavia.
El poeta no exagera: la caída del Infante fue tremenda. Su prisión duró tres largos años. La prisión de un alto personaje del reino, incluso de sangre real, no es excepcional en la historia de Castilla. Algunas terminaron con el soborno del carcelero, pero las hubo también que acabaron con la muerte del detenido. La leyenda se hace eco de uno y otro caso: por una parte, el conde San Díaz, padre de Bernardo del Carpio, por otra, los condes de Castilla Fernán González y Garci Fernández.
Tuvo que ser una prueba cruel para un caballero en edad juvenil estar encerrado en una fortaleza, aunque la mención de los grillos no pase de ser una imagen, separado de su esposa y de sus familiares, sin poder ejercer su voluntad ni dedicarse a las habituales cabalgadas por espacios abiertos. El poeta no dice nada al respecto, en cambio insiste en la duración exacta del encierro: “tres años de dia en dia”. La misma cifra adelanta Diego de Valera: “y fueron libres el Ynfante y el conde de Castañeda depues de aver estado el Infante en fierros tres años en el castillo de Mora” (p. 319).
Una cifra redonda para un espacio de tiempo tan largo llama la atención. Cuando iban a cumplirse los tres años de prisión, la prolongación del cautiverio fue tema de debate entre el rey de Aragón y el de Castilla. Zurita resume el parecer de aquél en estos términos:
Decia al rey [de Castilla] que si aquella prisión se había hecho por corrección, asaz había sido grave y que punzaba. Si era por punición, la larga detención suya en aquella prisión podía ser estimada y atribuida a gran pena.
Según opinión de Alfonso V, prolongar el encierro no se justificaba por el primer motivo ya que la pena sufrida cubría con creces la pena merecida. Ahora, si el rey de Castilla se acogía al segundo, tendría que proclamar que había condenado al Infante a cadena perpetua y asumir las consecuencias.
Diego de Valera parece hacerse el intérprete de una opinión común favorable a la liberación del Infante por haber cumplido la totalidad de su pena, la cual se mide por años. La comparte Escavias en su poema, añadiendo que se cumplió puntualmente sin que faltara un solo día.
En el Reportorio, también insiste en la exacta medida de tiempo abarcado:
E asi pasaron los fechos del rreyno algund tienpo fasta que, a grande ynstançia del Rey don Alfonso de Aragon, ermano del dicho Ynfante, y por escusar escandalos y grandes ynconuinientes que se esperauan, ca, de cada dia, se aparejaua para entrar poderosamente en Castilla con ayuda y esfuerço de otros grandes señores del rreyno que querian y procurauan la deliberaçion del Ynfante don Enrrique, el Rey lo mando soltar en fin de tress años y tres meses y tres dias que auia estado preso en el dicho castillo de Mora.
Aquí la cifra exacta sufre un cambio notable y significativo. Ya no contabiliza un número exacto de años, sino que lo completa con meses y días e incluye la misma unidad de tres para unos y otros, lo que le confiere un valor simbólico mayor al cómputo.
De hecho, la cuenta “tres años, tres meses y tres días” es más conforme con la realidad que la del romance. Los cronistas coinciden en fijar la fecha de la detención el domingo 14 de junio de 1422. Queda alguna duda sobre la de la liberación. El Halconero afirma:
Domingo, a siete dias del mes de octubre, estando el rey de Castilla en Palençuela, mando soltar al Ynfante don Enrique.
Según este testimonio, ciertamente digno de fe ya que Pedro Carrillo de Huete registraba día tras días los hechos que relataba, el 7 de octubre de 1425, habían transcurrido desde el arresto del Infante tres años, tres meses menos siete días. La cuenta no coincide con la del Reportorio, aunque la diferencia no es insalvable.
Conviene recordar que la liberación del Infante intervino después de varias embajadas y conferencias entre los reyes de Castilla y de Aragón y sus enviados que se iniciaron en mayo del año 1424 y concluyeron el 10 de octubre de 1425, fecha en que el Infante recobraría el maestrazgo de Santiago, “todas la villas y lugares, condados y tierras […] que poseía al tiempo de la prisión” además de las rentas que le habían sido secuestradas. Dada la sentencia, firmadas las concordias y jurados los homenajes que los tres reyes (Castilla, Aragón y Navarra) se hicieron mutuamente, el rey de Navarra entregó al Infante a su hermano, el rey de Aragón, en El Campillo viniendo de Agreda, el jueves 18 de octubre, es decir tres años, tres meses y cuatro días después de su detención.
Entre esa cifra y la que proporciona el Reportorio, la diferencia resulta, pues, mínima. Hacerlas coincidir resultaría fácil, por poco que se fijara la liberación al día anterior, en el momento en que el Infante llegó a la línea de Aragón, donde esperaría a que su hermano, el rey de Navarra, que le acompañó en ese viaje, se hubiera reunido con el de Aragón y quedara listo el protocolo de la ceremonia que tendría lugar al día siguiente. No optaré por esa solución, por la sencilla razón de que se perdería el valor simbólico de aquella, que sugiere un pacto entre el Infante y la Fortuna y la atención particular con la que esta se cuida de dotar a Enrique de un destino fuera de lo común, que solo en apariencia queda sometido a una voluntad humana, materializada en unas cifras sin más valor que el literal. La Fortuna se mueve en un campo mágico en el que las cifras cumplen otra misión que la de sumar años.
Actuación del Infante en Andalucía (1444)
Fuyme luego para el rrey
donde sus cortes tenia.
90 Mando que fuese a Seuilla
a soltar a don Alonso
de la prisyon do yazia
Leue catorze batallas
de gente mucho guarrnida.
Fuy çercar a Cantillana
quen camino me caya
pusele çiertos engennos
y muy gran vallesteria.
100 En fin de los treynta dias
ya por mia la tenia
saluo quel conde de Niebla
que a Seuilla defendia
puso comigo sus tratos
que la çibdad me daria.
Creyme de sus palabras
por la sangre do venia
no pensando que tal onbre
la verdad quebrantaria.
110 Faltome los juramentos
faltome la pleytessia.
Veinte años después, se produjo en Castilla una situación política muy similar a la que provocó en 1422 la derrota y prisión del Infante Enrique: el rey de Castilla secuestrado por Juan, rey de Navarra, al frente de una coalición de nobles y ciudades y con la ayuda de su hermano, el maestre de Santiago. Con el fin de granjearse un máximo de partidarios en todo el territorio del reino, este se encargó de “traer las ciudades andaluzas a la opinion del rey de Navarra, su hermano e suya”, según fórmula del cronista. Habiéndolo conseguido en Córdoba, se dirigió hacia Sevilla a cuyo mando estaba el conde de Niebla, Juan de Guzmán. De camino, quiso tomar a Cantillana pero no lo consiguió. Alargándose las negociaciones entabladas desde Alcalá de Guadaira con el conde de Niebla y enterado del reforzamiento del partido del rey de Castilla al que se había unido el Príncipe Enrique, desistió de seguir adelante y terminó por reunirse de nuevo con su hermano.
La versión de los acontecimientos contenida en el romance es conforme en líneas generales con la de la crónica real pero la relación se acerca más a la que ofrece la primera Década de Alfonso de Palencia.
Desdeñando la resistencia del joven exiliado de Córdoba Pedro de Aguilar, y de algunos otros que en la tierra de Jaén se le mostraron contrarios, [el Infante Enrique] marchó Guadalquivir abajo para apoderarse por fuerza o por tratos de la villa de Cantillana. Pero no logró su intento, ni vio cumplidas las promesas que (según se dice) le hizo el conde de Niebla y más tarde duque de Medina Sidonia Juan de Guzmán, el cual se convirtió en enemigo cada día más duro, asegurando Sevilla con una fortísima guarnición.
Si la mención de las promesas no cumplidas del conde y el inciso (“según se dice”) delatan una fuente común a los dos textos, el romance aporta algunas precisiones sobre las condiciones del asedio (máquinas y vallesteros) y su duración (un mes) que no se leen en los demás testimonios. Se deduce que Escavias dispuso de una fuente distinta, que muy bien pudo ser oral, como el testimonio de algún actor de la empresa.
miercoles era por mayo. Batalla de Olmedo (1445)
miercoles era por mayo
ya despues del mediodia
quando asomo el rrey don Juan
con su gente bien rregida
con tronpetas y atabales
dando muy gran bozeria
140 su pendon rreal tendido
llamando todos ¡Castilla!
Mas comol can que con rrauia
de su sennor traua y tyra
salimos a rreçebillo
a los canpos do venia.
Ovimos la gran batalla
çerca dOlmedo esa villa
do fuemos todos vençidos
por muy gran desdicha mia.
deo graçias
No suele ser habitual que en un documento histórico se señale el día de la semana en que intervino cierto acontecimiento. En general, solo se menciona el mes y la fecha del día, este en relación con una fiesta del santoral. Citaré a título de ejemplo la inscripción que se lee en el porche de la iglesia de Avon-les-Roches, vecina a Chinon en Turena, ciudad donde vivo:
L’an myl IIIICLXXVI devant Nancy dedans Lorrene fut tué le duc de Borgoigne la vigile de Typhoine
Año 1476 ante Nancy en Lorena fue muerto el duque de Borgonia vigilia de la Epifanía [5 de enero de 1477].
Ese dato es reservado a los eventos que tuvieron un impacto excepcional y quedaron grabados en la memoria del cronista, o porque coincidieron con una fecha notable del calendario, caso del anónimo tourangeau.
La Crónica de Juan II, a la que sigue Diego de Valera en su Crónica abreviada, es la que proporciona la formulación más completa de la fecha de la batalla de Olmedo:
Y el miércoles siguiente que fueron diez y nueve de mayo del año de mil y quatrocientos y quarenta y cinco años, la batalla se dio […] (Edición y estudio de Cristina Moya García, Fundación Universitaria Española, 2009, p. 325).
Al día de la semana (miércoles) añade la fecha precisa (diez y nueve). No será por un prurito de exactitud sino más bien porque el primer acto del episodio relatado, que consistió en un requerimiento que dirigieron al rey los nobles rebeldes, lleva una fecha precisa (El lunes ante de la batalla). Por lo tanto, la fórmula “el miércoles siguiente” debe contextualizarse dentro del proceso cronológico del relato más que como una indicación encargada de aislar el suceso, dotándolo de un valor particular.
Escavias no precisa la fecha del día, asignando así a ese dato un estatuto secundario con respecto al mes. El discurso deja de ser exclusivamente histórico para cobrar una tonalidad más poética, que hoy nos resulta típica del género romanceril y que quizás lo fuera ya en la época en que Escavias compuso su romance:
Por el mes era de mayo
cuando hace la calor …
septiembre de 2026